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sábado, 8 de febrero de 2014

ESTUDIO DEL P. GLEIZE SOBRE LA IGLESIA CONCILIAR.-

Este documento fue publicado en DICI como un extracto del texto completo publicado por "Courrier de Rome".
Mons. Tissier contestó a este texto del P. Gleize con el artículo “¿Existe una iglesia conciliar?”, publicado en  “Sel de la Terre”, n° 85, Verano de 2013, documento que la Neo FSSPX prohibió en USA. 

Mons. Tissier, concordando con los dominicos de Avrillé, niega, entre otras cosas, que lo que se conoce como “iglesia conciliar” tenga una naturaleza puramente espiritual, que es lo que pretenden el P. Gleize y la Neo FSSPX.
La negrita es del original.
¿Podemos hablar de una Iglesia conciliar ? Hemos hablado y todavía hablamos. Con entusiasmo o indignación. Los unos ven allí la ventaja de una descripción real, los otros temen el inconveniente de una exageración no menos real. Y todos creen poder aventurar justas razones sea para consagrar sea para reprobar el uso de la expresión. Los argumentos opuestos militan en sentidos inversos. Nosotros los expondremos aquí como lo establece el método probado (I) antes de remontar a los principios: es ubicándose a la altura de su vista que nosotros procuraremos enseguida ver las cosas en su verdadera perspectiva (II). Y de distinguir finalmente la parte verdadera de la falsa en las razones que frecuentemente no se oponen más que en apariencia (III).
PRINCIPIOS DE SOLUCIÓN
En la medida en que se produjo un « cambio de orientación” desde el Vaticano II, hablamos de Iglesia conciliar. Se quiere designar por ésta, no una cosa o una substancia distinta de otra, sino un nuevo espíritu que se introdujo en el interior de la Iglesia al momento del concilio Vaticano II y que pone obstáculo al fin de la Iglesia, es decir, a la Tradición de su fe y su moral. Y cuando se dice que esta contra-corriente se ejerce en la Iglesia, significa que aquellos que se unen en la búsqueda de un fin contrario al de la Iglesia, no han roto de manera manifiesta la relación que los une a los otros miembros y a su jefe, en la inclinación de principio al verdadero bien común. En el caso particular del papa, quien participa en esta contra-corriente, esto significa que él no ha dejado de manera manifiesta de ser papa. Incluso si, actuando como él lo hace, pone obstáculo al fin de la Iglesia e impide la Tradición, su poder permanece inclinado a este fin y a esta Tradición.
Por lo tanto no hay dos Iglesias; hay solamente en el seno de la Iglesia una tendencia antagónica que combate la Iglesia del interior, que procura neutralizarla en su provecho, impidiendo la realización de su fin. La comparación más clara sería la del pecado, que impide el cumplimiento de la naturaleza multiplicando los obstáculos para la realización de su fin, pero sin jamás destruir la naturaleza en su inclinación radical a este fin.
El Doctor angélico explica así en qué sentido es verdad decir que el mal no puede destruir el bien de fondo en su plenitud. El mal es ciertamente una carencia, es decir, la privación del bien. Pero no hay que perder de vista que hay dos clases de privaciones. Una consiste en un estado de privación total, que no deja nada sino que elimina todo; tales son la ceguedad respecto a la vista, la completa oscuridad respecto a la luz, la muerte respecto a la vida. Hay otra privación que es parcial y limitada, sin eliminar todo: así el pecado priva al hombre de su fin y de su perfección, no en el sentido de volverla definitivamente imposible, sino porque aleja al hombre cada vez más acumulando los obstáculos. Esta privación deja algo que subsiste, que es precisamente la aptitud y la inclinación fundamental del hombre respecto de su fin. “De donde sigue”, concluye Santo Tomás, “que puede haber una tercera posibilidad, como en medio, entre el bien y su desaparición total”.
Para aplicar estos principios a la eclesiología, diremos que una concepción estrechamente binaria (o por sí o no) no daría una cuenta suficientemente exacta de la situación presente en la Iglesia. En efecto, hay como un tercer término entre el bien de la Iglesia y el mal total que representaría a su vez su desaparición y su reemplazo por una secta u otra Iglesia totalmente diferente. Esta solución intermediaria es precisamente la que se designa por la expresión Iglesia conciliar. Ella equivale al pecado de la ideología liberal y modernista que se introdujo en los espíritus en el interior de la Iglesia. Este pecado disminuye y corrompe el bien de la Iglesia, en el sentido en que le impide obtener su fin, pero deja intacta la inclinación innata de la Iglesia respecto a este fin.
Esta disminución del bien, explica santo Tomás, no debe comprenderse de manera de sustracción, como para las cantidades, sino por debilitamiento o declive progresivo de una tendencia. Esta baja de capacidad se explica por el proceso inverso de su desarrollo. La capacidad se desarrolla por las disposiciones que preparan de más en más al sujeto a recibir su perfección, hasta el momento que la recibe.
En sentido inverso, la capacidad disminuye por las disposiciones contrarias: entre más numerosas e intensas, más impiden al sujeto de recibir su perfección. De tal suerte que, si estas disposiciones adversas pueden ser multiplicadas indefinidamente, la aptitud fundamental del sujeto para recibir su perfección puede ser indefinidamente disminuida o debilitada. Sin embargo, ella jamás será totalmente destruida, pues ella permanece en su raíz, que es la substancia del sujeto. Por ejemplo, si colocamos un objeto transparente entre el sol y el aire, éste verá disminuir indefinidamente su capacidad de recibir la luz, pero no la pierden pues es translúcido por naturaleza. Asimismo podríamos añadir indefinidamente pecado sobre pecado, debilitar cada vez más la aptitud del alma a la gracia; pues los pecados son como obstáculos interpuestos entre nosotros y Dios. Sin embargo, ellos no destruyen totalmente esta aptitud, pues está en la naturaleza del alma.
La realidad de la Iglesia conciliar es la de una concepción falseada de la Iglesia que se ha apoderado de los espíritus de los hombres de la Iglesia. Esta concepción falseada engendra en su estado crónico un contra-gobierno que paraliza el funcionamiento normal de la sociedad católica, impidiendo que la Iglesia realice su fin. Ella interpone así los obstáculos entre la Iglesia y su bien, pero sin jamás poder hacer desaparecer la inclinación radical de la Iglesia a este bien.
Nosotros sabemos por la fe que en razón de las promesas divinas que esta tendencia contraria jamás podrá sumergir totalmente a la Iglesia, por más invasora que sea. ¿Por qué una contra-iglesia en la Iglesia y no otra Iglesia? Porque el papa, incluso si se hace cómplice, o el principal animador de esta subversión, sigue siendo, hasta probar indubitablemente lo contrario, el representante en la tierra del único jefe supremo de la Iglesia. Este jefe es Cristo y su representante, mientras que no deje de reivindicarse como tal, no se puede constituir en jefe de otra Iglesia. Sean cuales fueren los obstáculos puestos por el papa en el ejercicio normal del papado a la realización del fin de la Iglesia, la inclinación radical a este ejercicio y a este fin permanece en el papado, tal como Cristo lo quiso en dependencia de su propio poder.
Hay allí un principio fundamental recordado en estos términos por Cayetano en contra de los cismáticos de su tiempo.: “Cristo no instituyó a San Pedro como su sucesor sino como su vicario”. Es por eso que la institución del papado tuvo lugar al día siguiente de la Resurrección y fue cumplida por Cristo inmortal y vivo. Un jefe supremo siempre vivo no tiene sucesor. Tiene más bien un vicario. Y Él sigue siendo el Jefe, sean cuales sean los yerros de su vicario. Solo este jefe supremo estaría en la medida de deponer a su vicario y de excluirlo de su Cuerpo místico, y nada en las fuentes de la revelación nos autoriza a pensar que Cristo hubiera decidido a recurrir a esta medida de excepción para preservar su Iglesia de la contaminación del modernismo. Debemos más bien pensar que su Divina Providencia no autorizará esta corrupción al punto que la Iglesia desaparezca. El Evangelio no dice que las puertas del infierno no asaltarán a la Iglesia, dice exactamente que, cual sea la virulencia de este asalto, las fuerzas adversas no prevalecerán contra ella.
Dos teólogos contemporáneos que fueron aterrados espectadores de la “revolución conciliar” y de la subversión que le siguió a gran escala, están allí para confirmar esta exégesis (…) Aquí el Padre Gleize cita al padre Julio Meinvielle, antes de referirse al Padre Roger-Thomas Calmel :
« Ningún papa podrá traicionar hasta la herejía explícitamente enseñada con la plenitud de su autoridad (…) pero la revelación no dice en ninguna parte que cuando él ejerce su autoridad por debajo del nivel en que es infalible, un papa no vendrá a hacerle el juego a Satanás y favorecer hasta un cierto punto la herejía” (…) “El sistema modernista, más exactamente el aparato y los procedimientos modernistas, ofrecen al papa una ocasión de pecar completamente nueva, una posibilidad de virar con su misión como nunca se había propuesto (…).
Se sigue esta consecuencia destructora: la Tradición apostólica en materia de doctrina, de moral y de culto ha sido neutralizada, aunque no matada, sin que el papa, oficial y abiertamente, haya tenido que renegar de toda la Tradición y proclamar la apostasía. (…) El Papa jamás ha dicho, jamás tuvo la necesidad de decir: a todo lo que se ha enseñado, a todo lo que se ha hecho hasta el Vaticano II, a toda la doctrina y a todo el culto anterior al Vaticano II, le lanzo anatema. Sin embargo, el resultado está bajo nuestros ojos… Para llegar hasta donde estamos, ha sido suficiente que el papa, sin tomar las medidas que condenarían la tradición anterior de la Iglesia, haya dejado hacer al modernismo” Dejar hacer al modernismo, es decir no frenar sino alimentar la contra-corriente en el interior de la Iglesia.
CONCLUSIÓN DE LOS PRINCIPIOS DE SOLUCIÓN
La expresión iglesia conciliar es por lo tanto legítima, pero a condición de no salir de sus límites. Como toda forma de lenguaje retórico, ella expresa la realidad en términos breves y concretos, que son más cómodos a la inteligencia de quien habla o más accesibles a la inteligencia de quien escucha. Se tiene a la vez la ventaja de un atajo sintético y el inconveniente de una forma que, como todas las de su género, no puede (y no quiere) decir todo. Tal expresión sigue siendo circunstancial, en el sentido de que los supuestos pueden ser conocidos o admitidos por todos en un determinado contexto, pero también ignorados o desafiados en otro contexto. La prudencia ordena entonces la utilización de la expresión, teniendo en cuenta el contexto. Una expresión resumida, como esa de la iglesia conciliar, puede presentar la ventaja cierta de resumir todas las implicaciones necesarias y así proporcionar al que habla o a quien le escucha de retomar cada vez  a partir de cero toda la situación del problema.
Pero la misma expresión puede presentar también el inconveniente de desconcertar a un interlocutor que no está al tanto de la complejidad del problema e incluso puede escandalizarlo sugiriéndole un enfoque completamente falseado de los datos que entran en el juego. Pues un factor nuevo e inevitable interviene desde la muerte de Monseñor Lefebvre: el de la duración. El tiempo pasa. Hablar de la iglesia conciliar en el contexto de una subversión reciente y evidente a los ojos de muchos, no presentaba riesgos. Algunas décadas después,  cuando todo el acervo revolucionario está más o menos normalizado, en un estilo resueltamente conservador que se presta fuertemente a la ilusión, podríamos ser mal comprendidos y terminar por confundirse uno mismo. Sería suficiente (pero indispensable) el redoblar la pedagogía y explicar el sentido de la expresión, detallando todos los términos de la cuestión, antes de utilizar la expresión resumida. La expresión iglesia conciliar, si es bien comprendida porque ser bien explicada, tiene la ventaja de traducir en términos accesibles una doble realidad: la de la crisis sin precedente que estraga la Iglesia y también la garantía de las promesas de indefectibilidad.
UN ARGUMENTO CONTRA LA EXPRESIÓN « IGLESIA CONCILIAR » Y RESPUESTA.
Monseñor Fellay afirmó recientemente que la Iglesia actual, tal cual está representada por las autoridades romanas, sigue siendo la verdadera Iglesia, una santa, católica y apostólica: “Cuando decimos extra Ecclesiam nulla salus, fuera de la Iglesia no hay salvación, es la Iglesia actual de la cual hablamos. Es absolutamente cierto. Hay que sostenerlo. (…) El hecho de ir a Roma no quiere decir que estemos de acuerdo con ellos. Pero es la Iglesia. Es la verdadera Iglesia”. Y precisa: “Esta Iglesia que no es una idea, que es real, que está ante nosotros, que llamamos Iglesia católica y romana, la Iglesia con su papa, con sus obispos, que pueden estar debilitados”. No podríamos hablar actualmente de la Iglesia oficial como de una Iglesia conciliar diferente de la Iglesia católica.
Al argumento respondemos que Monseñor Lefebvre ha afirmado muchas veces la realidad de lo que él designó como la Iglesia conciliar y que no vemos cómo su sucesor podría tener la intención de ponerse en contradicción con él.
Las declaraciones de Monseñor Fellay significan, ni más ni menos, que los representantes de la jerarquía permanecen en posesión de su poder, aunque estén imbuidos de ideas falsas que los conduzcan a actuar a contra-corriente del bien de la Iglesia. En el sermón de París al cual hacemos referencia, Monseñor Fellay afirma, hablando del Vaticano II, que “este concilio, es una voluntad de hacer algo nuevo. No se trata de una novedad superficial sino de una novedad profunda, en oposición, en contradicción con lo que la Iglesia ha enseñado e incluso condenado”. Comparando esta novedad que se introdujo en la Iglesia, a la cizaña sembrada por el enemigo en el campo de Dios, el sucesor de Monseñor Lefebvre concluye: “Este concilio quiso ponerse en armonía con el mundo. Hizo entrar el mundo en la Iglesia y ahora tenemos el desastre”.
Y en su alocución en Flavigny, Monseñor Fellay precisa su pensamiento en un sentido que es exactamente el de Monseñor Lefebvre : Después de insistir sobre el hecho que la Iglesia católica es la Iglesia de hoy, actual y concreta, el Superior General de la FSSPX añade: “Sin embargo, hay también todo un organismo y este organismo por un lado debemos confesarlo como santo y por el otro nos escandaliza tanto, que tenemos necesidad de decir: No tenemos nada que hacer con esa gente. No podemos ir juntos, no se puede. Estos hombres de Dios, que conducen a los cristianos, los hijos de la Iglesia a la pérdida de la fe… no podemos ir juntos. Es evidente que hay que rechazar los errores con horror”. La insistencia puesta sobre la realidad concreta de la Iglesia actual requiere solamente precisar que la Iglesia conserva,  a pesar de todo, las promesas de la vida eterna: “Rechazando lo malo, no hay que rechazar todo. Esta sigue siendo la Iglesia una, santa, católica y apostólica. (…) Cuando rechazamos el mal que se encuentra en la Iglesia, no hay que concluir que ya no es la Iglesia. Hay grandes partes que ya no son la Iglesia, sí, pero no todo”. Esta declaración expresa la misma idea a la cual la FSSPX siempre se ha adherido respecto a la iglesia conciliar: doble idea de invasión de las ideas liberales y modernistas al interior de la Iglesia, y la indefectibilidad de principio de esta misma Iglesia.

Doble idea que encuentra otra expresión en la metáfora de un cuerpo enfermo, como lo subrayó Monseñor Fellay durante el último congreso del Courrier de Rome: “La nuestra es la Iglesia católica. No tenemos otra. No hay otra. El buen Dios permite que esté enferma. Es por eso que nosotros intentamos no contagiarnos con esa enfermedad. Pero sin decir que nosotros estamos haciendo otra Iglesia. (…) La enfermedad es la enfermedad, pero esta no es la Iglesia. Ella está en la Iglesia, pero sigue siendo lo que es (…) Por supuesto que hay que luchar contra la enfermedad. Pero esta Iglesia enferma es la Iglesia fundada por Nuestro Señor. Es ella la que tiene las promesas de vida eterna. Es ella que tiene las promesas que las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella”. Entonces podemos hablar de una iglesia conciliar, pero para constatar que hay en los jefes de la Iglesia y en un gran número de fieles, una orientación o un espíritu extranjero a la Iglesia, poniendo obstáculo a su bien.