English French German Spain Italian Dutch Russian Portuguese Japanese Korean Arabic Chinese Simplified

domingo, 23 de febrero de 2014

R.P. TRINCADO - SERMÓN DOMINGO DE SEXAGÉSIMA.-




Acabamos de oír la parábola del sembrador, que se encuentra en todos los Evangelios, salvo en el de San Juan. En este sermón las citas de la Escritura están tomadas de los tres primeros Evangelios y las citas de los santos están tomadas de la Catena Áurea de Santo Tomás de Aquino.

La parábola comienza diciendo Salió el sembrador a sembrar su semilla. Dice el Evangelio que la semilla es la palabra de Dios. El sembrador es Cristo. ¿Y qué resultó de la siembra? Se perdieron tres partes y una sola se salvó. ¡Cuántos son los malos y cuán pocos son los buenos, puesto que sólo se salva la cuarta parte de la semilla!, dice Teofilacto. Y San Juan Crisóstomo comenta: no es culpable el sembrador -que es bueno, ni la semilla, que es buena- de que se pierda la mayor parte de la siembra, sino la tierra que la recibe, es decir, el alma, porque el sembrador, al cumplir su misión, no distingue al rico ni al pobre, ni al sabio ni al ignorante, sino que habla indistintamente a todos.

Cada uno de nosotros es la tierra en la que es sembrada la semilla, y cada uno elige qué clase de tierra ser: la buena o la mala. La tierra mala es de tres clases y dice San Remigio que en estas tres clases de tierra mala están comprendidos todos los que pueden oír la palabra de Dios, pero sin embargo no pueden alcanzar la salvación.



PRIMERA TIERRA MALA


Una parte cayó junto al camino y fue pisoteada, y la comieron las aves del cielo.

Son aquéllos que oyen la palabra pero no la entienden; pues viene el diablo, y les quita la palabra del corazón, para que no se salven creyendo.

·       Es la tierra de la negligencia o la pereza, que hacen que oigamos la palabra divina sin fe, sin deseo de conocerla, sin ninguna intención de sacar provecho de ella aplicándola a sus acciones (San Beda). Contra esto hay que oponer el esfuerzo.

·       También esta es la tierra de la tibieza, que produce que recibamos la palabra de Dios sin devoción, y por eso los demonios arrebatan la semilla de la palabra divina que ha caído en nuestros corazones (San Remigio) como las aves devoran la semilla de un camino pisoteado (San Beda). Contra esto, fervor.

·      La mala tierra de la ingenuidad, que destruye la semilla escondida en las almas por dar oídos a los que quieren engañarnos (San Eusebio). Contra esto, vigilancia. “Vigilad y orad”;sed prudentes como serpientes.



SEGUNDA TIERRA MALA


Otra cayó en terreno pedregoso: nació pronto, pero en cuanto nació se secó porque no tenía tierra profunda, y al no tener raíz ni humedad, en cuanto salió el sol se quemó y se secó.

Son los que reciben con gozo la palabra cuando la oyen, pero no echa raíces en ellos, porque creen por un tiempo pero en el tiempo de la tentación, la tribulación o la persecución por la palabra, luego se escandalizan y se vuelven atrás, pues son inconstantes.

·     Esta tierra es la de la dureza de corazón. La semilla necesita quedar enterrada para germinar. La semilla o la palabra de Dios que se siembra en la piedra del corazón duro e indómito, no puede llevar fruto; porque es grande su dureza y nulo el deseo por las cosas celestiales, y por esa excesiva dureza no tiene raíz en sí (San Remigio). Contra esto es preciso oponer docilidad y misericordia.

·   Tierra de superficialidad. Hay también algunos que reciben la fe de una manera superficial, como si ésta sólo consistiese en palabras. Cuando entran en la iglesia oyen la explicación de los divinos misterios con poca voluntad y los olvidan cuando han salido de la iglesia (San Cirilo). La semilla queda en la superficie. Contra esto debemos cultivar el espíritu reflexivo y la seriedad para con Dios.

·     La cobardía hace mala esta tierra. Muchos emprenden buenas obras y cuando empiezan a ser molestados por las adversidades o por las tentaciones, abandonan lo comenzado (San Gregorio) por cobardía o debilidad (San Crisóstomo), por temor a los males de esta vida. Contra esto, fortaleza. “Todo lo puedo en Aquél que me fortalece”.



TERCERA TIERRA MALA


Y otra cayó entre espinas y las espinas que nacieron con ella la ahogaron.

Son los que oyen la palabra, pero después quedan ahogados entre las preocupaciones, el engaño de las riquezas, los deleites de esta vida y los demás apetitos desordenados a que dan entrada, y así ahogan la palabra y no llevan fruto.

·       Esta es la tierra de los que son absorbidos por las preocupaciones de esta vida, las que oprimiendo al alma, no la dejan llevar los frutos espirituales de la virtud (Rábanus). Contra esto, poner la confianza en Dios.

·     Las espinas del apego a las riquezas. San Jerónimo: por eso es difícil a los ricos entrar en el reino de los cielos, porque las riquezas sofocan la palabra de Dios y disminuyen el vigor de la virtud. Porque el que ha sido deslumbrado por el vano deseo de las riquezas, debe sucumbir luego bajo el peso de incesantes cuidados (San Beda). Contra esto hay que oponer el espíritu de pobreza.

·  La entrega a los placeres son también espinas. Aquél que, despreciando los mandamientos de Dios, anda vagando siempre por las concupiscencias, no puede llegar a la alegría de la bienaventuranza (San Beda). Estos no quieren oír [a Cristo] porque se han hecho como esclavos del placer y de las cosas del mundo. Contra esto, templanza.



LA TIERRA BUENA


Y otra cayó en buena tierra: y nació, y dio fruto abundante.                                                                            
Son los que oyen la palabra con corazón bueno y muy recto, y la entienden, la conservan y llevan fruto con paciencia, uno lleva ciento, y otro sesenta, y otro treinta.

San Remigio: la tierra buena es el alma de los que reciben con gozo, con deseo y con devoción del corazón la palabra de Dios, y la conservan varonilmente en la prosperidad y en la adversidad, y producen frutos. La buena tierra, pues, es la de las almas humildes, devotas, esforzadas, valientes, pacientes, obedientes.


Así como de la tierra mala hubo tres clases, así también hay tres clases de tierra buena: la que produce ciento, la que produce sesenta y la que produce treinta, y esto también depende de la tierra, de nosotros. Queramos corresponder al  amor infinito que Dios tiene por cada uno de nosotros, dándole no una parte de nosotros, sino todo.


Estimados fieles: que la mala tierra de nuestras almas de junto al camino, de pedregales y de espinas, se convierta por la gracia divina en tierra buena. Para eso, con constantes esfuerzos y con las aguas santas y puras del Cielo -en especial por medio del Santo Rosario- reguemos constantemente la tierra de nuestro espíritu, a fin de que habiendo sido sembrado Cristo en nosotros mediante el Bautismo; por la intercesión de la S. Virgen María, nuestra tierra dé siempre el fruto bendito de su vientre, Jesús.