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lunes, 13 de agosto de 2018

DONDE NO HAY ODIO A LA HEREJÍA, NO HAY SANTIDAD



El colmo de la deslealtad para con Dios es la herejía. Es el pecado de los pecados, lo más odioso de las cosas que Dios contempla desde el cielo en este mundo malvado. Apenas entendemos, sin embargo, lo detestable que resulta. Es la contaminación de la verdad de Dios, la peor de las impurezas.
Aun así, no le damos importancia. Contemplamos la herejía y permanecemos tranquilos. La tocamos y no nos estremecemos. Nos mezclamos con ella y no sentimos temor. Vemos cómo afecta a cosas sagradas y no tenemos sensación de sacrilegio. Aspiramos su olor y no mostramos ninguna señal de rechazo o asco. Algunos buscamos su amistad e incluso atenuamos su culpa. No amamos lo suficiente a Dios como para airarnos por causa de su gloria. No amamos lo suficiente a los hombres como para tener con ellos la caridad de decirles la verdad que necesitan sus almas.
Habiendo perdido el tacto, el gusto, la vista y todos los sentidos celestiales, podemos habitar en medio de esta plaga odiosa, con tranquilidad imperturbable, acostumbrados a su vileza, presumiendo de lo liberales que somos, incluso con cierta diligente ostentación de simpatía y tolerancia.
[…]
Nos falta devoción por la verdad como verdad, como la verdad de Dios. Nuestro celo por las almas es exiguo, porque no tenemos celo por el honor de Dios. Actuamos como si Dios tuviera que felicitarse por nuestras conversiones, en lugar de como almas temblorosas, rescatadas por un despliegue de misericordia.
Contamos a los hombres medias verdades, la mitad que más se ajusta a nuestra pusilanimidad y a su engreimiento, y después nos preguntamos por qué son tan pocos los que se convierten y por qué, de esos pocos, tantos apostatan. Somos tan débiles que nos sorprendemos de que nuestras medias verdades no tengan el éxito de la verdad completa de Dios.
Donde no hay odio a la herejía, no hay santidad”.
P. Frederick William Faber, The Precious Blood, 1860
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El P. Faber, anglocatólico converso del anglicanismo, dijo hace mas de siglo y medio lo que hoy nadie se atreve a decir y, por eso mismo, necesitamos desesperadamente escuchar: la fe es lo más valioso que tenemos y el hecho de que seamos incapaz de indignarnos cuando se adultera no es señal de que somos muy tolerantes y misericordiosos. Es señal de que hace tiempo que perdimos esa fe y nuestra sal ya no sabe a nada.
Precisamente porque la fe es lo que nos salva, la Iglesia no tiene misión más importante que conservar sin contaminación esa fe que vale más que el orotransmitida a los santos de una vez para siempre. Con ella nos jugamos lo más serio que tenemos, de ella depende el camino que tomemos: la vida sin fin o la muerte eterna, la Verdad que libera o el error que esclaviza, el Amor divino o el pecado del hombre, la gracia que salva o la desesperanza del esfuerzo inútil. Por eso los mártires mueren antes que renunciar a la fe, por eso los misioneros han ido al fin del mundo a anunciarla. Y por eso hoy nuestra Iglesia agoniza en tantas partes del mundo, porque hemos dejado de creer que la fe vale más que la vida.
La herejía no es un tema abstracto propio de teólogos, una sana muestra de pluralismo o una inevitable evolución de la doctrina, como tantos pretenden. Es, en realidad, un engaño diabólico y mortal, que nos impide conocer al verdadero Cristo, lo sustituye por un falso cristo inventado por nosotros y destruye la vida que Él quiso regalarnos con su sacrificio en la Cruz. Si no la odiamos es porque somos tibios y, además, tontos.

domingo, 12 de agosto de 2018

SERMÓN DEL DOMINGO XII DESPUÉS DE PENTECOSTÉS - P. TRINCADO



Preguntó, entonces, el doctor de la ley ¿pero quién es mi prójimo? El doctor de la ley, en su soberbia, no creía que hubiera alguien que pudiera ser su prójimo o próximo (esto es, cercano), porque pensaba que nadie podía compararse con él en cuanto a la justicia o santidad. Demostraba, con esta pregunta, carecer de amor al prójimo; y en consecuencia, también de amor a Dios, porque el que no ama al hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve (1Jn 4, 20). En lo que sigue, Cristo le enseña a no pensar que, por ser justo, no tiene prójimos. Como si le dijera: todos los hombres te son próximos, son tus prójimos. Hazte tú, pues, próximo a ellos por la caridad: ayúdales y cuida de ellos. Y a este fin dijo la conocida parábola del samaritano.

Entonces dijo Jesús: un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó. Este hombre, según San Agustín,  representa a Adán y a todo el género humano. Jerusalén, que quiere decir “ciudad de la paz”, representa el paraíso, de cuya felicidad había Adán caído. Jericó quiere decir luna, y significa nuestra mortalidad (causada por el pecado original), porque ella, en sus fases, parece nacer, crecer, envejecer y morirJericó está en los valles, mientras Jerusalén está en las alturas. Bajaba, pues, el hombre de las alturas al valle cuando fue asaltado (San Basilio).

Y cayó en manos de unos ladrones, los cuales le despojaron, y después de haberlo herido, lo dejaron medio muerto, y se fueron. Esos ladrones son los demonios, en manos de los que no hubiera caído el hombre de no ponerse en ocasión al apartarse de los mandamientos de Dios (San Ambrosio). Despojaron al hombre de la inocencia y lo hirieron, incapacitándolo para el buen uso de su libre albedrío. Y nosotros estamos aún más heridos porque al pecado original, que hemos contraído, añadimos muchos pecados personales (San Agustín).

Y cubriéndolo de llagas (o sea, inclinándolo al pecado), lo dejaron medio muerto, y quedó tendido, porque no tenía fuerzas para levantarse por sí mismo, sino que necesitaba un médico que lo sanara, esto es, a Cristo (San Agustín).

Y sucedió que pasaba por el mismo camino un sacerdote, y, viéndole, siguió de largo. Y también un levita, llegando cerca de aquel lugar, lo vio y pasó también de largo. El sacerdote y el levita representan dos tiempos: el sacerdote es el tiempo de la ley, por la cual se instituyeron el sacerdocio judaico y los sacrificios; el levita es el tiempo de los profetas. En ninguno de los dos pudo curarse la humanidad, porque la ley daba a conocer los pecados pero no los perdonaba (San Agustín) y los profetas anunciaban al Mesías Redentor pero no lo hacían presente.

Pero un samaritano, que iba de camino, pasó cerca, y cuando le vio, tuvo compasión de élEl hombre herido era israelita; y el sacerdote y el levita que pasaron cerca de él eran sus prójimos por la raza o la sangre, pero un samaritano, enemigo despreciado y lejano por la raza, fue próximo por la misericordia. Ese samaritano que bajaba por el camino representa a Nuestro Señor Jesucristo que bajó del Cielo (Jn 3,13), porque samaritano quiere decir custodio o guardián.

Y acercándosele, le vendó las heridas, y puso en ellas aceite y vino. El vendaje de las heridas representa la represión de los pecadores. El vino es el rigor de su justicia y el óleo la suavidad de la misericordia. O según otra interpretación, para perdonar nuestros pecados, Cristo derramó sobre nuestras almas heridas el vino (la sangre de su pasión), y para santificarnos derramó el óleo de sus Sacramentos.

Y poniéndole sobre su animal, lo llevó a una posada, y lo cuidó. Cristo carga nuestros pecados y sufre por nosotros (Is 53). La Iglesia es el hospedaje o posada en el camino de la vida, que acoge a todos los que vienen a ella cansados del viaje, y donde, dejando la carga de muchos pecados por el sacramento de la Penitencia, el viajero fatigado descansa y después cobra fuerzas con el alimento de la comunión Eucarística.

Y al otro día sacó dos denarios y los dio al posadero, y le dijo: cuídamelo, y yo te devolveré lo que gastes de más cuando vuelva. Cristo Samaritano no podía permanecer mucho tiempo en la tierra, debía volver al lugar de donde había bajado. Los dos denarios son los dos preceptos de la caridad (amor a Dios y amor al prójimo) que recibieron los apóstoles (San Agustín). Bienaventurado -dice San Ambrosio- el hospedero que puede curar las heridas de otro y a quien dice Jesús: y cuanto gastes de más, te lo daré cuando vuelvaes decir, en el día del juicio final.

Una vez dicho todo esto, pregunta Nuestro Señor al doctor de la ley: ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo de aquél que cayó en manos de los ladrones? Aquél que usó con él de misericordia, respondió el doctor. Y Jesús le dijo: Ve y haz tú lo mismo. Luego, nuestro prójimo es aquél a quien debemos prestar ayuda y misericordia, quien quiera que sea. De lo cual se sigue que aquél de quien debemos recibir ayuda y misericordia es también nuestro prójimo; pues la palabra prójimo indica una relación: ninguno es prójimo sin reciprocidad, de dos se dice que son próximos o lejanos. Y a nadie debe negarse la caridad, pues dice el Señor: haced bien a los que os aborrecen (Mt 5,44) (San Agustín). Ve y haz tú lo mismo. Si ves alguno abatido o caído, equivocado, lejos de la verdad, gran pecador, lejos de Dios -explica San Juan Crisóstomo-; no digas: "es un necio", sino que, si necesita auxilio, no dudes ni pases de largo; tiene derecho a tu ayuda, cualquiera que sea el daño que le haya sobrevenido.

Vayamos y hagamos lo mismo, estimados fieles. Actuemos como hijos de Dios y no como hijos de Caín y del diablo: cuando Dios le preguntó dónde estaba Abel, Caín respondió: no sé, ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano? (Gen 4, 9). Cristo vino a enseñarnos que, verdaderamente, todos somos guardianes o protectores o samaritanos, unos de otros y Cristo de todos. La Iglesia es ese samaritano respecto de todos los hombres, porque todos nacemos medio muertos. Y los tradicionalistas somos ese samaritano respecto de todos nuestros hermanos engañados, robados y heridos por esos lobos con piel de oveja que son los herejes modernistas.

Permítanme aquí un paréntesis. Cuidado con el calificativo de “modernistas”. No miremos con desdén al resto de los católicos, a los que solemos llamar modernistas a secas, pues, en su inmensa mayoría, son víctimas de los salteadores que los despojan de la verdadera fe. Cuidado, porque esos, muchas veces, muchísimas, son eso: víctimas, no victimarios. No son los asaltantes de la parábola, sino el hombre asaltado. Pensemos, por ejemplo, en el inmenso bien espiritual que, en su gran simplicidad, con sus fervorosas oraciones hacen esas ancianas “modernistas”, devotas verdaderas del Rosario, infaltables en las Parroquias; pensemos en esas monjas “modernistas” de clausura que, pese a la Misa Nueva y a las malas prédicas, viven enteramente crucificadas por causa de su caridad ardentísima. Pensemos en esos Sacerdotes y laicos que se esfuerzan sinceramente por alcanzar la santidad, a pesar de tener que respirar cada día el humo liberal que ha entrado en el templo mediante la grieta excavada desde dentro por una Jerarquía de traidores. Cuidado con el desprecio del prójimo: no nos vaya a suceder que estemos haciendo a veces la oración del fariseo: te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás hombres, ni como esos estúpidos e ignorantes modernistas de las Parroquias. Cuidado: peor que ser hereje material modernista es ser un orgulloso tradicionalista, porque Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes (1 Pe 5, 5). Cuidado con la soberbia. El orgullo farisaico es la gran tentación de los tradicionalistas. Los fariseos fueron los descendientes de los asideos, esos mártires y héroes tradicionalistas que combatieron a las órdenes de los Macabeos. Cuidado con la soberbia. A esos que parecen vivir de diatribas y discusiones, habría que preguntarles qué es más importante: si tener razón o tener caridad. Si los tradicionalistas tenemos la verdad, es por un regalo, por una gracia de Dios. Pero la luz de la fe verdadera es para iluminar a los hombres en orden a la salvación eterna, no para querer deslumbrarlos haciendo gala de conocimientos, ni para aplastarlos.

Estimados fieles: Dios nos haga caritativos y humildes. Ciertamente, los tradicionalistas debemos ser el buen samaritano especialmente para con todas las pobres ovejas asaltadas y heridas por esos ministros del diablo que les dan a beber el veneno liberal y modernista. Estos últimos se comportan como los ladrones de la parábola, aunque de modo mucho más criminal que el Sacerdote y el levita, que pecaron sólo por omisión. Estos ladrones son la Jerarquía liberal que objetivamente despoja y asesina a las almas desde esa verdadera emboscada que fue el Vaticano II. Y con estos envenenadores de las almas no cabe buscar cooperación ni concordia alguna, ni menos aceptar la posibilidad de someterse un día a su poder destructor. Si el samaritano hubiera pretendido ponerse a las órdenes de los ladrones, no habría hecho con eso un acto de caridad, sino la mayor insensatez imaginable. Y habría terminado robando o robado y medio muerto él también. La primera caridad es la verdad. En el caso de los tradicionalistas, la primera caridad está en conservar a salvo el alimento saludable de las almas, el tesoro divino de la fe católica, la Verdad, esa Verdad que un día volverá a resplandecer en la Iglesia porque las puertas del Infierno no prevalecerán (Mt 16, 18).

Que por la intercesión de la Santísima Virgen, Dios nos conceda la humilde caridad fraterna.
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Nota: las citas de los Santos Padres han sido tomadas de la Catena Aurea de Santo Tomás de Aquino.

sábado, 11 de agosto de 2018

COMENTARIO ELEISON Número DLXXVIII (578) - 11 de agosto de 2018


Capitulo General – III
Dios puede traer a buen puerto, Iglesia y Fraternidad,
Pero no si el hombre dilapida Su bondad.
Cuando la Verdad Católica y la Autoridad Católica se separan, como en el Vaticano II, no puede ser la Verdad la que se ha movido, porque la doctrina Católica no cambia. Sólo puede ser la Autoridad la que se ha movido, y por lo tanto las autoridades eclesiásticas son las únicas responsables de la separación. Razón de más para atesorar a las autoridades que no traicionaron la Verdad, como Monseñor Lefebvre y su Fraternidad San Pío X. Razón de más para echar un vistazo al menos una vez más a lo que le sucedió en su reciente Capítulo General – ¿regresó la Fraternidad de hecho al camino del Arzobispo, el cual abandonó en 2012, o se aplicó el proverbio francés, “Cuanto más cambian las cosas, más permanecen iguales”?
Al comienzo del Capítulo fueron elegidos tres nuevos hombres para formar el triunvirato (cuerpo de tres hombres) que gobierna la Fraternidad, y muchos buenos sacerdotes en la Fraternidad dieron un gran suspiro de alivio, y disfrutaron de unos pocos días de verdadera esperanza para el futuro. Pero luego, al final del Capítulo, se eligió para el Consejo General de la Fraternidad, donde se toman las decisiones más importantes, al anterior Superior General junto con su proprio predecesor. Esto se realizó mediante la creación de una novedad en la Fraternidad, un nuevo puesto de “Consejero”. Y el corazón de estos buenos sacerdotes debe haberse hundido en su pecho. ¿Qué esperanza podría haber ahora para un cambio en el desastroso curso de la Fraternidad, de la Verdad fiel a las autoridades infieles, cuando los dos arquitectos principales de este curso fueron reinstalados en el Consejo General de la Fraternidad?
Por lo menos a uno de los participantes en el Capítulo se le aseguró que los dos “Consejeros” no vivirán en la sede de la Fraternidad en Menzingen, Suiza; que sólo asesorarán sobre cuestiones relativas a la creación o el cierre de casas de la Fraternidad y la admisión o expulsión de miembros de la Fraternidad: que la creación de los “Consejeros” fue una movida inteligente del Capítulo porque ayudará a sanar las divisiones en la Fraternidad. ¿Alguien se siente aliviado? Menzingen debe recuperar la confianza que ha perdido su política ambigua durante 20 años. Aquí hay un comentarista entre muchos que no confía en las recientes palabras tranquilizantes de los líderes de la Fraternidad:—
En realidad, la elección – fijada de antemano – del P. Pagliarani como nuevo Superior General disfraza la política también fijada de antemano de confirmar el status quo, en lo que concierne a la dirección futura de la Fraternidad. Desvergonzadamente fueron colocados al lado del Nuevo Superior dos Asistentes más, difícilmente destacables por su resistencia a la Roma modernista. Además, el Capítulo tuvo la osadía de inventar la función de dos “Consejeros”, desconocida en los Estatutos de la Fraternidad, y de “elegir” para el cargo a los dos personajes más favorables a un acuerdo con Roma que la Fraternidad haya tenido jamás: El P. Schmidberger, conocido por su amistad con el Cardenal Ratzinger, y Mons. Fellay, conocido por sus “nuevos amigos” en Roma y por su dedicación a la liquidación de la Fraternidad para entregarla atada de pies y manos a los apóstatas romanos.
El cuadro que emerge no es necesariamente el de la rendición incondicional, sino que se vislumbra una nueva forma de acercarse a Roma, con un poco más de cautela y un poco más de diplomacia hacia los sacerdotes y fieles de la Fraternidad. Sin embargo, dado que Dios tanto ve como prevé, y que mientras el hombre propone, es Dios quien dispone, entonces otra posibilidad es que Nuestro Señor intervenga e infunda en el relativamente joven P. Pagliarani los Dones de Consejo, Fortaleza y Temor de Dios que necesitará para enderezar el curso del bote salvavidas de la Fraternida d y llevarlo a buen puerto. ¡Que se haga la voluntad de Dios!
Para ser justos, el Capítulo logró cambiar al Superior General, que era lo más importante que tenía que hacer. Mons. Fellay y el P. Schmidberger, como “Consejeros”, pueden seguir conspirando con los romanos para que lo que queda de la Fraternidad del Arzobispo se ponga bajo el talón de la Roma conciliar, pero el poder supremo en la Fraternidad pertenece ahora al P. Pagliarani. ¿Hará buen uso de ella? Sólo Dios lo sabe. “La caridad todo lo cree, todo lo espera” (I Cor. XIII, 7). Debemos rezar por él.
Kyrie eleison.

SANTA FILOMENA, VIRGEN Y MÁRTIR DESCANONIZADA POR LOS HEREJES MODERNISTAS



Sean avergonzados los soberbios, porque injustamente obraron la iniquidad contra mí; pero yo me ejercitaré en vuestros mandamientos y en vuestras enseñanzas para no quedar confundida. (Comunión de la misa de Santa Filomena, I de las Vírgenes y Mártires)

La presente entrada consta de extractos de este artículo y de este otro artículo.  
Santa Filomena era completamente desconocida hasta el 24 de mayo de 1802 cuando, a raíz de una excavación en las catacumbas de Santa Priscila, sobre la Via Salaria Nuova de Roma, un obrero tropezó ante una lápida sepulcral.
La primera reacción hizo que se suspendieran los trabajos de excavación y se diera aviso a las autoridades locales: en este caso, por tratarse de un territorio sacro, fue el mismo Pío VII quien encomendó el reconocimiento y la apertura de la tumba, realizándose al día siguiente del hallazgo. Todo se hizo de acuerdo a los decretos de la Santa Sede establecidos por Clemente IX, más tarde confirmados por Pío IX: una comisión especial, compuesta por cardenales y prelados consultores, fue la responsable de decidir y juzgar la identidad de las reliquias. La apertura de la tumba se realizó a 50 metros bajo tierra, en presencia del obispo Giacinto Ponzetti, prelado examinador, de muchos sacerdotes y laicos.
La piedra fúnebre del Loculus consistía en tres baldosas de terracota que llevaban una inscripción en letras rojas y otros signos reveladores que llamaron la atención de los testigos. La inscripción, escalonada y extendida sobre las tres baldosas, decía: 
lumena + Pax tecum + Fi
Bastaba, para obtener su sentido, con reponer la primera tableta seguida de las otros dos, de donde se obtuvo lo siguiente: 
Pax tecum Filumena (la paz esté contigo, Filomena)
El término “Filumena” es en realidad una mala transcripción latina del nombre griego Philomena, por el cual la santa se nombrará a sí misma más tarde, en sus revelaciones privadas.
Antes de la apertura de la tumba, el prelado dio órdenes de verificar si no se hallaba allí algún frasco que contuviese restos de sangre (cosa que los primeros cristianos solían hacer al enterrar allí a los mártires, colocándolo en el exterior de la tumba e incrustándolo en el revestimiento del yeso externo). Un obrero entonces, provisto de una herramienta afilada, pinchó el yeso cobertor en una de las extremidades del lóculo y se las arregló para llegar hasta un recipiente que contenía partículas de sangre seca. Allí se dio el primer milagro testimoniado en el proceso verbal que se repetirá varias veces: las partículas de sangre coaguladas que surgían de la ruptura del frasco, al desparramarse, se convirtieron en pequeñas partículas brillantes que reproducían en su totalidad el color del arco iris.
Luego de venerar el prodigio, al abrir la tumba, se halló también allí un pequeño cráneo fracturado y algunos huesos de proporciones delicadas, lo que hacían suponer que se trataba de una niña de doce o trece años de edad.
Se estaba por tanto en presencia de una virgen-mártir (a raíz de la inscripción). La tumba se cerró, se sigiló con tres sellos y se sacó el sarcófago a la luz del día. Afuera, una multitud esperaba; ya en presencia de muchos curiosos, se reabrió la caja y recomenzó el proceso verbal redactándose el documento que fue leído en voz alta y firmado por los testigos del caso. Luego de ser sellados nuevamente por el obispo, los restos fueron depositados en un relicario y colocados en cinco envoltorios diversos: el frasco con la sangre, la cabeza de la santa y tres paquetes con fragmentos de huesos unidos con las cenizas de la carne. Esta caja fue llevada a la custodia general, esperando las órdenes del Papa.
Tres años más tarde, el cura de un pueblito de Italia, en el norte de Campania, cerca de Nola (Mugnano del Cardinale), obtuvo el permiso para que se le otorgasen las reliquias. La traslación, que se realizó en presencia de muchos testigos, tuvo lugar desde el 1º de Julio al 10 de Agosto de 1805, ocasión en la que se dieron varios milagros: una mujer sanó de una enfermedad incurable desde hacía doce años, un abogado fue curado de una ciática que padecía desde hacía seis meses y una noble dama, cuya mano estaba afectada por una gangrena, se vio liberada de la misma. Incluso hubo un prodigio celestial: aunque el cielo estaba cubierto de nubes, la luna apareció rodeada de un círculo luminoso que proyectó, en medio de la oscuridad, una luz inusual sobre el relicario y la procesión.
Al llegar finalmente a la iglesia parroquial de Mugnano, el destino final de la procesión, la santa fue recibida con gran regocijo al comprobarse un nuevo milagro: un niño de dos años a quien la viruela había cegado, recobró la vista luego de que su madre frotase los ojos con el aceite de una lámpara que velaba las santas reliquias.
El poder que se le otorgó a Santa Filomena a raíz de los milagros realizados, fue tan prodigioso que se la llamó “la taumaturga del siglo XIX”, por lo que la Iglesia se vio obligada a admitir su existencia en el cielo (cosa que no ha sucedido con otros santos que, por ejemplo, no han tenido la variedad y profusión de prodigios).
Muchos eran los sucesos extraordinarios, pero nada se conocía acerca de su vida.
¿Quién era esta santa? El sacerdote de Mugnano, Don Francesco di Lucia, exhortó a los fieles devotos de la nueva intercesora que rogasen para que ella misma aclarase cómo había sido su vida, cosa que se dignó hacer por medio de ciertas revelaciones privadas recogidas a partir del testimonio de tres personas distintas, todas ellas irreprochables y dignas de fe (ninguna se conocía entre sí). Luego de algunas apariciones se recabaron los testimonios. El libro que recibió las narraciones obtuvo el imprimatur del Santo Oficio el 21 de diciembre de 1833; entre ellas, la más importante y detallada fue la de la Madre María Luisa de Jesús, fundadora y superiora del Convento de Nuestra Señora de los Dolores, en Nápoles, cuya causa de beatificación fue abierta luego de su muerte, en 1875. Fue a esta santa mujer a quien la mártir Filomena se le apareció en 1832 para revelarle todos los detalles de su vida y su martirio, según los testimonios.
Princesa de una ciudad griega, había sido prometida por su padre al emperador Diocleciano con el fin de mantener la paz con el Imperio. Por su parte, cristiana como era Filomena, había hecho voto de virginidad a Cristo, por lo cual se vio obligada rehusar el matrimonio por encargo, cosa que enfureció al emperador enormemente. Luego de intentar persuadirla para que renegase de su Fe y de su voto, terminó por hacerla sufrir toda suerte de torturas y luego por decapitarla.
Pero faltaba ahora reconocer algún milagro de modo oficial para poder ser venerada como santa. En 1835, Pauline-Marie Jaricot era una mujer conocida por sus obras de propagación de la Fe y del Rosario viviente. Afectada desde hacía años por una enfermedad incurable, decidió en contra de todo pronóstico, viajar hasta Mugnano desde su Lyon natal, a raíz de las historias milagrosas que llegaban. Durante un alto en su viaje, en Roma, recibió la visita del papa Gregorio XVI quien la encontró consumida por la fiebre; el Santo Padre quería agradecerle el enorme apostolado mariano que esta joven francesa hacía a lo largo de Europa. Juzgándola casi en el trance de la muerte, el Papa le pidió un deseo: que rezara por él y por la Iglesia ni bien llegase al cielo.
- “Sí Santo Padre –respondió la moribunda– lo haré. Pero le pregunto: si al regreso de Mugnano yo pudiese llegar a pie hasta el Vaticano, ¿Su Santidad se dignaría autorizar el culto de Santa Filomena?”.
- “Sin duda –dijo el Papa– ya que se trataría de un milagro de primer orden”.
Pauline-Marie continuó su camino en dirección a Nápoles y llegó hasta el santuario de Mugnano transportada en camilla. Al llegar donde Santa Filomena, contra toda expectativa, se levantó de su camilla y se sintió completamente curada de modo milagroso. Ante la mirada atónita de todos, quiso quedarse allí varios días en acción de gracias al emprender el regreso hacia Roma, dejó su camilla como exvoto (aún visible hoy en día). Al llegar a la ciudad eterna, fue recibida por el Papa que accedió a sus peticiones, no sin antes mandar que se vigilase durante un año el origen de la repentina curación, a fin de que el milagro pudiese corroborado.
Ya vuelta a Lyon, Pauline-Marie Jaricot hizo erigir en la colina de Fourvière, una capilla dedicada a Santa Filomena, enriquecida con una reliquia otorgada por el mismo Papa; con el tiempo, ésta se transformaría en un importante centro de peregrinación popular.
El paso del tiempo hizo que, el 7 de noviembre 1849 el beato Pío IX fuese en peregrinación a Mugnano para proclamar allí a la santa como patrona secundaria de Nápoles; dos años más tarde concedió al clero de Mugnano un oficio litúrgico propio en su honor, favor que, en 1857, fue extendido a muchos otros lugares de la cristiandad. La causa de la canonización era el martirio.
Fue gracias al santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, que, en Francia, el culto a Santa Filomena se extendió rápidamente. El santo cura había conocido a la virgen y mártir por la misma Pauline-Marie quien, regalándole una reliquia, le había dicho:
- “Tenga mucha confianza en esta santa: de ella obtendrá todo lo que le pida”.
Eran tantos los milagros y curaciones que el Cura de Ars decía realizar por intercesión de la santa que exclamaba como en un reproche gracioso:
- “¡Ocupaos un poco menos de los cuerpos y un poco más de las almas!”, y también, “¡si tan sólo pudiera ir a hacer milagros a otros lugares!”.
¡Si hasta él mismo se vio sanado de un mal físico por su intercesión! Fueron estos prodigios los que no cesaron durante todo el siglo XX; el mismo San Pío X le ofreció un anillo de oro y otros presentes de piedras preciosas a pesar de la furia de los modernistas que se oponían a la devoción a los santos.
- “¿Cómo? ¿no veis acaso? ¡El argumento más grande a favor de la santidad de Santa Filomena es el mismo Cura de Ars”! –decía el Papa Sarto.
Todo esto sucedió hasta mediados del siglo pasado cuando, en 1961, durante la revisión del martirologio romano (libro donde se inscriben los santos y beatos), el papa Juan XXIII firmó el decreto de la Sagrada Congregación de Ritos en el que se suprimía del calendario la fiesta de Santa Filomena (y de varios santos más), previamente fijada para el 11 de agosto. Tanto el oficio propio como la Misa fueron borrados. ¿Qué había pasado? Pues simplemente se dudaba de la existencia histórica de la santa aunque, oficialmente, nunca se dio una respuesta contundente para tal acto.
En el pueblito de Ars, el santuario observó la consigna y, desde ese momento, no se organizaron más celebraciones públicas en su honor. En Lyon, la capilla construida por Pauline-Marie Jaricot que contenía sus reliquias y su imagen, fue desmantelada.

ALGUNOS DE LOS OTROS SANTOS DESCANONIZADOS POR LOS HEREJES MODERNISTAS:

San Simón de Trento — popular niño mártir asesinado ritualmente por judíos el 24 de marzo de 1475. En 1965 el arzobispo Alessandro Gotardi, de la diócesis de Trento, declaró la inocencia de los asesinos. Como resultado del decreto del arzobispo, la Congregación de Ritos del Vaticano prohibió la veneración de sus reliquias así como la celebración de Misas en nombre de Simón. Este ejemplo de descanonización de un santo preconciliar es particularmente problemática porque a nadie se le ocurre insinuar que dicho santo no haya existido ni negar los milagros que se le atribuyen —fue puramente una movida política—. Dado que es políticamente incorrecto venerar a un niño que fue asesinado ritualmente por judíos (a pesar de un juicio que se realizó 110 años después de la muerte de San Simón y que sostuvo el veredicto del primer juicio, y a pesar de que incluso algunos académicos judíos admiten que ese primer veredicto fue válido, cf. http://www.traditioninaction.org/History/A_010_BloodyPassovers.htm), tuvo que ser quitado. Sin embargo, el apacentar a los no católicos difícilmente es una razón apropiada para cuestionar la indefectibilidad de la Iglesia (ver abajo). Incidentalmente, San Simón de Trento no es un santo anterior a la creación de la Congregación para las Causas de los Santos, puesto que el mismo Papa que confirmó esta canonización fue el que instituyó dicha Congregación en 1588 (en el mismo año en que San Simón fue canonizado).

San Guillermo de Norwich— otro niño católico (éste, ingles) que fue asesinado ritualmente por judíos (†1144), cuyo culto también fue suprimido, aunque al menos en este caso (a diferencia de San Simón) no parece haber habido un cultus popular.

Santa Ursula — uno de los santos descanonizados por los heresiarcas vaticanosegundistas más famoso y milagroso. Ella fue parte de un grupo de once mil vírgenes masacradas por los hunos cerca de Colonia alrededor del año 383. A pesar del hecho de que su cultus siempre fue muy activo, incluyendo numerosas iglesias y calles que tomaron su nombre, su culto fue suprimido en 1969 (Wikipedia lo niega, pero numerosos otros sitios novordistas confirman la supresión).

Santa Catalina de Alejandría — gran mártir de la Iglesia primitiva, uno de los santos más venerados de la Edad Media, una de los Catorce Santos Auxiliadores — removida del calendario litúrgico en 1969 por haber dudas acerca de su “historicidad”. Estoy esperando la descanonización de Santa Juana de Arco, ¡siendo que La Pucelledebe haber estado alucinando cuando hablaba con Santa Catalina!

Ahora bien. Creo que esto es una muy grave materia porque los jerarcas del Vaticano II implícitamente la Iglesia preconciliar erró al mandar a la Iglesia universal la veneración de estos individuos. Como establece Santo Tomás de Aquino: “Dado que el honor que damos a los santos es de alguna medida una profesión de fe, es decir, un creer en la gloria de los santos [qua sanctórum gloriam credimus], debemos creer píamente que en esta materia el juicio de la Iglesia no está sometido a error.” Como tal, incluso las canonizaciones anteriores a la Congregación para la Causa de los Santos son parte del Magisterio ordinario infalible.

Sin embargo, los modernistas dicen que la Iglesia sí erró en este punto cuando suprimen estos cultos. Los argumentos sobre la ambigüedad histórica son realmente irrelevantes puesto que a través de la tradición y la confirmación de los milagros, santos como Úrsula y Catalina de Alejandría terminaron siendo agregados al calendario. San Simón de Trento fue agregado por decreto del Papa Sixto V, disparando la infalibilidad del Papado y del Magisterio Extraordinario de la Iglesia. Objetivamente, esto es una herejía y una de las más netas (aunque menos “celebrada”) de la Iglesia postconciliar.

Uno no puede menos que notar el significado cultural de la remoción de santos que tuvieron un papel tan significativo en la historia cultural de naciones y localidades. ¿Hacemos de Enrique V un mentiroso al suprimir el santo que invocaba? ¿Y qué pasa con la basílica de Colonia bautizada con el nombre de Santa Úrsula?

jueves, 9 de agosto de 2018

MONS. LEFEBVRE: CONFERENCIA DE 27 DE DICIEMBRE DE 1988


Conferencia pronunciada por Mons. Lefebvre el 27 de noviembre de 1988 en Sierre, Suiza, pocos meses después de las consagraciones.
Traducción realizada por Non Possumus de la transcripción de Fideliter, número especial sobre las Consagraciones Episcopales. El énfasis mediante negrita y subrayado ha sido añadido por nosotros.

Dos corrientes han estado en combate dentro de la Iglesia durante dos siglos: después de la Revolución Francesa, algunos quisieron acomodarse a los principios de la Revolución y negociar con los enemigos de la Iglesia; otros rechazaron este arreglo porque Nuestro Señor Jesucristo nos advirtió: "Quien no está conmigo está contra mí". Por lo tanto, si se está a favor del reino de Jesucristo, se está en contra de sus enemigos; no es posible de otra manera. Para hacer un pacto, los primeros afirmaban que no podíamos hablar de Nuestro Señor mientras continuábamos amándolo. Pero los papas, hasta el Concilio Vaticano II, los reprobaron.
Nuestro Señor es nuestro Rey, nuestro Dios. Por lo tanto, no sólo debe reinar en privado sobre nuestras personas, sino también sobre nuestras familias, nuestros pueblos y toda la tierra. De todas maneras, nos guste o no, un día será nuestro Juez: cuando venga en las nubes a juzgar al mundo entero, todos los hombres estarán de rodillas, budistas, musulmanes, todos. En efecto, no hay muchos dioses, sino uno solo, como cantamos en el Gloria: Tu solus sanctus, Tu solus Altissimus Jesu Christe. Él descendió del cielo para salvarnos, es Él quien reina en el cielo. Lo veremos cuando muramos.
Con la Revolución Francesa se declaró una verdadera división, que ya se había iniciado con los protestantes. Así, toda una clase de intelectuales se levantaron contra Nuestro Señor, en un verdadero complot diabólico contra su reinado del que ya no se quería escuchar hablar.
Ellos toleraban que lo honráramos en nuestras capillas y sacristías, pero, ante todo, no afuera. Ya no era necesario hablar de Nuestro Señor en los tribunales, en las escuelas o en los hospitales; en una palabra, en ninguna parte. Por ejemplo, decían: “Ustedes ofenden a los budistas con su Señor Jesucristo. Ya que ellos no creen en él, déjenlos en paz. ¿Por qué poner a Jesucristo en todas partes?” Pero Nuestro Señor tiene el derecho de reinar en todas partes, y en los países católicos él es el amo. Y debemos tratar de hacerlo reinar tanto como sea posible, para convertir a los que no lo conocen y todavía no lo aman, para que ellos también se conviertan en sus súbditos, y para que en el cielo reconozcan a su Maestro.
Los primeros, para justificar que no se hablara más de Nuestro Señor en la sociedad, se basaban en la libertad de creer o no creer en Nuestro Señor. Pero eso no es verdad, no somos libres para creer lo que queramos. Nuestro Señor lo dijo: "El que cree, se salvará; el que no cree, se condenará”. Por supuesto que podemos abusar de esta libertad si luego desobedecemos y nos alejamos de Dios. Así que moralmente no somos libres, nosotros debemos honrar a Nuestro Señor y seguir Sus enseñanzas.
Estos son los que llamamos los liberales porque están a favor de la libertad, dejando a cada uno el derecho de pensar lo que quiera según su conciencia. Pero los papas siempre han condenado este liberalismo afirmando con firmeza que uno no tiene más libertad de conciencia que la libertad de hacer el bien o el mal. Por supuesto que podemos desobedecer. Un niño puede desobedecer a sus padres, pero ¿tiene derecho? Por supuesto que no. Es lo mismo con la religión. Todos debemos obedecer a Nuestro Señor, y por lo tanto a la única religión verdadera. Ciertamente hay gente que desobedece, pero debemos tratar de convertirlos y conducirlos a obedecer a Nuestro Señor, el único Dios verdadero, que nos juzgará a todos.
Ahora bien, esta corriente liberal fue desarrollándose por católicos como Lamennais que era sacerdote, extendiéndose la división dentro de la misma Iglesia. Pero Papas como Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XI y Pío XII siempre condenaron a estos liberales como los peores enemigos de la Iglesia porque separan a las personas, familias y Estados de Nuestro Señor Jesucristo.
Si Nuestro Señor ya no está presente en las escuelas, en los hospitales, en la justicia o en los gobiernos, si está ausente de la atmósfera pública, entonces eso es apostasía y ateísmo. En efecto, nos habituamos a no pensar más en Nuestro Señor, porque no lo vemos en ninguna parte, y poco a poco este olvido se extiende y penetra hasta en las familias.
Por ejemplo, ¿cuáles son los restaurantes u hoteles donde se puede encontrar la Cruz de Nuestro Señor? Por mi parte viajo mucho, y sólo en Austria encontré un hermoso crucifijo en algunos restaurantes, o una hermosa imagen de la Santísima Virgen en la habitación del hotel. En otras partes se acabó, pero antes no había casa sin crucifijo. Actualmente incluso los buenos católicos tienen miedo de poner el crucifijo en casa por temor de la reacción de aquellos que no aman la religión católica. A eso llegamos cuando eliminamos poco a poco a Nuestro Señor.
San Pío X, a principios de siglo, decía que ahora los enemigos de la Iglesia no sólo están en el exterior, sino también en el interior. Con esto quiso señalar a los católicos que ya no quieren el reinado público de Nuestro Señor.
Pero eso no es todo. Como había incluso maestros modernistas en los seminarios, que querían adaptarse al mundo moderno con su rechazo a Nuestro Señor y su apostasía, San Pío X hizo que fueran retirados de los seminarios para que no influyeran en los seminaristas que, convertidos en sacerdotes, difundirían a su vez las malas doctrinas.
Y San Pío X tenía razón, porque eso fue lo que pasó. Los obispos no quisieron prestar atención y muy lentamente estas ideas modernas fueron introducidas en el interior de los seminarios, luego en el clero y finalmente en todas partes. En nombre de la libertad se dejó de hablar de Nuestro Señor, ¡y fue la apostasía!

martes, 7 de agosto de 2018

ARTÍCULO DE MEDIO "PROGRESISTA" SOBRE LA NUEVA CÚPULA DE LA FSSPX



FUENTE (hemos extractado el comentario introductorio al artículo de Golias)


La opinión de un enemigo encarnizado de la Tradición

Este artículo apareció en el sitio web de Golias. [Golias es un medio francés al servicio de la herejía modernista y del liberalismo. Hace unos años, Golias publicó un muy acertado artículo sobre el GREC. Nota de NP] Es un análisis del capítulo publicado antes de su clausura. Parece haber sido escrito antes de la reincorporación de Mons. Fellay. Para ellos, su salida no significa en absoluto el final del proceso de ralliement
“Una pequeña revolución -¡horresco referens!- [horroriza contarlo!] sería lo que vive la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), fundada por el Arzobispo Espiritano Cismático, Mons. Lefebvre, luego del Vaticano II. Dirigida después de la muerte del fundador en 1991 por Mons. Fellay -consagrado sin mandato papal- durante casi un cuarto de siglo, este último acaba de ser sacado por el Capítulo General reunido en Ecône (Valais suizo) hasta el 21 de julio. Los católicos extremistas eligieron a un sacerdote italiano, Davide Pagliarani -ordenado por el obispo Fellay en 1996- para presidir la FSSPX durante los próximos doce años.
Inicialmente muy franco-francesa, esta Fraternidad cuenta hoy en día con 637 sacerdotes en todo el mundo (hay 400.000 sacerdotes católicos), por lo que Roma está haciendo todo lo posible para devolver a esta minoría al redil de la Iglesia oficial. El ex Superior General Fellay fue uno de los que -entre los fundamentalistas- querían este acercamiento con -como broche de oro- la posibilidad de una prelatura personal (como el Opus Dei). En esta perspectiva, el "prelado personal" habría sido elegido de por vida y sólo habría obedecido al Papa. Mala suerte: los fundamentalistas estaban divididos sobre esta reconciliación. Por un lado, porque muchos de los cismáticos todavía no han digerido el Concilio, especialmente los textos sobre el ecumenismo, la libertad religiosa y la eclesiología más horizontal instituida por los Padres conciliares (¡incluido Mons. Lefebvre!); por otro lado, porque la "Roma apóstata" (según el vocabulario específico de estos extremistas) está hoy dirigida, según ellos, por un peligroso progresista que quiere relativizar la doctrina inmutable sobre el matrimonio (entre otras). Si bien Francisco reconoció la validez de los sacramentos de la Reconciliación y del Matrimonio conferidos por los sacerdotes de la FSSPX en el marco del Año Santo Extraordinario 2015-2016, esto no fue suficiente ni para Mons. Fellay, de 60 años, ahora prejubilado.
El nuevo triunvirato lefebvrista está compuesto, pues, por el Superior General Pagliarani y dos asistentes: el obispo de Galarreta -también ordenado sin mandato pontificio por Mons. Lefebvre y reacio a ceder sobre el Concilio- y  el sacerdote francés Bouchacourt, antiguo rector de Saint-Nicolas-du-Chardonnet (París), iglesia anexada y ocupada por la FSSPX desde 1977, menos cerrado que su compañero asistente. Un signo particular de este trío: los tres han ejercido sus talentos... en Argentina. ¿Y quién era entonces Cardenal Arzobispo de Buenos Aires? Mons. Bergoglio y luego Mons. Poli, una creatura bergogliana que ayudó a la FSSPX a obtener las diferentes autorizaciones oficiales para poder trabajar legalmente en territorio argentino. Así que las cosas son más complejas. Por supuesto, la reconciliación Roma-Ecône sufrió un golpe con estas elecciones. Pero la puerta no está cerrada. La FSSPX ahora se enfoca más en las relaciones interpersonales, apostando por el conocimiento mutuo de los distintos protagonistas (Francisco y la dirección fundamentalista) para hacer avanzar su expediente. La exclusión de Mons. Fellay no es un rayo en el cielo azul. Fue más bien su ambivalencia, si no su ambigüedad, lo que fue sancionado por sus camaradas. Pero no se equivoquen: el diálogo no se rompe con la elección de estos nuevos jefes. Por el contrario, la FSSPX cree que está en posición de avanzar su dossier de manera más efectiva con personas que han conocido al Obispo de Roma en otro tiempo. Es verdad que con el poder romano, uno debe esperar todo."

lunes, 6 de agosto de 2018

R. DE MATTEI SOBRE EL CAMBIO MAGISTERIAL ACERCA DE LA PENA DE MUERTE



La licitud de la pena de muerte es una verdad de fe católica

Fuente

La licitud de la pena de muerte es una verdad de fide tenenda, definida por el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia, de manera constante e inequívoca. Quien afirme que la pena capital es en sí un mal incurre en herejía.

La doctrina de la Iglesia quedó claramente formulada en la carta del 18 de diciembre de 1208 en que Inocencio III condenó la postura valdense, con estas palabras que tomamos del Denzinger: «De potestate saeculari asserimus, quod sine peccato mortali potest iudicium sanguinis exercere, dummodo ad inferendum vindictan non odio, sed iudicio, non incaute, sed consulte prodedat» «De la potestad secular afirmamos que sin pecado mortal puede ejercer juicio de sangre, con tal que para inferir la vindicta no proceda con odio, sino por juicio, no incautamente, sino con consejo» (E. Denzinger, El Magisterio de la Iglesia. Manual de los símbolos. Definiciones y declaraciones de la Iglesia en materia de fe y costumbres, nº 425, Editorial Herder, Barcelona 1963).

Esta misma postura fue reiterada por el Catecismo del Concilio de Trento (Tercera parte, nº333) y el Catecismo de San Pío X (Tercera parte, nº 415). Ahora el papa Francisco ha firmado un rescriptum que modifica el Catecismo con esta nueva formulación: «La Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona, y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo».

Según el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Luis Ladaria, el nuevo texto sigue las huellas de Juan Pablo II en la encíclica Evangelium vitae, pero la diferencia es como de la noche al día. Juan Pablo II considera en dicha encíclica que en las actuales circunstancias históricas la Iglesia debe ser partidaria de la abolición de la pena capital, pero afirma que la pena de muerte no es en sí injusta y que el mandamiento no matarás sólo tiene valor absoluto cuando se refiere «a la persona inocente» (nº 56-57). El papa Francisco, por el contrario, considera que la pena capital es de por sí inadmisible, con lo que niega abiertamente una verdad definida de modo infalible por el Magisterio ordinario de la Iglesia.

Para justificar está alteración invoca a la evolución de las circunstancias sociólogicas: «Durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común. Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado. En fin, se han implementado sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente.»

Ahora bien, el concepto de dignidad de la persona no se altera en razón de los tiempos y las circunstancias históricas, del mismo modo que no se altera el significado moral de la justicia y de la pena. Pío XII explica que cuando el Estado recurre a la pena de muerte no pretende erigirse en dueño y señor de la vida humana, sino que simplemente reconoce que el propio criminal, por una especie de suicidio moral, se ha privado a sí mismo del derecho a vivir. Según el Santo Padre, « Aun en el caso de que se trate de la ejecución de un condenado a muerte, el Estado no dispone del derecho del individuo a la vida. Entonces está reservado al poder público privar al condenado del «bien» de la vida, en expiación de su falta, después de que, por su crimen, él se ha desposeído de su «derecho» a la vida» (Discurso del 14 de septiembre de 1952).

Por su parte, los teólogos y moralistas han explicado a lo largo de los siglos, desde Santo Tomás de Aquino hasta San Alfonso María de Ligorio, que la pena de muerte no se justifica por la mera necesidad de proteger a la sociedad, sino que posee además un carácter retributivo al restablecer un orden moral vulnerado, teniendo además un valor expiatorio, como en el caso del Buen Ladrón, que lo unió al supremo sacrificio de Nuestro Señor.
El nuevo rescriptum del Papa Francisco expresa el evolucionismo teológico condenado por San Pío X en la encíclica Pascendi y por Pío XII en la Humani generis, que no tiene nada que ver con el desarrollo homogéneo del dogma del que habló el cardenal John Henry Newman. La condición indispensable para el desarrollo del dogma es que las nuevas afirmaciones teológicas no contradigan la enseñanza anterior de la Iglesia, sino que se limiten a explicarla más y profundizar en ella.

En conclusión, que como en el caso de la condena del control de natalidad, no se trata de una opinión teológica que sea lícito debatir, sino de verdades morales que pertenecen al Depósito de la Fe y que por tanto es obligatorio aceptar para no dejar de ser católicos. Esperamos que los teólogos y Pastores de la Iglesia intervengan lo antes posible para corregir públicamente este último y grave error del papa Francisco.