Roma, 20 de diciembre de 1966.
Eminencia Reverendísima,
Su carta del 24 de julio, referente al cuestionamiento de ciertas verdades, ha sido comunicada por oficio de nuestro Secretariado a todos nuestros superiores mayores. Nos llegaron pocas respuestas. Las que proceden de África no niegan que actualmente reina una gran confusión en los espíritus. Si esas verdades no parecen cuestionadas, en la práctica, sin embargo, se asiste a una disminución de fervor y de regularidad en la recepción de los sacramentos, sobre todo del sacramento de la penitencia. Se advierte un respeto cada vez menor hacia la Sagrada Eucaristía sobre todo de parte de los sacerdotes, y una penuria de vocaciones sacerdotales en las misiones de lengua francesa; las de lengua inglesa y portuguesa están menos afectadas por el espíritu nuevo, pero las revistas y diarios ya difunden las teorías más avanzadas.
Parece que la causa del pequeño número de respuestas recibidas proviene de la dificultad en captar esos errores, difundidos por todas partes; el mal se halla, sobre todo, en la literatura que siembra la confusión en lis espíritus mediante descripciones ambiguas, equívocas, y debajo de las cuales se descubre una nueva religión.
Creo tener el deber de expresaros con toda claridad lo que surge de mis conversaciones con numerosos obispos, sacerdotes, laicos de Europa y de África, que es lo que también deduzco de mis lecturas en países de lengua inglesa y francesa.
Con gusto seguiría el orden de verdades enunciadas en su carta, pero me atrevo a afirmar que el mal actual me parece mucho más grave que la simple negación o cuestionamiento de una verdad de nuestra fe. Se manifiesta en nuestros días por una confusión extrema de las ideas, por la desintegración de las instituciones de la Iglesia, instituciones religiosas, seminarios, escuelas católicas; en definitiva, de los que ha sido el sostén permanente de la Iglesia, y que no es más que la continuación lógica de las herejías y los errores que minan a la Iglesia en los últimos siglos, especialmente desde el liberalismo del último siglo, que se esforzó por conciliar a cualquier precio la Iglesia con las ideas que han ido a parar en la Revolución.
La Iglesia ha progresado en la medida en que se opuso a esas ideas contrarias a la sana filosofía y teología; por el contrario, cualquier compromiso con esas ideas subversivas ha provocado una reducción de la Iglesia al derecho común y el riesgo de hacerla esclava de las sociedades civiles.
Por otra parte, cada vez que grupos de católicos se dejaron atraer por esos mitos, los Papas, que valientemente, los llamaron al orden, los instruyeron y, si era necesario, los condenaron. El liberalismo católico está condenado por Pío IX, el modernismo por León XIII, el movimiento Le Sillon por san Pío X, el comunismo por Pío XI, el neomodernismo por Pío XII. Gracias a esta admirable vigilancia, la Iglesia se consolida y desarrolla. Las conversiones de paganos y protestantes son muy numerosas; la herejía está en completa retirada y los Estados aceptan una legislación más católica.
No obstante, algunos grupos de religiosos imbuidos de esas falsas ideas están logrando difundirlas en la Acción Católica y en los seminarios, favorecidos por cierta indulgencia de los obispos y la tolerancia de algunos dicasterios romanos. Luego sucederá que entre estos sacerdotes se elegirá a los obispos. {Nota Bene: Como ha sido el caso del Mons. Prevost, que es ahora el Papa León XIV}
Es aquí donde aparece entonces el Concilio, que se aprestaba, por medio de las comisiones preparatorias, a proclamar la verdad frente a esos errores para hacerlos desaparecer por mucho tiempo del seno de la Iglesia. Hubiera sido el fin del protestantismo y el comienzo de una nueva era fecunda para la Iglesia.
Ahora bien, esta preparación fue odiosamente rechazada para dar lugar a la tragedia más grave que jamás haya sufrido la Iglesia. Hemos asistido a la unión de la Iglesia con las ideas liberales. Sería negar la evidencia y taparse los ojos no afirmar con vigor que el Concilio ha permitido que aquellos que profesan esos errores y tendencias condenados por los Papas, citados anteriormente, crean legítimamente que sus doctrinas quedaban en adelante aprobadas.
El Concilio se preparaba para ser un faro luminoso en el mundo de hoy, supuesto que se hubiesen utilizado los textos preconciliares en los que se encontraba una profesión solemne de doctrina segura respecto a los problemas modernos; en cambio, desgraciadamente se puede y debe afirmar:
Que, de manera casi general, cuando el Concilio ha innovado, ha puesto en duda la certeza de las verdades enseñadas por el Magisterio auténtico de la Iglesia como definitivamente incorporadas al tesoro de la Tradición.
Ya se trate de la transmisión de la jurisdicción de los obispos, de las dos fuentes de la Revelación, de la inspiración de la Sagrada Escritura, de la necesidad de la gracia para la justificación, de la necesidad del bautismo católico, de la vida de la gracia en los herejes, cismáticos y paganos, de los fines del matrimonio, de la libertad religiosa, de las postrimerías, etc... Sobre estos puntos fundamentales la doctrina tradicional era clara y se enseñaba unánimemente en las universidades católicas. Por el contrario, muchos textos del Concilio sobre estas verdades permiten que de ahora en más se dude de ellas. Las consecuencias fueron rápidamente sacadas y aplicadas a la vida de la Iglesia:
Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia y de los sacramentos conllevan a la desaparición de las vocaciones sacerdotales.
Las dudas sobre la necesidad y la naturaleza de la "conversión" de todas las almas traen consigo la desaparición de las vocaciones religiosas, la ruina de la espiritualidad tradicional en los noviciados y la inutilidad de las misiones.
Las dudas sobre la legitimidad de la autoridad y la exigencia de la obediencia provocados por la exaltación de la dignidad humana, de la autonomía de la conciencia y de la libertad, hacen la revolución en todas las sociedades, comenzando por la Iglesia, las sociedad religiosas, las diócesis, la sociedad civil y la familia.
El orgullo tiene como consecuencia normal las concupiscencias de los ojos y de la carne. El grado de decadencia moral al que ha llegado la mayoría de las publicaciones católicas es quizá una de las comprobaciones más horribles de nuestra época. En ellas se habla sin ningún rubor de la sexualidad, de la limitación de los nacimientos por todos los medios, de la legitimidad del divorcio, de la educación mixta, del coqueteo inmoral, de los bailes como medio necesario para la educación cristiana, del celibato de los sacerdotes, etc...
Las dudas sobre la necesidad de la gracia para poder salvarse provocan la desestima del bautismo, en adelante diferido para más tarde, y el abandono del sacramento de la Penitencia. Por otra parte, se trata sobre todo de una actitud de los sacerdotes los que actúan como si ya no creyeran, escondiendo el Sagrario donde se reserva el Santísimo Sacramento, suprimiendo todos los signos de respeto hacia el Sagrada Eucaristía y todas las ceremonias en su honor.
Las dudas sobre la necesidad de la Iglesia, fuente única de salvación, sobre la Iglesia católica, única religión verdadera, provenientes de las declaraciones sobre el ecumenismo y la libertad religiosa, destruyen la autoridad del Magisterio de la Iglesia. En efecto, Roma no es ya la "Magistra Veritatis" única y necesaria.
Es necesario, pues, compelidos por los hechos, concluir que el Concilio ha favorecido de una manera inconcebible la difusión de errores liberales. La fe, la moral y la disciplina eclesiástica han sido perturbadas en sus fundamentos, según las predicciones de todos los Papas.
La destrucción de la Iglesia avanza rápidamente. Por una autoridad excesiva atribuida a las conferencias episcopales, el Sumo Pontífice ha perdido toda la suya. Cuántos ejemplos dolorosos en un solo año! No obstante, el sucesor de Pedro es el único que puede salvar a la Iglesia.
Que el Santo Padre se rodee de vigorosos defensores de la fe, que los designe en las diócesis importantes. Que mediante documentos importantes se digne proclamar la verdad, perseguir el error, sin miedo a las contradicciones, sin miedo a poner en tela de juicio las disposiciones pastorales del Concilio.
Que el Santo Padre se digne: animar a los obispos a enderezar la fe y las costumbres individualmente, cada uno en sus diócesis respectiva, como conviene a todo buen pastor; sostener a los obispos valientes, incitarlos a reformar sus seminarios, a restaurar en ellos los estudios conforme a Santo Tomás; animar a los superiores generales a mantener en los noviciados y las comunidades los principios fundamentales de toda ascesis cristiana, sobre todo la obediencia; estimular el desarrollo de los colegios católicos, la prensa de sana doctrina, las asociaciones de familias cristianas; en fin, reprimir a los fautores de errores y reducirlos al silencio. Las alocuciones de los miércoles no pueden reemplazar a las encíclicas, las pastorales, las cartas a los obispos.
Sin duda parecerá temerario el expresarme de esta manera! Pero escribo estas líneas con un amor ardiente, un amor a la gloria de Dios, amor a Jesucristo, amor a María, a su Iglesia, al sucesor de Pedro, obispo de Roma, vicario de Jesucristo.
Dígnese el Espíritu Santo, a quien está consagrada nuestra congregación, venir en ayuda del Pastor de la Iglesia Universal.
Que Su Eminencia se digne admitir mi muy respetuoso y seguro afecto en Nuestro Señor.
+ Marcel Lefebvre
Arzobispo titular de Synnada en Phrygia
Superior General de la Congregación del Espíritu Santo.











