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miércoles, 17 de octubre de 2018

ALESSANDRO GNOCCHI: PADRE PÍO CRUCIFICADO POR LA IGLESIA DE LOS ANTICRISTOS (NOVELA INFERNAL)



La bomba llegó por correo hace unos meses. Nadie se alarmó porque estaba contenida en 176 páginas impresas en formato A4 con un título tranquilizador incluso para los de mi casa, que también saben lo explosivo que puede llegar a ser el tema Padre Pío. La tomaron por uno de los muchos manuscritos que recibo con la promesa de revelaciones sensacionales y la amable petición de encontrar al editor interesado en la primicia. Pero bajo un título aparentemente inofensivo, la portada llevaba la inscripción "Geneve AID 1963", que significa " Ginebra, Asociación Internacional para la Defensa de la Persona y de las Obras del Padre Pío de Pietrelcina, 1963”. En otras palabras, 176 páginas de plástico puro, la primera traducción italiana del inasequible Libro Blanco que Emanuele Brunatto, presidente de la asociación para la defensa del Padre Pío, había preparado para denunciar la segunda persecución del santo capuchino y obtener su liberación. Una bomba, en suma. 
En la carta adjunta al documento, el monje que me lo envió me dice: "Brunatto había amenazado con la publicación de este "Libro Blanco" a obispos y cardenales y, de hecho, la persecución del Padre Pío cesó a causa de esta amenaza. Todo el mundo conoce este "Libro Blanco", pero nadie lo ha leído nunca, ya sea porque es inasequible o porque es explosivo. Los escasos ejemplares que quedan están en francés. Esta es la primera traducción al italiano, que yo sepa. Ciertamente, la publicación es temeraria (...) es cierto que han pasado cincuenta años y todas las personas aquí mencionadas han muerto, pero en realidad el telón se levanta sobre un escenario poco edificante de hecho. (...) Ciertamente este documento debe ser conocido por aquellos que quieren estudiar al Padre Pío o que lo aman de todas formas". 
MUERTE SOSPECHOSA DE UN PUBLICANO. El nombre de Emanuele Brunatto, a quien le gustaba llamarse a sí mismo "el publicano" por su loca vida antes de su conversión y por la intemperancia que no siempre supo resistir después, es  poco conocido incluso para muchos conocedores de las biografías del Padre Pío. Sin embargo, fue el primer hijo espiritual del santo capuchino, ante el cual se convirtió a la edad de 28 años en 1920. Vivió mucho tiempo en el convento de San Giovanni Rotondo, en la celda número 6, junto a la celda número 5 del santo, sirviendo en su misa todas las mañanas y sentado en el coro a su lado. Y fue, sobre todo, el más eficaz e incansable defensor del Padre durante las dos persecuciones sufridas a instancias de la Iglesia. 


Se ha hablado muy poco, casi nada, del "publicano", especialmente en los libros con el crisma de la oficialidad.  Se ha dicho que evitar evocar su figura, por su vida y los métodos enérgicos con los que sabía moverse en caso de necesidad, habría ayudado a la rehabilitación y al proceso de canonización del Padre Pío. La idea de que para probar la santidad de un cristiano, es necesario callar una porción tan grande de la verdad sobre su vida no es realmente honorable. Pero en realidad, para los buenos hijos de la santa iglesia romana, el problema es otro: evocar a Emanuele Brunatto significa contar lo que sacó a la luz el hombre que el Padre Pío llamó "el Polizonte" por su capacidad de investigación: una secuencia infernal de vicisitudes, fechorías, traiciones de la fe y de la moral en cada estación del doloroso camino que va de San Giovanni Rotondo al corazón del cristianismo. 

domingo, 14 de octubre de 2018

CANONIZACIÓN DE PABLO VI: DECLARACIÓN "POLÍTICAMENTE CORRECTA" DE LA FSSPX



Fiel a su política acuerdista, la Neo-FSSPX publicó ayer 13 de octubre, un comunicado blandengue acerca el de la canonización de Pablo VI, hecho de extrema gravedad.
Ante esta falsa canonización,hay motivo para perplejidad”, nos dice la Fraternidad (“il y a de quoi être perplexe”: lit., hay de qué estar perplejo, en el original francés). Ella no se atreve a más. Hace años que los superiores de la FSSPX no se animan a hablar varonilmente, a decir las cosas por su nombre, con valentía y con franqueza. Temen disgustar demasiado a Roma apóstata. Temen las incómodas consecuencias que pueden sobrevenir por manifiestar la única postura verdaderamente católica ante esta nueva aberración cometida por los liberales y modernistas que usurpan la Jerarquía de la Iglesia. Temen decir que rechazan categóricamente esta falsa canonización y que la tienen por absolutamente nula y sin valorEn lugar de eso, la Neo-FSSPX, declara que ella siente “perplejidad”, esto es, que se encuentra en un estado de “irresolución, confusión, duda de lo que se debe hacer en algo” (Dicc. RAE). Sí, y en ese estado de permanente irresolución, confusión y duda, de ambigüedad crónica, ha sido puesta la obra de Mons. Lefebvre por el anterior superior general, y en esa mórbida condición permanece bajo las nuevas autoridades,  como este lamentable comunicado lo prueba.  
Si el toque de trompeta es ambiguo, ¿quién se preparará para la batalla? (1 Cor 14, 8)
En nuestros días más que nunca, la fuerza de los malos es la cobardía y debilidad de los buenos, y todo el nervio del reino de Satán reside en la blandura de los cristianos (San Pío X)

Comunicado de la Casa General sobre la canonización del Papa Pablo VI
Fuente (subrayado agregado por NP)
Durante el Sínodo de obispos sobre los jóvenes, el domingo 14 de octubre de 2018, el Papa Francisco llevará a cabo la canonización del Papa Pablo VI.
La Fraternidad Sacerdotal San Pío X reitera sus más serias reservas, que había expresado con motivo de la beatificación de Pablo VI, el 19 de octubre de 2014:
Estas beatificaciones y canonizaciones recientes, según un procedimiento acelerado, dejan de lado la sabiduría de las normas seculares de la Iglesia. ¿Acaso no tienen como objetivo más bien canonizar los papas del Concilio Vaticano II antes que constatar la heroicidad de sus virtudes teologales? Cuando se piensa que el primer deber de un papa – sucesor de Pedro – es confirmar a sus hermanos en la fe (Lc. 22, 32), hay motivo para perplejidad.
Pablo VI es, por cierto, el Papa de la Encíclica Humanae Vitae (25 de julio de 1968), que aportó luz y reconfortó a las familias católicas cuando los principios fundamentales del matrimonio eran fuertemente atacados. Es igualmente el autor del Credo del pueblo de Dios (30 de junio de 1968), mediante el cual quiso recordar los artículos de la fe católica objetados por el progresismo ambiente, especialmente en el escandaloso Catecismo holandés (1966).
Pablo VI, empero, es también el Papa que condujo a término el Concilio Vaticano II, introduciendo en la Iglesia un liberalismo doctrinal expresado a través de errores como la libertad religiosa, la colegialidad y el ecumenismo. De aquí se siguió una gran trastorno, que él mismo reconoció el 7 de diciembre de 1968: “La Iglesia se encuentra en un momento de inquietud, de autocrítica, incluso se diría que de autodestrucción. Es como si la Iglesia se dañara a sí misma”. Al año siguiente reconocía: “En muchos aspectos, el Concilio no nos ha dado hasta ahora tranquilidad, más bien ha suscitado trastornos y problemas nada útiles para reafirmar el Reino de Dios en la Iglesia y en las almas”. Llegó a esta expresión de alarma el 29 de junio de 1972: “El humo de Satanás ha entrado por alguna grieta en el templo de Dios: la duda, la incertidumbre, la problemática, la inquietud, la insatisfacción, el enfrentamiento están a la orden del día…”. No hizo más que una comprobación, sin tomar las medidas necesarias para detener esta autodestrución.
Pablo VI es el Papa que, con una finalidad ecumenista, impuso la reforma litúrgica de la Misa y de todos los ritos de los sacramentos. Los cardenales Ottaviani y Bacci denunciaron esta nueva misa por alejarse “de forma impresionante, en el conjunto como en el detalle, de la teología católica de la Santa Misa, tal como fue formulada en la XXIIª sesión del Concilio de Trento1. Sobre estos pasos, Monseñor Lefebvre declaró que la nueva misa está “impregnada de espíritu protestante”, vehiculizando en sí misma “un veneno perjudicial para la fe” 2.

Durante su pontificado numerosos sacerdotes fueron perseguidos, e incluso condenados, por su fidelidad a la misa tridentina. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X recuerda con dolor la condena infligida en 1976 a Monseñor Lefebvre, declarándolo suspendido a divinis por su apego a esta misa y por su categórico rechazo de las reformas. Solamente en 2007, por un Motu Proprio de Benedicto XVI, se reconoció el hecho de que la Misa tridentina nunca había sido abrogada.
Hoy más que nunca, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X renueva su adhesión a la Tradición bimilenaria de la Iglesia, persuadida de que esta fidelidad, lejos de ser una crispación pasajera, aporta el remedio saludable a la autodestrucción de la Iglesia. Como lo declaró recientemente su Superior General, el R. P. Davide Pagliarani: “Nuestro deseo más firme es que la Iglesia oficial no considere ya [el tesoro de la Tradición] como un pesado fardo o un conjunto de antiguallas, sino más bien como la única vía posible para regenerarse a si misma” 3

Menzingen, 13 de octubre de 2018          

1. En Breve examen crítico de la nueva misa, carta-prólogo de los cardenales Ottaviani y Bacci, 3 de septiembre de 1969, § 1.
2. Carta abierta a los católicos perplejos, Albin Michel, 1985, pág. 43.
3. Entrevista al R. P. Pagliarani en FSSPX.Actualidad, 12 de octubre de 2018. 
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RELACIONADO:

sábado, 13 de octubre de 2018

COMENTARIO ELEISON Número DLXXXVII (587) - 13 de octubre de 2018


Femineidad Invaluable — II
Para crecer, las plantas de tomate necesitan una caña fuerte.
Para amar a sus mujeres, hombres, ¡vuélvanse primero a Dios!
La femineidad de la mujer está hoy bajo ataque feroz. La razón no es difícil de encontrar. Satanás quiere el poder completo sobre la humanidad para asegurarse de que cada alma caiga en el infierno. Ahora bien, el camino que Dios Todopoderoso ha trazado para que los seres humanos emprendan el camino hacia el cielo es por su nacimiento dentro de una familia humana normal, en la que lo que hoy llamamos el “padre biológico” y la “madre biológica” cuidan el fruto de su amor mutuo, sus propios hijos. El Dr. Henry Makow retoma la historia de los “Comentarios de Eleison” de la semana pasada, desde el punto de vista de los satanistas.
“Los judíos cabalistas y francmasones son satanistas. Controlan degradando y corrompiendo. Como las termitas, ellos carcomen las columnas de apoyo de la sociedad. La familia es el glóbulo rojo de una sociedad sana. Nos proporciona nuestros roles e identidad, así como el apoyo emocional y material necesario. Garantiza que los jóvenes nazcan, sean amados y criados adecuadamente, y que los ancianos sean cuidados. Nuestra familia es nuestro eslabón en la cadena de la eternidad. Así que los satanistas siempre han querido destruirla. Fueron tras las mujeres, a las que consideraban inconstantes, vanidosas y de mente débil. ‘No hay manera de influenciar a los hombres más poderosamente como por medio de las mujeres’, escribió Adam Weishaupt. ‘Por lo tanto, estas deberían ser nuestro principal estudio; deberíamos insinuarnos en su buena opinión, darles indicios de emancipación de la tiranía de la opinión pública y de levantarse por sí mismas; será un inmenso alivio para sus mentes esclavizadas el ser liberadas de todo vínculo de restricción, y las encenderá aún más, y hará que trabajen para nosotros con celo, sin saber que lo hacen; pues sólo satisfarán su propio deseo de admiración personal’.
“Así que los satanistas convencieron a las mujeres de que el matrimonio y la familia eran ‘opresivos’. Puede ser que los hombres tengan que trabajar duro en las fábricas y morir en la guerra para proveer y proteger a sus mujeres, pero de alguna manera las mujeres son las oprimidas. Los satanistas necesitaban interferir en el afecto y la atracción natural que los machos y las hembras tienen el uno por el otro y por su descendencia. Los satanistas existen para extirpar el amor. La esencia de una mujer es el amor, el poder de generar amor, amando y siendo amada a cambio. Esta es la fuente de su poder. El amor de una mujer por su marido y sus hijos es la cosa más preciosa del mundo. Para un hombre, este amor es su mayor tesoro. Al dejarse engañar, al perseguir el poder material en vez del espiritual, la mujer moderna ha perdido esencialmente el poder de amar. Puede tener poder o amor. No puede tener ambos. Las mujeres necesitan el amor de un hombre como una flor necesita sol y agua. Los hombres nutren a las mujeres y las mujeres empoderan a los hombres accediendo a sus peticiones razonables. Esta es la dinámica heterosexual [ . . . ]
“Pero esto es lo que se condena como explotación de la mujer (la ‘erotización de la impotencia’) por, por ejemplo, una Sheila Jeffreys, conocida como erudita feminista lesbiana y activista política. Obviamente ella no puede entender que el amor de la mujer es su verdadero poder. Ella quiere convertir a todas las mujeres en lesbianas que como ella no pueden entender que el estilo, la belleza y el encanto de la mujer, en resumen su feminidad, dependen de rehuir el poder material. Una mujer que se entrega a su marido es querida y amada por él y por sus hijos. Una mujer que persigue el poder en términos masculinos está condenada a una vida de aislamiento y amargura.
“Feministas occidentales, ustedes han renunciado a su precioso don a cambio de nada. Son vulgares, son un verdadero fracaso. Les falta personalidad, encanto, estilo, sustancia. No pueden amar. Ni siquiera son atractivas. Y pronto perderán su juventud. No tendrán nada más que su trabajo, su perro y sus amigas igualmente desesperadas. Feministas occidentales, ustedes han sido robadas, traicionadas por su sociedad, sus maestros, sus líderes políticos y culturales; y consecuentemente ustedes se han unido a sus filas traidoras. Ustedes han traicionado a sus hijos nonatos, a su cultura, a su familia y a la promesa del futuro. Pero lo peor de todo, se han traicionado ustedes mismas”.
Kyrie eleison.

viernes, 12 de octubre de 2018

HABLA EL P. PAGLIARANI: MÁS DE LO MISMO



Fuente: sitio oficial de la FSSPX (Negrita y comentarios en color rojo, añadidos por NP.)

[Edición corregida el 14-10-18 a las 08.24 hrs., gracias a que un fiel de Irlanda nos hizo ver una falla en la comprensión de determinadas palabras del superior general] 

Hoy se ha publicado la segunda entrevista (y primera relevante) al P. Pagliarani.
Como era previsible, sus ideas en cuanto al acuerdo con Roma apóstata, están en exacta continuidad con las de Mons. Fellay.
El mismo lenguaje “políticamente correcto”, incapaz de desagradar demasiado a los herejes que usurpan la Jerarquía católica: de hecho, ni la palabra herejía, ni la palabra liberalismo, ni la palabra modernismo -por ejemplo- aparecen ni una sola vez en esta entrevista.
La misma ingenuidad ante las astutas autoridades romanas.
Sobre todo, el mismo falso sobrenaturalismo de Mons. Fellay, medio muy eficaz para hacerse seguir por incautos bien intencionados. 
Y, en definitiva, la misma apertura -transgresora de lo resuelto en el capítulo del 2006- a un acuerdo puramente práctico con Roma, a condición de no ser obligados a aceptar el concilio Vaticano II (cómo si eso fuera suficiente para poder seguir cumpliendo el sagrado deber de combatir en defensa de la Verdad conculcada por los liberales y modernistas que detentan el poder en la Iglesia).
Más de lo mismo...


Entrevista al Reverendo Padre Pagliarani: La FSSPX tiene un tesoro en sus manos [en vías de ser entregado a los herejes modernistas]

Reverendo Superior General, sucede usted a un obispo que ha estado al frente de la Fraternidad San Pío X durante veinticuatro años y que, además, lo ordenó sacerdote. ¿Cuáles son sus pensamientos al sucederle?

Se me planteó ya una pregunta equivalente cuando fui nombrado director del Seminario de La Reja donde dos obispos me habían precedido en el cargo. Digamos que esta vez ¡es un poco más complicado! Mons. Fellay es una personalidad importante en la historia de la Fraternidad, puesto que la ha dirigido durante un tiempo que corresponde a la mitad de su existencia. Durante este largo período, las pruebas no han faltado y sin embargo la Fraternidad sigue siempre ahí, llevando en alto el estandarte de la Tradición. Creo que esta fidelidad de la Fraternidad a su misión es de cierta manera el reflejo de la fidelidad de mi predecesor a la suya. Por ello me importa mucho darle las gracias en nombre de todos. [Mal comienzo con alabanzas a Mons. Fellay, que pasará a la historia por haber sido el destructor del espíritu combativo de los tradicionalistas y de la cohesión de la FSSPX]

Algunos [ilusos], sin embargo, han querido ver en usted una personalidad muy diferente de la de su predecesor. ¿Hay algún punto en que se sienta verdaderamente diferente?

Debo confesar – cum grano salis – que detesto irremediablemente todos los medios electrónicos sin excepción y sin posibilidad de cambiar de opinión, mientras que Mons. Fellay es un experto en la materia… [Respuesta infantil]

¿Cómo ve usted la Fraternidad San Pío X que tendrá que dirigir durante doce años?

La Fraternidad tiene en sus manos un tesoro. Se ha subrayado varias veces que este tesoro pertenece a la Iglesia, pero creo que puede decirse que nos pertenece también a nosotros de pleno derecho. Es nuestro y por ello la Fraternidad es perfectamente una obra de Iglesia. ¡Ya desde ahora! [¿Desde ahora? ¿Y antes?]
La Tradición es un tesoro, pero, para guardarlo fielmente, debemos ser conscientes de que somos vasos de barro. La llave de nuestro porvenir se encuentra aquí: en la conciencia de nuestra debilidad y de la necesidad de estar vigilantes sobre nosotros mismos. No basta con profesar la fe en su integridad, si nuestras vidas no son expresión fiel y concreta de esta integridad de la fe. Vivir de la Tradición significa defenderla, luchar por ella, combatir a fin de que triunfe primero en nosotros mismos y nuestras familias, para que después pueda triunfar en la Iglesia entera. [Obviedades… Eso se ha oído miles de veces en sermones y conferencias]
Nuestro deseo más firme es que la Iglesia oficial no la considere ya como un pesado fardo o un conjunto de antiguallas, sino más bien como la única vía posible para regenerarse ella misma. Sin embargo las grandes discusiones doctrinales no serán suficientes para realizar esta obra: nos hacen falta primero almas dispuestas a toda suerte de sacrificios. Ello vale tanto para los consagrados como para los fieles. Nosotros mismos debemos renovar sin cesar nuestra mirada sobre la Tradición, no de forma puramente teórica sino de manera verdaderamente sobrenatural, a la luz del sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz. Esto nos preservará de dos peligros opuestos que se alimentan a veces uno a otro, a saber: un cansancio pesimista, vale decir derrotista, y un cierto intelectualismo que deseca.
Estoy persuadido que de que tenemos la llave para hacer frente a las diferentes dificultades con que podemos encontrarnos.

 ¿Incluso al problema mayor de la crisis en la Iglesia?

¿Cuáles son hoy los asuntos importantes? Las vocaciones, la santificación de los sacerdotes, la preocupación por las almas. [Quede claro: esto es lo importante, lo verdaderamente esencial en esta crisis; y no el liberalismo, el modernismo y la sodomía imperantes en el clero católico desde el fatídico Vaticano II. Esta visión de la crisis de la Iglesia que tiene el P. Pagliarani, no desagradaría ni al mismo Francisco] La situación dramática de la Iglesia no debe tener tal impacto psicológico sobre nuestras mentes que no seamos ya capaces de cumplir estos deberes. La lucidez no debe ser paralizante: cuando se hace tal, se transforma en tinieblas. Contemplar la crisis a la luz de la Cruz nos permite conservar la serenidad y ver las cosas con distancia, serenidad y distancia que son indispensables para garantizarnos un juicio seguro. [Falso supernaturalismo fellayciano al 100%]
La situación presente de la Iglesia es la de un declive trágico: caída de las vocaciones, del número de sacerdotes, de la práctica religiosa, desaparición de las costumbres cristianas, del sentido más elemental de Dios, que hoy se manifiestan – ¡por desgracia! – en la destrucción de la moral natural… [Ni una palabra sobre las causas malsonantes de todo eso]
Ahora bien, la Fraternidad posee todos los medios para guiar el movimiento de regreso a la Tradición. [pretensiones mesiánicas fellaycianas a tono con las revelaciones de Madame Rossiniere:“la FSSPX salvará a la Iglesia”]  Más precisamente, tenemos que hacer frente a dos exigencias:
- por un lado, preservar nuestra identidad recordando la verdad y denunciando el error: “Praedica verbum: insta opportune, importune: argue, obsecra, increpa, predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta” (2 Tim. 4, 2);
- por otro lado, “in omni patientia, et doctrina, con una paciencia sin falla e instruyendo siempre” (ibídem): atraer a la Tradición a quienes caminan en esta dirección, animarles, introducirles poco a poco en el combate y en una actitud cada vez más valiente. Hay todavía almas auténticamente católicas que tienen sed de la verdad, y nosotros no tenemos derecho a negarles el vaso de agua fresca del Evangelio por una actitud indiferente o altiva. Esas almas terminan a menudo por animarnos a nosotros mismos gracias a su propio valor y determinación. 
Son éstas dos exigencias complementarias que no podemos disociar una de la otra, privilegiando sea la denuncia de los errores salidos del Vaticano II, sea la ayuda a quienes toman conciencia de la crisis y tienen necesidad de ser iluminados. Esta doble exigencia es profundamente una, puesto que es manifestación de la única caridad de la verdad.

¿Cómo se traduce concretamente esta ayuda a las almas sedientas de verdad?

Creo que no hay que poner límites a la Providencia que nos dará caso a caso medios adaptados a las diferentes situaciones. Cada alma es un mundo por sí sola, tiene detrás suyo un recorrido personal, y hay que conocerla individualmente para estar en condiciones de ayudarla eficazmente. Se trata sobre todo de una actitud fundamental que debemos cultivar en nosotros, una disposición pronta para ayudar, y no una preocupación ilusoria por establecer un manual de instrucciones universal que se aplicaría a todos.
Para dar ejemplos concretos, nuestros seminaristas acogen actualmente a varios sacerdotes ajenos a la Fraternidad – tres en Zaitzkofen y dos en La Reja – que quieren ver claro en la situación de la Iglesia y que, sobre todo, desean vivir su sacerdocio integralmente.
Por la irradiación del sacerdocio y únicamente por él será como se hará regresar la Iglesia a la Tradición. Debemos imperativamente reavivar esta convicción. La Fraternidad San Pío X tendrá pronto cuarenta y ocho años de existencia. Por la gracia de Dios, ha conocido una expansión prodigiosa en el mundo entero: tiene obras que crecen por doquier, numerosos sacerdotes, distritos, prioratos, escuelas… La contraparte de esta expansión es que el espíritu de conquista inicial se ha debilitado inevitablemente. [Sobre todo desde el 2012 y por causa del giro dado a la congregación por Mons. Fellay] Sin quererlo, estamos cada vez más absorbidos por la gestión de los problemas cotidianos engendrados por este desarrollo: el espíritu apostólico puede sufrir por ello; los grandes ideales corren riesgo de marchitarse. Vamos ya por la tercera generación de sacerdotes desde la fundación de la Fraternidad en 1970… Nos hace falta recuperar el fervor misionero, el que nos insufló nuestro fundador. [Para eso, Padre, le basta con volver a combatir varonilmente contra Roma apóstata]

En esta crisis que hace sufrir a tantos fieles que adhieren a la Tradición ¿cómo concebir las relaciones entre Roma y la Fraternidad?

También aquí debemos intentar conservar una mirada sobrenatural, [más falso supernaturalismo] evitando que esta cuestión se transforme en obsesión, pues toda obsesión asedia subjetivamente al espíritu y le impide alcanzar la verdad objetiva que es su fin.
Más especialmente hoy, debemos evitar la precipitación en nuestros juicios, a menudo favorecidos por los medios modernos de comunicación; no lanzarnos al comentario “definitivo” de un documento romano o de un asunto sensible: siete minutos para improvisarlo y un minuto para ponerlo en la red… Tener una primicia, estar en boca de todos son nuevas exigencias de los medios, pero de este modo proponen una información muy superficial y – lo que es peor – a largo plazo convierten en imposible toda reflexión seria y profunda. Los lectores, los oyentes, los espectadores se inquietan, se angustian… Esta ansiedad condiciona la recepción de la información. La Fraternidad ha sufrido demasiado por esta tendencia malsana y – en último término –  mundana, que debemos todos intentar corregir con urgencia. Cuanto menos estemos conectados a Internet, mejor reencontraremos la serenidad de espíritu y de juicio. Cuantas menos pantallas tengamos, mejor estaremos en condiciones de efectuar una apreciación objetiva de los hechos reales y de su alcance exacto.

Tratándose de nuestras relaciones con Roma ¿cuáles son los hechos reales?

Desde las discusiones doctrinales con los teólogos romanos, se puede decir que tenemos ante nosotros dos fuentes de comunicación, dos tipos de relaciones que se establecen sobre dos planos que hay que distinguir bien:
1. Una fuente pública, oficial, clara, que sigue siempre imponiéndonos declaraciones con – sustancialmente – los mismos contenidos doctrinales;
2.     Otra que emana de tal o cual miembro de la Curia, con intercambios privados interesantes que contienen elementos nuevos sobre el valor relativo del Concilio, sobre uno u otro punto de doctrina… Son discusiones inéditas e interesantes que ciertamente deben proseguirse, pero que no por ello dejan de ser discusiones informales, oficiosas, mientras que en el plano oficial – a pesar de cierta evolución del lenguaje – se reiteran siempre las mismas exigencias. [Todo lo cual se conoce como la vieja “técnica del policía bueno y del policía malo”. Ingenuidad típicamente fellayciana…]
Ciertamente tomamos nota de lo que se dice en privado de forma positiva, pero ahí no es verdaderamente Roma la que habla, son Nicodemos benevolentes y tímidos [policías buenos], no son la jerarquía oficial. Hay pues que atenerse estrictamente a los documentos oficiales, y explicar por qué no podemos aceptarlos.
Los últimos documentos oficiales –por ejemplo, la carta del cardenal Müller [policía malo] de junio de 2017- manifiestan siempre la misma exigencia: el Concilio debe aceptarse previamente, y después será posible continuar discutiendo sobre lo que no está claro para la Fraternidad; al hacerlo así, se reducen nuestras objeciones a una dificultad subjetiva de lectura y de comprensión, y se nos promete ayuda para comprender bien lo que el Concilio quería verdaderamente decir. Las autoridades romanas hacen de esta aceptación preliminar una cuestión de fe y de principio; lo dicen explícitamente. Sus exigencias hoy son las mismas que hace treinta años. El concilio Vaticano II debe aceptarse en continuidad con la tradición eclesiástica, como una parte que ha de integrarse en esta tradición. Se nos concede que puede haber reservas por parte de la Fraternidad que merecen explicaciones, pero en ningún caso un rechazo de las enseñanzas del Concilio en tanto que tales: ¡es Magisterio, pura y simplemente!
Ahora bien, el problema está ahí, siempre en el mismo sitio, y no podemos desplazarlo a otro lugar: ¿cuál es la autoridad dogmática de un Concilio que se quiso pastoral? ¿Cuál es el valor de esos principios nuevos enseñados por el Concilio, que se han aplicado de manera sistemática, coherente y en perfecta continuidad con lo que se había enseñado por la jerarquía que fue responsable a la vez del Concilio y del post-Concilio? Este Concilio real, es el Concilio de la libertad religiosa, de la colegialidad, del ecumenismo, de la “tradición viva”…, y desgraciadamente no es el resultado de una mala interpretación. Prueba de ello es que este Concilio real no ha sido nunca rectificado ni corregido por la autoridad competente. Vehicula un espíritu, una doctrina, una forma de concebir la Iglesia que son un obstáculo a la santificación de las almas, y cuyos resultados dramáticos están a la vista de todos los hombres intelectualmente honrados, de toda la gente de buena voluntad. Este Concilio real, que corresponde a la vez a una doctrina enseñada y a una práctica vivida, impuesta al “Pueblo de Dios”, nosotros nos negamos a aceptarlo como un concilio semejante a los demás. Por ello discutimos su autoridad, pero siempre en un espíritu de caridad, pues no queremos otra cosa sino el bien de la Iglesia y la salvación de las almas. Nuestra discusión no es una simple justa teológica y, de hecho, tiene por objeto asuntos que no son “discutibles”: es la vida de la Iglesia la que está aquí en juego, indiscutiblemente. Y es sobre esto sobre lo que Dios nos juzgará.
He aquí, pues, en qué perspectiva nos atenemos a los textos oficiales de Roma, con respeto pero también con realismo; no se trata de ser de derechas o de izquierdas, duro o laxista: se trata simplemente de ser realista.

¿Qué hacer mientras tanto?

No puedo responder sino evocando algunas prioridades. Primero, tener confianza en la Providencia que no puede abandonarnos y que nos ha dado siempre signos de su protección y de su benevolencia. [Más falso sobrenaturalismo fellayciano: la FSSPX se comporta como si tuviera mejores promesas de protección que las de la Iglesia, y por eso se acerca demasiado a la fauces de la bestia conciliar]  Dudar, vacilar, pedir otras garantías por su parte constituiría una grave falta de gratitud. Nuestra estabilidad y nuestra fuerza dependen de nuestra confianza en Dios: creo que deberíamos examinarnos todos a este respecto.
Además, hay que redescubrir cada día el tesoro que tenemos en nuestras manos, recordar que este tesoro nos viene de Nuestro Señor mismo y que le costó su Sangre. Volviendo a situarnos regularmente ante la grandeza de estas realidades sublimes es como nuestras almas permanecerán en adoración de manera habitual, y se fortificarán como hace falta para el día de la prueba.
Debemos tener también una preocupación creciente por la educación de los niños. Hay que mantener bien claro el objetivo que queremos alcanzar y no tener miedo a hablarles de la Cruz, de la pasión de Nuestro Señor, de su amor por los pequeños, del sacrificio. Es absolutamente necesario que las almas de los niños sean cautivadas ya desde su más tierna edad por el amor de Nuestro Señor, antes de que el espíritu del mundo pueda seducirlos y captarlos. Esta cuestión es absolutamente prioritaria y si no llegamos a transmitir lo que hemos recibido, es signo de que no estamos suficientemente convencidos.
Finalmente, debemos luchar contra cierta pereza intelectual: es ciertamente la doctrina la que da razón de ser a nuestro combate por la Iglesia y por las almas. Hay que hacer un esfuerzo para actualizar nuestro análisis de los grandes acontecimientos actuales, a la luz de la doctrina perenne, sin contentarnos con un “copiar y pegar” perezoso que Internet –una vez más – desgraciadamente favorece. La sabiduría pone y vuelve a poner todo en orden, en cada momento, y cada cosa encuentra su lugar exacto.

¿Qué pueden hacer los fieles más en particular?

En la misa los fieles descubren el eco del ephpheta, “ábrete” pronunciado por el sacerdote en el bautismo. Su alma se abre una vez más a la gracia del Santo Sacrificio. Incluso hasta los más pequeños, los niños que asisten a la misa, son sensibles al sentido sagrado que manifiesta la liturgia tradicional. Sobre todo, la asistencia a la misa hace fecunda la vida de los esposos, con todas sus pruebas, y le da un sentido profundamente sobrenatural, pues las gracias del sacramento del matrimonio derivan del sacrificio de Nuestro Señor. Es la asistencia a misa la que les recuerda que Dios quiere servirse de ellos como cooperadores de la más hermosa de sus obras: santificar y proteger el alma de sus hijos.
Con ocasión de su jubileo de 1979, Mons. Lefebvre nos había invitado a una cruzada de la misa, porque Dios quiere restaurar el sacerdocio y, por él, la familia, atacada hoy por todas partes. Su visión era entonces profética; en nuestros días, se ha convertido en una constatación que cada cual puede hacer. Lo que él preveía, nosotros lo tenemos hoy delante de nuestros ojos.
“¿Qué nos queda pues por hacer, mis queridos hermanos? Si profundizamos en este gran misterio de la misa, creo poder decir que debemos hacer una cruzada, apoyada sobre el Santo Sacrificio de la misa, sobre la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo; apoyada sobre esta roca invencible y sobre esta fuente inagotable de gracias que es el Santo Sacrificio de la misa. Y esto lo vemos todos los días. Vosotros estáis aquí porque amáis el Santo Sacrificio de la misa. Estos jóvenes seminaristas, que están en Écône, en los Estados Unidos, en Alemania, han venido a nuestros seminarios precisamente por la santa misa, por la santa misa de siempre, que es la fuente de las gracias, la fuente del Espíritu Santo, la fuente de la civilización cristiana. Esto es el sacerdote. Nos hace falta entonces hacer una cruzada, una cruzada apoyada precisamente sobre esta noción de siempre, del sacrificio, a fin de recrear la cristiandad, rehacer una cristiandad tal como la Iglesia la desea, tal como la Iglesia la hizo siempre con los mismos principios, el mismo sacrificio de la misa, los mismos sacramentos, el mismo catecismo, la misma Sagrada Escritura” (Sermón de Mons. Lefebvre con ocasión de su jubileo sacerdotal, el 23 de septiembre de 1979 en París, Puerta de Versalles).
Esta cristiandad debe rehacerse en lo cotidiano, por el cumplimiento fiel de nuestro deber de estado, allí donde Dios nos ha puesto. Algunos deploran, a justo título, que la Iglesia y la Fraternidad no sean lo que deberían ser. Olvidan que ellos tienen los medios para remediarlo, en su lugar, por su santificación personal. Allí, cada cual es Superior General… No hace falta ningún Capítulo para ser elegido, hay que santificar cada día esta porción de la Iglesia de la cual se es dueño absoluto: ¡su alma!
Mons. Lefebvre proseguía: “Debemos recrear esta cristiandad, y es a vosotros, mis queridos hermanos, vosotros, que sois la sal de la tierra, vosotros, que sois la luz del mundo (Mt 5, 13-14), a quienes Nuestro Señor Jesucristo se dirige, diciéndoos: “No perdáis el fruto de mi Sangre, no abandonéis mi Calvario, no abandonéis mi sacrificio”. Y la Virgen María, que está al pie de la Cruz, os lo dice también. Ella, que tiene el corazón traspasado, lleno de sufrimientos y de dolores pero también lleno del gozo de unirse al sacrificio de su divino Hijo, os lo dice también. ¡Seamos cristianos, seamos católicos! No nos dejemos arrastrar por todas esas ideas mundanas, por todas esas corrientes que están en el mundo y que nos arrastran hacia el pecado, hacia el infierno. Si queremos ir al Cielo, debemos seguir a Nuestro Señor Jesucristo; llevar nuestra cruz y seguir a Nuestro Señor Jesucristo; imitarle en su Cruz, en su sufrimiento y en su sacrificio”.
Y el fundador de la Fraternidad San Pío X lanzaba una cruzada de los jóvenes, de las familias cristianas, de los jefes de familia, de los sacerdotes. Insistía con una elocuencia que sigue conmoviéndonos, cuarenta años después, pues vemos cuánto se aplica este remedio a los males presentes:
“La herencia que Jesucristo nos ha dado, es su sacrificio, es su Sangre, es su Cruz. Y esto es el fermento de toda la civilización cristiana y de lo que debe llevarnos al Cielo. (…) ¡Guardad este testamento de Nuestro Señor Jesucristo! ¡Guardad el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo! ¡Guardad la misa de siempre! Y entonces veréis reflorecer la civilización cristiana”.
Cuarenta años después no podemos eludir esta cruzada; ella nos reclama un ardor todavía más exigente y un entusiasmo aún más ardiente en el servicio de la Iglesia y de las almas. Como decía al comienzo de esta entrevista, la Tradición es nuestra, plenamente, pero este honor crea una grave responsabilidad: seremos juzgados sobre nuestra fidelidad en transmitir lo que hemos recibido.

Reverendo Superior General, antes de terminar, permítanos una pregunta más personal. ¿Le asustó la carga que cayó sobre sus hombros el pasado 11 de julio?

Sí, debo reconocer que tuve un poco de miedo y que incluso vacilé en mi corazón antes de aceptarla. Somos todos vasos de barro y esto vale también para quien es elegido Superior General: incluso aunque se trate de un vaso un poco más visible y un poco más grande, no por ello es menos frágil.
Fue solamente el pensamiento de la Santísima Virgen María el que me permitió vencer el temor: sólo en ella pongo mi confianza, y lo hago totalmente. Ella no es de barro porque es de marfil, no es un vaso frágil porque es una torre inexpugnable: turris eburnea. Es como un ejército en orden de batalla, terribilis ut castrorum acies ordinata, y que sabe de antemano que la victoria es el único resultado posible de todos sus combates: “Al final, mi Corazón inmaculado triunfará”.

jueves, 11 de octubre de 2018

FRANCISCO, EL DEMOCRATIZADOR DE LA IGLESIA



"La Iglesia está a punto de convertirse en una república, no presidencial sino parlamentaria, cuyo Jefe de Estado cumple en la práctica la misión garante de las fuerzas políticas y de representante de la unidad nacional, renunciando a la de monarca absoluto y legislador supremo que le corresponde como Romano Pontífice. Ahora bien, para llevar a cabo este proyecto democrático, el Sucesor de San Pedro se vale de poderes dictatoriales que no tienen nada que ver con la tradición de gobierno de la Iglesia."


El primado romano desfigurado por el sucesor de San Pedro


por Roberto de Mattei


La impresionante rapidez con que se suceden los acontecimientos al interior de la Iglesia hace pensar que no sólo se deba a una dinámica de aceleración histórica, sino a una deliberada decisión de los agentes del caos para aumentar la desorientación y paralizar las fuerzas de quienes intentan contener la marea que avanza.

El pasado 22 de septiembre la Santa Sede y la República Popular China emitieron un comunicado conjunto en el que daban a conocer que han firmado un acuerdo provisional sobre la manera de nombrar obispos católicos chinos. No obstante, el texto en sí no se ha publicado y se ignora su contenido.

El arzobispo emérito de Hong Kong, cardenal Joseph Zen, ha hecho llegar a Asia News la siguiente declaración: «El esperadísimo comunicado de la Santa Sede es una obra maestra de imaginación para no decir nada con muchas palabras. Dice que el acuerdo es provisional, pero no especifica cuándo expira; dice que prevé evaluaciones periódicas, sin decir cuándo será la primera fecha de caducidad. Al fin y al cabo, cualquier acuerdo puede calificarse de provisional, porque una de las dos partes siempre podrá tener motivos para pedir una modificación o incluso la anulación del acuerdo. Pero lo que importa es que si nadie pide modificar ni anular el acuerdo, aunque sea provisional, el acuerdo está en vigor. La palabra provisional no dice nada. El acuerdo “trata del nombramiento de los obispos.” Eso ya lo había dicho bastantes veces la Santa Sede, desde hace mucho. Entonces, ¿cuál es el fruto de tanto esfuerzo? ¿Cómo se responde a nuestra larga espera? ¿No se dice nada? ¡¿Es que es secreto?! El comunicado se reduce a decir que se ha firmado un acuerdo entre la Santa Sede y la República Popular China sobre el nombramiento de los obispos. Todo lo demás son palabras vacías de contenido. Y bien, ¿cuál es el mensaje que quiere transmitir la Santa Sede a los fieles de China con este comunicado? ¿”Confiad en nosotros, aceptad lo que ya hemos decidido”? ¿Y qué dirá el Gobierno a los católicos chinos? ¿”Obedecednos, que la Santa Sede ya está de acuerdo con nosotros”? ¿Aceptar y obedecer sin saber qué se debe aceptar y en qué obedecer?»

En sustancia, el acuerdo consistiría en los siguiente: a los candidatos al episcopado los nombra la iglesia oficial china, que está en manos de la Asociación Patriótica, que tiene su origen directo en el Partido Comunista. Los departamentos pertinentes del Gobierno chino propondrán a la Santa Sede un candidato que sea del agrado del Partido Comunista.

¿Y qué pasaría si el Papa no estuviera de acuerdo? El pasado 24 de septiembre, el padre Bernardo Cervellera comentó en Asia News esta hipótesis de la siguiente manera: «Hasta ahora se decía que el Papa tenía derecho de veto temporal: es decir, que el Sumo Pontífice tenía un plazo de tres meses para exponer las razones de su oposición, pero si las autoridades consideraban infundados los motivos del Santo Padre nombraban y ordenaban de todos modos a su candidato. Al no conocer el texto del acuerdo, ignoramos si se mantiene esa cláusula, si realmente el Pontífice tendrá la última palabra en los nombramientos y ordenaciones, o si por el contrario sólo se reconoce formalmente su autoridad».

En caso de que el veto fuese temporal y la última palabra correspondiera a las autoridades chinas, se incurriría en un grave error condenado por la Iglesia. Por citar un ejemplo, Pío VII revocó el concordato de Fontainebleu, estipulado con Napoleón el 25 de enero de 1813, precisamente porque preveía que si no llegaba la ratificación del Papa en el plazo de seis meses, el candidato del Imperio Francés sería confirmado por las autoridades en el cargo de obispo.

Pero aun en el caso de que el veto fuera permanente, el papel del Pontífice se reduce a hacer de una especie de notario. Se limita a ratificar el nombramiento, y si quiere evitar un tira y afloja con las autoridades políticas con las que ha intentado espasmódicamente llegar a un acuerdo, el veto podría ser la excepción, no la regla. En todo caso, asistimos a una repetición de la Ostpolitik de Pablo VI, que tanto daño hizo a los católicos del Este europeo.

Desgraciadamente, hay una estrecha coherencia entre el funesto acuerdo con China y la constitución apostólica Episcopalis communio sobre la estructura del Sínodo de Obispos firmada por Francisco el pasado 15 de septiembre y dada a conocer el día 18. Mediante este documento, explica Stefania Farlasca en el Avvenire del 18 de septiembre, «queda normativamente establecida la práctica de la sinodalidad como procedimiento para la Iglesia, y con ella el principio que regula las etapas de dicho proceso: la escucha. Pueblo de Dios, Colegio Episcopal, Obispo de Roma: cada uno escucha a los otros, y todos al Espíritu Santo.»

¿De qué forma concluye este proceso de escucha carismática? Lo explican los artículos 17 y 18 de la constitución apostólica. Las conclusiones de la asamblea se recogen en un documento final que, tras su aprobación por parte de una comisión ad hoc, «se presenta al Romano Pontífice, que decide si se publica. En caso de aprobarlo expresamente, el documento final participa del magisterio ordinario del Sucesor de San Pedro» (art. 18, § 2). Si más adelante el Santo Padre concede a la asamblea del Sínodo poderes deliberativos, de conformidad con el canon 343 del Código de Derecho Canónico, el documento final participará del magisterio ordinario del Sucesor de San Pedro una vez ratificado y promulgado. En ese caso el documento final se publica con la firma del Romano Pontífice junto a la de los miembros (art.18, § 3).

En cualquier caso, el documento sinodal «participa del magisterio ordinario del Sucesor de San Pedro». El alcance magisterial de documentos como Amoris laetitia y las conclusiones de sínodos a celebrarse próximamente, como el de los jóvenes y el de la Amazonía, queda confirmado. ¿Y cuál es la misión de San Pedro en la elaboración de documentos sinodales? Pues, como en el caso del nombramiento de obispos chinos, la de hacer de mero notario, cuya firma es necesaria para hacer efectivo el acto, sin necesidad de que sea autor del texto.

La Iglesia está a punto de convertirse en una república, no presidencial sino parlamentaria, cuyo Jefe de Estado cumple en la práctica la misión garante de las fuerzas políticas y de representante de la unidad nacional, renunciando a la de monarca absoluto y legislador supremo que le corresponde como Romano Pontífice. Ahora bien, para llevar a cabo este proyecto democrático, el Sucesor de San Pedro se vale de poderes dictatoriales que no tienen nada que ver con la tradición de gobierno de la Iglesia.

Durante la conferencia de prensa en que se presentó el documento del Papa, el cardenal Lorenzo Baldisseri, secretario general del Sínodo de los Obispos, afirmó que «la constitución apostólica Episcopalis communio del papa Francisco representa una auténtica refundación del organismo sinodal», y que «en una Iglesia sinodal, también podrá tener mayor relevo el ejercicio del primado petrino. El Papa no está solo por encima de la Iglesia; está dentro de ella como bautizado entre los bautizados, en el Colegio Episcopal como obispo entre los obispos, con la misión simultánea como sucesor del apóstol San Pedro de guiar a la Iglesia de Roma que preside en el amor a todas las iglesias» (Vatican Insider, 18 de septiembre de 2018).

Los teólogos ortodoxos pueden evaluar la gravedad de estas afirmaciones que pretenden refundar y reformar el munus petrino. Nunca había sido negado y desfigurado como ahora el Primado Romano, y para colmo en un momento en que una ola de fango parece anegar a la Esposa de Cristo.

Quien ame verdaderamente al Papado tiene el deber de gritarlo desde los tejados. Pero parece que la consigna del silencio no sólo afecta al papa Francisco. También los obispos y cardenales que guían la Iglesia parecen repetir ante los escándalos y errores que la golpean en la actualidad: «No diré una palabra sobre esto».

lunes, 8 de octubre de 2018

EL CARD. OUELLET REPRENDE A MONS. VIGANÓ




(InfoCatólica) «Su posición actual me parece incomprensible y extremadamente reprensible, no solo por la confusión que se siembra en el pueblo de Dios, sino porque sus acusaciones públicas dañan seriamente la reputación de los sucesores de los apóstoles», escribió el cardenal Marc Ouellett, en la carta dirigida al arzobispo Carlo Maria Vigano.
«Les digo francamente que acusar al Papa Francisco de haber encubierto con pleno conocimiento de los hechos a este presunto depredador sexual y, por lo tanto, de ser cómplice de la corrupción que se está extendiendo en la Iglesia, hasta el punto de considerarlo indigno de continuar su reforma como el primer pastor de la Iglesia es increíble y cuestionable desde todos los puntos de vista», agregó Ouellet.
Los hechos, según Viganò
En su primera carta, el ex-Nuncio en los Estados Unidos aseguró:
Entonces, el Papa me preguntó con tono muy cordial: “¿Cómo es el cardenal McCarrick?”. Le respondí con total franqueza y, si lo desean, con mucha ingenuidad: “Santo Padre, no sé si usted conoce al cardenal McCarrick, pero si le pregunta a la Congregación para los Obispos, hay un dossier así de grande sobre él. Ha corrompido a generaciones de seminaristas y sacerdotes, y el Papa Benedicto le ha impuesto retirarse a una vida de oración y penitencia”. El Papa no hizo el más mínimo comentario a mis graves palabras y su rostro no mostró ninguna expresión de sorpresa, como si ya conociera la situación desde hace tiempo, y cambió enseguida de tema. Pero, entonces, ¿con qué fin el Papa me había hecho esa pregunta: “Cómo es el cardenal McCarrick”?Evidentemente, quería saber si yo era aliado o no de McCarrick.
Y:
No satisfecho con la trampa que me había tendido el 23 de junio de 2013 al preguntarme sobre McCarrick, unos meses después, en la audiencia que me concedió el 10 de octubre de 2013, el Papa Francisco me tendió una segunda, esta vez respecto a otro protegido suyo, el cardenal Donald Wuerl. Me preguntó: “¿El cardenal Wuerl cómo es, bueno o malo?”. “Santo Padre –le respondí–, no le diré si es bueno o malo, pero le contaré dos hechos”. Y le conté los dos hechos que he mencionado anteriormente, relacionados con la indiferencia pastoral de Wuerl ante las desviaciones aberrantes en la Universidad de Georgetown, y la invitación que hizo la archidiócesis de Washington a jóvenes aspirantes al sacerdocio a un encuentro con McCarrick. También en esta ocasión el Papa no tuvo ninguna reacción.
En una segunda carta, Mons. Viganò se dirigió expresamente al cardenal Ouellet:
Me gustaría hacer un llamamiento especial al Cardenal Ouellet, porque como Nuncio siempre trabajé en gran armonía con él, y siempre le tuve en gran estima y afecto. Recordará cuándo, al final de mi misión en Washington, una noche me recibió en su apartamento en Roma para mantener una larga conversación. Al comienzo del pontificado del Papa Francisco, él había mantenido su dignidad, como la había demostrado con valentía cuando fue arzobispo de Québec. Más tarde, sin embargo, cuando su trabajo como prefecto de la Congregación para los Obispos estaba siendo socavado porque dos amigos homosexuales de su dicasterio pasaban directamente al Papa Francisco las recomendaciones para los nombramientos episcopales, eludiendo al cardenal, él se dio por vencido. Su largo artículo en L'Osservatore Romano, en el que se manifestó a favor de los aspectos más controvertidos de Amoris Laetitia, representa su rendición.
Eminencia, antes de irme a Washington, usted fue quien me contó las sanciones del Papa Benedicto sobre McCarrick. Tiene a su disposición documentos clave que incriminan a McCarrick y a muchos en la Curia por sus encubrimientos. Eminencia, le insto a que testifique la verdad.
Los hechos, según el cardenal Ouellet
Esta es la respuesta del cardenal Ouellet a las afirmaciones del arzobispo Viganò:
Vamos a abordar los hechos. Usted dijo que el 23 de junio de 2013 le proporcionó al papa Francisco información sobre McCarrick en una audiencia que le concedió, como también hizo con muchos representantes pontificios con quienes se reunió por primera vez ese día. Puedo imaginarme la cantidad de información verbal y escrita que se le proporcionó al Santo Padre en esa ocasión sobre tantas personas y situaciones. Dudo mucho que el Papa tuviera tanto interés en McCarrick como usted quisiera que creamos, dado que para ese entonces era un arzobispo emérito de 82 años que había estado sin ocupar un rol durante siete años. Además, las instrucciones escritas que le dio la Congregación para los Obispos al comienzo de su misión en 2001 no dijeron nada acerca de McCarrick, excepto por lo que le mencioné verbalmente sobre su situación como Obispo emérito y ciertas condiciones y restricciones que debía seguir a causa de algunos rumores sobre su conducta pasada.
Desde el 30 de junio de 2010, cuando me convertí en Prefecto de la Congregación para los Obispos, nunca presenté en audiencia el caso de McCarrick al Papa Benedicto XVI o al Papa Francisco, hasta hace poco, después de su despido del Colegio de Cardenales. Se pidió al ex cardenal, retirado en mayo de 2006, que no viajara ni hiciera apariciones públicas para evitar nuevos rumores sobre él. Es falso, por lo tanto, presentar esas medidas como «sanciones» formalmente impuestas por el Papa Benedicto XVI y luego invalidadas por el Papa Francisco. Después de una revisión de los archivos, encuentro que no hay documentos firmados por ninguno de los dos papas al respecto, y que no hay notas de las audiencias de mi predecesor, el cardenal Giovanni-Battista Re, que impongan al arzobispo retirado la obligación de llevar una vida callada y privada, con las condiciones normalmente reservadas a las penas canónicas. La razón es que en aquel entonces, a diferencia de hoy, no había pruebas suficientes de su presunta culpabilidad. Así, la decisión de la Congregación se inspiró en la prudencia, y las cartas de mi predecesor y de mis propias cartas lo instaron, primero a través del Nuncio Pietro Sambi Apostólico y luego a través de usted, a llevar una vida de oración y penitencia, por su propio bien y para El bien de la Iglesia. Su caso hubiera merecido nuevas medidas disciplinarias si la Nunciatura en Washington, o cualquier otra fuente, nos hubiera proporcionado información reciente y definitiva sobre su comportamiento. Soy de la opinión de que, por respeto a las víctimas y dada la necesidad de justicia, la investigación actualmente en curso en los Estados Unidos y en la Curia romana debería proporcionar un estudio exhaustivo y crítico de los procedimientos y las circunstancias de este caso doloroso. para evitar que algo como esto suceda en el futuro.
Por tanto, el cardenal Ouellet, aun negando la existencia de sanciones canónicas al cardenal McCarrick, reconoce explícitamente que se le instó a llevar una vida de oración y penitencia y que Mons. Viganò fue uno de los encargados de trasmitirle esa orden.
Por otra parte, las denuncias ante la Santa Sede sobre la inmoralidad sexual del ex-cardenal estadounidense son muy anteriores en el tiempo. Según una carta obtenida por Catholic News Service, la Secretaría de Estado del Vaticano tuvo conocimiento de las acusaciones hechas contra él por un sacerdote de Nueva York en el año 2000

A continuación, la carta de Ouellet (Fuente: Infovaticana):