lunes, 27 de abril de 2015

DOMINICOS DE AVRILLÉ: CUANDO SATANÁS SUEÑA DESPIERTO

LE SEL DE LA TERRE N° 92 en el sitio oficial de los Dominicos de Avrillé
Cuando Satanás sueña despierto



El «famoso» sueño masónico (1934)
En el séptimo volumen de la serie Los Hombres de buena voluntad, el novelista Jules Romains se detiene en la masonería con una evidente complacencia. La obra se titula A la búsqueda de una iglesia [1].
Para neutralizar las críticas, primero la masonería es presentada de manera satírica: uno de los personajes de la novela, antiguo masón, pone en ridículo los ritos de su logia. Pero la presentación positiva viene más tarde. Un verdadero masón, muy simpático, devela su ideal: La construcción del Templo, es decir, de la nueva humanidad, unida finalmente en la justicia, la paz y la fraternidad.
A esta construcción, la misma Iglesia católica es llamada a colaborar, siempre que renuncie a su feroz intransigencia. Y la eminencia masónica enuncia el “famoso sueño” de su secta:
Será necesario que en uno u otro momento, la cuestión se arregle entre la Iglesia y nosotros… Yo no desespero por una alianza tarde o temprano… una alianza más o menos oculta… Nosotros somos, ellos y nosotros, los únicos soldados del Universal y también del Espiritual… ¿Por qué su Dios no podría tolerar nuestro joven arquitecto? Solo debe dejarle a él este mundo y conservar para sí el otro mundo… ¿No lo cree usted?-Lo que usted le ofrece ¿es una situación de Dios en exilio? -Tal vez, pero con grandes honores […] Bien, veremos… ¿Conoce usted el famoso sueño del papa, que, un día, será uno de los nuestros?
El alto iniciado concluye alegremente: « ¡Nosotros ya tenemos obispos masones!” (pág. 303-304).
Versión judía (1951)
Este sueño masónico tiene también su versión judía. En 1951 un novelista judío (Abraham Moses Klein) describió los diferentes ideales que entusiasmaron sucesivamente a sus correligionarios durante la primera mitad del siglo 20. El héroe de la novela, Melech Davison, pasa del estudio asiduo del Talmud al entusiasmo comunista, antes de mudar a militante sionista. De cuando en cuando, es brevemente atraído por el cristianismo. Él resiste a la tentación, pero su sobrino, que lo ignora, está embargado de angustia con la idea de esta conversión: “Tío Melech ¿habrá dado el paso impensable?” Para vencer su miedo, se abandona al sueño: tío Melech se ha convertido no solo en cristiano, sino en papa; y él emplea su autoridad para transformar la Iglesia, unificando el judaísmo, el cristianismo y el islam en una nueva “trinidad”:
Vi entonces a Su Santidad Melech sentado sobre el trono papal, su origen judío permanecía en él como una fuerza activa aunque secreta. Yo lo vi cumplir completamente el ciclo anual de las ceremonias religiosas y, reinando sobre todos los reinos espirituales, ejercer su influencia y dar su sanción a las cosas temporales. […] Ahora, investido de los plenos poderes de su infalibilidad, tío Melech proclamó a la humanidad: la abolición de todos los dogmas, a excepción del mandamiento divino de la fe; la reunión de las religiones: el cristianismo, el judaísmo, el mahometismo, trinidad hecha una. Mientras que los períodos latinos de la encíclica rodaban en mi imaginación, el mundo parecía recreado de nuevo, y su labor, como la creación inicial, se calmaba en la armonía del universo, en el sabbat de la paz universal [2].
Los precedentes
VERSIÓN CARBONARIA (1824) –Nada de nuevo, dirán aquí los lectores de Sel de la terre. La “revolución en tiara y capa” y el “papa según nuestras necesidades” fueron evocadas desde 1820 por la Alta Venta de los Carbonarios.
Los papeles incautados por la policía vaticana de Gregorio XVI (y publicados en 1859 por orden de Pio IX), son muy claros. Notablemente en una carta escrita el 3 de abril de 1824 por uno de los jefes de la organización secreta:
Nosotros debemos hacer la educación inmoral de la Iglesia y llegar, por pequeños medios bien graduados aunque bastante mal definidos, al triunfo de la idea revolucionaria por un papa. En este proyecto, que siempre me ha parecido de un cálculo sobrehumano, todavía caminamos tanteando [3] (…)
VERSIÓN OCULTISTA (1862) -Eliphas Lévi (seudónimo del diácono apóstata Alphonse-Louis Constant, 1810-1875), inventor del término “ocultismo” y autor de un Ritual de Alta Magia (que él practicaba asiduamente), anunciaba en una carta del 21 de enero de 1862:
Un día vendrá en que el papa, inspirado del Espíritu Santo, declarará que todas las excomuniones están levantadas, que todos los anatemas están retractados, que todos los cristianos están unidos a la Iglesia, que los judíos y musulmanes son bendecidos y recordados por ella; que, conservando la unidad e inviolabilidad de su dogma, ella permite a todos los cultos acercarse a ella de grado, abrazando a todos los hombres en la comunión de su amor y de sus oraciones. Entonces ya no podrán existir los protestantes: ¿Contra qué protestarán ellos? [4]
VERSIÓN NOAQUIDA (1884) -Sueño análogo en el rabino cabalista Élie Benamozegh (1822-1900), quien describe el plan “noáquida” en su obra Israel y la humanidad (1884 -reeditada en 1914 con un prefacio de un sacerdote modernista secularizado Hyacinthe Loyson). Según el plan de Benamozegh, el catolicismo no debe ser destruido sino “metamorfoseado”, transformado desde el interior en religión humanitaria [5].
VERSIÓN SATANISTA (1889) -Igualmente, el canónigo apóstata Roca (1830-1893), excomulgado por sus enseñanzas abiertamente satanistas, anuncia en 1889 una “nueva Iglesia” que ya no conservará nada de la antigua, pero que sin embargo, “recibirá de Roma la ordenación y la jurisdicción canónica”. Ella será establecida por un papa que “consagrará la civilización moderna; la proclamará hija del Evangelio”. Enseguida, este pontífice no tendrá más que disolver el papado:
Pronunciando su propia decadencia, el papado romano declarará urbi et orbi que, habiendo terminado su misión y su papel de iniciador, éste se disuelve libremente en su vieja forma, para dejar el campo libre a las operaciones superiores del nuevo pontificado de la nueva Iglesia y del nuevo sacerdocio que él mismo instituirá canónicamente antes de exhalar su último suspiro [6].
VERSIÓN MODERNISTA (1907) -Esta espera de un papa revolucionario que se abrirá finalmente al mundo moderno y renunciará definitivamente a condenar los errores, anima igualmente a la corriente modernista a principios del siglo 20.
En su novela Il Santo, Fogazarro presenta las reuniones secretas de un grupo de eclesiásticos y de laicos que se preparan a “reformar” la Iglesia a su manera. “La doctrina católica es un viejo manto usado y destinado a desaparecer”, declara uno de los conjurados, Dom Clemente. Y agrega: “El viejo hábito será rechazado por la misma autoridad eclesiástica”.
De hecho, el héroe de la novela, Piero Maironi (apodado “Benedetto”) llega hasta el papa y le expone su plan de reforma: hay que curar a la Iglesia del espíritu de mentira, de dominación, de avaricia y (in cauda venenum) ¡del espíritu de inmovilidad! El dogma debe evolucionar con el siglo.
Poco después, un folleto inglés publicado en Londres en mayo de 1908, Pope Pacificus, reviste el mismo programa. Anuncia un papa que comprenderá finalmente que el cristianismo es acción y vida antes de ser dogma. Se abrirá a todos aquellos que se reclamen de Cristo, e impondrá la tolerancia de todas las opiniones y la colaboración fraternal de todos aquellos que quieren mejorar la sociedad. Entonces, bajo su régimen, se realizará la promesa de Cristo: no habrá más que un solo rebaño, la Iglesia de la caridad.
La condenación de Pio IX (1864)
Vemos que no hay nada de nuevo. El plan del demonio no cambia. Pero las novelas de Jules Romains y de Abraham Moses Klein tienen el mérito de subrayar la notoriedad del proyecto. Es un sueño “famoso”: célebre, renombrado, bien conocido del gran público liberal a quien se dirige Jules Romains. Un sueño tan representativo del mundo moderno que incluso aquellos que no lo conocen explícitamente se reconocen en él inmediatamente.
¡Un papa que, finalmente, asimilará la Iglesia a su siglo! Sueño tan famoso que se le creyó realizado desde 1846: apenas elegido, el papa Pio IX (1846-1878) fue aclamado por toda la masonería europea. En Italia, fue el delirio [7]. Ovaciones públicas, conciertos de alabanzas, salves de aplausos: nada fue escatimado para indicarle al nuevo papa el camino que debía tomar. Un camino bordeado de flores, que descendía dulcemente, por etapas, hacia el mundo moderno. Pero se desencantaron rápidamente. El papa no se dejó hacer.
En 1864, Pio IX inmortalizó su rechazo publicando el Syllabus. El documento terminaba fieramente con la condenación de la siguiente proposición.
El soberano pontífice puede y debe reconciliarse con el progreso, con el liberalismo y con el mundo moderno.
Detrás de estos tres seudónimos, no es difícil reconocer a la secta masónica.
1864-1964
Un siglo más tarde, un nuevo papa tomaba la mano tendida por la masonería. En 1964, el barón masón, Yves Marsaudon, da testimonio en una entrevista sobre Juan XXIII:
Pregunta: ¿Conoció bien al papa Juan?
Marsaudon: Yo estuve muy ligado a Mons. Roncallli (futuro Juan XXIII), nuncio apostólico en París. Él me recibió varias veces en la nunciatura y en diversas ocasiones, vino a mi domicilio de Bellevue, en Seine-et-Oise. Cuando yo fui nombrado ministro de la Orden de Malta, yo manifesté al nuncio mis perplejidades a causa de mi pertenencia a la masonería. Mons. Roncallli me alentó formalmente a permanecer dentro de la masonería.
Pregunta: ¿Lo volvió a ver usted después de su elevación a la tiara?
Marsaudon: Sí, él me recibió en Castelgandolfo en mi calidad de ministro emérito del Orden de Malta, y me dio su bendición renovándome su aliento por una obra de acercamiento entre las Iglesias, como también entre la Iglesia y la masonería de tradición [8].
Exactamente un siglo después del Syllabus, un concilio atípico -primero de su género, y único hasta hoy- inauguró una nueva pastoral: reemplazando la condenación del error por el diálogo, el Vaticano II se pretende, según la expresión del Cardenal Ratzinger, un contra-Syllabus. ¿Esto no es indicar claramente un contra-magisterio?
Más de un siglo de advertencias
Si la empresa masónica se hubiera logrado un siglo más temprano sin que hubiéramos estado provistos del Syllabus, ni de Humanum Genus de León XIII, ni de Pascendi de San Pio X, podríamos imaginar que las puertas del infierno hubieran prevalecido contra la Iglesia. Pero este no es el caso. Los mismos papas han proveído, con más de un siglo de anterioridad, toda la luz necesaria para atravesar el túnel. Pio IX quiso que los católicos fueran puestos en guardia contra el sueño carbonario de una “revolución en tiara y capa”. Y condenó solemnemente este proyecto en su Syllabus. (1864).
La víspera de su muerte, cincuenta años más tarde (1914), San Pio X puso en guardia contra la “sociedad secreta” de los modernistas instalada desde entonces en el seno mismo de la Iglesia [9].
Cuando, cincuenta años después, Vaticano II viene a tomar el contrapié del Syllabus, todo debía ser claro: el viejo sueño masónico es demasiado “famoso” para poder ser negado; y su condenación por todo un siglo de magisterio papal es evidente.
Para quien quiere ver, la luz brilla hasta en las tinieblas.



[1] Jules ROMAINS (1885-1972), A la Recherche d’une église, Paris, Flammarion, 1934. —Notar la minúscula de la palabra « iglesia », que indica su desacralización. Para el autor, toda sociedad dotada de un ideal, incluso ateo, es una « iglesia ». El socialismo de Jaurés es una “iglesia”. El comunismo es una “iglesia”. Y la masonería también.
[2] Abraham Moses KLEIN (1909-1972), The Second Scroll, 1951 – El segundo rollo, traducción de Charlotte y Robert Melançon, Montréal, Boréal, 1990, p. 65.
[3] Las instrucciones de la Alta Venta, publicadas en 1859 por Crétineau-Joly (con un breve aprobatorio de Pio IX) son reproducidas por Mons. Delassus en anexo de su Conjuración anticristiana. Encontrarán extractos abundantes citados por Mons. Tissier de Mallerais en Le Sel de la terre 85, pág. 7 y 9.
[4] Éliphas LÉVI, Cours de philosophie occulte, Lettres au baron Spédalieri, de la Kabbale et de la science des nombres, Guy Trédaniel, ed. de la Maisnie, 1988, p. 49-50. — Ver un extracto más largo en Le Sel de la terre 34, p. 263.
[5] Ver «Le plan Benamozegh» en Le Sel de la terre 46, p. 54-76.
[6] ROCA, Glorieux centenaire, Monde nouveau, nouveaux cieux, nouvelle terre, Paris, A. Ghio, 1889, p. 466. — Ver un extracto más largo en Le Sel de la terre 23, p. 202-203.
[7] El jesuita A. BRESCIANI ha reconstituído muy bien ésta época en sus novelas históricas, notablemente en Le Juif de Vérone.
[8] — Entrevista a Yves MARSAUDON en Le Juvénal, 25 septiembre 1964. Citado por Carlo Alberto AGNOLI, La Maçonnerie à la conquête de l’Église, Versailles, publicaciones del « Courrier de Rome », 2001, p. 43. Disponible en DPF, 89190 Chiré-en-Montreuil. El baron MARSAUDON es el autor de L’Œcuménisme vu par un franc-maçon de tradition, Paris, Vitiano, 1964. Sobre las relaciones de Juna XXIII con la masonería, ver Le Sel de la terre 34, p. 233-237.
[9] La expresión “sociedad secreta” (clandestinum fœdus) es del mismo papa. Tres años después de la condenación del modernismo (Pascendi, 1907), san Pio X explicó, el 1° de septiembre de 1910, en un motu proprio, que los modernistas “continúan buscando y agrupando en una sociedad secreta, nuevos adeptos.

domingo, 26 de abril de 2015

DOMINICOS DE AVRILLÉ: LA IMPORTANCIA DE LOS PRINCIPIOS

Le Sel de la Terre n° 92, en el sitio oficial de los Dominicos de Avrillé.
Editorial
La importancia de los principios

Mons. Freppel, Cardenal Pie y Dom Guéranger

En una sociedad que se hunde de todas partes, me pareció que por principio, hay que enderezar las ideas. Lo que se necesita, es mejorar el fondo de las cosas a la luz de los principios. No hay otra regla de reforma que el buscar la verdad y confesarla pase lo que pase (Fréderic Le Play en 1865[1]).
Sepamos reconocer finalmente que el abandono de los principios es la verdadera causa de nuestros desastres (Conde de Chambord, el 8 de mayo de 1871[2]).
MONSEÑOR CHARLES-EMILE FREPPEL (1827-1891, obispo de Angers a partir de 1870) señalaba la importancia de los principios:
La mayor desgracia para un siglo o para un país, es el abandono o disminución de la verdad. Podemos recuperarnos de todo lo demás, pero jamás nos recuperamos del sacrificio de los principios. Los caracteres pueden desviarse en momentos determinados, y la moral pública puede recibir algunos ataques del vicio o del mal ejemplo, pero nada está perdido mientras que las verdaderas doctrinas permanezcan de pie en su integridad. Con ellas, todo podrá rehacerse tarde o temprano, los hombres y las instituciones, porque siempre somos capaces de regresar al bien cuando no hemos abandonado la verdad. Lo que suprimiría hasta la misma esperanza de salvación, sería la deserción de los principios, fuera de los cuales nada sólido ni durable puede edificarse. Así, el más grande servicio que el hombre puede dar a sus semejantes en épocas de desfallecimiento o de oscurecimiento, es el afirmar la verdad sin temor, incluso si no lo escuchan; pues es un rayo de luz que él abre a través de las inteligencias; y si su voz no llega a dominar los ruidos del momento, por lo menos ésta será acogida en el futuro como la mensajera de salvación[3].
¿De qué principios se trata?
En filosofía tomista, se define así el principio: “Es a partir del cual alguna cosa procede, de una manera o de otra -id a quo aliquid procedit quocumque modo. »
Por ejemplo, el punto es el principio de la línea que lo prolonga, la mañana es el principio del día que le sigue, el Padre es el principio del Hijo en la Santísima Trinidad, el fuego es el principio del calor (de manera general, la causa es el principio de su efecto), etc.
Cuando hablamos de la importancia de los principios, queremos hablar de los principios del razonamiento. Estos son de dos clases: los principios especulativos, que están en la base de las ciencias, y los principios prácticos, que son el fundamento de la moral.
En la cita de Mons. Freppel, donde trata de “moral pública” y de las “instituciones”, el contexto muestra que se trata de principios prácticos, es decir, las principales verdades de la doctrina moral y política. El Syllabus de Pio IX es un ejemplo de tales principios[4]. El Decálogo es en sí mismo un enunciado de los principios de la moral.
¿Son inmutables los principios?
No es porque hablamos de principios prácticos -en oposición a los principios especulativos en el origen de las ciencias especulativas- que se debe imaginar que estos principios solo tienen un valor relativo.
Leemos en una revista reciente de la Tradición que el principio de orden práctico -a diferencia del principio especulativo- sería “doble” y que “las verdades que se derivan de un doble principio de orden práctico” serían entonces “relativas”.
Aquí hay una confusión. Los principios, incluso prácticos, permanecen inmutables. Las verdades del decálogo no son relativas, y el Syllabus no se puede reformar. Lo que puede cambiar es la aplicación del principio en circunstancias diferentes.
Por ejemplo el quinto mandamiento nos ordena “no matarás” (al inocente).
Este principio se aplica en el caso del aborto, donde está prohibido matar al niño por nacer. En cambio, ya no se aplica en el caso de la pena de muerte, donde el culpable puede ser juzgado legítimamente y ser ejecutado porque no es inocente.
La tesis y la hipótesis.
La necesaria distinción entre los principios (prácticos) y su aplicación en circunstancias variables ha sido mal utilizada por los liberales para escapar a la fuerza de estos principios. Así, Mons. Dupanloup se sirvió de la distinción entre la tesis (la doctrina) y la hipótesis (la práctica en circunstancias dadas) para atenuar, en lo posible, el valor del Syllabus de Pio IX, pretendiendo que estas bellas verdades eran inaplicables en la sociedad moderna.
Leamos a este respecto algunas reflexiones pertinentes de Mons. Lefebvre:
Es la famosa distinción entre la tesis (la doctrina) y la hipótesis (la práctica en las circunstancias dadas). Esta distinción, les suplico subrayarlo, es susceptible de una interpretación correcta: la aplicación de los principios debe tener en cuenta las circunstancias y esto se hace por la circunspección, que es una parte de la virtud de la prudencia. Así, la presencia en una nación católica de fuertes minorías musulmanas, judías y protestantes, podrá sugerir una tolerancia de sus cultos en una ciudad que es católica, por un Estado que continúa reconociendo la verdadera religión, porque cree en el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo.¡Pero atención! para los católicos liberales no se trata de esto. Según ellos, en la práctica, los principios, que son por definición las reglas de acción, no deben ser aplicados, ni predicados porque son inaplicables, dicen ellos. (…) En suma, ellos se niegan a creen en la eficacia práctica de la verdad. Ellos piensan poder afirmar todavía los principios católicos en teoría, y actuar siempre en contra de estos principios: es la incoherencia intrínseca de los liberales dichos católicos[5].
No esquivemos tan deprisa la aplicación de los principios, bajo pretexto que ellos serían inaplicables. E incluso cuando uno debe de plegarse a las circunstancias (por ejemplo, acordando la libertad civil de cultos para evitar una guerra civil), es necesario trabajar para darle un día su aplicación posible (en el caso precedente, favoreciendo el retorno de los herejes a la Iglesia, para rehacer la unidad religiosa en la verdadera fe). Como lo dice el adagio: “si la política es el arte de lo posible, ella consiste en hacer posible lo que es necesario”.
Conservar la pureza de los principios.
Cuando las circunstancias impiden aplicar completamente los principios católicos, no se debe sustituirlos por falsos principios. Es un defecto del catolicismo liberal el mezclar así lo verdadero y lo falso. Eso es lo que hace, por ejemplo, el concilio Vaticano II, que afirma que “todos los hombres deben buscar la verdad, sobretodo en lo que concierne a Dios y a su Iglesia” (DH § 1) y, en el siguiente párrafo, pretende que el hombre tendría derecho a la (falsa) libertad religiosa.
Lo que aflige vuestro país y le impide merecer las bendiciones de Dios, es esta mezcla de principios. Yo diré la palabra y lo la callaré; lo que temo, no son todos esos miserables de la Comuna de París… Lo que yo temo, es esta desgraciada política, este liberalismo católico que es el verdadero flagelo… Este juego de báscula que destruirá la Religión. Sin duda es necesario practicar la caridad, hacer todo lo posible para traer a aquellos que están alejados, pero sin embargo no se debe compartir sus opiniones[6].
Por lo tanto debemos guardarnos de la seducción de los falsos principios, lo cual es especialmente difícil hoy en día pues los falsos principios son enseñados en la escuela primaria por el sistema seudo-educativo, martillados por los medios de comunicación y adoptados en gran parte por la iglesia conciliar.
La lucha es principalmente una lucha de doctrinas. Su resistencia, hermanos míos, consistirá entonces en mantener su inteligencia firme contra la seducción de todos los principios falsos y mentirosos.  […] Cuando yo pregunto a los sabios de este tiempo, cuál es la mayor plaga de la sociedad actual, escucho responder en todas partes que es el decaimiento de los caracteres, el ablandamiento de las almas. Sobre este tema hay frases hechas que todos usan. Pero esta misma respuesta provoca una pregunta ulterior. Pues la raza francesa es enérgica en el fondo, es valiente por naturaleza, y no ha perdido tanto su temperamento nativo como para que pueda ser acusada demasiado ligeramente de debilidad y cobardía. Y hoy no menos que en el pasado, no le falta la bravura sobre los campos de batalla. ¿De dónde viene entonces este síntoma tan grave del debilitamiento de los caracteres? ¡Ah! ¿No será que es la consecuencia natural e inevitable del debilitamiento de las doctrinas, del debilitamiento de las creencias, y, para decir la palabra apropiada, del debilitamiento de la fe? El valor, después de todo, tiene su razón de ser en la medida que está al servicio de una convicción. La voluntad es una fuerza ciega cuando ella no está iluminada por la inteligencia. No se camina con pie firme cuando se camina en las tinieblas, o en la penumbra […].Hermanos míos, en nuestros días más que nunca, la fuerza de los malos es la cobardía y debilidad de los buenos, y todo el nervio del reino de Satán reside en la blandura de los cristianos[7].
La importancia de la educación, especialmente familiar.
Es sobretodo en el marco de la familia que se aprenden los principios morales. Estos principios, recibidos desde la infancia, son indelebles. Se comprende entonces la rabia de la Revolución contra la familia, con el fin de tener el campo libre para inculcar sus falsos principios:
Hoy [¡en 1910!] se asiste impasiblemente a los actos que, en la antigüedad pagana, se hubieran sublevado los pueblos más bárbaros. En toda la extensión de Francia, las escuelas donde enseñaban a los niños a conocer, amar y adorar a Dios, son cerradas por este motivo, declarado en voz alta por los gobernantes, que ellos quieren una sociedad donde solo haya ateos. ¿De dónde viene esta impasibilidad? De que ya no hay en los espíritus ideas fijas, principios sólidamente anclados en las almas, sino solamente ideas vagas y flotantes incapaces de poner energía a los corazones. ¿Y por qué en nuestros días las ideas flotan así? Porque las ideas madres, las ideas-principios, no han sido impresas en las almas de los niños por padres, quienes a su vez fueron moldeados por las enseñanzas de sus antepasados, ya imbuidos de estas verdades por sus ancestros. En una palabra, porque ya no hay tradiciones en las familias[8].
La fuerza de los principios
No nos dejemos llevar por el desaliento ante la fuerza de nuestros enemigos y el poder de la Revolución que extiende todos sus falsos principios de libertad, igualdad, fraternidad, laicismo, etc. Hay una fuerza vinculada a la confesión de la verdad. Si nosotros conocemos bien los principios y si nosotros nos apoyamos en la gracia de Nuestro Señor para darlos a conocer, encontraremos oídos para escuchar y corazones para comprender:
Hoy más que nunca, que se comprenda bien, la sociedad necesita doctrinas fuertes y consecuentes consigo mismas. En medio de la disolución general de las ideas, solamente el aserto, un aserto firme, denso, sin mezcla, podrá hacerse aceptar. Las transacciones se vuelven cada vez más estériles y cada una de ellas se lleva un jirón de la verdad. Como en los primeros días del cristianismo, es necesario que los cristianos impresionen a todas las miradas por la unidad de sus principios y de sus juicios. No tienen nada que recibir de ese caos de negaciones y de ensayos de toda clase que atestiguan bien alto la impotencia de la sociedad presente. Ya no vive, esta sociedad, sino de unos pocos restos de la antigua civilización cristiana que las revoluciones aún no se han llevado y que la misericordia de Dios ha preservado hasta ahora del naufragio. Mostraos pues a ella tal como sois en el fondo, católicos convencidos. Ella tal vez tenga miedo de vosotros durante algún tiempo; pero, estad seguros, ella volverá a vosotros. Si la halagáis hablando su lenguaje, la divertiréis un instante, luego os olvidará; porque no le habréis hecho una impresión seria. Se habrá reconocido en vosotros más o menos, y como tiene poca confianza en sí misma, tampoco la tendrá ya en vosotros. Hay una gracia agregada a la confesión plena y entera de la Fe. Esta confesión, nos dice el Apóstol, es la salvación de quienes la hacen y la experiencia demuestra que es también la salvación de quienes la escuchan. Seamos católicos y nada más que católicos […][9]
Los principios de la filosofía tomista
Santo Tomás de Aquino, en su filosofía, remonta constantemente a los principios, y a los buenos principios. Tomando a Santo Tomás de Aquino por maestro, aprendemos a razonar rectamente a partir de los principios. Nos volvemos de alguna manera más inteligentes, pues aprendemos a servirnos bien de la inteligencia.
Es por eso que los papas han alentado tan frecuentemente el estudio de sus obras y han pedido ponernos en su escuela, diciendo que “se aprende más con Santo Tomás en un año, que con todos los otros santos durante toda la vida”[10].
Una de las últimas recomendaciones de San Pio X[11], algunas semanas antes de su muerte, fue decir que había que formarse según los principios de Santo Tomás, de donde se derivan varias ventajas: 1° Un perfecto acuerdo entre la fe y la razón: 2° una refutación fácil de los errores: 3° un mejor conocimiento de lo que es propio de Dios: 4° un mejor conocimiento de las relaciones (diversidad y analogía) de Dios con sus creaturas:
Al establecer como principal guía de la filosofía escolástica a Santo Tomás, Nos referimos de modo especial a sus principios, en los que esa filosofía se apoya. No se puede admitir la opinión de algunos ya antiguos, según la cual es indiferente, para la verdad de la Fe, lo que cada cual piense sobre las cosas creadas, con tal que la idea que tenga de Dios sea correcta, ya que un conocimiento erróneo acerca de la naturaleza de las cosas lleva aun falso conocimiento de Dios; por eso se deben conservar santa e invioladamente los principios filosóficos establecidos por Santo Tomás, a partir de los cuales se aprende la ciencia de las cosas creadas de manera congruente con la Fe[C. G., II, c. 2 et 3] , se refutan los errores de cualquier época, se puede distinguir con certeza lo que sólo a Dios pertenece y no se puede atribuir a nadie más[C. G., II, c. 3; I, q.12, a4; et q54, a1]; se ilustra con toda claridad tanto la diversidad como la analogía que existen entre Dios y sus obras. El Concilio Lateranense IV expresaba así esta diversidad y esta analogía: «mientras más semejanza se afirme entre el Creador y la criatura, más se ha de afirmar la desemejanza» [DS 806; santo Thomas De scientia Dei, art. 1]. 
Sus principios son, por otra parte, el patrimonio de sabiduría de la humanidad:
Por lo demás, hablando en general, estos principios de Santo Tomás no encierran otra cosa más que lo que ya habían descubierto los más importantes filósofos y Doctores de la Iglesia, meditando y argumentando sobre el conocimiento humano, sobre la naturaleza de Dios y de las cosas, sobre el orden moral y la consecución del fin último. Con un ingenio casi angélico, desarrolló y acrecentó toda esta cantidad de sabiduría recibida de los que le habían precedido, la empleó para presentar la doctrina sagrada a la mente humana, para ilustrarla y para darle firmeza [Comentario de De Trinitate, q. 2, a. 3]; por eso, la sana razón no puede dejar de tenerla en cuenta, y la Religión no puede consentir que se la menosprecie.
No podemos entonces reemplazar estos principios por ningunos otros. Ellos son el fundamento de toda ciencia natural y sobrenatural. Si no se les conoce, no se puede comprender siquiera el significado de los dogmas:
Tanto más cuanto que si la verdad católica se ve privada de la valiosa ayuda que le prestan estos principios, no podrá ser defendido buscando, en vano, elementos en esa otra filosofía que comparte, o al menos no rechaza los principios en que se apoyan el Materialismo, el Monismo, el Panteísmo, el Socialismo y las diversas clases de Modernismo. Los puntos más importantes de la filosofía de Santo Tomás [son capitales[12]], no deben ser considerados como algo opinable, que se pueda discutir, sino que son como los fundamentos en los que se asienta toda la ciencia de lo natural y de lo divino. Si se rechazan estos fundamentos o se los pervierte, se seguirá necesariamente que quienes estudian las ciencias sagradas ni siquiera podrán captar el significado de las palabras con las que el magisterio de la Iglesia expone los dogmas revelados por Dios.
Por lo tanto es necesario seguir a Santo Tomás, sobretodo en metafísica, es decir, seguir sus principios y sus grandes tesis:
Por esto quisimos advertir a quienes se dedican a enseñar la filosofía y la sagrada teología, que si se apartan de las huellas de Santo Tomás, principalmente en cuestiones de metafísica, no será sin graves daños. Pero ahora decimos, además, que no sólo no siguen a Santo Tomás, sino que se apartan totalmente de este Santo Doctor quienes interpretan torcidamente o contradicen los principios y las grandes tesis de su filosofía. Si alguna vez Nos o Nuestros antecesores hemos aprobado con particulares alabanzas la doctrina de un autor o de un Santo, si además hemos aconsejado que se divulgue y se defienda esta doctrina, es porque se ha comprobado que está de acuerdo con los principios de Santo Tomás o que no los contradice en absoluto.
Por lo tanto, estemos bien convencidos de la importancia de los principios, tanto especulativos como prácticos, y pongámonos en la escuela de Santo Tomás de Aquino para formarnos bien.
Eso es lo que tratamos de hacer en Le Sel de la terre, esforzándonos en “escrutar el depósito revelado, con respeto y amor, siguiendo a Santo Tomás de Aquino, para progresar en la inteligencia de la fe”, luego descender “de la altura de los principios para juzgar las realidades terrestres sub specie æternitatis (a la luz de la eternidad)”




[1] Charles DE RIBBE, Le Play d’après sa correspondance, París, Firmin Didot, 1884, págs 90-91
[2] El conde de Chambord o Henry V: noticia histórica y estudio político por un montañés, Annecy, C. Burdet, 1871, pág. 16.
[3] Mons. FREPPEL, Panegírico de san Hilario de Poitiers, el 19 de enero de 1873, Obras de Mons. Charles-Emile Freppel, obispo de Angers, París, Roger et Cheroviz, 1881, pág. 234.
[4] Ver el dossier sobre el Syllabus en Le Sel de la terre 90, otoño de 2014. El Syllabus, siendo una colección de errores condenados, para tener los principios católicos hay que tomar lo contrario de cada proposición (ver el artículo de VILLEFRANCHE, “El Syllabus en positivo”, en este mismo número de Le Sel de la terre.
[5] Mons. LEFEBVRE, Le destronaron, Sainte Foy Lès Lyon, Fideliter, 1987, pág. 109-110.
[6] PIO IX a los peregrinos de Nevers, junio de 1871.
[7] Cardenal PIE, panegírico de San Emiliano, 8 de noviembre de 1859. San Pio X retomará la última frase en su alocución Vi son grato, Ven. Fratello del 13 de diciembre de 1908, para la beatificación de Santa Juana de Arco: “Que no se exageren las dificultades cuando se trata de practicar todo lo que la fe nos impone para cumplir nuestros deberes, para ejercer el fructuoso apostolado del ejemplo que el Señor espera de cada uno de nosotros: Unicuique mandavit de proximo suo- Dios ha dado la carga de su prójimo a cada uno de nosotros (Si 17, 12). Las dificultades vienen de quien las crea y las exagera, de quien se confía en sí mismo y no en el socorro del cielo, de quien cede, cobardemente intimidado por los escarnios y las burlas del mundo: por lo que es necesario concluir que, en nuestros días más que nunca, la fuerza de los malos es la cobardía y debilidad de los buenos, y todo el nervio del reino de Satán reside en la blandura de los cristianos”.
[8] Mons. Henri DELASSUS, El Espíritu familiar en el hogar, en la Ciudad y en el Estado, Lille, DDB, 1910, págs. 147-148.
[9] Dom GUÉRANGER, El sentido cristiano de la Historia, Le Sel de la Terre 22 (otoño de 1997), pág. 196.
[10] JUAN XXII el 18 de julio de 1323, en la bula de canonización Redemptionem Misit Dominus.
[11] Motu proprio Doctoris Angelici del 29 de junio de 1914 sobre el estudio de la doctrina de Santo Tomás de Aquino en las escuelas católicas. Todas las citas que siguen están sacadas de este texto. (Documentos pontificales de Su Santidad san Pio X, Versalles, Publicaciones del Courrier de Rome, 1993, t. 2, pág. 578 sq.-Editorial Buena Prensa, t. 8, pág. 68 sq).
[12] Estas dos palabras están ausentes de la edición francesa, haciendo la frase ininteligible. Pero están en la edición original en latín.

COMENTARIO ELEISON Número CDVI (406).- 25 de abril de 2015



¡La Cultura Importa!


Vengan a escuchar al Dr. White, si es todavía posible,
Para relacionar correctamente la verdadera Fe con el hombre moderno.

Desde el Viernes 1ero de Mayo a la tarde hasta el Domingo 3 de Mayo al mediodía, tendrá lugar aquí, en la Casa Reina de los Mártires en Broadstairs, otra Sesión a cargo del Dr. David White, tal como el año pasado sobre Charles Dickens, así este año sobre T.S. Eliot (1888–1965), otro gigante de la literatura inglesa con una conexión directa a este rincón de Inglaterra. Fue en un pabellón al aire libre con vista sobre la playa de Margate, cerca de 8 kms. al norte de Broadstairs, que entre Octubre y Noviembre de 1921 el mundialmente famoso poeta anglo-americano logró de nuevo escribir, y compuso unas 50 líneas de la tercera de las cinco partes del poema más influyente del siglo 20mo, al menos en el idioma inglés, La Tierra Baldía (1922).

El poema es un retrato brillante del vacío en los corazones y mentes de los hombres inmediatamente después de la Primer Guerra Mundial (1914–1918). En La Tierra Baldía Eliot fragua una manera nueva, fragmentaria, de escribir poesía, manera que capturó la condición espiritual rota del hombre moderno. Por su amplio y profundo asidero de las obras maestras artísticas del pasado, notablemente Dante y Shakespeare, Eliot pudo dar forma a la pobreza espiritual de hoy en día. Por ejemplo, en las seis líneas del poema que están claramente conectadas a Margate, una de tres niñas de la clase trabajadora cuenta como ella dio su honor por nada, y para resaltar el vacío en las vidas de las tres doncellas, las palabras de ellas están enmarcadas dentro de fragmentos de la canción de las tres doncellas del Rin que abre y cierra la visión cósmica de la épica El Anillo de los Nibelungos de Wagner.

El vacío y la nada. ¿Por qué diantres deben los Católicos ocuparse con autores tan deprimentes? La salvación es por Nuestro Señor Jesucristo, no por la cultura, especialmente no por cultura nihilista. Una respuesta particular concierne a T.S. Eliot. Una respuesta general concierne a toda la “cultura”, definida como aquellas novelas, pinturas y música con las cuales todos los hombres de todas las épocas necesariamente alimentan y forman sus corazones y sus mentes.

En cuanto a T.S. Eliot, él mismo pronto descartó La Tierra Baldía como “refunfuño rítmico”, y unos años más tarde él se hizo un miembro de la Iglesia Anglicana. El había otorgado brillante expresión a la nada moderna, pero no se había revolcado en ella. Continuó escribiendo un número de piezas de teatro y especialmente el largo poema de los Cuatro Cuartetos, que bajo ningún concepto son nihilistas, y sobre los cuales también el Dr. White, que ama mucho a Eliot, hablará en Broadstairs dentro de unos pocos días. Habiendo asido el problema honestamente, Eliot no se refugió en ninguna solución de avestruz como lo han hecho muchos Católicos que se han dejado engañar por el Vaticano II.

Pues, ciertamente, la cultura en general es a la religión (o irreligión) como los suburbios de una ciudad son al centro de la ciudad. Y, así como un general militar que tiene que defender a una ciudad sería de lo más tonto al dejar que los suburbios sean ocupados por el enemigo, así cualquier Católico que ama su religión no puede ser indiferente a las novelas, pinturas y música que están moldeando a las almas todo alrededor de él. Por supuesto que la religión (o irreligión) es central a la vida de un hombre, comparada con la cual la “cultura” es periférica, porque la cultura de los hombres es, en el fondo, un producto derivado de su relación con su Dios. Sin embargo la cultura y la religión interactúan. Por ejemplo, ¿si no se hubieran dejado encantar muchos Católicos por la racha de “La novicia rebelde”, hubieran sido tan fácilmente engañados por el Vaticano II? O, ¿si los líderes actuales de la Fraternidad San Pío X, contrastando cultura católica con anti-cultura moderna, hubieran asido la profundidad del problema moderno, estarían ahora tan empeñados en volver bajo los perpetradores del Vaticano II? ¡La cultura puede importar, tanto como el Cielo y el Infierno!

Kyrie eleison.

sábado, 25 de abril de 2015

24 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL “LEÓN DE CAMPOS”: MONS. ANTONIO DE CASTRO MAYER

Mons. De Castro Mayer nació el 20 de junio de 1904 en la ciudad paulista de Campinas. Fue ordenado sacerdote el 30 de octubre de 1927. El Papa Pio XIII lo nombro, el 6 de marzo de 1948, obispo titular de Priene, recibiendo la consagración episcopal el 23 de mayo. El 3 de enero de 1949, el mismo Sumo Pontífice le confió la diócesis de Campos, en el Estado de Rio de Janeiro. Rigió a su grey con espíritu sobrenatural, gran sabiduría y encendido celo apostólico durante casi 40 años. Al final de su vida reunió a sus sacerdotes fieles a la Tradición, transformando Campos en un bastión del Catolicismo íntegro, obediente al magisterio pontificio de los veinte siglos cristianos, pero resistente a los errores conciliares, e hizo de su casa un seminario.
Dotado de una clarividencia notable, su mirada de águila descubre, ya una década antes de la inauguración del concilio Vaticano II, el rumbo del modernismo redivivo, revestido con ropajes de un falso progreso, que se denominó progresismo. Con fecha de la fiesta de la Epifanía de 1953 sale a la luz su carta pastoral sobre “Los problemas del apostolado moderno”, seguido de un compendio de “Verdades oportunas que se oponen a los errores contemporáneos”, un clásico sobre la crisis religiosa de nuestro tiempo. Allí el Obispo de Campos condena las novedades envenenadas que iban a enseñorearse del mundo católico a resultas del concilio anti-Mariano de 1962-1965, y expone la recta doctrina que es el antídoto de los errores señalados. Es uno de los pocos que dan importancia a los errores anti-litúrgicos –ya en enero de 1953- pues empieza la exposición con el enunciado y la refutación de los yerros que atentan contra el culto católico. También da enseñanzas certeras sobre la estructura de la Iglesia, métodos de apostolado, vida espiritual, Estado Católico, etc.
No transó con la apostasía, ni con los errores, ni con el mal. La intransigencia es a la virtud lo que el instinto de conservación es a la vida. Una virtud sin intransigencia o que odia la intransigencia no existe, o conserva apenas la exterioridad. Una fe sin intransigencia, o está muerta, o solo vive exteriormente, porque perdió el espíritu” (Carta Pastoral citada). Es evidente que un obispo tan fiel al Evangelio, tan consecuente con la enseñanza del Divino Maestro de “El que no está por Mí, contra Mí está y el que conmigo no recoge, desparrama” (Mat 12,30), no podía aprobar el ecumenismo de Juan Pablo II.
Tampoco excusó a los laicos del buen combate: “Cualquier fiel, en presencia de una doctrina ya condenada, tiene el derecho y a veces el deber de combatirla. Si se encuentra con una doctrina no condenada explícitamente, pero incompatible con las enseñanzas de la Iglesia, puede, y a veces debe, bajo su responsabilidad personal, señalar tal incompatibilidad y oponerse en la medida de lo posible a la propagación de esta doctrina”  (Ídem).
No son muchos los que ven la peligrosidad de la “línea media”. El Obispo de Campos la consignó en su pastoral: Esta tendencia a conciliar extremos inconciliables, de encontrar una línea media entre la verdad y el error, se manifestó desde los principios de la Iglesia. Ya el Divino Salvador advirtió contra ella a los Apóstoles: Nadie puede servir a dos señores. Y luego cita a Pio XII: “Un hecho que siempre se repite en la historia de la Iglesia es el siguiente: que cuando la fe y la moral cristianas chocan contra fuertes corrientes de errores o apetitos viciados, surgen tentativas de vencer las dificultades mediante algún compromiso cómodo o de apartarse de ellas o de cerrar los ojos”.
Participó en la consagración de los obispos con Mons. Lefebvre en Ecône, el 30 de junio de 1988. Allí declaró: “Mi presencia aquí, en esta ceremonia, tiene como causa un deber de conciencia, el de hacer una profesión de Fe Católica, delante de toda la Iglesia. (…) Quiero manifestar aquí mi adhesión sincera y profunda a la posición de S.E. Mons. Marcel Lefebvre, dictada por su fidelidad a la Iglesia de todos los siglos. Nosotros hemos bebido de la misma fuente que es la Santa Iglesia Apostólica y Romana.

Monseñor Williamson y Monseñor Faure: Continuando el buen combate de la Fe.
 ¡Deo Gratias!
(Tomado parcialmente de la Revista Roma AEterna 118, de abril de 1991). 


LA TRAICIÓN DE MONSEÑOR FELLAY




La Fraternidad será acusada de exagerar los errores del Vaticano II, de criticar de manera abusiva los escritos y los actos del Papa y de los obispos, y de aferrarse de una manera demasiado rígida a los ritos tradicionales, en definitiva, tener una tendencia al sectarismo, que un día llevará al cisma”

(Mons. Lefebvre. Carta a los miembros de la FSSPX, julio de 1989, citada en Su Excelencia Mons. Lefebvre, Nuestras relaciones con Roma, El Combate de la Fe Católica nº 167, pág. 299).



En la Fraternidad estamos haciendo de los errores del Concilio súper-herejías, convirtiéndolo en el mal absoluto, peor que todo, de la misma manera en que los liberales han dogmatizado este concilio pastoral. Los males ya son suficientemente dramáticos como para exagerarlos(cf. Roberto de Mattei  Una historia jamás escrita, pág. 22, Monseñor Gherardini Un debate que comienza pág. 53, etc.). Ya no se hacen distinciones. Mientras que Monseñor Lefebvre hizo varias veces las distinciones necesarias respecto a los liberales. Esta falta de distinción lleva a uno u otro de entre ustedes a un “endurecimiento absoluto”. Esto es grave porque esta caricatura ya no está en la realidad y en el futuro  desembocará lógicamente en  un verdadero cisma. Y puede ser que este hecho sea uno de los argumentos que me empuja a no demorar más en responder a las instancias romanas.”

(Mons. Fellay. Carta a los tres obispos, Menzingen, 14 de abril de 2012)