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martes, 1 de abril de 2014

P. SIMUOLIN: FALSOS MOTIVOS PARA SOMETERSE A ROMA MODERNISTA.-

El Padre Simoulin se ha distinguido por ser uno de los sacerdotes más acuerdistas de la FSSPX. "El Seignadou" es una publicación oficial de la FSSPX del priorato Saint Joseph des Carmes, cuyo editor es el Padre Simoulin. Nuestros comentarios en rojo.

Padre Michel Simoulin: La gran cuestión que se nos plantea.
Fuente: Tradinews



Le Seignadou - abril 2014
La gran cuestión que se nos plantea a nosotros y en primer lugar a nuestros superiores, es sin ninguna duda ésta, la cual fue bien formulada por un amigo: “¿No hay ningún peligro para la fe el aceptar ponerse bajo una autoridad, Papa u obispo que, continúan desde hace 50 años la obra de la destrucción de esta fe, y esto sin acordar con anterioridad las cuestiones doctrinales involucradas?”
La primera respuesta es evidente: Por supuesto que el peligro es grande y real, nosotros estamos conscientes de ello y nosotros siempre lo hemos dicho y explicado. Es fácil reportarse a todos los estudios que hemos hecho sobre el concilio, el nuevo catecismo, Juan XXIII y Juan Pablo II, entre otros.
Es evidente que, si ningún “acuerdo” se ha realizado todavía, como lo ha dicho claramente Monseñor Fellay, es porque no queremos someternos incondicionalmente a contrario sensu: confiesa que los acuerdistas están dispuestos a un sometimiento condicional a una autoridad de la cual no estamos seguros las eternas dudas de los liberales… que nos quiera bien y nos permita continuar sirviendo a la Tradición de la Iglesia sin obligarnos a aceptar el Vaticano II sin discusión cobarde repliegue: para estos liberales no se trata de combatir por el triunfo de la fe sobre la herejía modernista dominante, sino sólo de que no se nos imponga el Vaticano II, de tener seguridades y tranquilidad en el metro cuadrado tradicional que se nos permita tener en el zoológico ecumenista.
Dicho esto, ¿podemos hablar de una autoridad que obra la destrucción de la fe? Increíble pregunta Parece más justo hablar de una autoridad que no profesa la fe o no la confiesa en su integridad, y que profesa verdades peligrosas o incluso contrarias a la fe una verdad a medias. Lo más justo es decir esto: esa “autoridad que no profesa la fe o no la confiesa en su integridad, y que profesa verdades peligrosas o incluso contrarias a la fe”; esa autoridad -por lo mismo- obra la destrucción de la fe. Pues hay que distinguir entre una intención de destruir la fe y un efecto no querido directamente. ¿No querido directamente? ¿Usted se atreve a exculpar a todas las autoridades que en la Iglesia objetivamente destruyen la fe? Es increíble. Para los liberales no existen los mal intencionados, sino sólo los “equivocados”. Según ellos hay que pensar que toda esta terrible crisis es un inmenso mal entendido entre gente bien intencionada. Que esta pérdida de la fe sea una consecuencia de las doctrinas conciliares profesadas desde hace 50 años, eso es evidente, pero ¿podemos decir que esa fue y sigue siendo la intención de sus promotores? No se trata de juzgar intenciones subjetivas sino de reconocer lo que es objetivo: las autoridades de la Iglesia destruyen la fe desde Juan XXIII en adelante. Si ese fuera el caso, estas autoridades no tendrían más la fe y no serían formalmente católicas, y creer esto es ser implícitamente sedevacantista. Absit. Los sofismas hasta acá expresados por el P. Simoulin nos han llevado hasta el aterrador fantasma sedevacantista, según la estrategia habitual de los acuerdistas. Usted debe descartar que haya mala intención en algunas autoridades de la Iglesia, de lo contrario, usted es sedevacantista.
Si nosotros llegamos a la necesidad de “acordar previamente las cuestiones doctrinales”, nosotros estamos todos acordes en decir que es un ideal hacia el cual nos esforzamos con toda nuestra alma. Ojo a la trampa que hay en el uso de la expresión “acuerdo doctrinal”: para los liberales, de lo que se trata es de negociar un acuerdo de “mínimos comunes” sobre materias doctrinales con Roma. Rectamente interpretada, la expresión “acuerdo doctrinal con Roma” significa que por haberse convertido a la fe íntegra, Roma “esté de acuerdo” o “concuerde” con los tradicionalistas. Es el fin último de nuestra resistencia y de todas nuestras negociaciones. Nosotros podemos llamar a esto “la conversión” de Roma o su retorno a la Tradición plena y entera. Si, “cuando se trata del fin, no hay medida a guardar”, pero esa medida se debe guardar “cuando se trata de lo que es relativo al fin, dice Aristóteles” (Santo Tomás de Aquino, IIa-IIae, 184, 3). Y es la prudencia la que nos inspirará la elección de los medios a emplear para alcanzar ese fin. ¡Por lo tanto hay que ser realista o pragmático! ¿No es utópico, por ejemplo, imaginar (y pedir) que la Roma actual restablezca desde hoy la obligación del juramento antimodernista, renueve las condenaciones contenidas en Quanta Cura y el Syllabus, Pascendi, Humani Generis, o que reafirme la doctrina de Quas Primas sobre la realeza de Nuestro Señor Jesucristo? “suponiendo que de aquí a un determinado tiempo Roma haga un llamado, que quiera volver a vernos, reanudar el diálogo, en ese momento sería yo quien impondría las condiciones. No aceptaré más estar en la situación en la que nos encontramos durante los coloquios. Esto se terminó. Plantearía la cuestión a nivel doctrinal: ¿Están de acuerdo con las grandes encíclicas de todos los papas que los precedieron? ¿Están de acuerdo con Quanta Cura de Pío IX, Immortale Dei, Libertas de León XIII, Pascendi de Pío X, Quas Primas de Pío XI, Humani Generis de Pío XII? ¿Están en plena comunión con estos papas y con sus afirmaciones? ¿Aceptan aún el juramento antimodernista? ¿Están a favor del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo? Si no aceptan la doctrina de sus antecesores, es inútil hablar. Mientras no hayan aceptado reformar el Concilio considerando la doctrina de estos papas que los precedieron, no hay diálogo posible. Es inútil” (Mons. Lefebvre, Fideliter Nº 66, 1988). ¿Podemos imaginarnos que eso se haga inmediatamente? Desconocemos los caminos de Dios. Ciertamente que eso sería lo ideal y todos lo deseamos, pero ¿podemos esperar que esto llegue antes de varias generaciones e incluso que esto pueda hacerse si el movimiento no lo llevan a cabo miembros reconocidos y admitidos, cuya fe y obediencia no son puestos en duda? Esta es una mirada puramente humana que espera la conversión de Roma por los esfuerzos de una minoría de buenos elementos actuando desde el estómago de la bestia. Es una visión que prescinde de Dios, como si en la historia no hubiera muchos ejemplos de intervenciones divinas totalmente inesperadas Esto no podemos esperarlo de las comunidades “Ecclesia Dei”, pues ellas aceptaron el Vaticano II para ser reconocidas, y se comprometieron a no hacer ninguna objeción doctrinal a las tesis en curso. Nosotros somos los únicos y los últimos testigos de la Tradición de la Iglesia en su integridad, pero no podemos guardar este tesoro solo para nosotros. Debemos, por el contrario, aspirar a ponerlo entre las manos de la Iglesia y por lo tanto del Papa, cuando esto sea posible. El P. Pfluger (en sus conferencias de Flavigny) también infundía sentimientos de culpa con aquello de que estaríamos encerrados en nosotros mismos. Esta idea típicamente liberal fue esencial en el Vaticano II, el concilio que “logró que la Iglesia saliera de su auto encierro y se abriera a todos los hombres”.
Este deseo es el sentido de las decisiones y de las declaraciones de nuestros capítulos generales de 2006 y 2012. No el del 2006 “Si una vez dados estos pasos la Fraternidad cree que son posibles las discusiones doctrinales, es también con la finalidad de que la voz de la doctrina tradicional resuene con más fuerza en la Iglesia. En efecto, los contactos que mantiene la Fraternidad esporádicamente con las autoridades romanas tienen como único objeto ayudarles a que hagan otra vez suya la Tradición, de la que la Iglesia no puede renegar sin perder su identidad, y no para lograr una ventaja para sí misma ni para llegar a un imposible “acuerdo” puramente práctico como el intentado por Mons, Fellay el 2012. El día en que la Tradición recupere todos sus derechos el problema de la reconciliación no tendrá ya razón de ser y una nueva juventud florecerá en la Iglesia”. La condición previa de las discusiones doctrinales fue añadida a las dos otras condiciones establecidas por Monseñor Lefebvre, en 2001-2002, cuando se retomaron las pláticas con Roma. Comprometidos por el cumplimiento -según les parece a los liberales- de las dos primeras condiciones previas en 2007 y 2009, estas discusiones, llevadas a cabo durante un año, no terminaron en ningún acuerdo. Sin duda alguna, las condiciones necesarias para el restablecimiento de las relaciones normales están lejos de ser cumplidas, y el peligro todavía es real, es verdad, de un acuerdo canónico sin acuerdo doctrinal previo. Pero ¿debemos esperar el milagro sin hacer nada para que la Iglesia reencuentre una nueva juventud? Falso dilema. Nuestro deber es mantenernos intransigentes en la fe. Ese es el mayor servicio que podemos dar a la Iglesia. Santa Juana de Arco dijo: “A los soldados toca combatir y a Dios dar la victoria”. Sin combate no habrá victoria. Entonces, hay que continuar combatiendo y no buscar la paz con los enemigos de la Iglesia. La declaración Doctrinal de Mons. Fellay (2012), en cuanto hacía concesiones doctrinales absolutamente inaceptables, era una capitulación o rendición, la aceptación de una paz deshonrosa y propia de cobardes, una traición objetiva. No se debe pretender que es posible transformar a los enemigos en amigos sometiéndose a ellos. Eso es locura y suicidio.    
¿Y qué podemos esperar y reclamar razonablemente en materia de acuerdo doctrinal actualmente? La única cosa que pudiéramos esperar y pedir, al parecer, es la libertar de discutir el Vaticano II. Miserable repliegue, como antes dijimos, y verdadera y propia traición: dado que Roma no se convierte, pidamos al enemigo modernista que nos dé libertad para discutir, al hereje que nos dé licencia para combatir la herejía. Nada de eso es necesario, sino el deseo de seguir combatiendo por la Verdad. Que dejen de imponernos esta condición previa de una aceptación incondicional del Vaticano II. Que se admita que este concilio fue “pastoral” y no dogmático, y que por lo tanto puede ser legítimamente objeto de discusiones. Dejar de imponernos la aceptación del Vaticano II sin discusión posible, y acordar esta libertad, sería una etapa importante, pues eso sería reconocer implícitamente que nuestros argumentos tienen valor. ¡Cobardes! En lugar de llamar a la guerra sin cuartel contra la herejía, llaman a considerar como gran cosa que los destructores de la fe nos den miserables migajas, que los modernistas "reconozcan implícitamente que nuestros argumentos tienen valor" Una autoridad que consiente a esto sería ya una autoridad no hostil hacia la Tradición, o deseosa de restablecerla en la Iglesia, y esto sería ya una verdadera conversión de Roma. O un liberalismo muy consecuente, que “reconoce valor” a la verdad y al error. Una Roma “más abierta y tolerante” es, para los acuerdistas, una Roma que se ha convertido. Se conforman con que Roma sea “no hostil” a la Tradición para darla por convertida. Según eso, las congregaciones Ecclesia Dei son intachables y enteramente católicas, pues no son “hostiles a la Tradición”. ¡Increíble!
“O deseosa de restablecer la Tradición”: ¿qué es eso? El que detenta todo el poder es “deseoso” de algo pero no lo ejecuta. ¿Por qué? Roma deseosa de restablecer la Tradición sin restablecerla. ¿Qué clase de deseo es ese? ¿Hablar así no es confundir a los fieles formulando extrañas hipótesis de laboratorio que sólo parecen posibles en las mentes enredosas de los liberales?
Todavía no estamos allí, y es por eso que no se ha hecho. Pero si Roma aceptara no hacer más del Vaticano II un super-dogma, esta sería ya una gran victoria de la gracia y podría permitir contemplar el restablecimiento de cierto lazo canónico. ¿Cuándo vendrá ese día? Nadie lo sabe, pero lo esperamos con confianza. “Cierto lazo canónico”: Lazo diabólico. ¡Ninguno mientras Roma no vuelva a la fe católica!
Es entonces que hay que abrir los ojos a otro peligro, que no es hipotético sino actual: el de no aspirar a retomar nuestro lugar legítimo entre las sociedades reconocidas por Roma, preferible es mantener nuestro lugar legítimo entre las sociedades reconocidas por Dios perder el deseo de la Iglesia y de Roma el bien de la Iglesia y de Roma es la vuelta a la fe y el sometimiento de la FSSPX a la iglesia conciliar es un suicido. No desear ya el lazo normal con Roma y la Iglesia es la sombra del espíritu cismático. No se debe desear ese “lazo normal” con Roma mientras Roma esté destruyendo la fe y mantenga roto su "lazo normal" con Cristo. Roma no es la Iglesia. Si usted cree que su situación es anormal respecto de la Iglesia, es decir, respecto de Cristo -en último término, en cuanto Cabeza de ella- váyase a una congregación Ecclesia Dei. Nosotros vivimos desde hace mucho tiempo independientemente del Papa y de los Obispos como si esto fuera normal. "Normal": la norma suprema de todo es Dios, no determinados cánones del Derecho Canónico ni las regulaciones de las Conferencias de Obispos. Noten cómo estos los liberales intentan infundirnos sentimientos de culpa: estamos encerrados, tenemos espíritu cismático, vivimos en la anormalidad. Padre: le recordamos que la anormalidad está en Roma, no en nosotros. Y esa anormalidad consiste en herejía y apostasía. Nosotros pretendemos defender la doctrina pero, todos nos arriesgamos a establecernos una doctrina a la carta, abandonando ciertos dogmas, los que nos molestan, notablemente los que están ligados a la primacía de Pedro. Nuevo escrúpulo: ¡somos herejes! Nosotros nos arriesgamos a habituarnos a lo anormal, a vivir en una situación confortable, diga a Mons. Lefebvre que su oposición a Roma hizo que su vida fuera confortable como si eso fuera justo y conforme al espíritu de la Iglesia. Ahora resulta que vivimos contra el “espíritu de la Iglesia”. Pues sepa que es un deber pensar y vivir contra el espíritu de la iglesia conciliar, que es diabólico, mundano y carnal. El Papa y los obispos serían poco a poco relegados al orden de los entes de razón, sin repercusión en la vida concreta; Roma ya no sería más que un lugar de peregrinación, y la Iglesia un cuerpo místico cuya cabeza sería Jesucristo, el alma el Espíritu Santo y los miembros los “tradis”. Nuestros sacerdotes se pueden convertir pronto en gurús. Cada quien podría convertirse en papa con el Denzinger en la mano, y todo padre de familia sería entonces el papa de su familia. En estas condiciones, nuestros hijos no tendrían ya ningún sentido de lo que es la Iglesia real en su encarnación total, de la cabeza hasta los miembros, en todas las realidades de la vida cotidiana. Remedio: someterse a los herejes romanos.
En cuanto a la autoridad… reconocida en principio pero no admitida en los hechos cuando se trata del Papa, ella se arriesga a ya no ser admitida en cualquier grado. Todo superior corre el riesgo de ser cuestionado, criticado, incluso públicamente… y las familias mismas se dislocarán. ¿Por qué obedecer a un padre que no obedece al Papa, al Obispo o al sacerdote? Porque se debe obedecer a Dios antes que a los hombres.
Quien dice línea de cresta dice peligro por los dos lados. El de un reconocimiento no muy seguro es uno; el peligro interno que describimos es otro. Pero el primero es bastante hipotético, el segundo no es para mañana; ya está a nuestras puertas… ¡Ya está presente dentro de la ciudad y de nuestras familias! ¡Horror!: ¡hay que "volver" a Roma lo antes posible!
¿Tenemos razón de temer el primer peligro? Indudablemente, pero no al punto de perder la esperanza de la fe en la gracia de la Iglesia. Y no podremos afrontarlo y triunfar sobre él más que si sabemos unir nuestras fuerzas en lugar de dividirnos, ¿la unidad es más importante que la verdad? Y si hay un causante de la crisis en la FSSPX, ese es Mons. Fellay para hacerle frente bajo la sabia y prudente dirección de los jefes que Dios nos dio no es sabio ni prudente el que dirige a la FSSPX hacia el liberalismo. “Todo reino dividido contra sí mismo será devastado", la dialéctica difundida por los “resistentes” no tiene otro efecto que debilitarnos en nuestra verdadera resistencia a las enfermedades que carcomen a la Iglesia, y en nuestra fidelidad a la línea sabiamente seguida y definida por Monseñor Lefebvre línea de la que ustedes, liberales, se han desviado al promover o al estar dispuestos a aceptar un acuerdo traidor con Roma. Parece que estos resistentes no tienen otro enemigo que Monseñor Fellay y la Fraternidad. Todo liberal y todo hereje es enemigo de la Resistencia. Ellos han rechazado visiblemente toda referencia a Roma No. Una referencia: Roma apóstata y Anti Cristo es un enemigo contra el que debemos combatir hasta el fin. Esa es una clara referencia. Y esta es otra referencia a Roma: Roma Eterna es destruida por los modernistas y por los liberales, y no les queda más que nosotros para justificar su resistencia. Recuerde que la Resistencia se forma porque Mons. Fellay expulsa u obliga a renunciar a muchos Sacerdotes que se oponen a la deriva liberal de la FSSPX. Y si vienen a decirnos que estos “resistentes” han sido tratados injustamente, podríamos aconsejar la lectura y la meditación de la vida de los santos y de las grandes figuras de la Iglesia, los cuales sabían lo que es la virtud de la obediencia contra la Verdad no hay obediencia lícita, y sabían presentar sus dificultades a sus superiores sin tener por testigo a todo el planeta, bajo la cubierta de salvar la fe, la justicia y la verdad. ¿Quién es más injusto, una autoridad que puede ser severa, o muy severa e injusta y traidora, o un sujeto que difunde todos sus rencores sin la más mínima prudencia, y no duda en manchar públicamente a sus superiores? El odio al error un deber sagrado, como también lo es combatir a los liberales y modernistas. Si nuestra abierta oposición al liberalismo de Mons. Fellay es “rencor” para el P. Simoulin, también habría que acusar a Mons. Lefebvre de abrigar "rencor" hacia Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, etc.
Que lean y mediten entre otros, el ejemplo de Monseñor Lefebvre. Cuando dejó su congregación de Padres del Espíritu Santo que caía en decadencia, ¿a cuántos sacerdotes llamó para seguirlo? Ninguno. ¿Cuántos tratados y libros escribió para denunciar la deriva de su congregación? Ninguno. Él ya no apareció en el capítulo general, se fue con una simple maleta. ¿Y qué hay de la etapa siguiente en la vida de Mons. Lefebvre, esto es, cuando dejó la “iglesia oficial”? ¿Nunca predicó contra el Vaticano II? ¿Nunca escribió nada contra el liberalismo y contra los Papas liberales? ¿Acaso no fundó una congregación para hacer resistencia a los errores, la misma que ustedes, liberales traidores, están destruyendo? ¿No recorrió el mundo entero para elevar esa muralla defensiva contra Roma apóstata? ¿No fue injusta e inválidamente excomulgado por negarse a obedecer a los traidores? Que lean igualmente la vida de santa Teresa Couderc, fundadora y primera superiora de las hermanas del Cenáculo, destituida y reemplazada por una rica viuda recién entrada en la congregación, a quien fue dado el título de fundadora y superiora. Santa Teresa, que no había cometido ninguna falta, se retiró sin murmurar contra la flagrante injusticia, mientras que la congregación se desmoronaba poco a poco (la cual volvió a florecer después de la prueba) El ejemplo no vale nada, pues eso sucedió en tiempos normales en los que la fe no peligraba. Qué diferencia con las salidas estruendosas de estos últimos meses que demuestran que las preocupaciones de algunos no se parecen nada a las de estos hombres y mujeres apasionados por Dios y las salidas seguirán en la medida que las autoridades liberales de la FSSPX la sigan hundiendo.
Bajo el pretexto de la crisis en la Iglesia ¿habrá que resignarnos a no querer imitar a los santos? “Cada uno juzga según sus inclinaciones”. Los católicos liberales, cuando no son mal intencionados, imitan a los santos en lo que no deben y no los imitan en lo que deben, porque todo lo ven a través del falso prisma liberal. Por eso los acuerdistas de la FSSPX imitan a Mons. Lefebvre en su error de 1988 (firmar el protocolo de acuerdo), pero no en su gran resolución de 1988: retractar la firma de ese documento. ¿Habrá que dejar a esta crisis decapitar la esperanza en nuestros corazones? ¿Habrá que dejar que las ilusiones o falsas esperanzas de las autoridades liberales destruyan la FSSPX? No: hay que reaccionar y unirse a la Resistencia.
Nuestra Señora de la Santa Esperanza, conviértenos para lo cual abandone primero el liberalismo, pues Dios aborrece las oraciones de los liberales impenitentes. Recuerde que “el liberalismo es un pecado” (P. Sardá y Salvany).