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jueves, 4 de julio de 2013

¿QUÉ HAY QUE DECIRLES A LOS HOMBRES?

SYLLABUS

R.P. Jean Dominique, O.P.
(Revista Iesus Christus Nº 79, Enero/Febrero de 2002)


Queridos amigos,

Esta cuestión ha mantenido toda su actualidad, y hasta se volvió candente en estos últimos tiempos.

¿Qué hay que decirles a los hombres? ¿Qué lenguaje hay que tener…

-ante las autoridades romanas, cuando nos hacen gestos de benevolencia?

-ante esa franja indefinible de católicos “conciliares” de tendencia conservadora?

-ante el hombre de la calle que ya no tiene más fe, ni ley?

A primera vista, se presentan ante nosotros dos soluciones. La primera es la del doberman que aúlla ante todo lo que se mueve, y muerde al primer extraño que llega. Es la posición belicosa del que alrededor de sí no ve más que enemigos, y que les lanza sin cesar todos los insultos del diccionario. Esta actitud, de un antiliberalismo primario y autosuficiente, se encuentra a veces, pero no es de hecho la de la mayoría, y no nos parece que sea la más peligrosa.


“Es la posición belicosa del que alrededor de sí no ve más que enemigos, y que les lanza sin cesar todos los insultos del diccionario”.

Un segundo estado de espíritu es el más difundido, y parece imponerse como una moda: es el de la diplomacia. Como algunos católicos conciliares, bastante numerosos se nos dice, nos manifiestan un cierto interés por la Tradición, no hay que espantarlos con un lenguaje polémico: tratemos de conmoverlos con una actitud conciliatoria. Debemos mostrarles que no somos tan malos como se les quiere hacer creer que somos. Hablemos un lenguaje que entiendan. Pongamos a la luz lo que hay de bueno, o por lo menos de soportable, en ellos, sin focalizarse sobre sus errores. Busquemos ante todo ser vistos y escuchados, y agradar.


“Debemos mostrarles que no somos tan malos como se les quiere hacer creer que somos”.

Las dos actitudes que presentamos aquí de una manera voluntariamente caricaturesca contienen ambas una gran parte de verdad. Con la primera hay que afirmar que el modernismo (liberalismo, naturalismo, etc…) sigue siendo el gran enemigo de la Iglesia y de las almas, y que hay que combatirlo abiertamente. Con la segunda, debemos saber que sólo la bondad puede tocar los corazones y abrir un camino a la verdad en los espíritus falseados por los prejuicios. Esta actitud parte de un buen sentimiento: hay que ser misionero, y entonces afable.

Esta segunda actitud, sin embargo, no deja de constituir un peligro. Un sacerdote de la Fraternidad San Pío X decía con razón en los años 1987-1989: “La diplomacia y la fe son incompatibles”.

La proposición aparece provocante, pero contiene una gran parte de verdad.

La diplomacia conduce necesariamente a ciertas concesiones. Para obtener mucho, debo ceder un poco (o hasta mucho). Ahora bien, en las cosas de la fe, no se puede ceder algo, “ni una iota”, como dice Nuestro Señor.

El diplomático debe hablar con el lenguaje de su interlocutor. Pero en el campo de la verdad, hablar el lenguaje del otro ya a menudo es una concesión a las ideas. ¿Qué hacer entonces? ¿Estamos obligados a elegir entre un antiliberalismo excesivo (el famoso “celo amargo”) y el camino tan peligroso y a menudo mundano de la “diplomacia”? No; por encima de estas dos actitudes, hay una tercera, que contiene como en una síntesis superior el bien que presentaban las dos primeras. Esta tercera vía que fue inaugurada por Nuestro Señor y fue practicada sin cesar por la Iglesia, es la de la predicación abierta y simple de la fe.

¿Qué hay que decirles a los hombres? Lo que San Pablo les decía a los judíos y a los paganos de su tiempo: que Jesús es Dios, y que deben convertirse. Fue el lenguaje simple y directo del Santo Cura de Ars en su siglo cientificista, fue también el de Monseñor Lefebvre. Lo que conmueve a las almas es la predicación de los nombres de Jesús, de María, y de las grandes verdades de la fe, donde estas palabras son claramente definidas y explicadas.

Las dos primeras actitudes que hemos mencionado proceden de un gusto insuficiente por la verdad y la luz. Se definen demasiado en función del error o del parecer. Ojalá la misericordia divina nos guarde en el amor de la verdad y en la verdad del amor.