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domingo, 22 de diciembre de 2013

P. SCHMIDBERGER Y EL DOLOR DE LOS FIELES




¿Por qué los fieles de la Fraternidad ya no reaccionan ante el avance del mal, por qué se callan, por qué ya no pelean? Recibo esa pregunta y una vez más parece necesario decirlo: la FSSPX oficialmente declinó el combate y se aprestó a simular que batallaba mediante el diálogo, la negociación, los intercambios diplomáticos con los modernistas romanos, desde hace más de diez años. Su prédica se fue haciendo cada vez más -si no errónea en lo doctrinal en los comienzos- sí cada vez más vacua, “comprensiva”, conciliadora, ambigua y alambicada. A través de sus obispos y sacerdotes, se dejó de lado o se olvidó de la guerra en la que estábamos inmersos. Las críticas realizadas hacia los errores y herejías de Roma fueron cada vez más débiles, medrosas, con un cierto temor a ofender pues de ese modo podían ponerse en riesgo las negociaciones que buscaban la “regularización” de la Fraternidad, el ansiado lugar bajo la confortable Prelatura romana.

Por lo tanto, el lenguaje modificado se debió a que había que cambiar la posición de la Fraternidad con respecto a Roma, como dijo Mons. Fellay en el escandaloso Cor Unum de marzo de 2012, que no escandalizó a casi nadie de los que hoy siguen dentro de la Fraternidad. Si hasta había amigos –según el optimismo de Mons. Fellay- allí dentro y había una ola que se había levantado contra el modernismo, que, según el ahora heretizante Padre Bouchacourt, sería el canto del cisne del Vaticano II, que se estaba despidiendo. ¡Todas buenas noticias!

Así es que ya no se habló más en términos de pelear una guerra contra los enemigos de Dios, los enemigos de la Iglesia, los herejes y apóstatas modernistas. Eso mismo puede observarse en el resumen crítico que realizó recientemente el Padre F. Schmidberger sobre la última exhortación apostólica de Francisco, Evangelii Gaudium. Pues si bien P. Schmidberger la rechaza, no la coloca en su debido contexto y por lo tanto no la incluye en una explícita condena hacia Francisco. No habla en ningún momento de enemigos, la exhortación le produce angustia y dolor, ciertamente, pero nada más: no la decisión de pelear contra estos enemigos y declarar con toda claridad que no se tendrá parte alguna con ellos. Lógicamente, no puede comprometer la nueva “cruzada” de rosarios lanzada por Mons. Fellay por “el regreso de la Tradición a la Iglesia”, es decir, de la FSSPX a esta Roma.

Lejos está el director del Seminario alemán de las duras y claras palabras de San Pío X (a quien cita un par de veces), sino que más bien se dedica a censurar –por momentos muy bien- pero también a hacer el elogio de los puntos “positivos” del documento, en un tono más bien frío y profesoral, sin explicar que esos “puntos positivos” son parte habitual de la táctica modernista, y no afirmaciones inconexas entre sí con los puntos negativos, que más que negativos hay que llamarlos heréticos y escandalizantes. Pero, P. Schmidberger, a diferencia de San Pío X, no ubica este documento de Francisco en el contexto que le corresponde: el de un modernista que es enemigo de la Iglesia Católica.

San Pío X, por ejemplo, habla en su gran encíclica Pascendi con inusual dureza y sin temores de los modernistas: “hombres que enseñan  doctrinas perversas”, “charlatanes de novedades y seductores”, “metidos en el error y que arrastran al error”; “a todos ellos los incluimos entre los enemigos aun cuando ellos mismos se asombren; pero –dejando aparte sus intenciones que sólo Dios puede juzgar- nadie que conozca sus doctrinas y su modo de hablar y de actuar podrá extrañarse de lo que decimos. Y no exageraría si los incluyese entre los peores adversarios de la Iglesia. Pues, como hemos dicho, no desde fuera, sino dentro mismo de la Iglesia llevan a cabo su perversa actividad”; “emplean tales tácticas para hacer daño, que no se encuentran otras más malvadas ni más insidiosas”, etc.

Veamos algunos párrafos de la crítica del P. Schmidberger. Empieza diciendo lo siguiente:

Para concluir el año de la Fe, el Santo Padre, el Papa Francisco, publicó la Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” sobre la predicación del Evangelio en el mundo de hoy.

Nos preguntamos, si al decir “el Santo Padre” se entiende que habla del Papa Francisco, ¿para qué se le hace necesario aclararlo a continuación? ¿Acaso porque hay “dos Santos Padres” y debe aclarar que no se refiere a Benedicto? En ese caso, tal sorprendente y desusada situación, ¿le permite tener la seguridad de que el “Santo Padre” verdadero es Francisco y no Benedicto? Como sea, P. Schmidberger debe hacer la aclaración por las dudas.

Luego explica que

Debido a su extensión –289 puntos–, este documento requiere de parte del lector y del teólogo un gran esfuerzo para estudiarlo correctamente.

¿Es sólo debido a su extensión que solicita un gran esfuerzo del lector, o también y sobre todo por el lenguaje rebuscado y contradictorio propio de los modernistas, amén de una serie de neologismos bergoglianos que complican aún más el padecimiento del lector? De entrada debería dejarse claro que se trata de un documento de un modernista, aunque podría complicarse luego para determinar –si no quiere de entrada confundir más al lector- si es cierto o no lo que dijo Mons. Fellay, de que Francisco sólo es modernista práctico y no teórico, o algo así.

De modo que P. Schmidberger dice que

La ocasión del documento es el Sínodo de los obispos que se llevó a cabo el año pasado desde el 7 hasta el 28 de octubre, sobre el tema de la nueva evangelización: “Acepté con gusto el pedido de los Padres sinodales de redactar esta Exhortación” (nº 16). Al mismo tiempo este documento fue presentado por el nuevo pontífice como una suerte de directorio. Esta doble finalidad y la prolijidad del Papa tienen por consecuencia que este documento no presenta estructuras claras. Le falta precisión, rigor y claridad

Pero no explica que esa falta de precisión o claridad es consecuencia del modernismo que tiene en la cabeza Francisco. Aquí nos recordamos a San Pío X: “Como los modernistas (…) utilizan la táctica insidiosa de no exponer sus doctrinas orgánicamente estructuradas, sino desarticuladas, para que parezcan inconexas y poco concretas cuando en realidad son firmes y consistentes, lo primero que hay que hacer es presentar esas doctrinas en su conjunto…etc”.

Dice bien más adelante P. Schmidberger que

El documento, además, no está desprovisto de contradicciones:
El uso de la primera persona del singular (yo) se encuentra nada menos que 184 veces en el documento, y no se cuentan las palabras “mi” o “mí”. La palabra de Dios en el Apocalipsis se presenta casi automáticamente a nuestra mente: “Ecce nova facio omnia: He aquí que yo renuevo todas las cosas” (Apoc. 21, 5).

Pero otra vez debemos recurrir al gran Papa Santo Pío X, que dice las cosas con mayor claridad: “Nos referimos, venerables Hermanos, a tantos seglares y, lo que es más lastimoso, a tantos sacerdotes que, con un falso amor a la Iglesia, sin ningún sólido fundamento filosófico ni teológico, incluso impregnados de doctrinas envenenadas, que inoculan hasta la médula de los huesos de la Iglesia, se alzan como reformadores, con una absoluta falta de humildad; como ejército compacto arremeten contra lo que de más santo hay en la obra de Cristo, y ni siquiera respetan la persona del Redentor divino: con sacrílega osadía la reducen a la categoría de puro y simple hombre” (Pascendi, Introducción).

Entonces, P. Schmidberger, en vez de advertir al lector de la insidiosa táctica empleada por los modernistas, emplea unos cuantos párrafos para destacar que

El documento encierra sin duda varias consideraciones positivas, que no se pueden silenciar.

Como si tales consideraciones positivas pudieran ser provechosas para el católico, cuando las mismas están sumergidas en el nauseabundo error que corroe e inutiliza esos puntos que tanto agradan a los que se alimentan de falsas esperanzas. Aquí nuevamente vale tener presente a San Pío X: “Emplean tales tácticas para hacer daño, que no se encuentran otras más malvadas ni más insidiosas: son una mezcla de racionalista y católico, tan hábilmente presentada, que con facilidad engañan a los incautos; y son hasta tal punto osados, que no hay consecuencia que les detenga o que no mantengan con firme obstinación. Además suelen llevar una vida llena de actividad, con gran dedicación al estudio, y unas costumbres intachables que les atrae la estima de todos, lo cual es muy adecuado para engañarles.

Dice P. Schmidberger al iniciar su análisis de los puntos negativos del documento:

El bien proviene de cierta integridad, mientras que, por el contrario, si alguna parte esencial de una cosa es mala, el conjunto es malo. Las hermosas partes del documento papal, que nos alegraron, no pueden impedirnos comprobar la firme voluntad de realizar el Concilio Vaticano II no sólo según la letra, sino también según el espíritu. La trilogía Libertad religiosa – Colegialidad – Ecumenismo que, según las palabras de Mons. Lefebvre, corresponde al lema de la Revolución francesa: Libertad – Igualdad – Fraternidad, se encuentra desarrollada de una manera sistemática.

¿Por qué alegrarse de “las hermosas partes del documento papal” si corresponden a algo que en su conjunto es malo? Por el contrario, si el documento en su parte esencial es malo y por lo tanto debe desecharse entero, con sus partes que serían buenas, eso no alegra, sino que más bien produce tristeza. La verdad mezclada con la mentira es la peor de las mentiras, y eso no puede alegrar a quien ama la verdad porque ésta debe estar sin comunión con su enemiga la mentira.

Cuando Francisco

Primero en los nº 94 y 95, se reprimenda (sic) a los fieles de la Tradición, y hasta se los acusa de neo-pelagianismo (…)

El P. Schmidberger se pregunta:

¿Cómo puede el Papa pensar esto?

¿Acaso puede ser sorprendido alguien como él, realizando esa pregunta, cuando sabemos que Bergoglio siempre ha sido modernista y enemigo de la Tradición? ¿Acaso la pregunta del P. Schmidberger es un lamento o una especie de disculpa? ¿No sabe acaso la respuesta?

Dice luego muy bien en su crítica lo siguiente:

Resulta muy extraña la observación hecha en el nº 129, según la cual no se debe pensar que “el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable.” Esto nos recuerda inevitablemente la doctrina de la evolución de los dogmas, tal como la defienden los modernistas y tal como ha sido expresamente condenada por el Papa San Pío X en el juramento antimodernista.
Dicha actitud evolucionista se revela también a propósito de la Iglesia y de sus estructuras. La primera parte del capítulo 1 del documento lleva como título “la transformación misionera de la Iglesia”. Se presenta al Concilio Vaticano II como el garante de la apertura de la Iglesia a una reforma permanente, puesto que “hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador” (nº 26).

Y se escandaliza por única vez aquí:

Este párrafo termina con una afirmación falsa y escandalosa: “Frente a episodios de fundamentalismo violento que nos inquietan, el afecto hacia los verdaderos creyentes del Islam debe llevarnos a evitar odiosas generalizaciones, porque el verdadero Islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia.” ¿El Santo Padre habrá leído el Corán alguna vez?

Pero sin embargo ¡no duda en citar a un modernista para sustentar una de sus críticas a Francisco!:

Nada hizo tanto daño al cuidado y a la transmisión de la fe durante los últimos cincuenta años como este ecumenismo desbordante, que no es sino “la dictadura del relativismo” religioso (Cardenal Ratzinger).

Recientemente el mismo Benedicto ratificó que Francisco continúa su misma línea teológica. Entonces, ¿qué sentido tiene adherir a una afirmación correcta de un modernista, cuando se sabe que su línea general es incorrecta? ¿Acaso eso no lo habilitaría a P. Schmidberger a citar ejemplarmente a Francisco de aquí en adelante en alguno de sus “puntos positivos”? ¿Ello no traería confusión a los fieles?

Interesante es esta afirmación del ex superior de la Fraternidad:

En el contexto de tal ecumenismo, llamar a la Iglesia a la alegría del Evangelio y querer transformarla en una Iglesia misionera es bastante trágico-cómico. ¿Cómo puede ella pensar y obrar de una manera misionera mientras no cree en su propia identidad y en su misión?

Interesante porque tales palabras podrían aplicársele a la misma FSSPX, que ha dejado de lado su identidad y su misión, y ahora su pretensión de ante el descontento general transformarse en una congregación combativa ha resultado tragicómico, ¿o no se vio recientemente en el episodio ultra-combativo-cruzado de la catedral de Bs.As. (kristallnacht) que luego fue contrariado por el Superior que antes lo había autorizado, a través de una entrevista con un periódico filo-judaico?


Nos parece que el escrito de P. Schmidberger sólo logrará adormecer a los que ya están cómodos en su modorra, pensando que la FSSPX sigue siendo la misma de siempre. Pero, sin embargo, no se ha cerrado de ningún modo las puertas a las negociaciones para un posible acuerdo que permita a la FSSPX “recuperar su estatus canónico” dentro de la Roma modernista, como recientemente expresara el vocero de la Fraternidad en USA. El escrito de P. Schmidberger de ningún modo se aparta de esa línea capaz de conciliación con los modernistas romanos, pues no hace explícita esa imposibilidad de acuerdo y se da el gusto de citar autoritativamente a un modernista como Benedicto XVI, cómplice de todo lo que la Iglesia hoy está sufriendo. Al fin y al cabo, podría pensar P. Schmidberger, el “dolor de los fieles” podría atemperarse si la FSSPX es reconocida oficialmente por Roma.