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viernes, 11 de diciembre de 2015

LA MANSEDUMBRE Y EL BUEN CELO APOSTÓLICO


LA MANSEDUMBRE Y EL BUEN CELO APOSTÓLICO




Conocí que la virtud que más nece­sita un misionero apostólico, después de la hu­mildad y pobreza, es la mansedumbre. Por esto, Jesucristo decía a sus amados discípulos: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y así hallaréis descanso para vues­tras almas. La humildad es como la raíz del árbol, y la mansedumbre es el fruto. Con la humildad, dice San Bernardo, se agrada a Dios, y con la mansedumbre, al prójimo. En el ser­món que Jesucristo hizo en el monte dijo: Bien­aventurados los mansos, porque ellos posee­rán la tierra. No sólo la tierra de promisión y la tierra de los vivientes que es el Cielo, sino también los corazones terrenos de los hombres.

No hay virtud que los atraiga tanto como la mansedumbre. Pasa lo mismo que en un estanque de peces; que, si se les tira pan, todos vienen a la orilla, sin miedo ninguno se acercan a los pies; pero, si en lugar de pan se les tira una piedra, todos huyen y se esconden. Así son los hombres. Si se les trata con man­sedumbre, todos se presentan, todos vienen y asisten a los sermones y al confesonario; pero, si se les trata con aspereza, se incomodan, no asisten y se quedan allá murmurando del ministro del Señor.

La mansedumbre es una señal de vo­cación al ministerio de misionero apostólico.Cuando Dios envió a Moisés, le concedió la gracia y la virtud de la mansedumbre. Jesucristo era la misma mansedumbre, que por esta vir­tud se le llama Cordero: será tan manso, de­cían los profetas, que la caña cascada no aca­bará de romper, ni la mecha apagada acaba­rá de extinguir; será perseguido, calumniado y saciado de oprobios, y como si no tuviera lengua, nada dirá. ¡Qué paciencia! ¡Qué man­sedumbre! Sí, trabajando, sufriendo, callando y muriendo en la Cruz, nos redimió y enseñó cómo nosotros lo hemos de hacer para salvar las almas que él mismo nos ha encargado.

Los Apóstoles, adoctrinados por el divino Maestro, todos tenían la virtud de la man­sedumbre, la practicaban y enseñaban a los de­más, singularmente a los Sacerdotes. Así es que Santiago decía: ¿Hay entre vosotros alguno te­nido por sabio y bien amaestrado para instruir a otros? Muestre por el buen porte su proceder y una sabiduría llena de dulzura. Mas, si tenéis un celo amargo y el espíritu de discordia en vuestros corazones, no hay para qué gloriaros y levantar mentiras contra la verdad, que esa sabiduría no es la que desciende de arriba, sino más bien una sabiduría terrenal, animal y dia­bólica (Sant. c.3, 13-15).

Yo quedé espantado la primera vez que leí estas palabras del santo Apóstol al ver que la ciencia sin dulzura, sin mansedumbre, la llama diabólica. ¡Jesús, diabólica!...Sí, dia­bólica es, y me consta además por la experien­cia que el celo amargo es arma de que se vale el diablo, y el Sacerdote que trabaja sin mansedumbre sirve al diablo y no a Jesucristo. Si predica, ahuyenta a los oyentes, y si confiesa, ahuyenta a los penitentes, y si se confiesan, lo hacen mal, porque se aturden y se callan los pecados por temor. Muchísimas confesiones generales he oído de penitentes que se habían callado los pecados porque los confesores les habían reprendido ásperamente.

En cierta ocasión hacía el Mes de María. Concurrían muchísimos a los sermo­nes y a confesarse. En la misma capilla en que yo confesaba, confesaba también un sacerdo­te muy sabio y muy celoso. Había sido Misio­nero, pero por su edad y achaques se había vuelto tan iracundo y de tan mal genio, que no hacía más que regañar. Así es que los peniten­tes quedaban tan cortados y confundidos, que se quedaban los pecados sin decir, y, por lo tanto, hacían mala confesión. Y quedaban tan desconsolados, que para tranquilizarse se ve­nían a confesar conmigo.

Como no pocas veces el mal genio y la ira o falta de mansedumbre se encubre con la máscara de celo, estudié muy detenidamente en qué consistía una y otra cosa, a fin de no pade­cer equivocación en una cosa en que va tanto. Y he hallado que el oficio del celo es aborrecer, huir, estorbar, detestar, desechar, combatir, y abatir, si es posible, todo lo que es contrario a Dios, a su voluntad y gloria y a la santificación de su santo nombre, según David, que decía: Iniquitatem odio habui et abominatus sum; legem autem tuam dilexi (Ps 118).

He observado que el celo verdadero nos hace ardientemente celosos de la pureza de las almas, que son esposas de Jesucristo, según dice el Apóstol a los de Corinto: Yo soy amante celoso de vosotros y celoso en nombre de Dios, pues que os tengo desposados con este único esposo que es Cristo para presentaros a él como una pura y casta virgen.

Por cierto que Eliecer se hubiera picado de celos, si hubiera visto a la casta y bella Re­beca, que llevaba para esposa del hijo de su Señor, en algún peligro de ser violada, y, sin duda, hubiera podido decir a esta santa donce­lla: Celador soy vuestro de los celos que tengo por mi Señor, porque os he desposado con un hombre para presentaros una virgen casta al hijo de mi amo Abraham. Con esta compara­ción se entenderá mejor el celo del Apóstol y de los varones apostólicos.

Decía el mismo en otra carta: Yo muero todos los días por vuestra gloria. ¿Quién está enfermo que no lo esté yo también? ¿Quién está escandalizado que yo no me abrase?

Los Santos Padres, para dilucidar más esta materia, se valen de la comparación de la gallina y dicen: ¡Mirad qué amor, qué cuidado y qué celos tiene una gallina por sus polluelos! La gallina es un animal tímido, co­barde, espantadizo mientras no cría; pero cuando es madre tiene un corazón de león, trae siempre la cabeza levantada, los ojos atentos, mirando a todas partes, por pequeña apariencia de peligro que se le presente para sus polluelos. No se pone enemigo delante de ella que no acometa para defenderlos, vi­viendo en un perpetuo cuidado que la hace continuamente vocear y es tan grande la fuer­za del amor que tiene a sus hijos, que anda siempre enferma y descolorida. ¡Oh qué lec­ción tan interesante de celo me dais, Señor, por medio de la gallina!

Yo he comprendido que el celo es un ardor y vehemencia de amor que necesita ser sabiamente gobernado. De otra mane­ra violaría los términos de la modestia y dis­creción; no porque el Amor divino, por ve­hemente que sea, pueda ser excesivo en sí mismo ni en los movimientos o inclinacio­nes que da a los espíritus, sino porque el en­tendimiento no escoge los medios más a propósito o los ordena mal, tomando caminos muy ásperos y violentos, y, conmovida la cólera, no pudiéndose contener en los lími­tes de la razón, empeña el corazón en algún desorden, de modo que el celo por este me­dio se ejecuta indiscreta y desarregla­damente, con que viene a ser malo y reprensible.

Cuando David envió a Joab con su ejército contra su desleal y rebelde hijo Absalón, le encargó que no le tocase; pero Joab, estando en la batalla, como una furia por el deseo de la victoria, mató con su pro­pia mano al pobre Absalón. Dios manda al Misionero que haga guerra a los vicios, cul­pas y pecados; pero le encarga con el mayor encarecimiento que le perdone al pecador, que lo presente vivo a ese hijo rebelde para que se convierta, viva en gracia y alcance la eter­na gloria.

¡Oh Dios mío!, dadme un celo dis­creto, prudente, a fin de que obre en todas las cosasfortiter et suaviter, con fortaleza, pero al propio tiempo suavemente, con mansedum­bre y con buen modo. En todo espero portar­me con una santa prudencia, y al efecto me acordaré que la prudencia es una virtud que nace en el hombre con la razón natural, la ins­trucción la cultiva, la edad la fortifica, el tra­to y comunicación con los sabios la aclara y se consuma con la experiencia de los aconte­cimientos.


San Antonio María Claret, “Ante todo la salvación de las almas”.