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domingo, 13 de diciembre de 2015

R.P. TRINCADO - SERMÓN PARA EL DOMINGO TERCERO DE ADVIENTO



Dijo Juan Bautista: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del señor”, como dijo el profeta Isaías.

La Iglesia nos hace considerar estas palabras divinas en el Evangelio de este domingo, a fin de que nuestras almas se preparen a recibir a Cristo en unos pocos días más, en la Navidad.

“Enderezad el camino del señor”. Nuestras almas son “el camino del Señor” porque Dios quiere que el bien, del cual Él es autor, llegue a todos y a todo a través de nuestras almas. Y aunque cada uno de nosotros es un camino que pertenece a Dios, cada uno de nosotros es libre para elegir ser camino para el bien o camino para el mal, camino para Dios o camino para el demonio.

“Enderezad”. Venimos a la existencia con el alma retorcida. Nacemos inclinados al mal, al pecado. De ahí que nuestras almas deban ser rectificadas, enderezadas, sanadas, restauradas. Las almas han quedado retorcidas a causa del pecado original. Gravemente enfermos y heridos, todos somos ese hombre de la parábola del buen samaritano, ese que fue asaltado y quedó “medio muerto”. Así venimos a la vida: “medio muertos”. Pero Cristo sólo quiere darnos su Vida. Amor Infinito, no se conforma con sanar la naturaleza humana, sino que además nos hace partícipes de la naturaleza divina. No deja al hombre asaltado tal como estaba antes del asalto, sino que lo eleva hasta el Cielo, hasta Sí mismo.

Nuestras almas son, pues, caminos retorcidos que es preciso rectificar y esa rectificación es posible. “El corazón del hombre camina derecho cuando va de acuerdo con la voluntad divina”, dice Santo Tomás de Aquino (Comentario al Padrenuestro, l. c., 142). La rectitud del alma está, entonces en esta sola cosa: querer hacer la voluntad de Dios, querer agradar a Dios. Y eso y sólo eso es la santidad: vivir conforme a la voluntad de Dios. Recto es el que busca la verdad, sean cuales fueren las consecuencias que esa búsqueda le acarree. Sólo los rectos saben qué es el verdadero amor y sólo ellos aman de verdad. Los que no son rectos viven engañándose y engañando.

“Los rectos o simples son los que no tienen doblez en su corazón. Simple quiere decir "sin pliegue". Para ellos es la alegría; para ellos la luz, aun en las tinieblas; para ellos los beneficios [de Dios]; para ellos la salvación y la gloria; de ellos es el amor; de ellos, como de los niños, es la alabanza que a Dios agrada.” (Mons. Straubinger). La rectitud nos hace acreedores de todos los bienes y la falta de rectitud nos puede acarrear todos los males. En la espantosa confusión en que se halla inmerso en mundo actual, la rectitud es también nuestra primera defensa, pues el recto de corazón “tendrá un juicio seguro, es decir, una certeza y convicción interior acerca de lo que es verdadero, de modo que no puedan engañarlo las tremendas seducciones que rodean a todo hombre.”  (Mons. Straubinger).

¿Alguno de ustedes vienen a misa para agradar a los hombres, para ser aprobado por sus padres o por sus esposas o maridos? En tal caso, es claro que Dios no es el supremo fin de sus actos; su alma no es recta, su corazón sigue retorcido y, aunque venga a misa y rece a veces, marcha al infierno. Alaba a Dios con la boca, pero la alabanza que Dios más aprecia es el ofrecimiento de un corazón recto. Las almas le son agradables según su mayor o menor rectitud. Debemos “examinar con mucho cuidado nuestra intención en todo lo que hacemos, y no buscar nuestros intereses” dice S. Gregorio Magno (Hom. sobre Ezequiel 2).

Y San Pablo dice en la Ep. a los Filipenses (2,13) que “Dios es el que, por su benevolencia, obra en vosotros tanto el querer como el obrar” Por eso -comenta Mons. Straubinger- “nadie se desanime, puesto que aun la voluntad que nos falta puede sernos dada por la bondad de nuestro divino Padre. Es lo que expresa la oración del Domingo XII después de Pentecostés: "Dios misericordioso, de cuyo don viene el que tus fieles puedan servirte digna y provechosamente". S. Bernardo circunscribe la cooperación humana a la siguiente fórmula: Dios obra en nosotros el pensar, el querer y el obrar. Lo primero sin nosotros. Lo segundo con nosotros. Lo tercero por medio de nosotros.”

Agrega Mons. Starubinger: “Las promesas del Señor son para los hombres sin ficción. Dios no se cansa de insistir, en ambos Testamentos, sobre, esta condición primaria e indispensable que es la rectitud de corazón, o sea la sinceridad sin doblez [sin mentira, sin hipocresía, sin fingimiento]. Es en realidad lo único que Él pide, pues todo lo demás nos lo da el Espiritu Santo con su gracia y sus dones. De ahí la asombrosa benevolencia de Jesús con los más grandes pecadores, frente a su tremenda severidad con los fariseos, que pecaban contra la luz o que oraban por fórmula. De ahí la sorprendente revelación de que el Padre descubre a los niños lo que oculta a los sabios.”

¿Por qué, entre los que por el Bautismo han recibido la gracia santificante (rectificante), existe tanta desigualdad en cuanto a que unos pecan mortalmente, otros son tibios y otros son fervorosos? Porque el desarrollo de la semilla depende de la tierra en la que ésta cae, porque “la predicación del Evangelio produce distintos efectos, según la rectitud de los oyentes. Jesús promete la luz a todo aquel que busca la verdad para conformar a ella su vida. El que con rectitud escucha la Palabra divina, no la puede resistir. Al de ánimo doble, en cambio, su propia falta de rectitud cierra la entrada al Espíritu Santo.” (Mons. Straubinger).

Y dijo Juan Bautista: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del señor”. Estimados fieles: pidamos a la Santísima Virgen, en cuya alma todo fue siempre absolutamente recto, que nos alcance de Dios un corazón recto.