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lunes, 16 de noviembre de 2015

¿POR QUÉ EL PAPA PIENSA REGULARIZAR LA FSSPX?

¿POR QUÉ EL PAPA PIENSA REGULARIZAR LA FSSPX?

FRANCE FIDÈLE



(imagen tomada del blog Castigat Ridendo Mores)
Nota de France Fidèle: Ennemond o Jacques Régis Du Cray es una especie de portavoz oficioso de Menzingen e interviene en diversos sitios de la neo-FSSPX y de sus amigos. A través de declaraciones que podrán leer bajo estas líneas, es más que evidente que la casa general de la neo-FSSPX prepara los espíritus para un reconocimiento canónico por Francisco, y que este reconocimiento no podrá ser rechazado pues, en resumen, Ménzingen piensa y dice esto (a través del liberal Du Cray): “El papa Francisco sigue siendo el papa, el papa Francisco no le hace mal a los tradicionalistas, incluso si él es progresista, el papa Francisco es un papa que sorprende, el papa Francisco es un papa que acepta la crítica, etc.” Conclusión práctica: podemos aceptar el acuerdo o, por lo menos, no rechazarlo cuando Francisco nos lo proponga.
Lean ahora la prosa acuerdista:
FUENTE: Ennemond – Le Forum Catholique – 7 de noviembre de 2015.
Sin duda, considerando apresuradamente al papa reinante en medio de nuestro tablero francés: ya que él favorece las ideas progresistas, él sólo quiere el mal para los medios conservadores y tradicionalistas. La prueba sería la destitución del Cardenal Burke y la persecución de los Franciscanos de la Inmaculada. Pero en esta lógica implacable, el arzobispo de Buenos Aires debió dejar partir a los seminaristas de la FSSPX de La Reja que estaban expulsados por el gobierno luego del affaire Williamson; el papa Bergoglio debió conceder a los obispos italianos que el Motu Proprio es un breve y clemente paréntesis que ahora cerraba; hubiera regresado al Cardenal Sarah a Guinea, y a su gran ceremoniero a la costa de Liguria; en cuanto a la Fraternidad San Pedro o el Instituto Cristo Rey, solo quedarían migajas. La realidad es que Francisco es ante todo un jesuita argentino, hablando de los pobres todo el día, repitiendo ejemplos para describir la lucha entre el bien y el mal. No está forzosamente en la misma longitud de onda del episcopado francés reclutado en el clero parisino, apreciando las parroquias del oeste y alimentando una aversión casi “tradicional” por la misa de San Pio V. Las líneas son completamente diferentes.
El pontífice, siendo autoritario a la manera peronista, no por eso deja de ser el pastor de la Iglesia universal y por lo tanto, forzosamente, intenta reunir las diferentes tendencias de la barca que le ha sido confiada para mostrar, en la tarde de su vida, que supo reunir el más grande número de rebaño. Como no se siente en proximidad con la liturgia que él ha conocido de niño, la dinámica tradicional ya no depende de Francisco. Ésta se activó desde el final del pontificado de Juan Pablo II, se reforzó bajo Benedicto XVI, y su sucesor no puede permitirse dejar de tomar en consideración este movimiento, sobre todo porque, desde los errores de los cardenales Kasper y Lehmann, los medios conservadores están resueltos a ver la Fraternidad regularizada para poder beneficiarse de apoyos sólidos y determinados. Los episodios del arzobispo de Ferrare que confió una misa a un sacerdote de la FSSPX o incluso el papa validando las confesiones de todos sus cofrades, han mostrado la resignación de los prelados progresistas que literalmente aullaron al momento del Motu Proprio. Cansados de la guerra, ellos se callan después de haber aceptado que incluso un papa que consideran salido de sus filas, se siente obligado de arreglar el diferendo canónico.
En cuanto a Francisco, lo  que más le gusta es sorprender. Él está en el comedor de Santa Marta cuando se le cree en los palacios apostólicos. Él se encuentra en una tienda de anteojos de Roma cuando lo piensan en su recámara de Santa Martha. Es evidente que nadie lo hubiera imaginado arreglando de un plumazo la cuestión de las confesiones de la Fraternidad. Sobre todo, él no la detesta. Él aprecia su capacidad de “sudar la camiseta” (nota: trabajar duro), de ir al contacto con las realidades en América, África o Asia. Y además, el carácter templado de su fundador, guerrero que no contaba su botones en la nieve, y que decía lo que pensaba en la Iglesia, le encanta al más alto grado, incluso si no comparte sus convicciones. Es sin duda por esta razón que sus relaciones con la Fraternidad en Argentina no eran malas y que leyó (o releyó) la biografía escrita por Mons. Tissier de Mallerais.

Pues el hecho de que Francisco haya liberado la palabra en la Iglesia es quizá un elemento que se pierde de vista, pero que por vía de consecuencia, ha cambiado 
radicalmente la posición de la Fraternidad en su seno, aunque ésta última no haya cambiado ni una iota. Lo que era discordante en ella pasa a segundo plano cuando son los cardenales quienes dan puñetazos en la mesa en el sínodo. Incluso en este foro, los fieles apegados a la Fraternidad ya no tienen, al parecer, el monopolio de las reservas emitidas respecto al pontífice reinante. Y los más progresistas ya no pueden nada contra los hechos: ayer la Fraternidad estaba condenada porque celebraba una liturgia prohibida y emitía críticas públicas de la jerarquía de la Iglesia. Hoy en día, la misma liturgia es celebrada por muchos, incluso en los medios diocesanos. Y la crítica abierta se ha convertido en moneda corriente bajo Francisco. Estas realidades le hacen más fácil la tarea de regularizar la obra fundada por Mons. Lefebvre. Por eso, el único camino para los que se niegan por principio a la idea de regularización, ya no está en contentarse con expresar reservas o críticas, sino en empeorar el discurso abucheando a tiempo y a contratiempo.



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Más adelante, Du Cray afirmó: ya no se trata de saber si queremos ser regularizados o no, el papa no dará elección. Él es autoritario y la impondrá. En lugar de negarse a imaginar esta hipótesis, más vale prepararse para ella.