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domingo, 29 de marzo de 2020

TEXTOS DE LA SANTA MISA DEL DOMINGO I DE PASIÓN



Introito. Salm. 42.1-2,3. Cristo ha asumido nuestra causa y la defiende ante Dios.  Hazme justicia, ¡oh Dios!, defiende mi causa contra un pueblo infiel; del hombre inicuo y falaz, líbrame; porque tú eres mi Dios y mi fortaleza. Salmo. Envía tu luz y tu verdad; ellas me guiarán y conducirán a tu santo monte a tu tabernáculo. Hazme justicia...

Colecta. Te rogamos, oh Dios omnipotente!, mires propicio a tu familia, para que con ti gracia sea dirigida en el cuerpo, y con tu protección guardada en el alma. Por nuestro Señor Jesucristo.

Epístola. Hebr.9,11-5. El sacrificio de Cristo sustituye a los sacrificios de la antigua ley. Es de eficacia tan grande, que basta una sola vez por todas para expiar todos nuestros pecados y abrirnos de nuevo la entrada en la gloria. Hermanos: Habiendo venido Cristo como Pontífice de los bienes futuros, atravesó el tabernáculo más amplio y más perfecto, no hecho de mano de hombres, es decir, que no pertenece a este mundo, y penetró una vez por siempre en el Santuario, no con sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Porque si sangre de los machos cabríos y de los toros y la ceniza becerra santifican con su aspersión a los inmundos en orden a la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual, a impulsos del Espíritu Santo, se ofreció a sí mismo a Dios como víctima sin tacha, limpiará nuestra conciencia de las obras de muerte para permitirnos servir al Dios vivo? Y por esto es el mediador de una nueva alianza: muriendo para redimir las prevaricaciones cometidas bajo la primera alianza, ha querido que reciban la promesa de la herencia eterna los elegidos, los llamados en él, en Jesucristo nuestro Señor.

Gradual. Salm. 142.9-10; 17,48-49.- Líbrame, Señor, de mis ene­migos; enséñame a hacer voluntad. ¡Señor, tú me libras de enemigos enfurecidos, tú me levantas sobre mis adversarios, tú me salvas del hombre vio­lento.

Tracto. Salm. 128.1-4.- Muchas veces me combatieron desde mi juventud. Dígalo ahora Israel: Muchas veces me combatie­ron desde mi juventud. Pero no prevalecieron sobre mí. Los labradores araron mis espaldas prolongando sus surcos; pero el Señor es justo y quebrantó el yugo de los malvados.

Evangelio. Juan 8.46-59.- Una vez más afirma Cristo su divinidad. Se lo reprochan, y por ello le condenarán a muerte. Mas los que reciben su palabra como venida de Dios, le seguirán a la vida eterna. En aquel tiempo: Decía Jesús a las turbas de los judíos: ¿Quién de vosotros me convencerá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, oye las palabras de Dios. Por eso vosotros no las oís, porque no sois de Dios. Respondieron los judíos: ¿No decimos bien que eres un samaritano y que estás endemoniado? Respondió Jesús: Yo no estoy poseído del demonio, sino honro a mi Padre; y vosotros me habéis deshonrado a mí. Yo no busco mi gloria, hay quien la busca y juzga. En verdad, en verdad, os digo: quien guarde mi doctrina, no morirá jamás. Dijéronle los judíos: Ahora conocemos que estás poseído de algún demonio. Murieron Abraham y los profetas; y tú dices: Quien guarde mi doctrina, no mo­rirá eternamente. ¿Por ventura eres mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió, y que los profetas, que también murieron? Tú ¿por quién te tienes? Respondióles Jesús: Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada vale; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros de­cís que es vuestro Dios, y no lo conocéis, mientras que yo lo conozco. Y, si dijese que no lo conozco, sería tan mentiroso como vosotros. Mas le conozco y observo sus palabras. Abraham, vuestro padre, deseó con ansia ver mi día; lo vio y gozó mucho. Y le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años y ¿has visto a Abraham? Respondióles Jesús: En verdad, en verdad os digo, que antes que Abraham fuera creado, existo yo . Tomaron entonces piedras para lanzárselas; mas Jesús se ocultó a sus ojos y salió del templo. Credo.

Ofertorio. Te alabaré, Señor, con todo mi corazón. Concede a tu siervo esta gracia: que viva guardando tu palabra. Dame la vida según tu promesa, Señor.

Secreta. Te rogamos, Señor, que no sólo rompan estos dones los vínculos de nuestra maldad, sino que nos atraigan los dones de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo…

Prefacio de la Santa Cruz. En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que pusiste la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que de donde salió la muerte, saliese la vida, y el que en un árbol venció, en un árbol fuese vencido por Cristo nuestro Señor; por quien alaban los Ángeles a tu majestad, la adoran las dominaciones, la temen las Potestades y la celebran con igual júbilo los Cielos, las Vírgenes de los cielos y los bienaventurados Serafines. Te rogamos, que, con sus voces admitas también las de los que decimos, con humilde confesión, Santo...
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