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miércoles, 11 de octubre de 2017

P. SIMOULIN: DEFENDIENDO LO INDEFENDIBLE



TRADINEWS (énfasis en negrita añadido por NP)

Le Seignadou – Octubre de 2017

Esto fidelis usque ad mortem, et dabo tibi coronam vitae.
Apocalipsis 2:10
Después de años de pasos en todos los sentidos, Roma finalmente confiesa que no quiere ceder nada sobre el concilio. En esto, el cardenal Müller no experimentó un movimiento pasajero de mal humor, sino un estado de espíritu que persiste todavía en el Vaticano. Habría que aceptar todo, aprobar todo y nada es discutible. Así que tomen nota. Esto tal vez traerá un poco de calma en nuestras filas, tranquilizará a los desconfiados y permitirá a nuestros superiores preparar serenamente nuestro próximo capítulo para las elecciones de Superior General y de sus asistentes, y para “verificar si la Fraternidad aplica concienzudamente los estatutos y se esfuerza en mantener el espíritu”.
Dicho esto, mientras que nuestro decanato vive en paz y en armonía general, yo observo que, desde hace años y meses, se desarrolla principalmente en Francia una perspectiva más bien sombría y pesimista. Mientras que anteriormente los fieles estaban encantados de encontrar con nosotros sacerdotes fervientes y deseosos de llevar las almas a Dios, hablándoles de las maravillas de la fe y de la vida espiritual, tropiezan muy frecuentemente con discursos sombríos sobre el estado del mundo, de la Iglesia y de la Fraternidad. Todo el mundo (¡o casi!) se mira con desconfianza, preguntándose qué piensa el otro. Gracias a Dios nuestro priorato ha sido preservado, aunque no todos están en este caso. ¡Sorpréndase si tantos fieles se vuelven hacia otras comunidades!
Y aun así la voz y el espíritu de Mons. Lefebvre permanecen grabados en nuestros estatutos. Es suficiente referirse a ellos para conocer nuestro deber, y conservar el rumbo. En particular, un párrafo trata de los superiores locales pero este puede dirigirse a cada uno de nosotros:
“Son sobretodo ellos quienes convencerán de la fundación providencial de la Fraternidad por su irradiación sobrenatural de paz, de serenidad, de fuerza en la alegría, de total confianza en Nuestro Señor y en Su Santa Madre, en su apego indefectible a la Iglesia Romana y al Sucesor de Pedro actuando como verdadero Sucesor de Pedro, en el respeto de los obispos fieles a la gracia de su consagración. Tendrán por el Reinado de Nuestro Señor Jesucristo una devoción sin límite a la medida de la infinidad de Su Reino: sobre las personas, las familias, las sociedades. Si ellos deben manifestar una opción política, ésta será siempre en el sentido de este Reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. Ellos difundirán esta devoción por el verdadero sacrificio de la Misa y por la devoción al Sacramento de la Eucaristía, así como por la devoción a la Santísima Virgen María” (Estatutos V, 10).
Todo esto es simple, y me atrevería a decir elemental. ¿Qué sería un sacerdote que no tuviera como primera preocupación el llevar las almas al conocimiento y amor de las realidades sobrenaturales?
Por mi parte, ¡yo no entré al seminario para combatir los errores modernos, el liberalismo o el concilio, sino por la Santa Misa! Y yo hice mi oblación en la Fraternidad hace casi cuarenta años a Nuestro Señor Jesucristo, ¡no a Mons. Lefebvre o al Papa!
¡Sería bueno a veces reflexionar un poco en el orden que debe existir entre los medios y el fin, y no invertir las cosas! El rechazo de los errores modernos es un medio necesario para asegurar nuestra fidelidad a Jesucristo y a la Iglesia, pero conviene no focalizarse sobre los medios hasta el punto de olvidar el fin, lo que me parece es el caso de los que temen yo no sé cuál abandono o traición a la línea de la Fraternidad o del espíritu de Monseñor, y que a veces llegan hasta renegar de sus compromisos.
A este respecto, me llama la atención la insistencia de Mons. Lefebvre sobre la perpetuidad de nuestros compromisos en la Fraternidad. “Señor, todo lo que existe en el cielo y en la tierra os pertenece, yo deseo ofrecerme a Vos en oblación espontánea y permanecer perpetuamente vuestro… yo me ofrezco a Vos hoy como siervo sempiterno, en homenaje y sacrificio de alabanza perpetua”. ¿“Perpetue permanere… servum sempiternum… sacrificium laudis perpetuae”?
Sin duda que estos compromisos no son votos, pero esta promesa me comprometió de manera definitiva a Jesucristo en la Fraternidad. Mi fidelidad a la Fraternidad se ha vuelto el medio indispensable de mi fidelidad a Nuestro Señor Jesucristo. Si yo reniego de mi compromiso con la Fraternidad, ¿qué será de mi compromiso con Jesucristo? Como lo indica la mención que precede a la firma que puse bajo mi oblación, yo di mi nombre a la Fraternidad (do nomen in perpetuum). Pues el nombre significa la persona misma, y se trata sin lugar a dudas de un don de sí mismo a la Fraternidad ¡y a Jesucristo en la Fraternidad!
Mi gran amigo, Ernest Hello, tenía sobre este punto fuertes observaciones;
¿Qué sería si el deshonor tuviera una esencia, cuál sería la esencia del deshonor? Sería, si no me equivoco, prometer y no cumplir. Si se interrogara al desprecio para pedirle su secreto, el desprecio respondería: Yo conozco a alguien que promete y no cumple.
Si le dices a un hombre: Usted está gravemente equivocado; usted es un criminal, este hombre se siente amonestado; pero puede sentirse estimado y, como la amonestación no daña, él puede tenderte la mano sin esfuerzo y agradecerte sin dolor.Si le dices a un hombre: Usted ha mentido, este hombre se siente despreciado, bien sea respecto a la cosa más insignificante del mundo. Él ha dado su palabra, y lo que dijo no era verdad. Dar su palabra significa prometer. Estas dos palabras son sinónimos.Tal vez hay promesas implícitas. Ved el amigo que ha abandonado a su amigo. Éste bebe la vergüenza como el agua. Lo que prometió, explícita o implícitamente, es ser fiel. La fidelidad es el honor de las relaciones.La fidelidad y la franqueza viven en el mismo lugar, pues palabra y promesa son sinónimos. El amigo que traiciona ha mentido antes de traicionar. […] Las expresiones familiares ayudan casi siempre al esclarecimiento de las cosas misteriosas. El lenguaje nos habla del hombre que ha honrado su firma.
El lenguaje acerca a cada instante la palabra honor y la palabra firma.¿Qué es una firma? Una promesa.Quien ha firmado, se compromete a hacer.¿Y qué signo da?El signo, es su nombre. La firma de un hombre es su nombre: su nombre es su palabra, y su palabra es su honor. Es por eso que el lenguaje dice: deshonrar su nombre.Quien no cumple su palabra deshonra su nombre.El nombre, el nombre de un hombre, es él mismo: Dar su nombre es comprometer su honor.El nombre es la representación del honor; éste lo expresa en lo que hay de íntimo, de esencial. Quien insulta el nombre de un hombre hace más, en cierto sentido, que insultar al hombre mismo, de una manera más directa pero menos solemne. Si insulta su nombre, lo insulta en el lugar mismo donde se debe ser más necesariamente respetado.
¡Se me objetará sin duda, y con razón, que el honor no es una virtud cristiana! “No tenemos más que un honor en el mundo, el honor de Nuestro Señor”. Un cristiano sólo busca lo que sirva al honor de Jesucristo. Esto es verdad, y el honor personal del cristiano se resume en la fidelidad a sus promesas de servir a Nuestro Señor, promesas del bautismo, de la confirmación, del sacerdocio o del matrimonio. ¡El honor del cristiano es su fidelidad! Cicerón dijo: “verum decus in virtute positium est”: el verdadero honor reside en la virtud. El honor, de hecho, no es una virtud en sí, sino la recompensa a la virtud. “El honor sigue a la virtud” dice Santo Tomás, y es por eso que poco importa el honor, ¡pero yo quiero ser fiel a todo lo que he prometido! Y la fidelidad a mis compromisos en la Fraternidad es para mí el medio de vivir mi fidelidad a Jesucristo y a mi sacerdocio, en tanto que esta primera y vital fidelidad no esté en peligro, ¿puedo vivir en un estado de desconfianza hacia mis superiores?
Solamente dos motivos podrían justificar esta desconfianza.
El primero sería la infidelidad de nuestros superiores a sus cargos. ¿Qué les piden nuestros estatutos?
El Superior General y sus dos Asistentes harán todo lo que juzguen útil para preservar, mantener y aumentar en los corazones de todos aquellos que tienen funciones y de todos los miembros de la Fraternidad una gran generosidad, un profundo espíritu de fe, un celo ardiente al servicio de la Iglesia y de las almas. Para esto, ellos organizarán y dirigirán ejercicios espirituales, reuniones que ayudarán a la Fraternidad a no caer en la tibieza, en compromisos con el espíritu del mundo. Ellos manifestarán en su actitud y su vida cotidiana el ejemplo de las virtudes sacerdotales. Favorecer el mantenimiento de una fe viva e iluminada por el establecimiento de bibliotecas bien provistas de documentos del magisterio de la Iglesia, y por la edición de revistas o periódicos susceptibles de ayudar a los fieles a fortificar y defender su fe católica. Estas directivas valen también, mutatis mutandis, para todos los Superiores y especialmente los Superiores de distritos (Estatutos V, 5).
El segundo motivo, más grave, sería su predicación contraria a la fe o a la moral, o incluso su adhesión pública por actos concretos a los errores modernos, liberales o conciliares.
¡Sobre estos dos puntos no veo nada de qué desconfiar!


Tal vez yo no haya actuado de la misma manera, o hubiera procedido de manera diferente. Incluso tal vez en la dirección de la Fraternidad o en mi modo de comunicación, yo no hubiera seguido los mismos métodos. Tal vez pueda desaprobar tal actitud o tal declaración. Pero sobre ninguno de estos dos puntos, repito que yo no veo nada de que desconfiar, y agrego además que no creo ser capaz de juzgar sabiamente. Y los que creen poder juzgar ¿tienen el derecho de hacerlo?
Santo Tomás escribe muy claramente sobre este último punto, y no necesita comentario:
El juicio es lícito en tanto en cuanto es acto de justicia. Mas… se requieren tres condiciones: primera, que proceda de una inclinación de justicia; segunda, que emane de la autoridad del que preside; y tercera, que sea pronunciado según la recta razón de la prudencia. Si faltare cualquiera de estas condiciones, el juicio será vicioso e ilícito. Así, en primer lugar, cuando es contrario a la rectitud de la justicia, se llama, de este modo, juicio vicioso o injusto. En segundo lugar, cuando el hombre juzga de cosas sobre las que no tiene autoridad, y entonces se denomina juicio usurpado. Y tercero, cuando falta la certeza racional, como cuando alguien juzga de las cosas que son dudosas u ocultas por algunas ligeras conjeturas, y en este caso se llama juicio suspicaz o temerario.  IIa-IIae 60,2.
Ustedes reconocerán que hay motivos para contener un juicio tal vez demasiado natural y espontáneo, por temor a que sea perverso, injusto, temerario, o -lo que es peor- usurpado, ¡usurpando el derecho de juzgar en lugar de mis superiores, y el de juzgarlos!
Finalmente, lo que vemos tomar forma no es otra cosa que la aparición de una nueva secta protestante, sin otro lazo interno que el rechazo de la autoridad del Papa (al cual, después de la autoridad magisterial ¡se le niega ahora la autoridad canónica! ¿qué le queda?) ¡y el libre examen para cada una de las intenciones secretas de los superiores!
Virgo fidelis, ora pro nobis.