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martes, 21 de octubre de 2014

RIBETON, RIFAN, FELLAY: ¿UN MISMO ESPÍRITU?

El Padre Ribeton es el superior del distrito de Francia de la Fraternidad San Pedro. Monseñor Rifan es el Ordinario de la Administración apostólica personal San Juan María Vianney de Campos y Monseñor Fellay es el superior de la FSSPX.
Todos se creen testigos de la Tradición católica, pero todos tienen un discurso que sufre de la misma omisión: denuncian, más o menos, los errores pero sin denunciar los fautores de errores, pues todos ven en la Roma actual, “la Roma eterna, la Iglesia madre y maestra de la verdad”.
El Padre Ribeton (¿y tal vez Monseñor Fellay en 30 años?) ha expresado últimamente su gratitud hacia Juan Pablo II. La Fraternidad San Pedro “se alegra del reconocimiento de la santidad de dos de los sucesores de San Pedro”. Fue Juan Pablo II quien “alentó a los fundadores” de la FSSP en 1988, fue él quien afirmó “la legitimidad del apego a la liturgia romana tradicional y pidió a los obispos respetar las justas aspiraciones de los fieles. Fue él quien “invirtió el movimiento de secularización” y “provocó la caída del comunismo en Europa”. “Denunciando la cultura de la muerte, las estructuras de pecado y la deriva totalitaria de las democracias modernas, despertó las conciencias dormidas, inspirando la acción de los católicos en favor de la familia y de la vida”. Juan Pablo II nos “muestra el camino que conduce a la contemplación del esplendor de la verdad” concluye el Padre Ribeton. (Carta a los amigos y benefactores n°75, junio de 2014)
Mons. Rifán, (¿y tal vez Mons. Fellay en 15 años?) pudo celebrar la fiesta de Cristo Rey en la Basílica Sainte-Marie-sur-la-Minerve el 27 de octubre de 2013:
« Esta Misa pontifical solemne, celebra el final de la peregrinación “Summorum Pontificum” de los católicos ligados a la forma tradicional del rito romano, universalmente permitido por el Santo Padre Benedicto XVI en su Motu Proprio Summorum Pontificum. Nosotros estamos en el Año de la Fe, proclamado por Benedicto XVI y continuado por el papa Francisco. Nuestra fe, como lo expresa bien la carta apostólica Porta Fidei, debe ser profesada, vivida, celebrada y orada. (…) Nuestra fidelidad a la Santa Misa en la forma tradicional del rito romano está dictada por nuestra fe. Es esta profesión de fe, profesada y celebrada a través de la Misa tradicional, que nosotros ofrecemos al Santo Padre como prueba de nuestra fidelidad a la Santa Iglesia. (…) Que el Santo Padre vea, en nuestra forma litúrgica, la expresión de nuestra plena comunión con él y con la Iglesia”.
En la segunda parte de la homilía, Monseñor Rifán invitó a permanecer confiados en la victoria final de Nuestro Señor Jesucristo frente a “la ofensiva laicista”, tan violenta y odiosa. Pero nada contra la misa bastarda, nada contra la impostura del Vaticano II, su libertad religiosa, su falsa dignidad humana y sus reformas calamitosas que han ayudado a la ofensiva laicista y masónica.
Monseñor Fellay todavía no llega a eso. El “contexto actual de la Fraternidad” no lo permite. En su Carta a los Amigos y Benefactores n°82 (DICI, 13 de abril de 2014), él “denuncia los errores contenidos en los documentos del concilio Vaticano II y en las reformas que le siguieron, especialmente la reforma litúrgica” que “no pueden ser obra del Espíritu Santo, que es a la vez Espíritu de verdad y de santidad”.
Monseñor Fellay « protesta » también « con fuerza contra las canonizaciones ». Pero si de manera cuidadosa habló de esto antes del acontecimiento (de manera condicional), no juzgó útil, después del acontecimiento, el denunciar por medio de un comunicado oficial, al principal responsable de esta impostura escandalosa.
 “Si las canonizaciones de Juan XXIII y de Juan Pablo II tienen lugar el 27 de abril próximo, plantearán a la conciencia de los católicos un doble problema. En primer lugar, un problema sobre la canonización en cuanto tal: ¿cómo se podrá presentar a toda la Iglesia como modelo de santidad, por un lado, al iniciador del Concilio Vaticano II, y por otro, al Papa de Asís y de los derechos del hombre?(…) ¿cómo se podrán refrendar con el sello de la santidad las enseñanzas de tal Concilio, que inspiraron toda la actividad de Karol Wojtyla, y cuyos frutos nefastos son el signo inequívoco de la autodestrucción de la Iglesia?”
Hablando antes, Mons. Fellay intenta tranquilizar a sus tropas. Callándose después, Monseñor Fellay muestra su respeto por la autoridad de Francisco. En estas condiciones, pedir a Roma que “nos reconozca explícitamente… el derecho y el deber de oponernos públicamente a los errores y a los fautores de estos errores, sean quienes fueren” señala la impostura (Declaración de los 3 obispos). ¿Por qué Mons. Fellay haría después de un reconocimiento o regularización lo que se niega hacer antes? Monseñor Lefebvre fue menos sutil cuando hablaba de Juan Pablo II:
Entonces, quién es este papa… Yo no sé qué decirles, verdaderamente… no lo sé… Pero en todo caso él está inspirado por el diablo cuando hace esto… No está inspirado por el Espíritu Santo, no es posible… Él está inspirado por el diablo, y al servicio de la masonería, es evidente. La masonería siempre ha soñado esto: la reunión de todas las religiones” (Conferencia en Ecône del 28-01-1986)
La conclusión de la carta de Mons. Fellay se siente tranquilizadora y triunfante: Por eso, queridos amigos y benefactores, los invitamos a permanecer firmes en la fe y a no dejarse perturbar por las novedades de una de las crisis más formidables que debe atravesar la santa Iglesia. (…) in Te speravi non confundar in aeternum.  ¡Dígnese el Corazón doloroso en inmaculado de María protegernos y que su triunfo llegue pronto!” La de Mons. Rifán fue del mismo estilo: “Confiados en la protección de Nuestra Santísima Madre, continuamos combatiendo. La victoria es segura: ¡Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat! Así sea ».
Es bueno predicar la victoria, pero no se debe olvidar desenmascarar a los enemigos exteriores e interiores de la Iglesia y de tener el valor de combatirlos eficazmente.
El Padre Ribeton, Mons. Rifán y Mons. Fellay, todos ellos actúan como si la iglesia conciliar fuera la Iglesia Católica, ni más ni menos.
 “Repito hoy que queremos aportar nuestro testimonio: si la Iglesia quiere salir de la crisis trágica que atraviesa, la Tradición es la respuesta a esta crisis. De esta manera manifestamos nuestra piedad filial para con la Roma eterna, para con la Iglesia, Madre y Maestra de verdad, a la que estamos profundamente unidos”. (Mons. Fellay, DICI del 3/10/14).
Aunque lo diga Mons. Fellay, no es suficiente ir a Roma como Mons. Lefebvre para seguir verdaderamente su ejemplo. Monseñor Lefebvre no era un perro mudo con discursos tranquilizadores: