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domingo, 6 de julio de 2014

NUBES SIN LLUVIA




Dice Bossuet. “El tabernáculo y el púlpito son los dos lugares augustos del templo de Dios; en uno se pide y desde el otro se ordena, en uno se habla de Dios, en el otro es Dios el que habla; en uno Jesucristo se hace adorar en la realidad de su Cuerpo, en el otro se da a conocer en la verdad de su doctrina. Son los dos lugares desde donde se distribuye el alimento celestial: en aquél se predica en silencio y en éste se enseña de viva voz; en aquél el Espíritu Santo, por medio de las palabras místicas, transforma el pan en el Cuerpo divino, y aquí el mismo poder transforma a los fieles en miembros de Cristo. San Agustín decía: ‘¿Qué les parece más importante, la palabra de Dios o el Cuerpo de Cristo? Si quieren contestar con verdad, se verán obligados a responder que la palabra de Jesucristo no es menos estimable que su Cuerpo, y, por lo tanto, los mismos cuidados que guardamos para no dejar caer al suelo el Cuerpo del Señor cuando nos lo entregan, debemos tomar para que no caiga de nuestro corazón la palabra de Cristo que se nos predica. Porque no es menos culpable el que escucha negligentemente la palabra santa que quien, por su culpa, deja caer el Cuerpo del Señor’”. (El Cuerpo y las palabras de Cristo, Fides n° 787, Boletín de la FSSPX).

Probablemente uno de los signos de la decadencia que se observa en la FSSPX, es el no entender esta verdad predicada tanto por San Agustín como por Bossuet. Hacemos referencia a la preeminencia que se le otorga al Cuerpo de Cristo por sobre la Palabra de Cristo, o al desdén de la Verdad excusándose en la preeminencia de la Sacramentalidad, tanto entre los sacerdotes como entre los fieles, de igual forma que algunos han querido hacer hincapié en la Misa subordinando la Doctrina. Ese Cuerpo de Cristo que, dicho de otra forma, “está allí oculto bajo los signos eucarísticos, y aquí bajo los signos de la palabra” (Bossuet), es apreciado de la primera forma, y menospreciado de la segunda forma. Parecería que bastase recibir el divino Sacramento de la Eucaristía para ser dispensados de otorgarle la misma importancia a la verdad de Cristo que opera por su Palabra. Hay quienes aman más el Cuerpo de Cristo que la Palabra de Cristo, o que anteponen el Cuerpo de Cristo a la Verdad de Cristo, y se equivocan. Como se equivocarían quienes hiciesen lo contrario.

Lejos de poner en el mismo plano "la mesa Eucarística y la mesa de la Palabra", como hacen los modernistas, a lo que apuntamos es a que muy fácilmente se puede caer en el error de la pura exterioridad religiosa o “sacramentalismo” que cree que con “expender” los sacramentos como el farmacéutico entrega sus remedios, ya está hecha la obra de Dios, sin preocuparse por lo que obre la Palabra de Dios en nosotros. Si recordamos que “la eucaristía es a la vez sacrificio y sacramento. Tiene razón de sacrificio en cuanto que se ofrece, y tiene razón de sacramento en cuanto que se recibe” (Sto. Tomás), entonces tendremos presente nuestros deberes y responsabilidades para con Aquel que se sacrifica por nosotros en el altar por medio del sacerdote. Cabría preguntarse en tal caso, si ocurre que el Dios que es la Verdad Eterna, en vista de nuestra falta de deseo de su Verdad, nos deja como castigo sin su predicación por parte de los sacerdotes, que hoy en la Nueva FSSPX dejan permear la infidelidad a los principios que sustentó el fundador de la congregación, en un todo de acuerdo con la Tradición.

Dice Bossuet que “los oyentes hacen a los predicadores. La palabra divina no nace del genio ni del trabajo asiduo; es un don de Dios, que sopla donde quiere. ‘La palabra divina no obedece, es ella la que manda, y, por lo tanto, no habla cuando se le ordena, sino cuando quiere’. Y Dios se complace en hablar cuando los hombres están dispuestos a escucharBusquen la verdadera doctrina, y Dios suscitará predicadores; preparen el campo, y el sembrador no faltaráMas si, por el contrario, buscan las fábulas humanas, Dios prohibirá a las nubes la lluvia y retirará la doctrina sana de los labios de sus predicadores. Entonces vendrán profetas que dirán: Paz, paz, y no encontrarán la paz; que dirán: Señor, Señor, y el Señor no les ha encomendado que prediquen. ‘El maestro recibe lo que el oyente merece’” (Ibid.).

Así es como los pobres oyentes ávidos de “Paz” en la iglesia conciliar escuchan las fábulas que predican los modernistas desde Roma, y los oyentes que creen o aceptan sin chistar las fábulas de la neoFSSPX escuchan “Paz” por parte de los liberales que manejan la congregación. A falta de deseos de la verdad (o de la verdad completa que nos compromete en un combate muy arduo), corresponde una predicación enturbiada y que ya no enciende los corazones mediante una conciencia esclarecida para el buen combate. Es una predicación que ya no identifica claramente a los enemigos pues ha adoptado la ambigüedad, el doble lenguaje y la hipocresía.

“Recomendándose Cristo a sí mismo, dice: ‘Yo soy el Pan de vida, que bajó del cielo’. Es manjar que restaura sin mengua, se toma y no se consume, sacia a los hambrientos y queda intacto. (…) Come bien y digiere mal el que oye la Palabra de Dios y no la practica, porque no asimila el jugo nutritivo antes la indigestión le vuelve a la boca el amargor del fastidio” (San Agustín, Sermón 28, Dios todo para todos).

Ese manjar es el Cuerpo y la Palabra que “sacia a los hambrientos”. ¿Hambrientos de qué? De todo Cristo, incluyendo toda su verdad, no una verdad según la propia conveniencia o gusto, sino una verdad que podría comprometernos y hacernos más difícil la vida en el mundo, pero para salvarnos y darle más gloria a Dios cumpliendo su voluntad en la tierra. Esta verdad dice que el católico no puede aceptar el contagio liberal y debe hacer todo lo que esté de su parte para evitarlo y combatir este flagelo. Es una verdad que no admite dobleces, tibiezas o ambigüedades.

Dice San Bernardo: “¡Ay de aquellos que son llamados para la obra de fuertes, y no comen manjar de fuertes!”. ¿Y qué pasa cuando aquellos que comen el pan de los fuertes, luego se muestran débiles, o tibios o indulgentes con el error? Pues que no han entendido que ese manjar se les proporciona para la obra de los fuertes, es decir, de los soldados de Cristo que somos los cristianos. En esta falta de aprovechamiento de este don de Dios podemos pensar también que no se hace suficiente y buena oración: “No se hace oración…no se busca a Dios por sencillez y humildad: por eso se alejan de El las almas y se enfrían mucho en la caridad” (Sierva de Dios Sor Bernarda Espalozín). De otra manera no se entiende que quien recibe al Dios que es Amor luego pueda tener graves faltas a la caridad, por una falta de prudencia o discreción de la verdad. ¿Pero acaso no dijo Santa Teresa que la humildad es la verdad, con lo cual sólo la humildad nos habilita para ver la verdad enteramente, y no sólo aquella parte que no nos compromete o disgusta? “La caridad es lo que da la comprensión” (Castellani). Dice Santo Tomás que la Eucaristía “es el sacramento de la pasión de Cristo en el sentido de que el hombre queda unido perfectamente a Cristo en su pasión. Por lo que, de la misma manera que al bautismo se le llama sacramento de la fe, que es el fundamento de la vida espiritual, así a la eucaristía se la llama sacramento de la caridad, que es vínculo de perfección, como se dice en Col 3,14.” (Suma teológica - Parte IIIa - Cuestión 73, Art. 3).


Aquí entra en juego otra consideración delicada, y es si podemos ser huéspedes del Cuerpo de Cristo cuando vemos claramente comprometida o disminuida la palabra de Cristo por parte de sus dispensadores. En esto hay que discurrir si el ambiente resabiado de liberalismo que hoy impera en la Nueva FSSPX, puede hacernos perder de vista las consideraciones en que se centra este artículo, al punto de llegar a disculpar o disminuir el combate contra el liberalismo a nuestro alrededor, y hacernos posiblemente cómplices de tal caída.

Y si es bueno hospedar a unos santos cualesquiera –dice San Agustín-, ¿no ha de serlo más a la cabeza y miembros principales, Cristo y los apóstoles? ¿Hay acaso entre vosotros alguien que, siendo hospitalario, no diga dentro de sí al oír lo que hacía María: ¡Dichosa ella y feliz mil veces, porque mereció recibir al Señor y tuvo de huéspedes a los apóstoles cuando aún vivían en cuerpo!? No te aflijas, sin embargo, si a Cristo y a sus apóstoles no puedes albergarlos en tu casa; el Señor te lo asegura: Lo que hiciereis a uno de mis pequeñuelos, a mí me lo hicisteis” (Sermón 179, La palabra de Dios).

No obstante, si a Cristo lo hospedamos en nuestra casa mediante la Eucaristía, no es porque nosotros podamos hacer algo por El –darle hospedaje como hizo Marta en sus necesidades corporales-, sino lo que hoy El puede hacer por nosotros en todas nuestras necesidades. Mas, así y todo, no siempre podremos albergarlo en nosotros sacramentalmente, debido a las circunstancias cada vez más difíciles que genera la situación terrible de apostasía y decadencia de la Iglesia y la Nueva FSSPX.

Entonces lo que se debe tener en claro es que “la buena comunión se manifiesta viviendo conforme a Cristo. Y el haber oído la palabra del Señor se demuestra al vivir conforme a ella” (Bossuet, ibid.). Y bien aclara a continuación el gran predicador: “Ocurre a veces que al oír la predicación se levantan en nuestro corazón ciertos sentimientos, imitación de los verdaderos, capaces de engañarnos; ciertos fervores y deseos imperfectos; pero creamos en las obras. Ellas dirán lo que haya de verdad” (Ib.).

Decía recientemente el Padre René Trincado, a los castigados y resistentes fieles mejicanos que por amor a la verdad y fidelidad a la integridad de la doctrina se vieron obligados a soportar el tener que estar sin los sacramentos durante mucho tiempo, esto que vale bien destacar: “Sí, mis estimados fieles: más gracias da Dios a un alma fervorosa y combativa en una sola comunión espiritual o en un Rosario, que las que da en cien comuniones sacramentales a un alma tibia, vacilante y llena de apegos y de miedos”.

Veamos lo que dice al respecto Santo Tomás:

“Pues bien, el modo perfecto de recibirlo (el Sacramento de la Eucaristía) es cuando uno lo recibe de tal manera que recibe también el efecto. Ahora bien, acontece algunas veces, como se ha dicho más arriba (1.79, a.3.8), que uno es impedido de recibir el efecto de este sacramento, y tal recepción es imperfecta. Y, como lo perfecto se contrapone a lo imperfecto, así la recepción sacramental, en la que sólo se recibe el sacramento sin su efecto, se contrapone a la recepción espiritual, en la que se recibe el efecto de este sacramento, efecto por el que el hombre se une a Cristo por la fe y la caridad.
2. La recepción sacramental que produce la recepción espiritual no se contrapone a ésta, sino que la incluye. Pero la recepción sacramental que no produce el efecto espiritual sí se contrapone a la espiritual, de la misma manera que lo imperfecto, que no alcanza la perfección de la especie, se contrapone a lo perfecto.
3. Como se ha afirmado ya (1.68 a.2; 73 a.3), se puede recibir el efecto del sacramento si se desea recibir el sacramento, aunque no se reciba de hecho. (…) Con todo, no es inútil la comunión sacramental, porque la recepción del sacramento produce más plenamente el efecto del mismo que el solo deseo, como se dijo más arriba hablando del bautismo (1.69 a.4 ad2).
(…) Como se ha manifestado antes (a.1), hay dos modos de recibir este sacramento: uno espiritual y otro sacramental. Ahora bien, es claro que todos están obligados a recibirlo al menos espiritualmente, porque esto es incorporarse a Cristo, según las explicaciones dadas (a.9 ad 3; q.73 a.3 ad 1). Pero la comunión espiritual incluye el voto o deseo de recibir este sacramento, como se ha dicho ya (a.1 ad 3; a.2). Por tanto, sin el deseo de recibirlo no puede salvarse el hombre. Pero un deseo sería vano si no se cumpliese cuando se presenta la oportunidad de ello. Por consiguiente, es claro que hay obligación de recibirlo, no sólo porque lo manda la Iglesia, sino también porque lo manda el Señor cuando dice en Mt 26: Haced esto en conmemoración mía. La ley de la Iglesia no hace más que determinar los tiempos en que se debe cumplir este precepto de Cristo.
 (Suma teológica - Parte IIIa - Cuestión 80 - El uso o recepción de este sacramento)

Ahora veamos la situación actual de la FSSPX y lo que enseñaba Mons. Lefebvre y en las palabras de Mons. Williamson:

“En 1984 un Indulto de parte de Roma permitió que la Misa Tridentina fuera celebrada, bajo ciertas condiciones, dentro del marco de la Iglesia oficial. Preguntado sobre si los católicos podían asistir a estas Misas, Monseñor Lefebvre respondió poco después que ellos no deberían asistir porque el tal reingreso en el marco de la Iglesia oficial bajo esas condiciones era equivalente a aceptar al Vaticano II y las reformas subsiguientes. Los Sacerdotes que dicen las Misas del Indulto no podrían hablar libremente y, por aceptar con el Indulto implícitamente a la Nueva Misa arriesgarían deslizarse hacia la nueva religión Conciliar y llevar a sus feligreses con ellos.
En el 2012, Monseñor Fellay declaró que la Nueva Misa fue legítimamente promulgada lo cual es equivalente a decir que ella es legítima. El sofoca a las críticas del Vaticano II y, mientras que tanto como le sea posible todavía mantiene en la oscuridad a los sacerdotes y a la gente en cuanto a lo que él realmente está urdiendo, él sostenidamente promueve las ideas de su Declaración pro-Conciliar de Abril de 2012. Por consiguiente, así como Monseñor Lefebvre descartó asistir a las Misas del Indulto, del mismo modo ahora, como regla general, asistir a la Misas de la FSPX debería ser descartado porque aún si esta Misa particular es celebrada todavía de acuerdo con la Tradición, la FSPX está siendo remodelada en general como un marco dentro del cual la nueva religión Conciliar está menos y menos desaprobada, por lo que hay más y más peligro de asistir a sus Misas.



Sin embargo, Sacerdotes particulares de la FSPX varían desde lo genuinamente Tradicional a lo virtualmente Conciliar. Obviamente, hay menos peligro en asistir a las Misas de los primeros que de los segundos, pero si el Sacerdote en cuestión sea que defiende y aprueba la nueva dirección impuesta por el Cuartel General de la FSPX, sea que persigue y excluye de los Sacramentos a cualquiera que tenga alguna parte en la Resistencia, estos son dos signos que sus Misas deberían ser evitadas, especialmente si hay la Misa de un Sacerdote resistente no muy lejos. Pero las circunstancias también entran en juego, así que, por ejemplo, si el hijo de uno arriesga ser expulsado de lo que todavía es una escuela decente de la FSPX, eso puede justificar asistir todavía a la Misa local de la FSPX. Cuando el tronco de un árbol se está pudriendo, puede haber ramas que aún llevan hojas verdes. (Mons. Williamson, Comentarios Eleison, Horrible caída III).

Y así hablaba Mons. Lefebvre:

“Sí, me he sorprendido al leer, en un folleto de Una Voce que me dieron en Ottawa, la posición que ellos han adoptado. Es una posición muy ambigua y no es conforme a la que defendemos y que los tradicionalistas siempre han defendido. No decimos que la nueva misa sea herética, ni que sea inválida, pero nos rehusamos a decir que sea legítima, que sea perfectamente ortodoxa. Si bien los fieles se preguntan si deben asistir a estas misas que ahora están autorizadas por los obispos, para nosotros es siempre la misma consigna: pensamos que no hay que ir a esas misas porque es peligroso afirmar que la misa nueva es tan válida como la tradicionalPoco a poco estos sacerdotes que aceptan estas condiciones, tendrán las mismas tendencias que aquellos que dicen la nueva misa y un día, quizá ellos mismos la dirán y llevarán a nuestros tradicionalistas a la nueva misa.” (Tomada de la Revista Tradición Católica n° 16, marzo de 1986).

Si bien en la FSSPX no se afirma explícitamente que la misa nueva es tan válida como la tradicional, se ha aceptado esa condición del motu proprio que coloca a la misa nueva por encima de la Misa tradicional (afirmándose inclusive que el papa Benedicto XVI y los amigos de Roma estaban buscando restaurar la Tradición), y esto es algo que no se puede aceptar afirme quien lo afirmare y acepte quien lo aceptare, de acuerdo a lo que dijera Mons. Lefebvre. Este es el pensamiento que impera en la llamada Resistencia. Lo que sí se ha afirmado oficialmente en la FSSPX, y contrariando a Mons. Lefebvre, es que la misa nueva es legítima (“legítimamente promulgada” es una forma de decirlo, por más intentos de explicación que han tenido los sacerdotes adictos a Mons. Fellay. El mismo Mons. Fellay ha dicho que ha fracasado en ello, pero no se ha retractado de tal declaración oficial de la Fraternidad). Esta declaración doctrinal “diplomática” de abril de 2012 fue analizada, criticada y condenada unánimemente por todos quienes están en la Resistencia desde su misma existencia, y, por el contrario, fue defendida o tolerada en silencio por todos los obispos y sacerdotes que hoy se encuentran en la FSSPX.




Citamos ahora un texto del Padre Patrick Girouard, extenso pero concluyente:

Hace dos años, en marzo de 2012, él (Mons. Fellay) nos envió a todos los sacerdotes, en el Cor Unum, una gran carta diciendo que sí, él es muy fuerte contra el modernismo y quiere combatir los errores y blá, blá, blá. Sí, dos páginas de esto y después ¡oh lá lá! la última página donde dice que sí, está todavía de acuerdo con la decisión del capítulo 2006, que no debería haber ningún acuerdo práctico con Roma no convertida, pero he aquí que ¡la situación ha cambiado en Roma! No dice que el capítulo 2006 no fuera bueno, sino que la situación cambió completamente. Y luego expone su gran sueño, su gran ilusión: Que el conoce numerosos obispos que no quieren el Vaticano II, que hay un cambio, que la nueva generación no conoce el Vaticano II y toda clase de cosas como esas, y dice: “Yo recibo apoyo secreto de personas cercanas al Papa”, por lo tanto, como Roma ha cambiado, podríamos tener ese acuerdo. Y podremos ayudar a la Iglesia cambiándola desde el interior. Así vive él soñando ¡en una completa ilusión!
 Pero entre el 2006 y 2012 ¿qué ha sucedido? Asís III, muchas jornadas mundiales de juventud por Benedicto XVI y el nuevo papa. ¿Ven ustedes un cambio en la iglesia novus ordo? ¡no! ¡no! Yo no. Es la misma iglesia del novus ordo, del Vaticano II, del liberalismo, del modernismo. La situación es exactamente la misma. Por lo tanto las cosas no son complicadas. La Fraternidad, por culpa de sus superiores que viven en un sueño y en la ilusión desgraciadamente ha cambiado sus leyes. Ellos mismos cambiaron la Fraternidad. Ellos le abrieron la puerta a este acuerdo práctico. Pues, cuando se abre la puerta, algo terminará por entrar. Solo el hecho de abrir la puerta ¿qué significa? Significa que se ha renunciado a los principios. Una puerta está allí para proteger la casa de los invasores. ¡Estamos en tiempo de guerra! ¡No estamos rodeados de amigos de Cristo aquí!
Y esta apertura de la puerta de la Fraternidad me recuerda a la apertura, por Juan XXIII, de las “ventanas” de la Iglesia. En 1959, él declaró: “¡Necesitamos una bocanada de aire fresco!” ¿Lo recuerdan? Y dijo: “Quiero abrir las ventanas de la Iglesia”. Más tarde, su sucesor el papa Paulo VI dijo: “Me pregunto lo que sucedió a la Iglesia… pues de una cierta manera, a través de fisuras en los muros, ¡el humo de Satanás entró en la Iglesia!
Si yo hubiera estado allí, le hubiera dicho: “Pues bien, Su Santidad, no es a través de fisuras en los muros que el humo de Satanás entró en la Iglesia. Es por las ventanas que Juan XXIII abrió”. Y ahora tenemos a Monseñor Fellay y los Capitulares que firmaron la Declaración del Capítulo General que abrieron, no solamente la ventana, ¡no! la ventana no era suficiente para ellos. Ellos abrieron la puerta de su casa. La puerta del castillo, que fue construido por Monseñor Lefebvre con el fin de proteger y de combatir, como base de operación para combatir el exterior y para proteger el interior,  ¡Cristo Rey, la Iglesia Católica! Pero ahora ellos abrieron la puerta. ¿Cuándo entrará el enemigo? No lo sé, no soy profeta. Pero si se deja la puerta abierta, el enemigo vendrá. Esencialmente, es agitar la bandera blanca. ¡Lo que hicieron es rendirse!



Cuando leemos la historia a este respecto, incluso en la Biblia, hay muchas historias que nos dicen que los conquistadores siempre pidieron una cosa a las ciudades que asediaban: “¡Abran las puertas! Si las abren, no los mataremos, no destruiremos la ciudad. Pero si resisten, vamos a continuar el asedio y cuando entremos en la ciudad nadie sobrevivirá”. Y en la Fraternidad ¿qué pasó en el Capítulo General? Todos los superiores de la Fraternidad ubicados por encima del muro del castillo, miran a la armada que nos asedia y le dicen: “Estamos en contra de ustedes, nosotros no queremos su doctrina”. Pero sin embargo abrieron la puerta. ¿Qué efecto tendrán entonces estas palabras de combate si se abren las puertas del castillo al enemigo?
Estoy seguro que en este momento, en Roma, se están riendo de la Fraternidad y están pasando verdaderamente un buen momento.
Porque ellos saben que ¡la Fraternidad está vencida! ¡Eso es todo! ¡Se ríen de Mons. Fellay! ¡Se ríen de Mons. Williamson! ¡Se ríen de todo el mundo! Ellos juegan como soldados de franco! ¡Y se ríen de todos! Y no tiene importancia saber cuánto tiempo tardarán en penetrar el castillo, pues la puerta está abierta. Por lo tanto, la situación es bastante simple.
Y deberíamos cerrar la puerta del castillo-fortaleza antes de que sea demasiado tarde. Y como ellos no quieren cerrar la puerta que abrieron hace dos años, la gente que quiere salvar sus almas, los que quieren permanecer fieles a Dios y a la Iglesia Católica, los que no quieren de ninguna manera participar, ni dar sus nombres a la destrucción de la Iglesia, ellos deben salir de la Fraternidad. Como lo hicimos al salir de la estructura de la iglesia moderna, ahora debemos salir de la estructura oficial de la Fraternidad moderna. Porque no queremos que Dios nos diga: “¡Guardasteis silencio! ¡Permanecisteis en el interior! ¡Por lo tanto cooperasteis a la destrucción de la Iglesia!” (Sermón del 16 de marzo de 2014).

Asimismo, reconocemos las transacciones y retorcimientos discursivos de Mons. Fellay y sus asistentes, en estas palabras escritas hace ya mucho tiempo:

“En su gran mayoría, los católicos actuales son más o menos liberales.
Esto no quiere decir que esos católicos hayan pasado las enseñanzas de la Iglesia por el tamiz de su razón para no retener más que lo que ellos mismos han juzgado verdadero; semejante católico, en verdad es una excepción.
Pero los católicos están hoy sumergidos en un mundo en donde el pensamiento se aleja cada vez más de la doctrina tradicional de la Iglesia. Tironeado entre esa doctrina y “el pensamiento moderno”, el católico liberal de hoy es aquel que busca o adopta transacciones entre esos dos sistemas de pensamiento.
Esa red de transacción ha invadido a la misma Iglesia; un teólogo “moderno” ya no busca tanto profundizar la doctrina ni oponerla a los errores actuales; busca retorcerla (de la manera más disimulada posible) para evitar fricciones con el pensamiento moderno”.
(“El Vaticano II y los errores liberales, Michel Martin, Editorial nuevo Orden, 1977).

Luego de todo esto, pensamos que podemos concluir lo siguiente:

-Cuando hay una “disminución en la confesión de la fe” (Carta de los 3 obispos a Mons. Fellay), hay un menosprecio hacia Cristo. Para un católico esto debe ser inaceptable y por lo menos merecedor de una protesta.

-Al verse despreciado en tanto Verdad, N.S. ya no obra como podría en las almas, debido a esta falta de fidelidad. Y esto ocurre aunque se tengan todos los sacramentos y se asista “devotamente” a la Eucaristía. Vimos ya que dice Santo Tomás que alguien que comulga sólo espiritualmente (teniendo el deseo de hacerlo sacramentalmente y viéndose impedido por buena causa de hacerlo, aunque procurando hacerlo ni bien se le presente la ocasión) puede obtener más abundantes frutos que alguien que comulga sacramentalmente. Entonces los sacramentos no obran todos los frutos que podrían por la propia negligencia o tibieza de quien los recibe.

-Cuando el ambiente eclesial se ve contagiado por esta negación de ciertas verdades inconvenientes para su propia “subsistencia” en lo temporal, las conciencias tienden –por falta de formación y ejemplo de sus pastores- a caer cada vez más en las apariencias del amor sin los actos virtuosos del amor, el mayor de los cuales es “dar la vida por los amigos” o “dar testimonio de la verdad”. Ya se ha visto que en esto ha habido una gran mengua en la Nueva FSSPX.

-También ocurre que el alma devota y amante de la verdad que desea en todo agradar a Nuestro Señor, se verá conturbada y nada pacificada ante una situación en que sus pastores claudican y se despreocupan por fallas doctrinales o faltas a la caridad cometidas por sus superiores contra colegas o feligreses. Esta especie de sorda enervación conspira contra el clima de concordia que debe ser el propio de toda comunidad religiosa. Hay quien no puede permanecer impasible y sin reaccionar ante tal situación por considerarla falsa e hipócrita.

-Puede ser entonces conveniente y necesario, mismo un deber, que haya quienes se vean obligados por las circunstancias a no poder recibir a Cristo Sacramentado mas ello no significa que se abstengan de recibir a Cristo, sino que se abstienen del ambiente resabiado de liberalismo, autosuficiente, temeroso, tibio y en transacciones con el error de la Nueva FSSPX.

-El alma fiel entonces, ha de procurar, bien aconsejada por buenos sacerdotes que hayan demostrado su entero amor a la verdad por la incorruptibilidad de su doctrina y su confesión y frutos, saber cómo afrontar la situación para no disminuir su propia confesión de Cristo como íntegra verdad, evitando el contagio de un ambiente liberal y evitando también deslizarse hacia el orgullo del que cree que por sí solo puede resistir sin ayuda de los otros contra el avance de la confusión, el error y las medias verdades. Deben entonces todos aquellos que están de acuerdo en esto procurarse en sustitución los bienes espirituales necesarios mediante los Sacerdotes de la Resistencia que sean capaces de recibir cooperando mutuamente en sus esfuerzos. La recompensa a este sacrificio será inmensa.

La parte de María no es transitoria. Vedlo. ¿De dónde le venía el gozo cuando escuchaba? ¿Qué comía? ¿Qué bebía? (…) ¿Qué bebía tan ansiosamente su corazón? La justicia, la verdad. La verdad era su gozo; la escuchaba, anhelaba la verdad, suspiraba por la verdad. Hambrienta, comía la verdad; sedienta, bebía la verdad, sin que, al tomarla, menguase aquello de que se alimentaba” (San Agustín, Sermón 179).

De ese “pan que alimenta y no decrece nunca” ya no parece que se esté deseoso, pues se prefiere o se acepta la “disminución de la confesión de la verdad”. La parte de María no le puede ser arrebatada, porque es la parte mejor. No hay parte mejor que ella. La parte de Marta es buena, pero transitoria. Si preferimos la parte de Marta, si no apreciamos, si no deseamos la parte de María, ya no nos será dada. Pues “quien nada oye, nada edifica” (San Agustín) y el que no edifica oyendo y practicando, no edifica sobre roca. En consecuencia, cuando vengan los vientos fuertes y las tormentas su casa será arruinada.

Decía Ernest Hello: Las tinieblas que nos rodean son particularmente profundas porque la humanidad ha dejado morir este fuego sagrado que es el odio al mal”. Y también: “Quienquiera que ama la verdad aborrece el error y este aborrecimiento del error es la piedra de toque mediante la cual se reconoce el amor a la verdad”. De igual modo el Padre Garrigou-Lagrange: “Es imposible amar profundamente la verdad sin detestar la mentira; amar de corazón el bien, y el soberano Bien que es Dios, sin que a la vez detestemos lo que nos separa de Dios.” Pero hoy vemos que quienes deben hablar ante la injusticia, la mentira, el error, la falsedad, se callan, o justifican, o combaten a quien habla. Ya no vemos amar a Dios sacrificadamente sino cómodamente: “Si a Dios le alabas para que te obsequie, ya no le alabas con voluntad alegre y generosa; ya no amas a Dios desinteresadamente” (San Agustín).

Nos preguntamos también, ¿qué clase de mártires van a ser los católicos de la Tradición si no son capaces de sufrir este pequeño martirio de luchar contra unos superiores liberales? ¿Qué testimonio podrán dar si no son capaces de dar ahora el testimonio público de su fe ante quienes todavía no pueden dañarle más que de palabra? Quien no puede lo menos  no podrá lo más. Y si uno no se retrae de un ambiente cada vez más pusilánime, uno mismo terminará siendo eso que no quiere ser, para ser finalmente sólo una apariencia de cristiano, esperando imaginarios “combates” sin saber dar el combate cotidiano que se le ha planteado desde ahora. En esta crisis de desviación liberal, la falta de reacción de los laicos sirve objetivamente (es decir, no implicando en todos los casos una falta moral) a consolidar la obra destructora de la FSSPX por parte de las autoridades traidoras. La Santidad sin abnegación heroica no existe.

“He aquí los ojos del Señor puestos en los que le temen,
y en los que confían en su misericordia;
para librar sus almas de la muerte,
y sustentarlos en tiempo de hambre”.
(S. 32, 18-19).