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viernes, 10 de mayo de 2013

VIDEBIMUS


SYLLABUS.




Monseñor Fellay dice del nuevo papa modernista Francisco (Cor Unum 104): “Debemos conservar la más grande prudencia antes de emitir un juicio, y mientras que no lo veamos a la obra”“¿Qué nos reservará el nuevo sucesor de Pedro?” y un poco más adelante: “El Papa Francisco, ¿restaurará la Iglesia luchando eficazmente contra la corrupción moral, o la hundirá más buscando la aplicación de las reformas del Vaticano II?” y añade: “Estas dos hipótesis no son excluyentes una de la otra” (ver las reflexiones de La Sapiniere sobre “La palabra del Superior general”).

Claro que, también, “numerosos elementos nos llevan a un cierto pesimismo, la alegría de los progresistas y de los modernistas bastan ampliamente para alimentar nuestra inquietud”. Mons. Fellay tiene “cierto pesimismo”, un pesimismo moderado que apareció ahora, tras su optimismo primaveral con el Papa del Vaticano II Benedicto XVI. ¿Cómo, y los amigos tradicionalistas que tenía en Roma, han  desaparecido?

Monseñor Fellay se inquieta por lo que dicen alrededor de Francisco, no por lo que éste en sí hace o deja de hacer.

Lejos de la inmensa pena, de la estupefacción y el recibimiento catastrófico de la noticia del cardenal Bergoglio electo Papa, que casi todos los católicos de la Tradición han manifestado, Monseñor Fellay apenas tiene una inquietud.

Sin embargo, no duda en motejar como “desestabilizador” a un obispo de la Tradición católica, a un obispo anitiliberal, como Monseñor Williamson.

Curioso: si Monseñor Fellay se deja impresionar por la “alegría de los progresistas y de los modernistas” ante el nuevo Papa, debería haberse impresionado cuando éstos festejaron con alegría la expulsión de Monseñor Williamson de la Fraternidad, que él mismo decretó. Pero ahí esas repercusiones no lo inquietaron. A veces sí y a veces no: depende de su conveniencia política.

Lo cierto es que la culpa siempre la tiene “el entorno”. Excepto cuando se trata de Monseñor Williamson: a él puede atacarlo. Claro: no es un Papa, no es un cardenal, no es judío. Apenas es un obispo desplazado y perseguido por todo el mundo. El “malo de la película”. El Bin Laden de la Tradición, planeando desde algún remoto escondrijo nuevos ataques contra Su Autoridad.

Monseñor Fellay tiene palabras suaves, “prudentes”, “cautas”, para con los modernistas que destruyen la Iglesia.

Monseñor Fellay tiene palabras duras, condenatorias, seguras, para con los verdaderos tradicionalistas.

Monseñor Fellay sabe a quién tiene que condenar y a quién no.

No son desestabilizadores ni subversivos los que destruyen a la Iglesia ocupando Roma. No lo son los liberales del Vaticano II.

Son subversivos, son sus enemigos los que se mantienen fieles al legado de Monseñor Lefebvre, a las enseñanzas de San Pío X, los que aman la verdad y por eso condenan el error y denuncian a sus autores, quienes fueren.

Dice Monseñor Fellay, en calidad de víctima inocente, que “se buscará con lupa todo lo que podría comprenderse al revés para, en un increíble juicio de intención, desacreditar a la autoridad y hacerla pasar por mentirosa y astuta. Es una real empresa de subversión que siembra la desconfianza entre los sacerdotes y fieles y desestabiliza el gobierno de nuestra sociedad para debilitarla o abatirla”.

Nada más sencillo, para deshacer esta “real empresa de subversión” que refutar los argumentos usados en su contra, si éstos son falsos, contradictorios o sólo subjetivos juicios de intención. Pero Monseñor Fellay no se ha dado a esta tarea. Tal vez porque sus “verdades” no pueden impugnar tales argumentos y juicios. Y del mismo modo que los liberales del Vaticano II nunca han podido refutar los estudios críticos condenatorios de los documentos del Concilio realizados por la Fraternidad de Monseñor Lefebvre, procediendo a condenar la persona del gran Arzobispo (lo han llamado rebelde, subversivo, cismático, excomulgado, etc.), de igual modo  hace hoy Monseñor Fellay, que por no usar una lupa, mira las cosas desde la altura de un avión sin condescender a los “detalles”, a esas minucias que no merecen su consideración. 

Otra cosa que dice Monseñor Fellay–otra vez y van…- es que “nuestras relaciones con Roma están de nuevo congeladas”. Otras veces ha dicho para referirse a estas relaciones: “están bloqueadas”, “volvieron a 1974”, “están en punto cero”, y cosas parecidas. Esos términos con los que una y otra vez insiste, “congelado”, “bloqueado”, “paralizado”, tan cargados de negatividad y expresivos de un estado de cosas lamentable, ¿no manifiestan acaso la frustración de Monseñor Fellay ante el fracaso de sus planes para lograr un acuerdo práctico con Roma? ¿No mostró su desilusión cuando el Papa Benedicto renunció sin haber tenido con él ese gesto tan esperado? El constante empleo que hace el Superior General de esos términos, ¿acaso no manifiesta la persistencia del adúltero deseo de unirse en contubernio con la Roma apóstata? A Dios gracias que esto no ocurrió, porque si Roma no hubiese elevado sus exigencias imprevistamente y a última hora (como reveló Mons. Tissier) ahora estaríamos siendo deglutidos en el estómago de la bestia modernista.

Desde los inicios de la Fraternidad –dice también el Superior general-, Monseñor Lefebvre tuvo que intervenir a causa de dialécticas parecidas portadoras de división y esterilidad”.

Pero es el mismo Monseñor Fellay quien ha introducido, a partir de sus diálogos con la Roma modernista, en busca de un acuerdo a toda costa, una dialéctica que causó división y esterilidad.

Él mismo confesó que sería el causante de esa división. Y no le importó.

Él mismo llevó a la actual GREC-FSSPX a la esterilidad, como fácilmente puede comprobarse en su falta de argumentos; en sus conferencias plagadas de leit-motivs, ambigüedades y chimentos de los pasillos vaticanos; en los sitios web y publicaciones de la GREC-FSSPX carentes de estudios de interés, con artículos insulsos, buscadamente naifs, nada imaginativos, redundantes; en los sermones anodinos, pasteleros y vacíos de los sacerdotes que lo siguen, desconectados por completo de lo que está ocurriendo aquí y ahora, como si viviéramos en los años ’50 y la Iglesia estuviera por conquistar el mundo.

Por el contrario, si algo caracteriza a la verdadera FSSPX hoy fuera de sus estructuras oficiales, es la abundancia de material exegético y ensayístico, de estudios bien elaborados, de razonamientos equilibrados, de fundamentos que sostienen sermones certeros, combativos y caritativos; de blogs y sitios web que con originalidad desarrollan y difunden estas palabras y hechos contra los cuales la esterilidad de los liberales acuerdistas nada tienen para decir, por eso muchos sacerdotes de la Fraternidad de Mons. Fellay se niegan a tomar contacto con estas palabras, atemorizados porque de ese modo estarían atentando contra la unidad de la congregación y el Superior General. ¡He allí toda su fertilidad, toda la fecundidad intelectual de la GREC-FSSPX! ¡Cambiar la verdad que es difícil, por la obediencia que es fácil! ¡La lucha que es incómoda por el Priorato que es cómodo! ¡La primogenitura por un plato de lentejas!

Concluye su mensaje Monseñor Fellay con hermosas referencias a la magnanimidad, a la victoria sobre este mundo, a la caridad misionera. Palabras que no son más que palabras desencarnadas, porque “quien no amare al prójimo no os ama, Señor mío”, como dijo Santa Teresa. Y visto y considerando el trato injusto dispensado a un obispo, a sacerdotes y a fieles, visto el desdén hacia la verdad y la tolerancia hacia el error, este palabrerío bonito esconde algo que el Superior General se empeña en negar que sea visto por aquellos a quienes les dice “Videbimus”.

Pero nosotros nos empeñamos, y pedimos a Dios, a la Sma. Virgen y al Patriarca San José la gracia de ver.

Dios mío, dame fuerzas para poder mirar el fariseísmo sin demasiado miedo y sin demasiado asco. Pero dame también gracia como Tú para mirarlo de frente”. (R. P. Castellani)