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sábado, 27 de marzo de 2021

SERMÓN PARA EL DOMINGO DE RAMOS - P. Trincado

 

La entrada de Cristo en Jerusalén, H. Flandrin, s. XIX

Lo esencial, en una Semana Santa, es que tratemos de comprender el motivo de la Pasión de N. S. Jesucristo; que grabemos en nuestras almas esta suprema verdad: que Cristo quiso morir para librarnos del pecado y reconciliarnos con Dios, y que resucitó para abrirnos las puertas de la vida eterna.

La palabra “redención” significa “liberación”. Cuando decimos que Cristo es nuestro Redentor, decimos que es nuestro Libertador. Así, Nuestro Señor ha querido morir por nosotros, ante todo, para redimirnos, para liberarnos; pagando, con su muerte, la deuda que toda la humanidad tiene para con la Justicia Divina, pues todos los hombres estamos condenados a muerte por causa del pecado original cometidos por nuestros primeros padres Adán y Eva, quienes, al momento de cometerlo, eran toda humanidad  

La ofensa hecha a Dios por el pecado es, desde cierto punto de vista, infinita, porque la majestad de Dios, ofendida por el pecado, es infinita. Por eso, para pagar por esa ofensa infinita se requería una Persona que pudiera hacer actos infinitamente meritorios delante de Dios.

Antes de la muerte de Cristo, el Cielo estaba cerrado y ningún hombre ni todos los hombres juntos podían abrirlo, pues ninguna persona humana tiene méritos infinitos, sino sólo una Persona Divina. La muerte de los mejores hombres no tiene un valor infinito delante de Dios.  La muerte de todos los hombres tampoco tiene un valor infinito delante de Dios porque sólo Dios es infinito y nosotros no somos más que barro.

Por eso Cristo, que nos ama, viendo nuestra incapacidad y nuestra nada, quiso venir a la tierra a morir para pagar por nosotros la deuda. Pero para poder morir por nosotros, el Verbo necesitaba encarnarse, es decir, hacerse hombre, revestirse de nuestra debilidad. Por su inmenso Amor se hizo hombre mortal y de hecho murió, y desde aquél día por siempre bendito -el primer Viernes Santo- la muerte no es más el fin, sino una transformación y -para los que quieren amar a Dios- la puerta al Cielo.

No era absolutamente necesario que Jesús padeciese tanto como padeció, porque el menor de sus padecimientos hubiera sido suficiente para nuestra redención, siendo cualquiera acción suya de valor infinito. Pero Él quiso padecer tan grandemente para satisfacer o pagar más abundantemente a la divina justicia, para mostrarnos mejor su amor, y para inspirarnos sumo horror al pecado.

Con su muerte Cristo ha vencido a la muerte y nos ha liberado de la esclavitud del demonio, bajo la cual nos pusimos con el pecado original y nos volvemos a poner con cualquier pecado grave personal. Habéis sido comprados a gran precio, glorificad a Dios y llevadlo en vuestros cuerpos, dice San Pablo en 1 Cor 6, 20. Debemos esforzarnos por vivir en gracia de Dios y evitar el pecado, a fin de que no vaya a suceder que, por el mal uso de nuestra libertad, quedemos al margen de los efectos de la muerte salvadora de Cristo.

Queridos hermanos: la Santa Madre Iglesia quiere que tengamos ante los ojos estas grandes verdades durante la Semana Santa que comienza. Y de los ojos al corazón: que por la intercesión de su Madre y nuestra Madre Santísima, Dios nos conceda tener siempre los mismos sentimientos de Cristo. Y salve nuestras almas, pues por ellas padeció y murió.