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domingo, 19 de enero de 2020

LUCTUOSO ANIVERSARIO


FOTO DE LA PEREGRINACIÓN DE LA FSSPX A ROMA EL AÑO 2000


21 DE ENERO: LUCTUOSO ANIVERSARIO


“No se puede dar la mano a los modernistas y al mismo tiempo conservar la Tradición”.
Monseñor Lefebvre


“Son los liberales los que han permitido que se instale la Revolución, precisamente porque ellos han tendido la mano a los que no tenían sus principios”.
Monseñor Lefebvre


Este 21 de enero se cumple el décimo primer aniversario de un hecho capital en la caída(1) de la congregación sacerdotal más fuerte que tuvo la Tradición católica en el siglo XX, aquella que nació como foco de resistencia a la revolución modernista consumada en el Concilio Vaticano II y que hoy, pudiendo encabezar la resistencia a la secta modernista que desde el Vaticano destruye todo lo que sea católico, a cambio se muestra permisiva, cordial, dialogante, pusilánime y silenciosa ante sus impresionantes ataques a la fe, la Iglesia, la tradición y la moral. Quizás todavía no se advierta el carácter simbólico de aquel hecho, que nos hace pensar en compararlo con la caída del muro de Berlín. Nos estamos refiriendo, claro está, al llamado “levantamiento de las excomuniones” que supuestamente recaían sobre los obispos de la FSSPX, aunque éstos negaran siempre su validez.

Para decirlo usando palabras de quien fuera uno de los artífices de la traición (esto dicho en sentido objetivo, de lo subjetivo no podemos obviamente hablar), recordemos lo que declaraba cierta vez Monseñor Bernard Fellay:  

“Permítanme ayudarlos a entender lo que “las excomuniones” significan para la Fraternidad. Primero, yo estoy absolutamente seguro que esas excomuniones han sido una gran bendición y una protección de Dios. Sí, con esas excomuniones, nosotros hemos estado protegidos. ¿Por qué? Porque Roma ha construido una pared entre ellos y nosotros, de tal manera, que todas las balas que puedan dispararnos, van directamente hacia la pared y a nosotros ni siquiera nos tocan” (2)

Decía verdad el Superior general por aquel entonces. Sin embargo, contradictoriamente, tiempo después, en medio de una maniobra diplomática largamente gestada, se aceptaba que la Roma modernista quitara esa “bendición y protección de Dios”.

Pero hasta allí, la FSSPX había considerado y declarado siempre nulas e inexistentes esas excomuniones. Largos y meritorios estudios se han realizado ya demostrando esto (en los sitios web de la misma Fraternidad se sigue afirmando esa nulidad). Ningún “complejo de culpa” ni “duda” pesaba sobre los miembros de la Fraternidad, que continuaban haciendo lo que la Iglesia había hecho siempre, sin caer en el espíritu cismático o sedevacantista. Monseñor Lefebvre llegó a considerarlas una condecoración, por venir de parte de quienes combatían el reinado de Cristo (liberales, masones y modernistas protestantizantes y judaizados). Más aun, a partir de la llamada “Operación supervivencia” lanzada por el Arzobispo con las consagraciones episcopales de 1988, no a favor de la propia congregación sino de la Iglesia toda, la Fraternidad San Pío X se había visto muy fortalecida. La sanción de los modernistas romanos no hizo sino confirmar el buen camino que estaba siguiendo. La persecución la robustecía y permitía que la Tradición sostenida por ella estuviere a salvo.

Pero todo eso, con el tiempo y merced a las intrigas y maniobras más o menos ocultas de los jefes de la Fraternidad que sucedieron a su Fundador, todo eso se esfumó.

Esa “gran bendición” y “protección de Dios” como decía Mons. Fellay, fue quitada debido a que la estrategia de Roma cambió el palo por la zanahoria y la cachetada por la caricia. Y, ya sea merced a una infiltración, y/o a la ceguera liberal de algunas de sus máximas autoridades, se fueron tras la zanahoria. Había que buscar la paz con los modernistas. Había que ser “normalizados” por los anormales.

Y entonces, la FSSPX se auto engañó, en pos de sus ambiciones corporativas. Fue lo más fácil seguir con la corriente y adherir a la mayoría. “La mayoría no puede equivocarse” (Conferencia de Mons. de Galarreta en Villepreux, Francia, 13-10-12). 

Todavía no se comprende la extrema gravedad de aquello.

En un magnífico estudio que hace Rafael Gambra sobre “La inteligencia en peligro de muerte” de Marcel de Corte, dice el filósofo español que esa obra “puede verse en cierto modo como el análisis de la historia que lleva del engaño ficticio a su realización”(3). Está hablando de cómo llega a realizarse la teoría o hipótesis inicial de Descartes, que terminó descalabrándolo todo. Pues bien, por aquel gesto de entonces la FSSPX entró de lleno en el movimiento de la historia de la Iglesia modernista, a través de una inteligencia que en realidad no fue otra cosa que astucia, lo que la llevó al propio engaño. Pensó que a partir de aceptar la hipótesis de que estaba realmente excomulgada –aunque sin creerla- iba a poder construir todo un sólido andamiaje que fortaleciera su posición de frente a los romanos. Pero todo le salió mal. Nada sólido se puede construir fuera de la verdad.
Vamos a ver por qué la FSSPX ya no puede volver atrás, y son ineficaces las resistencias internas -a esta altura del partido, dudosas- que quieran hacerla retornar de todo compromiso adquirido con sus enemigos de Roma. Hay que decirlo, por si queda algún iluso: ya no habrá vuelta atrás.

Veamos lo que explica Gambra siguiendo a De Corte:

La mentalidad progresista (…) no consiste sino en la reproducción, dentro de la conciencia de los cristianos, de las mismas etapas que ha padecido la mente del hombre moderno. El paso decisivo y determinante estaba dado antes del Concilio en las ideas de los padres conciliares que se adueñaron de él: se trata del subjetivismo religioso ya denunciado por Pío IX como modernismo. Una vez que la religión se convierte en una dimensión de la subjetividad humana, sólo le queda seguir los mismos caminos de la razón laica según la férrea lógica que denuncia De Corte: la primacía de la acción queda ya públicamente instaurada desde el momento que el Concilio abandona toda pretensión dogmática para lanzarse por la vía de la pastoral”. (4)

Tenemos allí destacados dos elementos que caracterizan a la nueva Iglesia: el subjetivismo y la primacía de la acción (vía pastoral por encima de la vía dogmática).

Pues bien, las “dos condiciones previas” solicitadas por la FSSPX a Roma para “entrar en confianza” y de ese modo sentarse a discutir doctrinalmente con los teólogos de la Iglesia conciliar, esto es, el motu proprio que “liberó” la Misa y el “levantamiento de las excomuniones”, fueron ambivalentes, dúplices y en modo alguno enteramente ajustadas a la verdad. Para Roma significó hacer entrar a la FSSPX en la primacía de la acción -por la vía pastoral- mediante una justificación subjetivista. Porque si bien el propósito remoto de la FSSPX era un esclarecimiento doctrinal hecho en Roma, el propósito inmediato apuntaba a un aspecto subjetivo: que aquellas personas que pensaban que la FSSPX estaba excomulgada y fuera de la Iglesia, cambiaran de parecer. De tal manera la FSSPX vería ampliarse considerablemente su apostolado. Ahí tenemos la vía pastoral que prevalece sobre (y se separa de) la vía dogmática. Las explicaciones dadas por la FSSPX para justificarse fueron del orden subjetivo. La FSSPX aceptó el levantamiento de unas excomuniones que para ella no existían, en vez de que se aclarase terminantemente por parte de la autoridad (que está allí para dar testimonio de la verdad) que esas excomuniones fueron erróneas, injustas y sin validez. No era Roma la que cedía, sino la Fraternidad. Se aceptó el perdón por una culpa inexistente. Al aceptar el perdón, se estaba admitiendo que la culpa era real, aunque se declarase lo contrario. Doble lenguaje. En vez de hablar “sí, sí, no, no” como mandó Nuestro Señor, dijo: “sí, no”. ¿Olvidó que “todo lo que excede de ello viene del maligno” (Mt. 5,37)? Esto fue admitido indirectamente por Mons. de Galarreta cuando dijo: “La Fraternidad Sacerdotal San Pío X agradeció a Roma el decreto sobre las excomuniones, siendo que éste no las declaraba nulas por injustas, como hubiera debido, y a algunos les parece que así ha dado entender que las considera válidas. Sería cierto si esta fuera la única vez que la Fraternidad se hubiera manifestado respecto a este asunto...” etc.(5)

Supongamos que alguien nunca escuchó hablar a la FSSPX sobre las excomuniones, y sólo lo hizo en esa oportunidad. En tal caso está en lo correcto en entender que la Fraternidad consideraba válidas las excomuniones. Eso se desprende de las palabras de De Galarreta. En definitiva, se puede decir 99 veces “no”, pero si al final se dice “sí”, este “sí” no resulta anulado por los anteriores 99 “no”. Porque además, nótese bien, no se trata de una declaración hecha al paso, a las apuradas, quizás en un momento de torpeza, sino una palabra calibrada, pensada, meditada y expuesta con toda claridad. Y la palabra, si va ajustada a una verdad, debe mantenerse invariable, porque la verdad no cambia. Pero en este caso, por razones “pastorales”, se cayó en la subjetividad de la verdad. Se manipuló a la verdad. Como dijo Mons. de Galarreta: “Les agradecimos que nos hubieran dado lo poco que podían darnos, y tanto ellos como nosotros entendemos lo que decimos”.(6) La prueba de esta falta de veracidad intelectual que llevó a la confusión estuvo en la cantidad de declaraciones que tuvieron que hacer para explicar lo que “uno” y “otro” habían querido decir.

En esta tragicomedia de enredos que llenó de perplejidad y confusión a muchos buenos fieles de aquel entonces, los cuales encima debieron sufrir el ser considerados como personas de celo amargo por parte de este mismo obispo, se vino a sumar el Padre Bouchacourt, funcionario muy obsecuente con la comandancia de la congregación: “Por cierto, como dirá con frecuencia Monseñor Bernard Fellay, Superior General, esta censura era nula, tanto ante Dios como para el derecho canónico, de modo que no tenemos necesidad de ser absueltos de ella, ya que no existe. Sin embargo, el decreto del 21 de enero de 2009 es bienvenido porque en los hechos la Tradición estaba netamente excomulgada por el antiguo decreto”(7). Más allá de la soberbia que se descubre en pretender que la FSSPX es “la Tradición”, hemos resaltado ese “sin embargo” porque, al igual que la partícula “pero”, son usadas siempre por los liberales para conciliar dos proposiciones contradictorias, imponiendo de ese modo la segunda que se contrapone a la primera. En efecto, así más abajo y en el mismo editorial dice otra vez el P. Bouchacourt (hoy junto a De Galarreta asistente del nuevo Superior General): “Este decreto es muy deplorable (sic) en cuanto no ha declarado nulo el de 1988; pero, por otra parte, es comprensible que Roma desee guardar la compostura y no desdecirse, dando pie para menguar un poco más una autoridad que ya está puesta en tela de juicio”(8). Como resultado de esta contradicción, fueron las autoridades de la FSSPX las que terminaron puestas en tela de juicio. Para que Roma “guarde la compostura”, se debe tolerar que ésta falte a la verdad… ¡Pobre verdad, siempre en el último lugar!

Y conste que no nos extendemos sobre la desdeñosa consideración hacia el Fundador de la congregación (como también ante Mons. de Castro Mayer) quienes debieron ser los primeros rehabilitados y tal la primera condición, en todo caso, para que Roma fuese capaz de mostrar su “sinceridad”. ¿Dónde ha quedado el amor filial por aquel a quien todo le debían? Pero esto fue una gran señal del Cielo, puesto que Monseñor Lefebvre sigue ostentando en su pecho la condecoración que ha significado esa excomunión modernista, del mismo modo que los mártires en el Cielo conservan sus gloriosas cicatrices. Sus hijos prefirieron que les sacaran las “estrellas amarillas” de su pecho.

A Roma el doble lenguaje no le importa pues son liberales y es parte de su identidad, pero hasta entonces no se había llegado a ese punto escandaloso en la FSSPX. Y lo más escandaloso es que fueran muy pocos, apenas un puñado, los que se escandalizaran de este hecho. La FSSPX jugó con lo que sólo el Diablo juega: jugó con la verdad. Apostó y perdió, aunque hasta el día de hoy sigue alrededor de la ruleta y cree que va ganando.

Para las autoridades conciliares, las “discusiones doctrinales” han sido siempre parte de la dinámica de la acción (en palabras de Francisco: “cultura del encuentro”), cuyo objetivo no era ser esclarecidas por una despreciada y minúscula congregación sacerdotal, sino, por el contrario, hacer participar a tal congregación de su estrategia. En una palabra, ecumenismo. Para bailar hacen falta dos. La FSSPX entró en el baile. La vía dogmática siempre ha estado sumergida por la vía pastoral para los romanos. Y al fin, ¿qué terminó pasando? Que la FSSPX terminó adoptando esa estrategia pastoral por encima de la dogmática incluso puertas adentro. Así para no malograr los “adelantos” obtenidos en materia pastoral por parte de Francisco, y seguir avanzando hacia la “necesaria reconciliación” o “normalización”, prefieren callar ante sus enormes barbaridades. O cuanto mucho, ampararse detrás de alguna crítica ajena, que reproduce tímidamente en su sitio de noticias. Así su preocupación esencial en lo interno es organizar actividades sociales como viajes (peregrinaciones), campamentos, encuentros grupales, comidas, etc. Sus sitios webs están más volcados a la información o a la publicidad institucional, que al combate doctrinal.

Siguiendo con el pensamiento de Gambra (o De Corte), luego de lanzados por la “vía pastoral”:

“Unida a esta inclinación que favorece la eficacia va la reforma del lenguaje eclesiástico que, con la pretensión de acomodarse mejor a las circunstancias sociales, trata de ser sugerente y pierde precisión cuando no cae decididamente en la contradicción. La eficacia tiene como secuela la substitución de lo dogmático por doctrinas acordes con la preeminencia que los resultados tienen para la conciencia moderna”.(9)

En efecto, ese énfasis en los resultados y en la eficacia se ha visto bien en la manera de encarar la “gestión” de la congregación como si se tratase de una empresa. Se contrató una compañía de “branding corporativo” para venderse como marca comercial, y contrató otra empresa para recaudar fondos; se ve también en su énfasis en la difusión de estadísticas, demostrativas de su exitoso crecimiento.     El lenguaje sugerente se advierte en la preeminencia de lo audiovisual, en desmedro del contenido doctrinal, ya sea a través de artículos, ensayos, largos estudios o libros. Las publicaciones muy bien editadas en colores, las filmaciones con drones, la preocupación estética por presentar sus bellas iglesias, etc. todo forma parte de un “pack” que busca tornar más “agradable” y “atractiva” (“cool”) la FSSPX. Antes la verdad sola, la caridad y el sacrificio de sus miembros bastaban para atraer a quienes esclarecidos comprendían en mayor o menor medida que se trataba de un combate en defensa de la fe.  Ya no es así. Y no puede decirse que Mons. Lefebvre no haya dado la advertencia.

Así es como la Fraternidad se alejó de la realidad y cayó por castigo de Dios en aquello que Bossuet llamaba “el más grande trastorno del espíritu” que es “el de ver las cosas tales como quisiéramos que ellas sean y no tales como ellas son en realidad”, avizorando un acuerdo favorable con una autoridades modernistas que ya no debían convertirse y retornar a la Tradición para ello. Una Fraternidad optimista que empezó a mirar hacia la Roma apóstata con ojos de cándida colegiala cincuentista. Francisco es terrible pero “leyó dos veces la biografía de Mons. Lefebvre” y además “nos considera católicos”, y “está con nosotros”, y “quiere dejarnos vivir y sobrevivir”.

No queremos entrar en el terreno de las responsabilidades personales, porque sin dudas ha habido todo tipo de errores, omisiones o comisiones que han llevado a esta caída, en unas circunstancias que fueron largamente abonando el terreno para llegar a esto. Creemos que este declive ya se venía manifestando de manera similar a como había ocurrido en diversas congregaciones religiosas a lo largo del siglo XX. Cuando el truco le da resultado, el diablo lo repite. Quizás la más notoria de estas caídas sea la de los jesuitas. Nos parece que no se ha sabido reconocer el fariseísmo de las autoridades romanas, fariseísmo de nuevo cuño, no propiamente por el celo amargo y la casuística, sino por el apoderamiento de la religión por amor al poder y el prestigio, de manera lujuriosa y homicida. Y esto porque en la Fraternidad se cayó en el clericalismo, en el burocratismo, en el fanatismo por la congregación, en la falta de personalidad, en la mecanización y también en la falta de caridad hacia el prójimo. El clerical guarda secretas ambiciones y ve en el fariseo alguien a quien temer porque puede cortar de plano esas ambiciones. Pregúntese el lector si alguna vez escuchó hablar del fariseísmo en los sermones, charlas o libros de la Fraternidad. No, eso parece que es parte de la historia antigua, de los tiempos de Cristo. Eso ha pasado. Y porque no se ve eso, se enfrentan fantasmas: el combate doctrinal es contra “el Vaticano II”, así a secas, como si no hubiese sido puesto en marcha por determinados sujetos, con determinadas características, determinado pensamiento y determinada forma de actuar. Los documentos no se han escrito solos. Y el Vaticano II no se inicia en 1962.

También se ha abandonado el carácter contrarrevolucionario de la congregación de los tiempos de Mons. Lefebvre, ya no se menciona a la Sinagoga de Satanás o Contra-Iglesia, no se tocan temas urticantes (muy especialmente para el sionismo), porque todos esos temas serían solamente “temas históricos”.

A todo esto, el fanático neo-fraternitario, que por cierto los hay, aunque no se hagan notar públicamente demasiado, saldría en su defensa diciendo que “el árbol se conoce por sus frutos”, buscando entonces en su computadora el listado de estadísticas que se amplía en cantidad numerosísima de sacerdotes, misiones, capillas, viajes, etc. Nada ha pasado, nada ha cambiado, quizás hasta diga que “la Fraternidad está mejor que nunca”. ¡Cuidado! En 1953, dentro del primer tomo de la excelente colección Verbum Vitae de la BAC, se leen cosas como éstas: “Nunca aparece tan perfecta como hoy la unidad en la fe”; “Nunca como en nuestros días se hallan unidos los sacerdotes con sus obispos y los obispos con el Papa”; “La época moderna ha conocido un verdadero milagro, que es la unificación del derecho Canónico, prueba evidente de la vitalidad de la Iglesia”; “El Espíritu Santo opera hoy como nunca en la Iglesia. Muchos opinan que jamás ha habido tantas almas de oración como en nuestros días” (10)

Menos de diez años después de esas palabras, se iniciaba la debacle total, que llevó a hacer caer la Iglesia con tanta facilidad como si se tratase de las Torres gemelas de Nueva York. Si la Iglesia estaba tan bien, ¿cómo pudo suceder aquello? ¿Cómo de un día para otro arrasaron con la Tradición? Aquí se nos aparece la influencia mediática de la publicidad, la superstición de la multitud, el deseo de que todo el mundo aplauda a la Iglesia. Pero más bien la Iglesia es fuerte cuando es perseguida por el mundo, porque el mundo siempre será su enemigo. El deseo de tener la aprobación del mundo, prepara la inevitable caída.

La FSSPX, en su nueva versión, comenzó el mismo proceso, aunque más lento. Podría resumirse así: primero expulsó a un obispo que se oponía a los acuerdos con Roma (y que sobre todo había osado cuestionar el tabú de los tabúes, el nuevo dogma del “Holocausto”, tema clave en la aceptación de la FSSPX en la estructura de la Iglesia oficial) y al fin se le abre la puerta a un obispo modernista que reside dentro de sus filas. Si vamos a los frutos del árbol, sinteticemos: desde entonces expulsó injustamente a un obispo; alrededor de treinta sacerdotes fueron expulsados injustamente o se fueron por distintos motivos; también se alejaron religiosas; fueron sancionados varios sacerdotes por disentir con la política de ralliement de los superiores; un prestigioso sub-director de un seminario fue apartado de su cargo por criticar a Francisco en un sermón; se quebró la relación de amistad que la FSSPX tenía con los Benedictinos de la Santa Cruz, con los Dominicos de Avrillé, con les Chevalliers de Notre-Dame; tuvo conflictos con la Fraternidad de la Transfiguración, con los capuchinos de Morgon; cientos de fieles fueron expulsados o se fueron descontentos, separándose familias y amistades. Mientras tanto la Neo-Fraternidad sostiene asiduos contactos con obispos conciliares, que visitan sus escuelas y seminarios.

A todo esto que afirmamos, no le contraponemos una “Resistencia” químicamente pura, perfecta, santa, no vamos a caer en el dualismo infantil que se promueve en la Neo-Fraternidad. De ningún modo. Los defectos recibidos en la propia FSSPX (más de índole personal o pastoral que en el orden doctrinal) a la que pertenecieron casi todos los resistentes, deben ser observados. Pero es sabido que de a poco muchos fueron abriendo los ojos a esta realidad para hacer los ajustes necesarios, Dios sabe qué hace falta en cada caso, pues cada situación es única. Pero sí decimos que todos estos hechos tienen que servir para acendrar nuestro combate a partir de reconocer nuestra propia miseria, capaz de engañarse a sí misma si no se está vigilante y si no se ama absolutamente la verdad, para lo cual hay que llevar siempre la cruz y creerse lo que somos: nada. La auténtica grandeza está en ser pequeños. “La humildad es la verdad” decía Santa Teresa. Y como bien enseñó el Padre Castellani, en la palabra y en los hechos: “Sólo en la verdad se puede fundamentar una verdadera grandeza; sólo diciéndola se puede caminar a ella. Hoy día estamos tan sumergidos en mentiras que el amor a la verdad representa una especie de martirio, y conduce al martirio real cuando se vuelve verdadera pasión; y la verdad se vuelve pasión en todos aquellos que se abren al espíritu de Dios”. Por amor a la verdad, Mons. Lefebvre no se calló y supo mantener la libertad de espíritu y de palabra de los auténticos soldados de Cristo Rey, como cuando decía cosas así:

“Pienso que cuanto más se avanza, es más abominable. Siempre he rezado mucho para que Nuestro Señor nos muestre el retorno de Roma a la Tradición o, por el contrario, que se agrave el alejamiento de Roma de la Tradición a fin de que esto sea claro.
Así pues actualmente, es de más en más evidente –y esto mucho más que hace un año o dos- que la Jerarquía se aleja de manera ostensible de la Iglesia.
Pienso que podemos hablar de descristianización y que estas personas que ocupan Roma hoy        son anticristos.  He dicho anticristos, como lo describe San Juan en su primera Carta: “Ya el Anticristo hace estragos en nuestro tiempo”. El Anticristo, los anticristos, ellos lo son, es absolutamente cierto.
Yo le dije al Cardenal Ratzinger: “Nosotros estamos en todo por Cristo y ellos están contra Cristo. ¿Cómo quiere que podamos entendernos?”
Cuando recordaba este tema con un Cardenal en Roma, -buscando un poco cuál es el leitmotiv que tiene toda esa gente- él me dijo: “Monseñor, es esto…”, haciendo el gesto tan conocido para designar el dinero. Podemos entonces imaginar todo lo que puede suceder. He tenido la ocasión de decirlo a algunos que aún tienen dudas sobre Roma. Estoy íntimamente persuadido de que nosotros no sabemos la mitad de lo que sucede en Roma: y si ya estamos escandalizados por la mitad que conocemos, es necesario pensar en la otra mitad. Si conociéramos todo, estaríamos espantados. Verdaderamente nosotros tenemos tratos con una increíble mafia, ligada ciertamente con la masonería.
Por el momento ellos están en ruptura con sus predecesores. No aceptan más las Encíclicas desde Mirari Vos, hasta Humani Generis del Papa Pio XII. No quieren tomar en consideración estas Encíclicas. No quieren tenerlas en cuenta. Ellos no están ya dentro de la Iglesia Católica”.(11)

¿Quién tiene el coraje de hablar hoy así, de frente a Francisco? Los obispos de la Resistencia no tienen acreditación pública, son considerados nada, sus medios son muy pobres. En cuanto a la resistencia en las filas de la Iglesia oficial que ha surgido a partir del espantoso pontificado de Bergoglio, tenemos que pensar en un solo obispo, que debe esconderse de la mafia vaticana que busca acabarlo, Mons. Viganò, el cual, por supuesto, no sólo no ha recibido ningún apoyo de las autoridades de la Neo-Fraternidad, sino que hasta es ruidosamente ignorado en sus medios de prensa.

Ya lo había explicado muy bien Mons. Lefebvre en ocasión de una entrevista:

PERIODISTA: Pero hay Tradicionalistas que han hecho un acuerdo con Roma sin conceder nada.
MONS. LEFEBVRE.: Eso es falso. Ellos han renunciado a su posibilidad de oponerse a Roma. Ellos deben permanecer silenciosos debido a los favores que se les han otorgado. Entonces, ellos comienzan a deslizarse siempre tan lentamente hasta que terminan admitiendo los errores del Vaticano II. Es una situación muy peligrosa. Tales concesiones de Roma tienen como único objetivo conseguir que los Tradicionalistas rompan con la FSSPX [la de entonces, no la actual] y se sometan a Roma.(12)

El Neo-fraternitario nos dirá que “la Fraternidad no hizo ningún acuerdo con Roma”.  Volviendo a lo que decíamos al comenzar este artículo, el acuerdo se está llevando a cabo por escalones, paso a paso, concesión a concesión. La demostración del acuerdo “implícito” es que ya no se habla como hablaba Mons. Lefebvre. El silencio es el primer pago por los favores recibidos. La táctica modernista ha variado y no consiste en “firmar un acuerdo” para destruir luego una congregación, sino exactamente al revés, debilitarla primero, que ésta se autodestruya, de manera tal que la “firma del acuerdo” sea la “cereza de la torta”.

Así es como, resumiendo, encontramos esta serie de características que han ido falsificando la obra de Mons. Lefebvre, muy especialmente a partir de la luctuosa fecha conmemorada:

-Subjetivismo contra verdad objetiva.
-Primacía de la acción (activismo) sobre la contemplación.
-Clericalismo contra el bien común.
-Obediencia ciega contra criterios personales y el buen sentido.
-Desdén hacia la feligresía, considerada mero rebaño que debe seguir ciegamente a sus clérigos infalibles.
-Exteriorización contra el cultivo de la vida interior.
-Lenguaje vago, abúlico y no comprometido contra lenguaje recto y parresíaco.
-Diálogo con el enemigo que desprecia la Tradición católica.

Terminamos citando nuevamente a Rafael Gambra, cuya pertinencia nos parece necesario destacar:

A la par que hoy, en numerosas congregaciones, conventos, parroquias y seminarios hay jóvenes sacerdotes que tratan de volver a las enseñanzas tradicionales de la Iglesia, la clerecía dominante, formada en la época del postconcilio, persigue al mundo moderno con la esperanza de participar en el abrazo de la humanidad globalizada que creen eminente. Abandonada la realeza de Cristo, la confesionalidad del Estado, defendida la libertad de cultos, convertido el pacifismo en precepto cristiano, metida la democracia en la doctrina social de la Iglesia y en su organización interna, sólo les falta abjurar de lo que la Iglesia ha representado en el mundo, cosa ya hecha con los perdones pedidos ante la humanidad divinizada.(13) Pero, al final de su carrera, quizás no encuentren un fraternal abrazo, sino la exclusión y la persecución. Porque los acuerdos insensatos reavivan las enemistades y no hay enemistad más profunda e insalvable que la que se da entre el príncipe de este mundo y el Rey de la creación”.(14)
Ignacio Kilmot


(1) ¿Caída? ¿Pero acaso la Fraternidad no sigue estando por fuera de la estructura oficial de la Iglesia? No, amigo lector, para que llegue a ese estatus de ser “reconocida”, precisamente la Fraternidad tiene que haber caído antes. Lo otro será la consecuencia final de ese hecho. Y acá de lo que hablamos es de una caída en los principios, en haber desobedecido los mandatos de Mons. Lefebvre y en haber faltado a la verdad, que es la base de todo.
(2) Mons. Fellay, conferencia dada en la Iglesia San Vicente de Paul de Kansas City, Missouri, el 10 de noviembre de 2004.
(4) R. Gambra, ibídem.
(5) Mons. de Galarreta, “Cuarenta años de fidelidad. Carta a nuestros fieles de la primera hora”, Revista Iesus Christus n° 121, Enero/Febrero 2009.
(6) Mons. de Galarreta, ib.
(7) P. Bouchacourt, “¿Y ahora?”, Editorial Revista Iesus Christus n° 121, Enero/Febrero 2009.
(8) P. Bouchacourt, ib.
(9) R. Gambra, ob. cit.
(10) Verbum Vitae, LA PALABRA DE CRISTO tomo I, págs. 277-278.
(11) Extractos de la conferencia en el retiro sacerdotal en Ecône, el 14 de septiembre de 1987.
(12) Fideliter N°79, enero 1991, poco antes de su muerte en marzo de 1991.
(13) ¿No ha entrado ya la FSSPX –implícitamente-en esa movida de los “perdones” al aceptar ser perdonada mediante el “levantamiento de las excomuniones”?
(14) R. Gambra, ob. cit.