Dado que la cita del R.P. Álvaro Calderón puesta por Non Possumus en esta entrada, ha concitado un merecido interés, ahora publicamos el texto íntegro de la excelente ponencia expuesta por el P. Calderón en el simposio tradicionalista llevado a cabo en Francia con ocasión de los 40 años del inicio del Concilio Vaticano II.
La autoridad doctrinal del Concilio Vaticano II
Padre Alvaro Calderón
Introducción
Estos años de Simposio han puesto de
manifiesto que las dificultades suscitadas por el Concilio Vaticano II son
graves y muchas; pero en su multiplicidad podemos señalar tres rasgos
comunes : la confusión, la proscripción y la conexión. Los problemas planteados por el Vaticano II son confusos por dos motivos; primero, porque el grupo innovador que
dominó el Concilio tuvo la prudencia de no ser explícito para evitar la confrontación
abierta con la mens tradicional de la
mayoría; segundo, porque el
pensamiento moderno que lo anima es necesaria y deliberadamente ambiguo, pues
no cultiva los instrumentos que dan rigor al pensamiento con la intención de
permanecer en el pacífico ámbito del pluralismo doctrinal. Son también errores proscriptos, pues cuando con heroico
esfuerzo se logra precisar el pensamiento conciliar tras la bruma de sus
textos, se halla que en la mayoría de los casos son errores ya condenados
explícitamente por el magisterio antimoderno de los cien años anteriores. Y son
planteos, por último, conectados;
porque, a pesar de la confusión en que se envuelven, hemos podido comprobar que
las novedades prohijadas en los diversos documentos conciliares están ligadas
en estrecha trabazón.
Hasta ahora hemos ido destruyendo los diversos
errores conciliares por medio de su explicitación,
pues una vez quitado el velo de confusión que los protege, aparece su carácter
de proscriptos. Pero como están conectados en única construcción, hay una
segunda manera de destruir el edificio; la primera es con largo trabajo,
demoliendo parte por parte desde el techo hasta los cimientos; la segunda es
con un único esfuerzo, golpeando en el punto crucial donde concurren las
fuerzas de todos los extremos. Llegados al término de nuestro Simposio, convenía
atacar entonces la piedra angular que traba toda la construcción conciliar,
impidiendo que el peso de las condenas anteriores la derrumbe. Y esta pieza
clave no es otra que la autoridad del
Concilio. El constante recurso a la autoridad del Concilio es lo que otorgó a
los Papas posteriores la enorme energía necesaria para frenar el impulso
antiliberal que traía la Iglesia y lanzarla con fuerza en sentido contrario; y
es también lo que anula nuestra resistencia. Pero podemos precisar más, porque
la autoridad se divide en doctrinal y
disciplinar, y ésta está subordinada
a aquélla; por lo tanto, el problema fundamental que debemos resolver es el que
plantea la autoridad doctrinal del
Concilio Vaticano II, es decir, el valor
de su magisterio.
Este problema se resuelve a la luz de dos
premisas, cada una de las cuales presenta su dificultad. Como premisa mayor
necesitamos decir cuáles son los criterios
verdaderos que permiten juzgar el
valor del magisterio de un concilio ecuménico, doctrina que tiene todavía
muchas zonas de sombra entre los teólogos. Y como premisa menor hay que
explicar cómo se ejerció efectivamente el
magisterio conciliar, asunto hiperconfuso entre los confusos problemas del
Vaticano II. De la diversa posición que se toma en una y otra premisa resulta
la diversidad de soluciones que ha recibido esta cuestión.

