Este blog está dedicado a María Corredentora y Mediadora de todas las Gracias

sábado, 5 de septiembre de 2026

La sinodalidad es el modernismo. De estar condenado a ser entronizado por Roma





Por: Una católica (ex)perpleja

INFOVATICANA

Es un hecho evidente que León XIV ha hecho suyo el proceso sinodal iniciado por Francisco. Y es un hecho también que la sinodalidad nos preocupa a muchos bautizados: la vaguedad del concepto, la insistencia desde la jerarquía eclesiástica, las contradicciones con el magisterio anterior y otras causas provocan el rechazo de la sinodalidad por parte del sensus fidei fidelium. Y por eso aparecen continuamente artículos tratando sobre este tema convertido desgraciadamente en protagonista en una Iglesia actual auto-referencial y centrada en estas cuestiones como poco, estériles, y como mucho, nocivas. 

Sobre el “camino sinodal” desarrollado por el episcopado alemán con la pretensión de aplicarlo a la Iglesia Universal, el cardenal Raymond L. Burke afirmó en 2023 lo siguiente: “Se nos dice que la Iglesia que profesamos, en comunión con nuestros antepasados en la fe desde el tiempo de los Apóstoles, ser Una, Santa, Católica y Apostólica, ahora debe ser definida por la sinodalidad, un término que no tiene historia en la doctrina de la Iglesia y para el que no existe una definición razonable. La sinodalidad y su adjetivo, sinodal, se han convertido en eslóganes tras los que se esconde una revolución para cambiar radicalmente la autocomprensión de la Iglesia, de acuerdo con una ideología contemporánea que niega mucho de lo que la Iglesia siempre ha enseñado y practicado. No se trata de una cuestión puramente teórica, pues la ideología ya se ha puesto en práctica, desde hace algunos años, en la Iglesia en Alemania, difundiendo ampliamente la confusión y el error y su fruto, la división, con grave prejuicio para muchas almas. Con el inminente Sínodo sobre la sinodalidad, es de temer, con razón, que la misma confusión, el mismo error y la misma división, lleguen a la Iglesia universal”. También en 2023, el cardenal Müller calificó a la sinodalidad de conquista hostil de la Iglesia católica y el difunto cardenal Pell, de “pesadilla tóxica”. 

Más recientemente, Don Jorge González Guadalix decía en InfoCatólica con su habitual clarividencia lo que muchos pensamos: “el invento del sínodo de la sinodalidad siempre me pareció una tomadura de pelo”. Y citaba las palabras de Mons. Rob Mutsaerts, Obispo auxiliar de ’s-Hertogenbosch: “Mi pregunta es sencilla y grave: ¿está ayudando el proceso sinodal a acercar realmente las almas a Cristo y a la salvación eterna?” ¿Se ha fortalecido la fe? ¿Se ha proclamado a Cristo con mayor claridad? ¿Se ha profundizado la identidad católica? ¿Han aumentado las conversiones, la asistencia a misa, las vocaciones sacerdotales? ¿Ha crecido la reverencia eucarística? ¿Se ha clarificado la enseñanza moral de la Iglesia? Porque, en el discurso sinodal actual – afirma don Jorge González -, la sinodalidad amenaza con convertirse en un fin en sí misma. Y ahí comienza, desde una perspectiva católica tradicional, el problema”.

Y mientras estas voces proféticas alertan del peligro, desde la oficialidad eclesial se nos dice otra cosa. Veamos sólo dos ejemplos recientes. Infovaticana publicó hace unas semanas un texto de Brad Miner titulado “La sinodalidad matará al catolicismo”, donde podía leerse que “La pretensión de haber recibido la Verdad y de guardarla es toda la razón de ser de la Iglesia y la hace algo distinto de una asociación religiosa voluntaria. Pero la sinodalidad, digan lo que digan sus defensores, introduce un mecanismo capaz de disolver esa pretensión: un proceso permanente, indefinido y participativo para generar consensos eclesiales contemporáneos interminables que funcionan cada vez más como fuentes rivales de autoridad junto al depósito asentado de la fe y —desde el punto de vista de los innovadores— por delante de él y, por tanto, del Magisterio destinado a guardarlo. La vaguedad que hemos visto hasta ahora en el proceso sinodal no ha sido incidental. Es una característica, no un defecto. Tras múltiples reuniones sinodales, la Iglesia sigue sin una definición fija de sinodalidad: solo descripciones de un «estilo», un «proceso», un «instinto»; y esta incapacidad de definir con claridad la sinodalidad no es una omisión menor”. 

En otro texto, titulado “Vender la sinodalidad radical como profecía social, InfoVaticana informaba sobre cómo la reciente asamblea anual de la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas recibió un mensaje en vídeo del Papa en el cual afirmaba que “todos los cristianos están llamados a ser constructores de la comunión de Cristo, formados en una Iglesia sinodal en la que todos cooperen en la misma misión según su propio carisma y ministerio. De manera especial, quienes integran la vida religiosa están llamados a convertirse en expertos en sinodalidad debido a las oportunidades que la vida comunitaria les brinda para practicarla, así como por la estructura misma en que están organizadas sus congregaciones”. En el encuentro, la religiosa francesa Nathalie Becquart, secretaria del Sínodo de los Obispos, realizó comentarios opacamente reveladores: “la sinodalidad se presenta como una innovación necesaria, una cultura distinta, un esfuerzo de reforma indispensable para recuperar la verdadera identidad y vitalidad de la Iglesia. La sinodalidad implicaría el nacimiento de un nuevo estilo de «ser Iglesia», pero no sería «otra Iglesia» en contradicción con la Iglesia presinodal. 

El P. Gerald E. Murray, autor de este artículo traducido de The Catholic Thing, tiene claro que el proyecto sinodal es un intento de remodelar la Iglesia Católica para convertirla en una entidad nueva, afín a diversas iglesias protestantes”, y que “la aplanadora de la sinodalidad constituye un peligro para la Iglesia. Debe ser reconocida por lo que es y detenida antes de que cause más estragos en la Iglesia”.

Desde esta modesta tribuna, quiero expresar mi total acuerdo con el P. Murray. Estoy cada vez más convencida de que, mucho más que la iglesia “conciliar” o “postconciliar”, la iglesia sinodal pretende dar el toque de gracia a la Iglesia de Cristo y convertirla en otra cosa. Está de hecho funcionando como un concilio encubierto, con sus distintas sesiones, en un proceso inacabable. En el que hemos visto, siguiendo los textos citados, cómo se exhorta / obliga a los religiosos a convertirse en sinodales, sea eso lo que sea. De la misma manera que tras concilios como el de Trento o el Vaticano II, las órdenes y congregaciones religiosas modificaron sus constituciones. La sinodalidad no se propone. Se impone.

Pero ocurre un hecho dramático: la sinodalidad que se impone constituye una continuidad total con el espíritu del concilio (Vaticano II) y una ruptura igualmente total con la tradición bimilenaria de la Iglesia. La falsa libertad religiosa, el falso ecumenismo, la nueva liturgia antropocéntrica y naturalista, el ecologismo. En definitiva, el culto al hombre sustituyendo el culto a Dios constituyen la nueva iglesia sinodal que pretende aniquilar a la Iglesia Católica Apostólica.

No desvelamos nada nuevo si decimos que el inicio del Concilio Vaticano II significó un golpe de Estado en la Iglesia: la minoría modernista / progresista, bien organizada, tumbó los esquemas preparados por la curia, excepto Sacrosanctum Concilium, sobre la liturgia, que ya había sido redactado por modernistas, y hubieron de ser redactados nuevos textos, la mayoría de ellos minados de ambigüedades y errores ya condenados; muy ufanamente, el cardenal Suenens declaró que el Concilio Vaticano II era “la revolución francesa en la Iglesia”.

Peter Kwasniewski tiene razón cuando afirma que “de Pío X a Francisco, el modernismo había pasado de estar desterrado a ser entronizado”: La secuencia histórica de los acontecimientos es clara: en 1907, San Pío X ya había denunciado en la encíclica Pascendi el modernismo infiltrado en la Iglesia, con teólogos laicos y clérigos actuando de manera oculta en la Iglesia. La infiltración denunciada continuó creciendo sobre todo en los países atravesados por las aguas del Rhin hasta hacerse con la Iglesia en el Concilio Vaticano II. Ya no necesitaban ocultarse. Teólogos como Congar, Rahner, de Lubac, Küng, que habían sido tildados de heterodoxos por la Iglesia, ahora eran expertos o peritos conciliares, acompañando a diversos obispos y cardenales. A cara descubierta, teólogos y cardenales modernistas introdujeron en los documentos conciliares principios condenados hasta por el último papa pre-conciliar, Pío XII, y lo hicieron impulsados y apoyados por una de las figuras más contradictorias y trágicas de la Iglesia del siglo XX, el papa Pablo VI

A mediados del siglo XX y ya masivamente tras el Concilio Vaticano II, los modernistas (o progresistas) se hicieron con los más altos puestos de la jerarquía. Como en la crisis arriana del siglo IV, pero peor, porque, como advirtió San Pío X, el modernismo es el compendio de todas las herejías

En 1982, el cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación por la Doctrina de la Fe, declaró que, «si se quisiera ofrecer un análisis de Gaudium et Spes en su conjunto, podríamos decir que (junto con los textos sobre la libertad religiosa y las religiones del mundo) se trata de una revisión del Syllabus de Pío IX, una especie de contra-syllabus». La observación del cardenal Ratzinger de que, en la época del Concilio Vaticano II, «aún no existía una declaración fundamental sobre la relación que debía existir entre la Iglesia y el mundo posterior a 1789 resulta curiosa cuando se tiene en cuenta las grandes encíclicas de los papas posteriores a 1789 que condenaban los errores modernistas del mundo, poniendo de manifiesto una «relación» de clara oposición entre la Iglesia y el mundo posterior a 1789 —declaraciones con las que, al parecer, la mayoría de los participantes en el Concilio Vaticano II quería mostrar su desacuerdo—. El cardenal Ratzinger pareció admitir con franqueza precisamente eso cuando escribió: «Contémonos con decir aquí que el texto [de los documentos del Concilio Vaticano II, especialmente Gaudium et Spes] sirve como un contra-syllabus y, como tal, representa, por parte de la Iglesia, un intento de reconciliación oficial con la nueva era inaugurada en 1789».

Pero lo que la jerarquía eclesiástica pretendió imponer a partir del Concilio Vaticano II atentaba de tal manera contra el sensus fidei que no lograron aplastar la disidencia ni acabar con la tradición de la Iglesia, como pretendían. La nueva iglesia sí provocó, empero, que los templos se vaciaran y las vocaciones cayeran en picado. El progresismo más descarnado fue envejeciendo, pero el conservadurismo le ayudó a mantener la revolución que había comenzado

Hoy, la sinodalidad pretende acabar el trabajo que comenzó el espíritu del concilio, pero que no pudo rematar: la “sinodalidad”, también llamada “iglesia sinodal”, parece haber triunfado: de la condena de todos los papas desde Gregorio XVI a Pío XII, con sus propuestas de libertad religiosa y ecumenismo, su moral inmoral y su liturgia antropólatra, es predicada actualmente como magisterio ordinario. Lo que era tolerancia religiosa ahora es una libertad religiosa que la Iglesia siempre condenó, y se pretende obligarnos a acatarla. Además, ¿no están en total consonancia con la sinodalidad predicada por los pastores los innumerables carismas y movimientos eclesiales actuales, tales como Hakuna, el Camino Neocatecumenal, el Opus Dei, el Regnum Christi, la Renovación Carismática, Emaús, Alpha y demás? ¿No son movimientos modernistas, producto de una neo-iglesia modernista-sinodal?

Aun así, la sinodalidad sigue repeliendo de tal manera al sensus fidei fidelium, que no es sólo que no convenza a muchos, sino que una minoría resistió desde el inicio y resiste hoy firmemente. Una minoría creciente en números, no exenta de problemas, divisiones internas y contradicciones, pero una minoría de bautizados se asió firmemente a la Iglesia de siempre como única tabla de salvación. Porque qué desprecio tan grande a Dios y a tantos santos y fieles sencillos supone creer que, de 2000 años de Iglesia, sólo hace 60 que se ha descubierto la verdad. Una verdad que invalida toda la enseñanza y praxis católica anterior a este «despertar».

¿Existe remedio a la sinodalidad? ¿Existe la posibilidad de que la Iglesia siga siendo la Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica Apostólica? Tal vez lo más parecido en cuanto a extensión en el tiempo de un fenómeno heterodoxo y hasta herético que secuestra a la más alta jerarquía eclesial sea la crisis arriana. Sin embargo, como afirmó San Pío X, el modernismo es la suma de todas las herejías. Por tanto, la sinodalidad (el modernismo) contiene en sí también el arrianismo y muchas más herejías. Por eso la crisis es ahora mucho más grave. Seguramente, el momento de mayor peligro para la fe católica de toda la historia, atacada desde su mismo interior. Pero el Señor mismo nos prometió que las puertas del infierno no prevalecerán. Así que debemos rogar continuamente su asistencia y su gracia para mantenernos fieles, aportando de nuestra parte todo lo que esté en nuestra mano para custodiar y transmitir íntegro del depósito de la fe.

La imagen que ilustra el texto pretende mostrar el mejor destino posible para la sinodalidad.