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domingo, 19 de septiembre de 2021

SERMÓN PARA EL DOMINGO XVII DESPUÉS DE PENTECOSTÉS - P. Trincado


Y le preguntó uno de ellos, que era doctor de la ley, tentándole: Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el principal mandamiento.

Catecismo del Concilio de Trento: Quiénes pecan contra este mandamiento:

Los que no tienen fe, esperanza y caridad.

Los que caen en herejía.

Los que no creen lo que la Iglesia manda creer.

Los que dan crédito a sueños, supersticiones, agüeros, adivinos, brujos, magos y demás cosas vanas.

Los que desesperan de su salvación y no confían en la divina bondad.

Los que ponen su esperanza sólo en sus riquezas, salud y fuerzas corporales.

Catecismo de Astete: ¿quién ama a Dios por sobre todas las cosas? R: el que está dispuesto a perderlas todas antes que perder a Dios.

La caridad de Dios no tiene límites, no se puede amar “excesivamente a Dios”.

Hay tres grados del amor de Dios: infancia (caracterizado por lucha contra el pecado mortal), adolescencia (en el que se lucha contra todo pecado) y madurez (donde prima el deseo de morir para estar con Dios).

Y el segundo [mandamiento] –agrega Nuestro Señor- semejante es a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

La caridad con que amamos al prójimo tiene límites, pues manda el Señor que le amemos como a nosotros mismos.

Y si alguno excede este límite, de manera que ame a los hombres tanto como a Dios o más que a Dios, cometería una gravísima maldad. “Si alguno viene a mí, dice el Señor, y no aborrece a su Padre, Madre, mujer, hijos, hermanos y hermanas, y hasta su misma vida, no puede ser mi discípulo”. “El que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí”.

Al prohibir el odio en el Quinto Mandamiento (No Matarás), Dios impone el precepto de caridad hacia el prójimo.

Por eso Dios nos manda que por la caridad tengamos paz con todos (“en cuanto dependa de nosotros”, como precisa San Pablo).

Las obras de caridad que este precepto nos impone son las siguientes:

La paciencia, ya que la caridad es sufrida.

La beneficencia, que se manifestará ante todo por las obras de misericordia, ya que la caridad es bienhechora.

El amor de los enemigos, tratando de devolver bien por mal y de vencer al mal con el bien.

La práctica de la mansedumbre.

Y, sobre todo, el perdón y olvido de las injurias, que es la obra más excelente de todas las que pueden practicarse en el Quinto Mandamiento.

El cristiano, entonces, está obligado a olvidar y perdonar las injurias, y para animarse a ello, hay que tener presente especialmente estas 3 cosas:

1) Creer que la causa principal del daño o de la injuria no fue aquél de quien desea uno vengarse, sino Dios, de quien proviene todo cuanto padecemos en esta vida (Job 1 21.), y que todo lo permite por justicia o misericordia; y que no nos persigue como a enemigos, sino que nos corrige y castiga como a hijos. Pues en todas estas cosas adversas, los hombres son sólo ministros y ejecutores de Dios, y nada pueden hacernos sin la divina permisión (son como la tijera en la mano del podador).

2) Creer que Dios concede dos grandes bienes a quien perdona las ofensas del prójimo: el perdón de sus propias ofensas y pecados (Mt. 6 14; 18 33.), y cierta nobleza y semejanza con Dios, que hace nacer su sol sobre buenos y malos, y que hace llover sobre justos y pecadores (Mt. 5 45.).

3) Creer que nos acarreamos muchos males cuando nos negamos a perdonar las injurias del prójimo. En efecto, el que odia y guarda el deseo de la venganza, no sólo comete un pecado grave, sino que además su alma es agitada violentamente mientras maquina la venganza hasta que logra conseguirla. Además, siguen otros muchos males a la pasión de odio: ceguera espiritual, juicios temerarios, ira, envidia, murmuración y otros vicios semejantes. Por eso se dice que el odio es pecado del diablo (I Jn. 3 10 -11.), que fue homicida desde el principio (Jn. 8 44.).

Remedios contra el odio: además de lo dicho, son los siguientes:

Ante todo, tener presente el ejemplo de nuestro Salvador, que perdonó hasta a sus mismos verdugos después de haber sido azotado, coronado de espinas, cruelmente atormentado y clavado en una cruz por ellos (Lc. 23 34.).

Luego, el recuerdo de la muerte y del juicio (Eclo. 7 40.): pues en esos momentos será muy necesario alcanzar la divina misericordia. Para conseguirla es necesario que olvidemos nosotros las injurias y perdonemos y amemos a los que de palabra o por obra nos hubieren ofendido.