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domingo, 5 de septiembre de 2021

SERMÓN PARA EL DOMINGO XV DESPUÉS DE PENTECOSTÉS - P. Trincado

Cristo con la Cruz a Cuestas, del Piombo, s. XVI


Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la ley de Cristo.

Santo Tomás de Aquino nos dice cómo en su comentario a Gálatas: tolerando pacientemente los defectos del prójimo, socorriéndolo en las necesidades, satisfaciendo con oraciones y buenas obras por la pena que otro deba.

Y así cumpliréis la ley de Cristo: cumplimiento que equivale a la caridad.

El amor es la plenitud de la Ley (Rm 13, 10). En eso conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros (Jn 13, 35); Un nuevo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros (Jn 13, 33).

Y Nuestro Señor nos ha dado ejemplo de cómo llevar unos las cargas de los otros: por caridad, Él mismo cargó con nuestros pecados. El tomó sobre sí nuestras dolencias (Is 53,4). Llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero (1P 2, 24).

Pero el principal impedimento para cumplir con esto es el orgullo, dice Sato Tomás. Algunos no llevan la carga de los otros porque se prefieren a los demás. En efecto, decía el fariseo: Yo no soy como los demás hombres, etc. (Lc 18, 11).

Por lo cual dice san Pablo en esta Epístola: Pues si alguien piensa que es algo, siendo nada, así mismo se engaña. Esto es, si orgullosamente juzga que es algo grande en comparación con los que pecan o ve en falta. Porque si algo somos es tan sólo por la gracia de Dios: Por la gracia de Dios soy lo que soy (1 Co 15, 10).

Agrega el santo que el remedio para evitar el orgullo es la consideración de los propios defectos. Porque por considerar uno los defectos ajenos y no los propios, piensa uno ser algo en comparación con los demás. Por eso dice: mas pruebe cada cual su propia conducta.

Termina la Epístola diciendo lo siguiente: lo que el hombre sembrare también eso cosechará. Pues el que siembra en su carne, de la carne cosechará también corrupción. Mas el que siembra en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna.

Lo que el hombre siembre, eso mismo cosechará. Sembrar en la carne es obrar para el cuerpo o para la carne. Así siembra en la carne el que las cosas que hace, aun las que parecen buenas, las hace para fomento y utilidad de la carne. Y se dice que de la carne se cosecha corrupción (putrefacción, podredumbre, descomposición), porque la semilla fructifica según la condición de la tierra.

Y la condición de la carne es ser corruptible, por lo cual al que siembra en la carne, es decir, quien en ella pone su preocupación y sus obras [o actúa movido por el egoísmo], es necesario que esas mismas obras se le corrompan y perezcan. Si vivís según la carne, moriréis (Rm 8,13).

Mas el que siembra en el espíritu, esto es, quien ordena toda su actividad y su mente al servicio del espíritu, por la fe y la caridad [o pretende cumplir la voluntad de Dios en todas las cosas]; cosechará la vida pues el espíritu es quien da la vida (Jn 6, 64). Y no cualquier vida -hace notar Santo Tomás- sino la vida eterna.

Cada cuenta del Rosario es como una semilla de vida eterna para el que lo reza y para los prójimos por los que reza. No nos cansemos de sembrar esas santas semillas.