Este blog está dedicado a María Corredentora y Mediadora de todas las Gracias

sábado, 20 de junio de 2020

COMENTARIO ELEISON Número DCLXXV (675) - 20 de junio de 2020




Reorientación Admirable


Un rayo de luz en el horizonte, ¡mirad!
¡Un alto dignatario de la Iglesia hablando la verdad!
He aquí un resumen de la carta pública del 9 de junio del Arzobispo Viganò sobre Vaticano II:—
Bravo, Mons. Schneider, por su reciente ensayo sobre el Concilio y su falsa libertad religiosa. La gente habla del “Espíritu del Concilio”. ¿Pero cuándo se habló del “Espíritu de Trento”, o de cualquier otro Concilio Católico? Nunca lo hubo, porque todos los otros Concilios simplemente siguieron el espíritu de la Iglesia. Sin embargo, el buen Obispo debe cuidarse de exagerar “errores” que necesitaban ser “corregidos” en las enseñanzas pasadas de la Iglesia, porque cualesquiera que hayan sido, no se parecían en nada a lo que hizo el Concilio Vaticano II, que fue comparable (incluso en contenido) con el Concilio de Pistoya (1786), más tarde condenado por la Iglesia.
En el Vaticano II, muchos de nosotros fuimos engañados. De buena fe, hicimos demasiadas concesiones a las supuestas buenas intenciones de aquellos que promovían un ecumenismo que se convirtió más tarde en una falsa enseñanza sobre la Iglesia. Hoy en día muchos católicos ya no creen que no hay salvación fuera de la Iglesia Católica, y es en los textos del Vaticano II donde se encuentran las ambigüedades que abrieron el camino a este socavamiento de la Fe. Comenzó con reuniones interreligiosas, pero terminará en alguna religión universal de la cual el verdadero Dios habrá sido desterrado. Todo esto fue planeado hace mucho tiempo. Numerosos errores de hoy en día tienen sus raíces en el Vaticano II, a cuyos textos es fácil rastrear hoy en día las múltiples traiciones a las creencias y prácticas verdaderamente católicas. El Vaticano II es usado ahora para justificar todas las aberraciones, mientras que sus textos son excepcionalmente difíciles de interpretar, y contradicen la Tradición de la Iglesia anterior de una manera que ningún otro Concilio de la Iglesia ha hecho.


Confieso serenamente que en ese momento fui demasiado incondicionalmente obediente a las autoridades de la Iglesia. Creo que muchos de nosotros no podíamos imaginar entonces que la Jerarquía fuera infiel a la Iglesia, como vemos especialmente en el presente Pontificado. Con la elección del Papa Francisco, por fin se quitó la máscara de los conspiradores. Finalmente se liberaron del filotridentino Benedicto XVI, libres de crear la Nueva Iglesia, para reemplazar la vieja Iglesia con un sustituto masónico tanto para la forma como para la sustancia del catolicismo. Democratización, sinodalidad, mujeres sacerdotes, pan-ecumenismo, diálogo, desmitificación del papado, lo políticamente correcto, teoría de género, sodomía, matrimonio homosexual, anticoncepción, inmigracionismo, ecologismo – si en todas estas desviaciones no podemos reconocer sus raíces en el Vaticano II, no habrá cura para ellas.
Este reconocimiento “exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo.” Aquellos pastores que de mala fe o incluso con intención maliciosa traicionaron a la Iglesia, deben ser identificados y excomulgados. Hemos tenido demasiados mercenarios más preocupados por complacer a los enemigos de Cristo que por ser fieles a su Iglesia.
“Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la voz amable de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado.” Yo no puedo ahora perseverar en mi error. Tampoco puedo afirmar que lo vi claro desde el principio. Todos sabíamos que el Concilio era más o menos una revolución, pero ninguno de nosotros imaginaba lo devastador que sería. Podríamos decir que Benedicto XVI lo frenó, pero el Pontificado de Francisco ha demostrado más allá de toda duda posible que entre los pastores en la cima de la Iglesia hay una apostasía pura, mientras que las ovejas de abajo están abandonadas y virtualmente despreciadas.
La Declaración de Abu Dhabi (“Dios se complace con todas las religiones”) fue imperdonable para un católico. La verdadera caridad no se compromete con el error. Y si un día Francisco se niega a seguir jugando el juego, será removido, al igual que Benedicto XVI fue removido y reemplazado. Pero la Verdad permanece y prevalecerá: “Fuera de la Iglesia Católica no hay salvación”.

Kyrie eleison.

domingo, 14 de junio de 2020

LA RAMA DE OLIVO PERDIDA: ARTÍCULO SOBRE LA EXTRAÑA ACTITUD DE LA NEO-FSSPX RESPECTO DEL ARZ. VIGANÒ



La Rama de Olivo Perdida
por
Sean Johnson

(Extracto)
14/6/20
Introducción:
El 10 de junio, el Arzobispo Carlo María Viganò publicó una carta en la que rechazaba a la iglesia conciliar, exponiéndola (entre muchas otras denuncias ruidosas) y arrepintiéndose por haberla promovido con evidente buena fe durante décadas:
“…a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería”.
Y un poco después en la misma carta:
Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude.”
Por primera vez desde Monseñor Salvador Lazo, se nos presenta el proceso de conversión de un prelado conciliar a la Tradición: Un claro y dogmático rechazo del Concilio Vaticano II, y un arrepentimiento personal por haber ayudado a la revolución conciliar (de buena fe).
Los miembros de larga data de la FSSPX podrían haber esperado que su amada Fraternidad estuviera gritando el mensaje de Viganò y su conversión desde los tejados (como lo hizo cuando Monseñor Lazo hizo su famosa declaración).  Sin embargo, hay un verdadero apagón en los medios de comunicación de la FSSPX, como si la conversión de Mons. Viganò fuera de poca importancia.
Este breve artículo analizará algunas de las razones por las que la FSSPX podría elegir evitar comentar lo que está pasando con Viganò.
Durante 25 años, y especialmente desde 2012, la FSSPX ha ido "con todo" en la adquisición del estatus canónico oficial por parte de la Roma conciliar: reuniones "discretas pero no secretas"  en el GREC; un cambio en la política de Mons. Lefebvre de "no llegar a ningún acuerdo práctico hasta que Roma se convierta"; la expulsión de Mons. Williamson (y de docenas de otros sacerdotes); la aceptación del Vaticano II; la rehabilitación de las comunidades de indulto; el silencio autoimpuesto sobre los errores conciliares para mejorar las relaciones con la Roma modernista (es decir, el "branding"); el rechazo de la noción de iglesia conciliar; etc., etc.
La Fraternidad ha ido demasiado lejos en la dirección conciliar como para detenerse y reevaluar sus acciones desde la muerte de Mons. Lefebvre, y aunque puede haber algunos Nicodemos que todavía se esconden dentro de la Fraternidad, en su mayoría, la FSSPX y Mons. Viganò se dirigen en direcciones opuestas:
Mientras que la FSSPX ha aceptado recientemente la revolución conciliar (por ejemplo, la Declaración Doctrinal del 15 de abril de 2012, que acepta la hermenéutica de la continuidad, y a través de ella los documentos del Vaticano II; rechaza la noción de iglesia conciliar; acepta una libertad religiosa limitada, etc.), Mons. Viganò está rechazando públicamente lo que la FSSPX ha aceptado recientemente.
Lo que todo esto significa es que Viganò y la FSSPX son dos navíos que pasan por la noche en direcciones opuestas: Viganò está en una rápida trayectoria hacia la Tradición, mientras que la FSSPX está prácticamente comprometida con el conciliarismo mitigado. 
La situación recuerda la respuesta de Mons. Lefebvre al Cardenal Ratzinger en 1987:
“Eminencia... ustedes trabajan para descristianizar la Fraternidad y la Iglesia, y nosotros trabajamos para cristianizarlas”.
En otras palabras, ¿qué oportunidad realista hay para cualquier colaboración con Mons. Viganò?  Como Lefebvre y Ratzinger, Viganò y Pagliarani/Fellay están trabajando en direcciones opuestas. Con toda probabilidad, si Mons. Lazo viviera y se convirtiera en 2020, el mismo silencio inquietante respecto a su declaración estaría impidiendo cualquier colaboración entre él y la FSSPX hoy día.
Pero con el obispo Huonder (o cualquier otro prelado conciliar que acepte los principios del Vaticano II), tales impedimentos relacionales no existen.
Obviamente, uno no se gana el favor de Roma cortejando amistades con aquellos que atacan a esos mismos romanos como "apóstatas".  Si Menzingen se ha vendido a la Roma modernista, estará reacia a molestar a los romanos haciendo declaraciones públicas de apoyo a Mons. Viganò.  Y si la prioridad n° 1 desde la muerte de Mons. Lefebvre ha sido adquirir el reconocimiento canónico de los modernistas, entonces la conversión de Mons. Viganò a la Tradición será simplemente calificada por Menzingen como "inoportuna". 
No es conveniente para las ambiciones de la Fraternidad alinearse con Viganò, así como no fue conveniente para Pilatos alinearse con Nuestro Señor:
Es un movimiento "seguro" y beneficioso para Menzingen ofrecer a Huonder un apostolado de retiro (donde pueda desmenuzar cualquier Lefebvrismo latente), pero Viganò debe permanecer en la clandestinidad y, hasta este punto, solo y aislado.
Conclusión:
El silencio de la FSSPX sobre la(s) reciente(s) carta(s) de Mons. Viganò son otra indicación de cuán revolucionaria fue la reorientación de la Fraternidad. A principios de los 90, un arzobispo en camino hacia el tradicionalismo integral habría sido la mayor noticia de la Tradición. Habríamos leído sobre ello en cada sitio web y blog de la FSSPX. Habríamos escuchado sermones sobre ello en las capillas de todo el mundo.  Habría sido recibido como un tremendo estímulo y un milagro de gracia. 
Así fue cuando Monseñor Lazo se convirtió a la Tradición, pero hoy en día es un no evento, y Viganò es persona non grata en la FSSPX.
Pero la conversión en curso de Viganò es trascendental, y debe ser alentada y apoyada por tantas voces de la Tradición como sea posible. Dudo que estas palabras lleguen alguna vez a la pantalla de su ordenador, pero si Su Excelencia se tropieza con ellas, sepa que es sólo un signo de la decadencia de los tiempos el que la Fraternidad no le esté defendiendo. 
Nosotros, escasas ovejas dispersas de la Tradición, le damos la bienvenida de corazón y agradecemos a Dios su reciente llegada.

COMENTARIO ELEISON Número DCLXXIV (674) - 13 de junio de 2020


MALICIA DEL MODERNISMO – V
La mala doctrina no tiene por qué significar que la buena voluntad sea mala.
La buena voluntad no tiene por qué significar que la doctrina sea buena.
Hay al menos una consideración importante más que debe ser presentada antes de dejar el modernismo en paz (al menos por el momento), y es una profecía del P. Federico Faber (1814–1863), relativa a nuestros propios tiempos, que seguramente ha aparecido ya más de una vez en estos “Comentarios”. Dijo palabras en el sentido de que el fin del mundo se caracterizará por hombres que harán el mal mientras piensan que hacen el bien.
Es lógico. Incluso en el fin del mundo los hombres todavía tendrán su naturaleza dada por Dios, que como tal es buena, subyacente a sus pecados original y personales, por muy pesados que estos sean en los últimos tiempos – II Tim. III, 1–5. Por esta naturaleza subyacente los hombres tienen una inclinación natural subyacente al bien. Sin embargo, la multitud de hombres bajo el Anticristo y sus predecesores se habrán sumado a su maldad, real o anticipada. ¿Cómo este bien y este mal habrán sido compatibles dentro de ellos?
La voluntad humana no puede querer nada que la mente humana no le haya presentado primero. Frente a cada deseo humano debe ir un pensamiento humano. El deseo de un no-objeto sólo puede ser un no-deseo. Por lo tanto, la voluntad depende que la mente haya captado su propio objeto para ella, y entre cada voluntad y el objeto que quiere tiene que haber intervenido la mente, siempre suponiendo que la mente capte su propio objeto. Pero ahora viene Kant que dice que la mente no puede captar su objeto, sólo puede fabricarlo. Esto significa que la voluntad y su objeto real ya no están correctamente conectados. Esto significa que una buena voluntad puede hacer que las cosas sean en realidad malas y que una mala voluntad puede hacer que algo sea en realidad bueno, pero dado el pecado original de los hombres, este último caso será menos frecuente. Así que cuando Kant desconecta la mente de la realidad objetiva, hace que sea mucho más fácil para la voluntad querer algo malo mientras que parecía ser bueno. Así, en un mundo desconectado de la realidad objetiva, es mucho más fácil para los hombres seguir siendo de buena voluntad incluso cuando quieren lo que en realidad no es bueno, porque la mente ha sido radicalmente lisiada.
Esto es lo que el Padre Faber está profetizando. Dice que para el fin del mundo, el problema no tiene por qué ser tanto los malos corazones o la mala voluntad como los buenos corazones con mentes lisiadas, en otras palabras, buenos corazones con malos principios. ¿Qué significa esto en la práctica? Significa que hoy día habrá un gran número de católicos que tienen la Fe y que tienen buenas intenciones, pero cuyas mentes funcionan mal porque siguen, conscientemente pero mucho más a menudo inconscientemente, la enseñanza de Kant, de modo que su buena fe se debilita en consecuencia. Entonces ya no pueden ver como la Neo-Iglesia es una gangrena sobre la verdadera Iglesia Católica, o como la Fraternidad San Pio X del Arzobispo está siendo gangrenada por sus sucesores. Pero en muchos casos la ceguera de tales almas no es necesariamente por malicia o falta de buena voluntad.
De ello se deduce que al tratar con tales almas en las que lo subjetivo ha sido separado de lo objetivo por todo un mundo lisiado por Kant, hay que no olvidar que un católico puede fácilmente cometer uno de dos errores opuestos pero conectados. O bien puede decir que tales almas son tan inocentes de corazón que no pueden equivocarse en la mente, así que la Neo-Iglesia no puede estar tan equivocada, y por lo tanto debería volver a unirse a ella, a la Pachamama y a todos – así se comportan hoy los líderes de la Neo-Fraternidad y todos los que los siguen. O puede decir que los errores en la mente de la Iglesia y la Neo-Fraternidad que desean volver a unirse a ella son tan graves que no pueden ser la verdadera Iglesia o la verdadera Fraternidad, y ambas deben ser absolutamente rechazadas – así argumentan y se comportan aquellos conocidos como sedevacantistas y aquellos que no quieren ser llamados sedevacantistas pero sin embargo piensan y hablan como ellos.
Por el contrario, si reconozco cómo Kant separó finalmente el sujeto del objeto, no diré que tales almas son de buena voluntad y por lo tanto su doctrina es buena, ni que su doctrina sea tan falsa que deba ser de mala voluntad. En cambio diré que subjetivamente pueden ser de buena voluntad, pero en todo caso son objetivamente de tan mala doctrina que para mi salvación eterna no puedo seguirlas ni hacerles compañía. Y con el Santo Rosario rogaré a Nuestra Señora que mantenga mi corazón y mi mente en equilibrio católico.

Kyrie eleison.

sábado, 13 de junio de 2020

VIGANÒ Y LA NEO-FSSPX



FUENTE

El interés del análisis del concilio que hizo Mons. Viganò, es que encontramos en él los mismos anatemas de Mons. Lefebvre contra el Concilio, la misma distinción entre la Iglesia Católica e iglesia conciliar. 

En la línea de Mons. Lefebvre, el Arzobispo Viganò  dice que hay:

"una nueva iglesia, superpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella"

Esto es exactamente lo que Mons. Lefebvre afirmó ya en 1974, en su famosa declaración, y que la FSSPX rechazó oficialmente en 2012 (cf. el estudio del Padre Gleize: "¿Existeuna Iglesia conciliar?". En este estudio, el P. Gleize llega a decir que la iglesia conciliar no existiría realmente, sino que sólo sería una tendencia modernista en la Iglesia Católica). Por el contrario, Mons. Vigano dice que se trata de una ENTIDAD falaz (un ser [substancial]), y no de una simple tendencia (accidente) que se podría soportar permaneciendo en ella.

La teología de Mons. Viganò explica entonces su rechazo visceral a esta entidad que se ha superpuesto monstruosamente a la Iglesia y la ha vaciado de su sustancia para llevarla a la apostasía. Esto también explica por qué entiende mejor la falsa obediencia a la que fue sometido durante décadas; la misma obediencia que ahora se impone a los sacerdotes y fieles de la actual FSSPX para llevarlos suavemente al seno de este monstruo conciliar. Mientras que él mismo dice que abrió los ojos sobre este dilema entre obediencia y fidelidad "gracias" al pontificado de Bergoglio, es exactamente el camino opuesto al que tomaron los superiores de la actual FSSPX: en lugar de cortar los puentes con esta neo-Iglesia, la FSSPX aceptó sus regalos envenenados, sacramento por sacramento, y finalmente ahora alberga dentro de sus muros a un "buen" obispo conciliar en retiro... ¡enviado por el Papa Francisco!

Mons. Viganò responde, sin quizás saberlo, al fondo de la actual crisis de la FSSPX.

¡Sabiduría de la Providencia!

[Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator]

Y nosotros preguntamos: ¿ha tomado o piensa tomar contacto la FSSPX con Mons. Viganò, a fin de felicitarlo y ofrecerle el apoyo que merece, o es que teme -cual Pilato- que con eso caería en desgracia de la Roma apóstata? ¿Seguirá la Fraternidad dejándolo solo y a merced de sus innumerables enemigos poderosos (los que, en teoría, son exactamente los mismos adversarios de la FSSPX)

jueves, 11 de junio de 2020

CARTA DE MONSEÑOR VIGANÒ: SOBRE EL VATICANO II Y SUS CONSECUENCIAS

ANTE LA PUSILANIMIDAD DE LOS LÍDERES DE LA NEO-FSSPX, DIOS NO PERMITE QUE FALTE EN SU IGLESIA LA VALIENTE DENUNCIA PROFÉTICA.

Carta original: Chiesa e post concilio

Traducción de Adelante la Fe

9 de junio de 2020
San Efrén
He leído con gran interés el ensayo de Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, publicado en LifeSiteNews el 1 de junio, posteriormente traducido al italiano por Chiesa e post concilio, titulado “No existe la voluntad divina positiva de que haya diversidad de religiones ni hay un derecho natural a dicha diversidad”. El estudio de Su Excelencia resume, con la claridad que distingue las palabras de quienes hablan de acuerdo con Cristo, las objeciones contra la supuesta legitimidad del ejercicio de la libertad religiosa teorizada por el Concilio Vaticano II en contradicción con el testimonio de la Sagrada Escritura y con la voz de la Tradición, y en contradicción también con el Magisterio católico, que es el fiel guardián de ambas.
El mérito del ensayo de Su Excelencia consiste, primero que nada, en su comprensión del vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy.  
El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito: Naturam expellas furca, tamen usque recurret [“Expulsa a la naturaleza con una horqueta: regresará”] (Horacio, Epist., I, 10, 24). La Declaración de Abu Dhabi -y como Mons. Schneider acertadamente observa, sus primeros síntomas en el panteón de Asís- “fue concebida en el espíritu del Concilio Vaticano II”, como lo afirma Bergoglio, orgullosamente. 
Este “espíritu del Concilio” es la patente de legitimidad que los innovadores oponen a sus críticos, sin darse cuenta de que ello es confesar, precisamente, un legado que confirma no sólo la naturaleza errada de las declaraciones presentes, sino también la matriz herética que supuestamente las justifica. Si se mira más de cerca, jamás en la historia de la Iglesia un Concilio se ha presentado a sí mismo como un hecho histórico diferente de todos los concilios anteriores: jamás se ha hablado del “espíritu del Concilio de Nicea” o del “espíritu del Concilio de Ferrara-Florencia” ni, mucho menos, del “espíritu del Concilio de Trento”. Tampoco existió jamás una era “post-conciliar” después del Letrán IV o del Vaticano I. 
La razón de ello es obvia: estos Concilios fueron todos, sin distinción alguna, expresión unánime de la voz de la Santa Madre Iglesia, y por esta misma causa, voz de Nuestro Señor Jesucristo. Es elocuente que quienes sostienen la novedad del Concilio Vaticano II adhieran también a la doctrina herética que pone al Dios del Antiguo Testamente en oposición al Dios del Nuevo Testamento, como si pudiera existir contradicción entre las Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Evidentemente esta oposición, que es casi gnóstica o cabalística, es funcional para la legitimación de un sujeto nuevo, que se quiere diferente y opuesto a la Iglesia católica. Los errores doctrinales casi siempre revelan algún tipo de herejía trinitaria, y por tanto es mediante el regreso a la proclamación del dogma trinitario que las doctrinas que se le oponen pueden ser derrotadas: ut in confessione veræ sempiternæque deitatis, et in Personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur æqualitas: confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la Majestad. 
Mons. Schneider cita varios cánones de los Concilios Ecuménicos que proponen lo que, en su opinión, son doctrinas difíciles de aceptar hoy, como, por ejemplo, la obligación de diferenciar a los judíos por las ropas, o la prohibición de que los cristianos sirvan a patrones mahometanos o judíos. Entre esos ejemplos existe también la exigencia de la traditio instrumentorum proclamada por el Concilio de Florencia, que fue posteriormente corregida por la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis de Pío XII. Mons. Schneider comenta: “Se puede rectamente esperar y creer que un futuro Papa o Concilio Ecuménico corrija las declaraciones erróneas hechas” por el Concilio Vaticano II. Esto me parece ser un argumento que, aunque hecho con la mejor de las intenciones, debilita el edificio católico desde sus mismos fundamentos. Si de hecho admitimos que puede haber actos magisteriales que, por el cambio en la sensibilidad, son susceptibles de abrogación, modificación o diferente interpretación por el paso del tiempo, caemos inevitablemente en la condenación del Decreto Lamentabili, y terminamos concediendo justificaciones a quienes, recientemente, y precisamente sobre la base de aquel erróneo supuesto, han declarado que la pena de muerte “no es conforme al Evangelio”, enmendando así el Catecismo de la Iglesia Católica. De acuerdo con el mismo principio, podríamos sostener que las palabras del Beato Pío IX en Quanta Cura fueron en cierta forma corregidas por el Concilio Vaticano II, tal como Su Excelencia espera que ocurra con Dignitatis Humanae. +
Ninguno de los ejemplos que ofrece Su Excelencia es, en sí mismo, gravemente erróneo o herético: el hecho de que el Concilio de Florencia declarara que la traditio instrumentorum era necesaria para la validez de las órdenes no comprometió de ningún modo el ministerio sacerdotal en la Iglesia, haciendo que se confirieran órdenes inválidas. No me parece tampoco que se pueda afirmar que este aspecto, a pesar de su importancia, haya conducido a errores doctrinales por parte de los fieles, algo que sí ha ocurrido, por el contrario, sólo en el último Concilio. Y cuando en el curso de la historia se han difundido diversas herejías, la Iglesia siempre ha intervenido prontamente para condenarlas, como ocurrió en el tiempo del Sínodo de Pistoya de 1786, que fue en cierto modo un anticipo del Concilio Vaticano II, especialmente en su abolición de la comunión fuera de la Misa, la introducción de la lengua vernácula, y la abolición de las oraciones del Canon dichas en voz baja, pero especialmente en la teorización sobre el fundamento de la colegialidad episcopal, reduciendo la primacía del Papa a una función meramente ministerial. El releer las actas de aquel Sínodo causa estupor por la formulación literal de los mismos errores que encontramos posteriormente, aumentados, en el Concilio que presidieron Juan XXIII y Pablo VI. Por otra parte, tal como la Verdad procede de Dios, el error es alimentado por el Adversario y se alimenta de él, que odia a la Iglesia de Cristo y su corazón, la Santa Misa y la Santísima Eucaristía.  
Llega un momento en nuestras vidas en que, por disposición de la Providencia, nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna. Me refiero a la opción entre comprender el error en que prácticamente todos hemos caído, casi siempre sin mala intención, y seguir mirando para el otro lado o justificándonos a nosotros mismos.  
También hemos cometido, entre otros, el error de considerar a nuestros interlocutores como personas que, a pesar de la diferencia de ideas y de fe, se han movido siempre por buenas intenciones y que estarían dispuestas a corregir sus errores si pudieran convertirse a nuestra Fe. Junto con numerosos Padres Conciliares, concebimos el ecumenismo como un proceso, como una invitación que llama a los disidentes a la única Iglesia de Cristo, a los idólatras y paganos al único Dios verdadero, al pueblo judío al Mesías prometido. Pero desde el instante en que fue teorizado en las comisiones conciliares, el ecumenismo fue entendido de un modo que está en directa oposición con la doctrina previamente sostenida por el Magisterio.
Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad.
Pero si la imagen de una divinidad infernal pudo ingresar a San Pedro, fue parte de un crescendo que algunos previeron como un comienzo. Hoy hay muchos católicos practicantes, y quizá la mayor parte del clero católico, que están convencidos de que la Fe católica ya no es necesaria para la salvación eterna: creen que el Dios Uno y Trino revelado a nuestros padres es igual que el dios de Mahoma. Hace veinte años oímos esto repetido desde los púlpitos y las cátedras episcopales, pero recientemente lo hemos oído, afirmado con énfasis, incluso desde el más alto Trono.
Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Littera enim occidit, spiritus autem vivificat [“La letra mata, el espíritu da vida” (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsistit in: decir una semi-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un semi-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia Catholica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.
Puede que algunos recuerden que los primeros encuentros ecuménicos tuvieron lugar con los cismáticos del Oriente, y muy prudentemente con otras sectas protestantes. Fuera de Alemania, Holanda y Suiza, al comienzo los países de tradición católica no vieron con buenos ojos las celebraciones mixtas en que había juntos pastores protestantes y sacerdotes católicos. Recuerdo que en aquellos años se habló de eliminar la penúltima doxología del Veni Creator para no ofender a los ortodoxos, que no aceptan el Filioque. Hoy escuchamos los surahs del Corán leídos desde el púlpito de nuestras iglesias, vemos un ídolo de madera adorado por hermanas y hermanos religiosos, oímos a los obispos desautorizar lo que hasta ayer nos parecía ser las excusas más plausibles de tantos extremismos. Lo que el mundo quiere, por instigación de la masonería y sus infernales tentáculos, es crear una religión universal que sea humanitaria y ecuménica, de la cual es expulsado el celoso Dios que adoramos. Y si esto es lo que el mundo quiere, todo paso en esa dirección que dé la Iglesia es una desafortunada elección que se volverá en contra de quienes creen que pueden burlarse de Dios. No se puede dar de nuevo vida a las esperanzas de la Torre de Babel, con un plan globalizante que tiene como meta la neutralización de la Iglesia católica a fin de reemplazarla por una confederación de idólatras y herejes unidos por el ambientalismo y la fraternidad universal. No puede haber hermandad sino en Cristo, y sólo en Cristo: qui non est mecum, contra me est
Es desconcertante que tan poca gente se dé cuenta de esta carrera hacia el precipicio, y que pocos adviertan la responsabilidad de los niveles más altos de la Iglesia que apoyan estas ideologías anti cristianas, como si los líderes de la Iglesia quisieran la garantía de que tendrán un lugar y un papel en el carro del pensamiento correcto. Y es sorprendente que haya gente que persista en la negativa a investigar las causas de fondo de la presente crisis, limitándose a deplorar los excesos actuales como si no fueran la consecuencia inevitable de un plan orquestado hace ya décadas. El que la pachamama haya sido adorada en una iglesia, se lo debemos a Dignitatis Humanae. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Aetate. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amoris Laetitia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato. Los prelados que enviaron las Dubia a Francisco, a mi juicio, evidenciaron la misma piadosa ingenuidad: pensar que Bergoglio, confrontado con una contestación razonablemente argumentada de su error, iba a comprender, a corregir los puntos heterodoxos y a pedir perdón.
El Concilio fue usado para legitimar las más aberrantes desviaciones doctrinales, las más osadas innovaciones litúrgicas y los más inescrupulosos abusos, todo ello mientras la Autoridad guardaba silencio. Se exaltó de tal modo a este Concilio que se lo presentó como la única referencia legítima para los católicos, para el clero, para los obispos, oscureciendo y connotando con una nota de desprecio la doctrina que la Iglesia había siempre enseñado autorizadamente, y prohibiendo la liturgia perenne que había, durante milenios, alimentado la fe de una línea ininterrumpida de fieles, mártires y santos. Entre otras cosas, este Concilio ha demostrado ser el único que ha causado tantos problemas interpretativos y tantas contradicciones respecto del Magisterio precedente, en tanto que no existe ni un solo Concilio -desde el Concilio de Jerusalén hasta el Vaticano I- que no haya armonizado perfectamente con todo el Magisterio o que haya necesitado tanta interpretación.
Confieso con serenidad y sin controversia: fui una de las muchas personas que, a pesar de tantas perplejidades y temores como hoy se ha demostrado ser legítimos, confié en la autoridad de la Jerarquía con incondicional obediencia. En realidad, creo que mucha gente, incluido yo mismo, no consideró en un comienzo la posibilidad de que pudiera haber un conflicto entre la obediencia a una orden de la Jerarquía y la fidelidad a la Iglesia. Lo que hizo tangible esta separación no natural, diría incluso perversa, entre la Jerarquía y la Iglesia, entre la obediencia y la fidelidad, fue ciertamente el presente pontificado.
En la Sala de Lágrimas, adyacente a la Capilla Sixtina, mientras monseñor Guido Marini preparaba el roquete, la muceta y la estola para la primera aparición del Papa “recién elegido”, Bergoglio exclamó: “Sono finite le carnevalate!” [“Se acabó el carnaval”], rehusando desdeñosamente las insignias que todos los Papas hasta ahora habían aceptado, humildemente, como el atuendo del Vicario de Cristo. Pero esas palabras contenían una verdad, aunque dicha involuntariamente: el 23 de marzo de 2013, los conspiradores dejaron caer la máscara, libres ya de la inconveniente presencia de Benedicto XVI y osadamente orgullosos de haber finalmente promovido a un Cardenal que representaba sus ideas, su modo de revolucionar la Iglesia, de hacer maleable la doctrina, adaptable la moral, adulterable la liturgia y desechable la disciplina. Todo esto se consideró, por los mismos protagonistas de la conspiración, como lógica consecuencia y obvia aplicación del Concilio Vaticano II que, según ellos, había sido debilitado por las críticas hechas por Benedicto XVI. La mayor osadía de ese Pontificado fue el permiso para celebrar libremente la venerada liturgia tridentina, cuya legitimidad fue finalmente reconocida, refutando cincuenta años de ilegítimo ostracismo. No es un accidente el que los partidarios de Bergoglio sean los mismos que vieron el Concilio como el primer paso de una nueva Iglesia, antes de la cual había existido una vieja religión con una vieja liturgia. 
No es accidente: lo que estos hombres afirman impunemente, escandalizando a los moderados, es lo mismo que creen los católicos, vale decir, que a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería. Expresiones como nuevo humanismo, fraternidad universal, dignidad del hombre, son muletillas del humanitarismo filantrópico que niega al verdadero Dios, de una solidaridad horizontal de inspiración vagamente espiritualista y de un irenismo ecuménico, condenado inequívocamente por la Iglesia. “Nam et loquela tua manifestum te facit [“Tus palabras te ponen en evidencia”]” (Mt 26, 73): este recurrir frecuente, incluso obsesivo, al mismo vocabulario de los enemigos revela la adhesión a la ideología inspirada por ellos. Por otra parte, la renuncia sistemática al lenguaje claro, inequívoco y cristalino de la Iglesia confirma el deseo de separarse no sólo de las formas católicas, sino incluso de su sustancia misma. 
Lo que durante años hemos oído proclamar vagamente, sin connotaciones claras, desde el más alto de los Tronos, lo encontramos ahora, elaborado en un verdadero manifiesto propiamente tal, entre los partidarios del presente pontificado: la democratización de la Iglesia, ya no mediante la colegialidad inventada por el Concilio Vaticano II, sino por la vía sinodal inaugurada por el Sínodo de la Familia; la demolición del sacerdocio ministerial mediante su debilitamiento por las excepciones al celibato eclesiástico y la introducción de figuras femeninas con responsabilidades cuasi-sacerdotales; el silencioso tránsito desde un ecumenismo dirigido a los hermanos separados hacia una forma de pan-ecumenismo que reduce la Verdad del Dios Uno y Trino al nivel de las idolatrías y de las más infernales supersticiones; la aceptación de un diálogo interreligioso que presupone un relativismo religioso y excluye la proclamación misionera; la desmitologización del Papado, emprendida por Bergoglio como tema de su pontificado; la progresiva legitimación de todo lo que es políticamente correcto: la teoría de género, la sodomía, el matrimonio homosexual, las doctrinas maltusianas, el ecologismo, el inmigracionismo… Si no reconocemos que las raíces de estas desviaciones se encuentran en los principios establecidos por el último Concilio, será imposible encontrar una cura: si persiste de nuestra parte un diagnóstico que, contra todas las demostraciones, excluye la patología inicial, no podemos prescribir una terapia adecuada. 
Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo: algunas de ellas, para poder llevar una vida tranquila, otras debido a que tienen demasiados compromisos, otras por conveniencia y, finalmente, otras de mala fe o incluso con un malicioso propósito. Estas últimas, que han traicionado a la Iglesia, deben ser identificadas, llevadas a un costado e invitadas a corregirse y, si no se arrepienten, deben ser expulsadas de los recintos sagrados. Así es como actúa el Pastor, que tiene en su corazón el bien de las ovejas y que da su vida por ellas. Hemos tenido y todavía tenemos demasiados mercenarios, para quienes la aprobación por parte de los enemigos de Cristo es más importante que la fidelidad a su Esposa.
Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude. Proclamar que existió claridad de juicio desde el principio no sería honesto: todos supimos que el Concilio iba a ser, más o menos, una revolución, pero no podíamos imaginar que iba a serlo de un modo tan devastador, incluso respecto a la obra de quienes deberían haberla evitado. Y si, hasta Benedicto XVI podíamos todavía pensar que el golpe de estado del Concilio Vaticano II (que el Cardenal Suenens llamó “el 1789 de la Iglesia”) estaba experimentando una desaceleración, en estos últimos años hasta el más ingenuo de entre nosotros ha comprendido que el silencio por temor a causar un cisma, el esfuerzo por remendar los documentos papales en sentido católico para remediar su intencionada ambigüedad, los llamados y dubia dirigidos a Francisco que han quedado elocuentemente sin respuesta, son formas de confirmación de la existencia de la más grave de las apostasías a que están expuestos los más altos niveles de la Jerarquía, en tanto que los fieles cristianos y el clero se sienten desesperadamente abandonados y son vistos por los obispos casi con enfado.
La Declaración de Abu Dhabi es la proclama ideológica de una idea de paz y cooperación entre las religiones que podría posiblemente ser tolerada si proviniera de paganos privados de la luz de la Fe y del fuego de la Caridad. Pero todo el que haya recibido la gracia de ser Hijo de Dios en virtud del Santo Bautismo debería horrorizarse con la idea de construir una versión, moderna y blasfema, de la Torre de Babel, buscando aunar a la única Iglesia de Cristo, heredera de las promesas hechas al Pueblo Elegido, con aquellos que niegan al Mesías y con quienes consideran que la idea misma de un Dios Trino y Uno es una blasfemia. El amor de Dios no tiene límites y no tolera compromisos, porque de otro modo no es, simplemente, Caridad, sin la cual no se puede permanecer en Él: qui manet in caritate, in Deo manet, et Deus in eo [quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él] (1 Jn 4, 16). Importa poco que se trate de una declaración o de un documento magisterial: sabemos bien que la mens subversiva de los innovadores juguetea con estas especies de puzzles a fin de difundir el error. Y sabemos bien que la finalidad de estas iniciativas ecuménicas e interreligiosas no es convertir a quienes están lejos de la única Iglesia de Cristo, sino desviar y corromper a quienes todavía creen en la Fe católica, llevándolos a pensar que es deseable tener una gran religión universal que reúna a las tres grandes religiones abrahámicas “en una sola casa”: ¡esto sería el triunfo del plan masónico de preparación del reino del Anticristo! No importa mucho que ello se materialice mediante una bula dogmática, una declaración, o una entrevista con Scalfari en La Repubblica, porque los partidarios de Bergoglio esperan la señal de su palabra, a la cual responderán con una serie de iniciativas que están preparadas y organizadas desde hace ya algún tiempo. Y si Bergoglio no cumple las instrucciones que ha recibido, hay cantidad de teólogos y de clérigos que están preparados para lamentarse de la “soledad del papa Francisco”, a fin de usar esto como premisa para su renuncia (pienso, por ejemplo, en Massimo Faggioli en uno de sus recientes ensayos). Por otra parte, no sería la primera vez que usan al Papa cuando éste actúa según el plan de ellos, y que se deshacen de él o lo atacan tan pronto como no lo hace. 
El domingo pasado la Iglesia celebró a la Santísima Trinidad, y en el Breviario se recita el Symbolum Athanasianum, hoy puesto fuera de la ley por la liturgia conciliar, y ya reducido a sólo dos ocasiones en la reforma litúrgica de 1962. Las primeras palabras de ese suprimido Symbolum merecen estar escritas con letras de oro: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est ut teneat Catholicam fidem; quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternum peribit [Quien quiera ser salvado, es necesario, antes que nada, que crea en la Fe católica, porque a menos que mantenga esta fe íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente]”. 
+ Carlo Maria Viganò

miércoles, 10 de junio de 2020

EL PRESIDENTE TRUMP RESPONDE A MONS. VIGANO EN UN TWEET


WASHINGTON, D.C., 10 de junio de 2020 (LifeSiteNews) - El presidente Donald Trump ha respondido a la carta abierta del arzobispo Carlo María Viganò, publicada el 6 de junio por LifeSiteNews.

"Muy honrado por la increíble carta del arzobispo Viganò para mí", escribió el Presidente en un Tweet.  "Espero que todos, religiosos o no, la lean", añadió.

En su poderosa carta, el Arzobispo Viganò advirtió al Presidente que las crisis actuales sobre la pandemia del coronavirus y los disturbios de George Floyd son parte de la eterna lucha espiritual entre las fuerzas del bien y del mal.
Animó al presidente a continuar la lucha en nombre de los "hijos de la luz".

La carta ha sido vista casi 3 millones de veces en LifeSiteNews.

En media hora, el Tweet del presidente ya había sido visto casi 30.000 veces.

sábado, 6 de junio de 2020

CARTA DE MONSEÑOR CARLO MARIA VIGANÒ AL PRESIDENTE TRUMP

FUENTE



7 de junio de 2020
Domingo de la Santísima Trinidad

Sr. Presidente,
En los últimos meses hemos sido testigos de la formación de dos bandos opuestos que yo llamaría bíblicos: los hijos de la luz y los hijos de la oscuridad. Los hijos de la luz constituyen la parte más conspicua de la humanidad, mientras que los hijos de las tinieblas representan una minoría absoluta. Sin embargo, los primeros son objeto de una especie de discriminación que los coloca en una situación de inferioridad moral con respecto a sus adversarios, que a menudo ocupan posiciones estratégicas en el gobierno, la política, la economía y los medios de comunicación. De manera aparentemente inexplicable, los buenos son rehenes de los malos y de quienes los ayudan, ya sea por interés propio o por temor.
Estos dos bandos, que tienen una naturaleza Bíblica, siguen la clara separación entre la descendencia de la Mujer y la descendencia de la Serpiente. Por un lado están los que, aunque tienen mil defectos y debilidades, están motivados por el deseo de hacer el bien, de ser honestos, de formar una familia, de trabajar, de dar prosperidad a su patria, de ayudar a los necesitados y, en obediencia a la Ley de Dios, de merecer el Reino de los Cielos. Por otra parte, están los que se sirven a sí mismos, que no tienen principios morales, que quieren demoler la familia y la nación, explotan a los trabajadores para enriquecerse indebidamente, fomentan las divisiones internas y las guerras, y acumulan poder y dinero: para ellos la falsa ilusión del bienestar temporal cederá un día - si no se arrepienten - al terrible destino que les espera, lejos de Dios, en la condenación eterna.
  En la sociedad, Sr. Presidente, estas dos realidades opuestas coexisten como enemigos eternos, al igual que Dios y Satanás son enemigos eternos. Y parece que los hijos de las tinieblas, a los que podemos identificar fácilmente con el estado profundo al que usted se opone sabiamente y que está librando una feroz guerra contra usted en estos días, han decidido mostrar sus cartas, por así decirlo, revelando ahora sus planes. Parecen estar tan seguros de tener todo bajo control, que han dejado de lado esa circunspección que hasta ahora había ocultado, al menos parcialmente, sus verdaderas intenciones. Las investigaciones ya en curso revelarán la verdadera responsabilidad de los que manejaron la emergencia de Covid no sólo en el área de la salud, sino también en la política, la economía y los medios de comunicación. Es probable que encontremos que en esta colosal operación de ingeniería social, hay personas que han decidido el destino de la humanidad, arrogándose el derecho de actuar contra la voluntad de los ciudadanos y sus representantes en los gobiernos de las naciones.
También descubriremos que los disturbios de estos días fueron provocados por quienes, viendo que el virus se está desvaneciendo inevitablemente y que la alarma social de la pandemia está disminuyendo, necesariamente han tenido que provocar disturbios civiles, porque irían seguidos de una represión que, aunque legítima, podría ser condenada como una agresión injustificada contra la población. Lo mismo ocurre en Europa, en perfecta sincronía. Es evidente que el uso de las protestas callejeras es fundamental para los propósitos de quienes desean que en las próximas elecciones presidenciales se elija a alguien que encarne los objetivos del estado profundo y que exprese esos objetivos con fidelidad y convicción. No será sorprendente si en unos meses volvemos a saber que detrás de estos actos de vandalismo y violencia se esconden aquellos que esperan beneficiarse de la disolución del orden social para construir un mundo sin libertad: Solve et Coagula, como enseña el adagio masónico.
Aunque parezca desconcertante, las alineaciones opuestas que he descrito también se encuentran en los círculos religiosos. Hay pastores fieles que cuidan el rebaño de Cristo, pero también hay infieles mercenarios que buscan dispersar el rebaño y entregar las ovejas para que sean devoradas por lobos voraces. No es de extrañar que estos mercenarios sean aliados de los hijos de las tinieblas y odien a los hijos de la luz: así como hay un estado profundo, también hay una iglesia profunda que traiciona sus deberes y renuncia a sus compromisos debidos ante Dios. Así, el Enemigo Invisible, contra el que luchan los buenos gobernantes en los asuntos públicos, también es combatido por los buenos pastores en la esfera eclesiástica. Es una batalla espiritual, de la que hablé en mi reciente Llamamiento publicado el 8 de mayo.
Por primera vez, los Estados Unidos tiene en usted un Presidente que defiende con valentía el derecho a la vida, que no se avergüenza de denunciar la persecución de los cristianos en todo el mundo, que habla de Jesucristo y del derecho de los ciudadanos a la libertad de culto. Su participación en la Marcha por la Vida, y más recientemente su proclamación del mes de abril como Mes Nacional de la Prevención del Abuso Infantil, son acciones que confirman de qué lado desea usted luchar. Y me atrevo a creer que ambos estamos del mismo lado en esta batalla, aunque con armas diferentes.
Por esta razón, creo que el ataque al que fue sometido después de su visita al Santuario Nacional de San Juan Pablo II es parte de la narrativa mediática orquestada que busca no luchar contra el racismo y traer el orden social, sino agravar las disensiones; no hacer justicia, sino legitimar la violencia y el crimen; no servir a la verdad, sino favorecer a una facción política. Y es desconcertante que haya obispos - como los que recientemente denuncié - que, con sus palabras, demuestran que están alineados en el lado opuesto. Están subordinados al estado profundo, al globalismo, al pensamiento alineado, al Nuevo Orden Mundial que invocan cada vez más frecuentemente en nombre de una hermandad universal que no tiene nada de cristiana, sino que evoca los ideales masónicos de aquellos que quieren dominar el mundo expulsando a Dios de los tribunales, de las escuelas, de las familias, y quizás incluso de las iglesias.
  El pueblo estadounidense es maduro y ya ha comprendido cuánto los medios de comunicación dominantes no quieren difundir la verdad sino que tratan de silenciarla y distorsionarla, difundiendo la mentira que es útil para los propósitos de sus amos. Sin embargo, es importante que los buenos, que son la mayoría, despierten de su letargo y no acepten ser engañados por una minoría de personas deshonestas con propósitos inconfesables. Es necesario que los buenos, los hijos de la luz, se reúnan y hagan oír su voz. ¿Qué manera más efectiva hay de hacer esto, Sr. Presidente, que orando, pidiendo al Señor que lo proteja a usted, a los Estados Unidos y a toda la humanidad de este enorme ataque del Enemigo? Ante el poder de la oración, los engaños de los hijos de las tinieblas se derrumbarán, sus tramas serán reveladas, su traición será mostrada, su espantoso poder terminará en la nada, sacado a la luz y expuesto como lo que es: un engaño infernal.
Sr. Presidente, mi oración se vuelca constantemente en la querida nación americana, donde tuve el privilegio y el honor de ser enviado por el Papa Benedicto XVI como Nuncio Apostólico. En esta hora dramática y decisiva para toda la humanidad, rezo por usted y también por todos aquellos que están a su lado en el gobierno de los Estados Unidos. Confío en que el pueblo americano esté unido conmigo y con usted en la oración a Dios Todopoderoso.
Unidos contra el Enemigo Invisible de toda la humanidad, lo bendigo a usted y a la Primera Dama, a la amada nación americana, y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

+ Carlo Maria Viganò
Arzobispo titular de Ulpiana
Antiguo Nuncio Apostólico en los Estados Unidos de América   

COMENTARIO ELEISON Número DCLXXIII (673) - 06 de junio de 2020



Malicia del Modernismo – IV

La perfidia del Concilio no tiene precedentes,
Porche Kant a torcido al hombre moderno como nunca antes.
Este “Comentario” del 21 de marzo pasado dijo haber hecho resaltar “la increíble perversidad, orgullo y perfidia” del filósofo Kant. Eso puede parecer un lenguaje fuerte viniendo de un católico en relación a un famoso y mundano filósofo, pero Kant no es meramente mundano. ¿Quién que conozca realmente la revolución en la Iglesia del Vaticano II (1962–1965) no reconocería la perversidad, el orgullo y la perfidia como sus marcas distintivas? ¿Lenguaje fuerte de nuevo? Veamos primero cómo cada una de estas tres marcas se aplica al gran principio de Kant de que la mente es incapaz de conocer su propio objeto, la realidad extramental, para la que fue diseñada por Dios (pero el kantismo fue diseñado por Kant como una fortaleza precisamente para excluir a Dios, dijo el gran teólogo P. Garrigou-Lagrange [1877–1964]). Y en segundo lugar, cómo cada uno de las tres marcas se aplica al Conciliarismo de los años 60.
PERVERSIDAD del Kantismo Cuando en su Summa Theologiae (2a2ae, 154, art.12) Santo Tomás de Aquino quiere probar la suprema malicia de la homosexualidad entre los pecados de la impureza, lo hace comparándola con la negación de los principios del pensamiento innato en la naturaleza de la mente. Pero Kant no sólo niega uno o dos principios naturales de la mente, sino que niega la aplicación de cada uno de los principios innatos de la mente a la realidad externa. El kantismo es sumamente perverso, y ¿no se corrobora esa conclusión por lo extendido que está el pecado contra la naturaleza entre los estudiantes de nuestras “universidades” kantianas?
y del Conciliarismo Entre los documentos conciliares, Dei Verbum sección 8 párrafo 2 da una definición ambigua de la Tradición viva, en nombre de la cual Juan Pablo II condenó la Tradición Católica inmutable en nombre de la cual Mons. Lefebvre acababa de consagrar cuatro obispos en junio de 1988. En otras palabras, para los Conciliaristas la Verdad Católica cambia tanto a través de los tiempos que la versión del Arzobispo de la Tradición, objetiva e invariable, ya no es aceptable. Esta disolución radical de la Verdad Católica es totalmente perversa.
ORGULLO del Kantismo Si la “Cosa en sí misma” creada por Dios es desconocida para mí siendo al otro lado de las apariencias, donde mi mente no puede llegar, y si, como también sostiene el Kantismo, recompongo la cosa a partir de las apariencias de los sentidos de acuerdo con las leyes previas de mi propia mente, entonces me convierto en el creador de las cosas, son fabricadas por mí, y tomo el lugar de Dios. Porque, en efecto, Dios muy raramente se hace perceptible a los sentidos humanos – incluso Encarnado y tocado por Santo Tomás, el Apóstol todavía necesitaba un acto de fe para creer en su divinidad (Jn. XX, 28) – así que Dios está detrás de las apariencias de los sentidos, por lo que, para Kant, es inaccesible a mi mente. Depende de mi voluntad el creer en Él, por lo tanto: No lo que sé, sino lo que quiero es lo real. Ahora quiero a Dios. Así que Dios es real. Si ésta es la base de la existencia de Dios, ¿podría ser más frágil? Y si Dios depende de mí para que exista, ¿podría el orgullo ser más demente?
y del Conciliarismo Como el P. Calderón deja muy claro en su estudio del Concilio, Prometeo, la clave para el hombre moderno a quien el Concilio tiene como propósito adaptar la religión de Dios, es la libertad. El hombre moderno no tendrá ninguna verdad objetiva que aprisione su mente, ninguna ley objetiva que ordene su voluntad, ninguna gracia que sane su naturaleza para cualquier otro propósito que no sea su propia libertad. En resumen, el hombre moderno no tendrá nada ni nadie superior a él. Es la criatura suprema por su libertad. Ademas, es más libre que el Creador porque es libre de elegir el mal, lo cual no es Dios. De nuevo, ¿podría el orgullo ser más demente?
PERFIDIA del Kantismo Negar, como lo hace el Kantismo, que la mente puede conocer algo más allá de las apariencias de los sentidos, no es negar que las cosas son lo que son, es simplemente hacer la pretensión totalmente absurda de que dependen de mi mente para ser lo que son. Así, para vivir, incluso para sobrevivir, mi gran mente está obligada a fabricar comidas sobre la aparencia de la mesa de la cocina, de lo contrario me dará bastante hambre. Y de la misma manera, fabricaré todas las cosas necesarias para la existencia diaria. Así que puedo comportarme en la vida diaria como un no-Kantiano normal, y engañar a la gente que no estoy loco en absoluto. Sólo si les digo que mi mente fabricó el desayuno se darán cuenta de que estan tratando con un loco. Así puedo ocultar mi radical traición interna a la realidad externa. Esto es potencialmente pérfido.
y del Conciliarismo El Vaticano II no es sólo potencialmente sino realmente pérfido porque, de nuevo como el P. Calderón deja muy claro, su esencia misma era crear un nuevo humanismo centrado en el hombre que pudiera pasar por ser todavía un catolicismo centrado en Dios. El disfraz objetivo y el engaño fueron escritos en el acta constitutiva del Concilio desde el principio.

Kyrie eleison.