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sábado, 25 de diciembre de 2021

¡FELIZ NAVIDAD!

 



UN SERMÓN PARA LA FIESTA DE NAVIDAD

Alegrémonos porque hoy ha nacido Nuestro Salvador, porque hoy nace la Vida que destruye la muerte. Porque N. Señor vino a librar a todos de la tiranía del mal, nadie queda excluido de esta alegría, pues nadie está libre de culpa.

El Hijo de Dios, al llegar la plenitud de los tiempos, tomó la naturaleza humana para reconciliarla con su autor, y para que el diablo, inventor de la muerte, fuese vencido por la misma naturaleza humana que él antes había vencido.

Fuimos expulsados del paraíso, matábamos y moríamos desterrados en penoso cautiverio, estábamos destinados a convertirnos en polvo y ceniza, ninguna esperanza nos quedaba. Pero tan pronto como la maldad del diablo nos ocasionó la muerte con el pecado original, Dios omnipotente y misericordioso, dispuso el remedio que su infinito amor tenía preparado, anunciando a la serpiente que su orgullosa cabeza sería aplastada por el fruto que nacería de una mujer, por Cristo que vendría en carne mortal.

Y así, llegado ya el tiempo señalado para la redención o liberación de la humanidad, entra en este mundo Jesucristo, el Verbo de Dios. Hasta ese momento el diablo reclamaba derechos absolutos sobre todos los hombres, a quienes oprimía con terrible tiranía, aunque no indebida, puesto que nosotros, apartándonos de los mandamientos divinos, nos dejamos subyugar por los engaños del demonio. El género humano no habría de librarse de esta milenaria esclavitud, si no era vencido el que le tenía esclavizado.

Para librar, pues, al hombre de la muerte eterna, Dios se hizo hombre, y rebajándose se revistió de nuestra humildad, y permaneciendo el que era y tomando lo que no era, unió a la condición divina, la verdadera condición de siervo.

Una naturaleza impasible (invulnerable, inatacable) se une a una naturaleza pasible. Un Dios verdadero y hombre verdadero en un solo Señor, para que, como convenía para nuestro remedio, el mediador entre Dios y los hombres pudiese morir por la debilidad de la humanidad y resucitar por el poder de la Divinidad.

Baja de su trono celeste para ser engendrado y, sin perder la gloria que recibe de su Padre, nacer de un modo nuevo. De un nuevo modo porque, siendo invisible en su esencia, se ha hecho visible para nosotros. Existiendo antes de los tiempos, comienza a vivir en el tiempo. Señor del universo, se reviste con la apariencia de esclavo, ocultando su majestad.

Vino N. S. Jesucristo a librarnos de nuestras dolencias, no a sólo cargar con ellas; a sanar los vicios, no a rendirse a ellos. Vino a curar toda la miseria de nuestra corrupción y todas las llagas de nuestras almas envenenadas.

Cristo fue concebido de una virgen y de ella tomó la naturaleza humana aunque sin la culpa. Tomó la forma de siervo, pero sin ser esclavizado. Recibió la verdadera carne, pero excluyó la corrupción de ésta. Fue engendrado de un modo nuevo, porque, sin concurso de varón, fue concebido por una virgen y de ella nació.

Cristo quiso tener una madre, como nosotros, para que el diablo ignorara que había nacido la salvación del género humano. Y viendo el demonio la naturaleza de Cristo como igual a la de todos, no llegó a comprender que aquel niño al quien vio llorando y envuelto en pañales en el pobre establo en el que nació, estuviera libre de la mancha y de las ataduras del pecado original.

Todo cristiano debe amar profundamente el gran misterio del nacimiento que celebramos hoy, pues se trata del nacimiento gracias al cual todos podemos renacer, del inicio de una vida que es nuestra verdadera vida.

Libres ya de las culpas pasadas, debemos suspirar por el reino celestial, esforzándonos por hacer siempre y en todo la voluntad de Dios, luchando contra las tentaciones, firmes en la fe, y sin dudar que si combatimos valerosamente como miembros de la Iglesia militante, un día formaremos parte de la Iglesia triunfante.

Por tanto, estimados fieles, demos gracias a Dios Padre, en el Espíritu Santo, por este nacimiento de su Hijo, el cual, por la inmensa misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros, que estábamos muertos por los pecados y nos resucitó para que tengamos en él una nueva vida y un nuevo ser.

Permanezcamos firmes en esta gran esperanza, para que no suceda que el demonio, cuyo dominio sobre nosotros ha exterminado Cristo, nos arrastre nuevamente con su astucia y nos ponga nuevamente en caminos de esclavitud y de muerte. Dejemos el hombre viejo con sus acciones, y hechos partícipes del nacimiento de Cristo, renunciemos resueltamente al pecado.

Tengamos presente que habiendo sido arrancados del poder de las tinieblas, hemos sido transportados al reino de Dios, que habiendo sido rescatados por N. S. Jesucristo de las garras del Maligno, ahora somos de Dios.

Recordemos hoy de manera especial y nunca olvidemos que hemos costado sangre divina ¡toda la sangre de Cristo!, quien nos redimió por su misericordia, quien nos juzgará conforme a la verdad, quien con el Padre y el Espíritu Santo reina por los siglos de los siglos. Amén.

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Nota: este sermón es una adaptación de dos sermones de San León Magno.