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jueves, 15 de febrero de 2018

SOBRE EL CONTRACONCILIO DE LA FSSPX


"El sacerdote portador de la cruz dejaba paso al sonriente conciliador según el modelo norteamericano"


La Faz negativa del “Contraconcilio” operado por la FSSPX, que está llevando a su autodestrucción

“Ella estima que, más bien que condenar, ella responde mejor a las necesidades de nuestra época metiendo antes en valor las riquezas de su doctrina”. Juan XXIII habla de la nueva Iglesia en la apertura del Concilio. ¿Y no habla también de la Neo-FSSPX?

“La religión de Dios que se hace hombre se encuentra con la religión (puesto que lo es) del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha pasado? ¿Un choque, una lucha, un anatema? Eso podía pasar; pero no ha ocurrido”. Pablo VI en la clausura del Concilio, parece hablar del encuentro entre la Neo-FSSPX y Roma actual. ¿Choque, lucha, anatema? No, cordiales conversaciones.
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Si el concilio Vaticano II, esa especie de “Reforma protestante” disfrazada de “Renovación católica”, pudo llegar a triunfar, es entre tantas cosas, porque en el momento del concilio la Iglesia católica, a pesar de los buenos Papas anteriores, había llegado a volverse mayoritariamente exterior antes que interior, activa más que contemplativa, viciada de la doctrina liberal antes que fortalecida por la doctrina tradicional, orgullosa y no humilde, dedicada a la lectura de autores devotos de obras chabacanas y deleznables (como decía Castellani, que nos ayuda en este escrito) y no de la Santa Biblia, el Magisterio de la Iglesia y los Santos Padres. La carcoma del fariseísmo no se adivinaba para casi nadie debajo de esplendorosas apariencias. La mediocridad había ahuyentado todo deseo de santidad, en un mundo que entraba en la Iglesia con sus exigencias de “publicidad” y “masividad”. La adhesión a la Iglesia se tornó más sentimental que doctrinal. La obra artesanal de la formación individual dejó paso a la obra industrial de hacer religiosos y sacerdotes según la máquina de montaje automotriz. El sacerdote portador de la cruz dejaba paso al sonriente conciliador según el modelo norteamericano.

Hacía falta una renovación, ciertamente, pero una que volviera hacia atrás en sus fundamentos, hacía falta un renovador como San Pío X y no uno como Pablo VI. Dios nos concedió a Mons. Lefebvre para resistir esa nueva Iglesia y remediar lo que se pudiera.

Con los hechos consumados, se inició por parte de las fuerzas de la Tradición, encabezadas por la FSSPX, lo que podríamos llamar –tomando prestado el término de la “Contrarreforma”- un “Contraconcilio”: resistencia a los errores modernistas, preservación de la doctrina tradicional, de la misa tradicional, del sacerdocio católico, de las órdenes religiosas, del CDC de 1917, de Santo Tomás, etc.

Pero, así como puede decirse que no todo en la Contrarreforma fue perfecto y que por respuesta al Protestantismo, pudo exagerar algunas cosas –indudablemente no llegó la Iglesia a decaer sólo por acción externa y de un día para el otro-, así también, y en mucha mayor medida en una pequeña congregación surgida ante una situación de emergencia en tiempos ferozmente liberales, comenzaron a cometerse una suma de errores, desaciertos, desvíos, contradicciones, que han llevado a la FSSPX a estarse desnaturalizando, y cayendo más y más en aquella situación previa en que se encontró la Iglesia en los años ’50, justo antes de caer el Concilio. Si el “Contraconcilio” era un antídoto contra el “Concilio”, no puso sin embargo suficiente atención en evitar no sólo las consecuencias derivadas del Concilio, sino las condiciones previas que hicieron posible que surgiese y triunfase el Concilio. ¿Y qué fue lo que llevó a esas “condiciones” o ese “ambiente” preconciliar? El haber exagerado el remedio.

El Contraconcilio de la FSSPX llegó a poner mucho énfasis en la exteriorización de la fe, disolviendo la fe pura que es antes que nada “en  espíritu y en verdad” en devociones exteriores…Hoy recurre masivamente a los medios publicitarios modernos para “hacer ver” su fe…

El Contraconcilio de la FSSPX llegó a exaltar la virtud militar de la “obediencia”, y ella considerada más en su cómodo automatismo que en su espíritu, hasta volverla una especie de virtud teologal, que puede sustituir incluso a la conciencia personal. Y sin embargo, por la (mala) obediencia fue fundamentalmente que logró imponerse la iglesia conciliar…

El Contraconcilio de la FSSPX llegó a propagar la noción de “el activismo antes que la contemplación”, que es una plaga en la Iglesia hoy día, y ha traído el triunfo del mediocre agitado sobre el sabio débil; e incluso la persecución del sabio. Y sin embargo, por un activismo agitado y el desprecio de la contemplación, fue que el Vaticano II logró despojar de sabios a la Iglesia, que “es preferible accidentada antes que encerrada en la sacristía”, como dice Francisco, quien ha manifestado más de una vez su desprecio por los teólogos.

El Contraconcilio de la FSSPX terminó aumentando el sacramentalismo y disminuyó la predicación; al punto que hoy los fieles sólo le demandan a la Fraternidad los sacramentos (y lindas capillas donde casarse); rebajó la contemplación la caridad en apologética y beneficencia -las cuales no son malas, pero no son sumas-; está alejando más y más a los fieles del Poder eclesiástico -lo que llaman “La Jerarquía”, Menzingen- haciendo de la FSSPX una sociedad totalitaria; y se ha entregado desaforadamente a la “propaganda”, como es del público conocimiento.

Al fin, el Contraconcilio de la FSSPX terminó favoreciendo la mediocridad, que se refugia, se esconde, se camufla detrás de la obediencia, el sacramentalismo, la beneficencia y la exterioridad. En el año 1945, ya el Padre Mateo Crawley advertía sobre esta mediocridad que encontraba en sus visitas a las comunidades religiosas. Así en un retiro dado a religiosas del Canadá, decía:

 “El gran peligro, el solo peligro en los conventos, es la mediocridad; porque en los conventos, hay pocos peligros: el mundo mundano no os afecta más que de lejos y no es un peligro inmediato; pero hay un gran peligro en el jardín del Señor: es la mediocridad. Es una cosa terrible y horrible, porque es un mal hipócrita. Si se tratara de un escándalo, uno gritaría: ¡cuidado!, pero el mediocre no es escandaloso. Él se parece al diabético.  ¿Qué es lo que está enfermo en el diabético? No es el corazón, ni el estómago, ni la cabeza; es un envenenamiento de la sangre: tiene azúcar en lugar de sangre, y todo esto sin gran dolor; el cuerpo no está sano y está todo enfermo; es exactamente lo que hace la mediocridad; es peor que la lepra para las comunidades. ¿Es un pecado como la blasfemia, como la impureza? No, no es el corazón, ni el estómago lo que está enfermo, es toda vuestra alma religiosa que está podrida, porque ella ha perdido la noción de la vida religiosa. Es ese estado el que ha perdido tantos religiosos y religiosas: es la peste del clero y de las comunidades.” (Cfr. Le Sel de la terre nº 52, pp. 152-155).

P. Mateo Crawley

Esa mediocridad es un caer en un “regateo” con Dios, dejando de aspirar a la santidad para conformarse con lo que se es. Es azúcar en vez de sangre, es decir, buscar las consolaciones sensibles que nos proporciona la congregación con sus cantos sublimes, con sus coros angelicales, con sus bellos ornamentos. Es enterrar el talento, apagar el fuego santo para calentarse con el fuego tibio de la comunidad que brinda comodidades. Es abdicar la propia inteligencia en beneficio de la comunidad que “piensa por mí”. Es buscar reconocimientos y rehuir la cruz de la persecución.

De modo que puede decirse que el “Contraconcilio” comenzó bien pero se fue poco a poco disolviendo, pudiendo pensarse que por estas razones: 1) falta de conocimiento del enemigo, subestimación de lo que es la “Contra-Iglesia” y la Masonería; 2) falta de espíritu monástico o religioso en los seminarios y prioratos: falta de ascetismo, mortificaciones, ayunos, pobreza, humillaciones; 3) falta de vida de oración, que ha estado subordinada a la vida de apostolado; 4) falta de control en los seminarios para recibir vocaciones que no son reales; 5) infiltración judeo-masónica en las esferas más altas; 6) mediocridad.

Quizás todo se concentre en los seminarios, donde a los comienzos Mons. Lefebvre puso lo que había de lo mejor que encontraba, pero luego se fueron colocando mediocres y obsecuentes en los puestos más importantes, y empezó a hablarse más de la “cantidad” que de la “calidad”. Ya perdido el contacto con las Órdenes religiosas de estricta observancia y abocadas al estudio y el sacrificio (Dominicos, Benedictinos), hoy los Seminarios ya no tienden a forjar soldados de Cristo sino soldados “de chocolate” o buenos y piadosos “monjitos” que desconocen el combate de Mons. Lefebvre y de sus mayores, y ya en la etapa del post “Contraconcilio”, son llevados a confrontar, cuando los Superiores lo han menester, contra los resistentes antiliberales, su piedra en el zapato, en vez de contra los modernistas y liberales. ¿Es el tiempo de la “Contrarresistencia”?

“¡Es la gran conversión lo que hay que hacer! Salir de su mediocridad,  puede ser la conversión más difícil. Es más fácil convertir un masón que convertir un cura. Una hermana que dice: “Todo el mundo no puede ser santo”, es muy difícil de convertir” (P. Mateo Crawley, op. cit.)

Mas si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada?” (Mt. 5,13)

                                                                       Gabriel Defaro