PÁGINAS

sábado, 30 de junio de 2018

SERMÓN DE MONS. LEFEBVRE CON OCASIÓN DE LAS CONSAGRACIONES DE LOS 4 OBISPOS DE LA FSSPX, EL 30 DE JUNIO DE 1988


Excelencia, querido Monseñor de Castro Mayer, mis queridos amigos y hermanos:
Nos reunimos aquí para una ceremonia ciertamente histórica, pero quiero, en primer lugar, daros algunas informaciones.
La primera de ellas quizá os extrañará un poco, como también me sorprendió a mí. Ayer por la tarde tu­vimos una visita: un enviado de la Nunciatura en Berna, con un sobre que contenía un llamado de nues­tro Santo Padre el Papa, po­nien­do a mi disposición un coche que debería conducirme inmediata­mente a Roma para evitar que hicie­ra hoy estas consagraciones. Todo esto sin decirme ni por qué, ni adónde debía dirigirme en Roma. ¡Juzgad vosotros mismos respecto a la oportunidad y prudencia de esta medida!
He ido a Roma en distintas ocasiones a lo largo de este año, incluso semanas enteras, y el Santo Padre no me ha invitado para que fuera a verlo. Es verdad que me hubie­ra sentido feliz de hacerlo si hubie­ra habido acuerdos definitivos. Hasta aquí esta información. Os la comunico sencillamente y tal como me enteré ayer por una carta de la Nunciatura.
Y ahora paso a daros algunas informaciones sobre la significación de la ceremonia y otros aspectos que la conciernen.
Los futuros consagrados, los futuros obispos, han prestado ya, personalmente ante mí, el juramento que se encuentra en el pequeño ritual que estoy seguro que muchos de vosotros habéis adquirido para seguir la ceremonia de la consagración de obispos. Por lo tanto se ha prestado ya el juramento, además del juramento antimodernista, como se prescribía en otro tiempo para la consagración de los obispos, junto a la profesión de fe. Han hecho ya estos juramentos y esta profesión de fe en mi presencia, tras unos cortos ejercicios en Sierre estos últimos días. No se extrañen si comenzamos inmediatamente por el interrogatorio sobre la fe, la fe que la Iglesia pide a los que van a ser consagrados.
Seguidamente les hago saber también que después de la ceremonia podrán, por supuesto, pedir la bendición a estos obispos y besarles el anillo. No es costumbre en la Iglesia besar las manos de los obispos como se besan las manos de los nuevos sacerdotes, tal como lo han hecho ayer. Antes bien se les pide la bendición y se les besa el anillo.
Esta ceremonia manifiesta nuestra unión con Roma y con la Iglesia de siempre. Es necesario que comprendáis bien que esta ceremonia no es un cisma. A su disposición están a la venta una serie de libros y folletos que contienen todos los elementos que pueden hacerles comprender por qué esta ceremonia, aparentemente hecha contra la voluntad de Roma, no es en absoluto un cisma. No somos cismáticos. Si se excomulgó a los obispos de China, que están separados de Roma y sometidos al gobierno chino, se comprende muy bien por qué el Papa Pío XII los excomulgó. No se trata en absoluto entre nosotros de separarnos de Roma y someternos a un poder cualquiera extraño a Roma, ni de formar una especie de Iglesia paralela como la han hecho, por ejemplo, los obispos de El Palmar de Troya, en España, nombrando un papa y formando un colegio car­denalicio. No se trata en absoluto de algo semejante. Lejos de nosotros está este pensamiento miserable de alejarnos de Roma.
Por el contrario, realizamos esta ceremonia para manifestar nuestra unión con Roma. Para manifestar nuestra unión con la Iglesia de siem­pre, con el Papa y con todos los que han precedido a estos Papas que desde el Concilio Vaticano II, desgraciadamente, han creído que debían dar su adhesión a los grandes errores que están en trance de destruir la Iglesia y destruir el sacerdocio católico. Precisamente en­contraréis entre estos folletos, que están a vuestra disposición, un estudio verdaderamente admirable hecho por el profesor Rudolf Kas­chenwsky, de “Una voce korres­pondenz” de Alemania, en el que explica maravillosamente por qué estamos en el caso de necesidad pa­ra ir en socorro de vuestras almas, en socorro vuestro. 

Pienso que vuestros aplausos de hace unos mo­mentos eran una manifestación espiritual que traducían vuestra alegría por tener al fin obispos y sacerdotes católicos que salven vuestras almas, que den a vuestras almas la vida de Nuestro Señor Jesucristo, mediante la doctrina, los sacramentos, la fe y el Santo Sacrificio de la Misa.
La vida de Nuestro Señor, de la que tenéis necesidad para ir al Cielo, está desapareciendo por todas partes en esta Iglesia conciliar. Va por unos caminos que no son los caminos católicos. Sencillamente conducen a la apostasía. Por eso hacemos esta ceremonia. Lejos de mí el erigirme en Papa. No soy nada más que un obispo de la Iglesia Católica que continúa transmitiendo la doctrina. Tradidi quod et accepi. Pienso, y sin duda eso no tardará, que se podrán grabar sobre mi tumba estas palabras de San Pablo: Tadidi quod et accepi: “Os he transmitido lo que recibí”, sencillamente. Soy el cartero que lleva una carta. No soy yo quien ha escrito esta carta, este mensaje, esta palabra de Dios: es Él, Nuestro Señor Jesucristo. Y lo hemos transmitido, mediante estos queridos sacerdotes aquí presentes y mediante todos aquellos que creyeron un deber el resistir a esta ola de apostasía en la Iglesia, guar­dando la fe de siempre y transmitiéndola a los fieles. No somos nada más que los portadores de esta noticia, de este Evangelio que Nuestro Señor Jesucristo nos ha dado, así co­mo los medios para santi­fi­carnos: la Santa Misa, la verdadera Santa Misa, los verdaderos sacramentos que dan realmente la vida espiritual.
Me parece oír, mis queridos hermanos, las voces de todos estos Papas, desde Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII, decirnos: "Por caridad, por piedad, ¿qué vais a hacer de nuestras enseñanzas, de nuestra predicación, de la fe católica? ¿Vais a abandonarlo? ¿Vais a dejar que desaparezca de este mundo? Por caridad, por piedad, seguid guardando este tesoro que os hemos dado. ¡No aban­donéis a los fieles, no abandonéis a la Iglesia! ¡Se­guid trabajando por la Iglesia! A fin de cuentas, desde el Concilio, lo que hemos condenado es lo que las autoridades romanas adoptan y pro­­fesan. ¿Có­­mo es posible esto? He­­mos con­de­nado el liberalismo, el comunismo, el socialismo, el modernismo, Le Sillon." Todos estos errores que hemos condenado resulta que ahora son profesados, adoptados, sostenidos por las autoridades de la Iglesia. ¿Es posible esto? "Si no hacéis algo para continuar esta tradición de la Iglesia que os hemos dado, desaparecerá todo. La Iglesia desaparecerá. Todas las almas se perderán."
Nos encontramos ante un caso de necesidad. Lo hemos hecho todo intentando que Roma comprenda que es necesario volver a esta actitud del venerado Pío XII y todos sus predecesores. Hemos escrito, hemos ido a Roma, hemos hablado. Monseñor de Castro Mayer y yo hemos enviado cartas varias veces a Roma. Hemos intentado mediante estas conversaciones, por todos los medios, conseguir que Roma comprenda que desde el Concilio, este aggiornamento, este cambio que se ha producido en la Iglesia, no es católico ni conforme a su doctrina de siempre. Este ecumenismo y todos estos errores, esta colegialidad, son contrarios a la fe de la Iglesia y están a punto de destruirla. Por eso estamos convencidos que al hacer esta consagración obedecemos a la llamada de estos Papas y por consiguiente a la llamada de Dios, ya que ellos representan a Nuestro Señor Jesucristo en la Iglesia.
Y ¿por qué, Monseñor -me preguntan- no ha continuado con esas conversaciones, que sin embargo daban la impresión de llegar a cierto en­tendimiento? Pre­cisamente porque al mismo tiempo que estam­paba mi firma en el protocolo, en ese instante, el enviado del Cardenal Ratzinger, que me traía este protocolo para firmarlo, me entregaba seguidamente una carta en la que me rogaba que pidiese perdón por los errores que yo profesaba.
Si estoy en el error, si enseño errores, está claro que se me debe traer de nuevo a la verdad, de acuerdo con los que me envían este protocolo para ser firmado reconociendo yo mis errores. Como si me dije­sen: si reconoce sus errores, le ayudamos para que vuelva a la verdad. ¿Qué verdad es ésta, según ellos, si­no la verdad del Vaticano II, la ver­dad de esta Iglesia conciliar? Pues es cierto que para el Vati­cano la única verdad que existe hoy es la verdad conciliar, el espíritu del Concilio, el espíritu de Asís. Esa es la verdad de hoy. Y eso no lo queremos por nada del mundo.
Por esta razón, al constatar la voluntad firme de las actuales autoridades romanas de hacer desaparecer la Tradición y conducir todo el mundo a este espíritu del Vaticano II y a este espíritu de Asís, evidentemente hemos preferido retirarnos y he contestado: "no, no podemos. Es imposible." Es imposible so­meternos a la autoridad del car­de­nal Ratzinger, presidente de esta comisión romana que debía dirigirnos. Sería ponernos en sus manos y por consiguiente en las manos de los que nos quieren llevar al espíritu del Concilio, al espíritu de Asís. No es posible.
Por esta razón envié una carta al Papa diciéndole muy claramente: "no podemos, a pesar de to­dos los deseos que tenemos de es­tar en plena comunión con S.S., y dado este espíritu que reina ahora en Roma y que quieren comunicarnos; preferimos continuar en la Tradición, guardar la Tradición, esperando que esta Tradición reen­cuentre su puesto en Roma, su puesto entre las autoridades romanas y en el espíritu de estas autoridades romanas."
Todo esto durará lo que Dios tenga previsto. No me pertenece el saber cuándo obtendrá de nuevo la Tradición sus derechos en Roma, pero juzgo que es mi deber aportar los medios para llevar a cabo lo que llamaré la operación “supervivencia”, operación “supervivencia” de la Tradición. Esta jornada de hoy es la operación “supervivencia”. Y si hubiera hecho esa otra operación con Roma, siguiendo los acuerdos que habíamos firmado y poniendo en práctica a continuación estos acuerdos; haría la operación “suicidio”. Así pues, no hay elección: ¡de­bemos sobrevivir! Y por eso hoy, al consagrar a estos obispos, estoy persuadido de continuar, de hacer vivir la Tradición, es decir, la Iglesia Católica
Sabéis bien, queridos hermanos, que no puede haber sacerdotes sin obispos. Todos esos seminaristas aquí presentes, si mañana me llama Dios, lo que sin duda no tardará, ¿de quién recibirán el sacramento del orden? ¿De los obispos conciliares cuyos sacramentos son dudosos ya que no se sabe exactamente cuáles son sus intenciones? No es posible. Así pues, ¿quiénes son los obispos que han guardado verdaderamente la Tradición, que han guardado los sacramentos tal co­mo la Iglesia los ha administrado desde hace veinte siglos hasta el Concilio Vaticano II? Somos Monseñor de Castro Mayer y yo. ¿Qué voy a hacer yo? Es así. Muchos seminaristas han confiado en nosotros, han sentido que ahí estaba la continuidad de la Iglesia, la continuidad de la Tradición. Y han veni­do a nuestros seminarios, a pesar de las dificultades que han encontra­do, para recibir una verdadera ordenación sacerdotal, y para poder ofrecer el verdadero sacrificio del Calvario, el verdadero sacrificio de la Misa y daros los verdade­ros sacramentos, la verdadera doctrina, el verdadero catecismo. Este es el fin de nuestros seminarios.
No puedo, en conciencia, dejar a es­tos seminaristas huérfanos. Y a vosotros no puedo dejaros también huér­fanos, desapareciendo sin hacer nada por el futuro. No es posible. Sería algo contrario a mi deber.
Por este motivo, hemos escogido, con la gracia de Dios, a sacer­do­tes de nuestra Fratrenidad que nos han parecido los más aptos, y que, al mismo tiempo, se encuentran en cir­cunstancias, lugares y funciones que les permiten cumplir más fácil­mente su ministerio episcopal, confirmar a los niños y conferir órdenes en nuestros diversos seminarios.
Me parece que con la gracia de Dios, Monseñor de Castro Mayer y yo, habremos dado en esta consagración los medios para que la Tradición continúe, los medios para que los católicos que lo deseen se mantengan en la Iglesia de sus padres, de sus abuelos, de sus antepasados; estas iglesias fundadas pa­ra ser las parroquias de todos vosotros, estas bellas iglesias que tenían hermosos altares que a menudo han sido destruidos para poner en su lugar una mesa, manifestando así el cambio radical que se ha operado desde el Concilio respecto al Santo Sacrificio de la Misa, que es el corazón de la Iglesia y también el fin del sacerdocio.
Así pues, queremos daros las gracias por haber venido en tan gran número a animarnos en la ejecución de esta ceremonia. También nuestros ojos se vuelven hacia la Virgen María. Sabéis bien, queridos hermanos -seguro que os lo han dicho-, cómo León XIII en una visión profética que tuvo, dijo que un día la Sede de Pedro sería la sede de la iniquidad. Lo dijo en uno de sus exorcismos, en el “exorcismo de León XIII”. ¿Es hoy? ¿Mañana? No sé. En todo caso ha sido anunciado. La iniquidad puede ser sencillamente el error. El error es una iniquidad: no profesar ya la Fe de siempre, no profesar ya la Fe católica, es un grave error. ¡Si hay una gran iniquidad, es precisamente esa! Realmente creo que puedo decir que no ha habido nunca una iniquidad más grande en la Iglesia que la jornada de Asís, ¡que es contraria al primer mandamiento de Dios y contraria al primer artículo del Credo! ¡Es algo tan increíble que una cosa así haya podido realizarse en la Igle­­sia, ante los ojos de toda la Iglesia humillada! Nunca hemos sufrido una humillación semejante. Todo esto lo podrán encontrar en el pequeño libro del Daniel le Roux, que ha sido editado especialmente para proporcionarles todo tipo de información sobre la situación actual de Roma.
No solamente el Papa León XIII ha profetizado estas cosas, sino Nues­tra Señora. Últimamente, el sacerdote que está encargado del Prio­rato de Bogotá en Colombia, me ha traído un libro que versa sobre las apariciones de Nuestra Señora del Buen Suceso, que tiene una iglesia, una gran iglesia en Ecuador, en Quito, capital del Ecuador. Es­tas apariciones a una religiosa tuvieron lugar en un convento de Qui­to poco tiempo después del Con­cilio de Trento, hace pues varios siglos, como veis. Todo esto fue consignado, habiéndose reconocido esta aparición por Roma y por las autoridades eclesiásticas, ya que se construyó una magnífica iglesia para la Virgen, de la que además los historiadores afirman que el rostro de la Virgen había sido terminado milagrosamente: se encontraba el escultor modelando el rostro de la Virgen, cuando se encontró con dicho rostro terminado milagrosamente. Esta Virgen milagrosa es honrada allí con mucha devoción por los fieles del Ecuador y profetizó para el siglo XX. Dijo a esta religiosa claramente: «Durante el siglo XIX y la mayor parte del siglo XX, los errores se propagarán cada vez con más fuerza en la Santa Iglesia, y llevarán a la Iglesia a una situación de catástrofe total, ¡de catástrofe! Las costumbres se corromperán y la Fe desaparecerá». Nuestra impresión es que no podemos dejar de constatar eso.
Pido disculpas por continuar el relato de esta aparición, pero en ella se habla de un prelado que se opondrá totalmente a esta ola de apostasía y de impiedad y preservará el sacerdocio preparando buenos sacerdotes. Haced vosotros la aplicación si quieren, yo no quiero hacerlo. Yo mismo me he sentido estupefacto leyendo estas líneas, no puedo negarlo. Está inscrito, impreso, consignado en los archivos de esta aparición.
Además vosotros conocéis las apariciones de La Sa­lette, donde Nuestra Señora dijo que Roma perderá la Fe, que habrá un eclipse en Roma. Eclipse: adviertan lo que eso puede significar viniendo de parte de la Santísima Virgen.
Y finalmente el secreto de Fátima, más cercano a nosotros. Sin duda que el tercer secreto de Fátima debía hacer alusión a estas tinieblas que han invadido Roma, estas tinieblas que invaden el mundo desde el Concilio. Es por eso sin duda que el Papa Juan XXIII juzgó oportuno no publicar el secre­to, puesto que habría sido necesario que tomase ciertas medidas y no se sentía tal vez capaz de cambiar completamente las orientaciones que comenzaba a dar con vistas al Concilio y para el Concilio. Estos son hechos sobre los que, me pa­rece, podemos también apoyarnos.
Así pues, nos ponemos en manos de la Providencia. Estamos persuadidos de que Dios hace bien las cosas. Lo mismo que cuando el Cardenal Gagnon nos ha visitado, catorce años después de aquella primera visita de Roma, habiéndome suspendido y proclamado fuera de la comunión con Roma, contra el Papa, rebelde y disidente durante catorce años. Tras esto nos llega una legación de Roma y el cardenal Gagnon reconoce que lo que hacemos será sin duda lo que hará falta para la nueva restauración de la Iglesia. Asistió a la Santa Misa pon­ti­fical celebrada por mí, el 8 de diciembre, para la renovación de las promesas de nuestros semi­na­ristas, y esto mientras que yo, en principio, estoy suspendido y no debería administrar los sacramentos. Entonces, catorce años después, nos entregan prácticamente un cheque en blanco, diciéndonos: ¡han hecho bien! Hemos hecho bien en resistir.
Así que estoy convencido de que hoy estamos en las mismas circunstancias. Realizamos un acto que apa­rentemente, aparentemente -desgraciadamente los medios de comunicación no nos ayudan en este sentido-, será tildado sin duda en los periódicos de cisma, excomunión. Todo lo que quieran, mas nosotros estamos convencidos que todas estas acusaciones de las que somos objeto, todas estas sanciones son nulas, absolutamente nulas. Por eso no hacemos ningún caso de ellas de la misma forma que no hemos tenido en cuenta la suspensión “a divinis”, siendo al fin felicitados por la Iglesia e incluso por la Iglesia progresista.
Asimismo, dentro de alguno años -yo no lo sé, solamente Dios conoce el número de años que serán necesarios para ese día en que la Tradición encontrará de nuevo sus derechos en Roma- seremos abrazados por las autoridades romanas, que nos darán las gracias por haber mantenido la Fe en los seminarios, en las familias, en las ciudades, en los países, en los conventos, en nuestras casas religiosas, para mayor gloria de Dios y la salvación de las almas.
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

viernes, 29 de junio de 2018

30 AÑOS DE FIDELIDAD A LA IGLESIA Y A MONS. LEFEBVRE: ¡MUCHAS GRACIAS MONSEÑOR WILLIAMSON!





¡AD MULTOS ANNOS!
¡MUCHAS GRACIAS MONSEÑOR LEFEBVRE!
¡DEO GRATIAS!

jueves, 28 de junio de 2018

ACUERDISMO Y LENGUAJE AMBIGUO: NUEVA ENTREVISTA DE MONS. FELLAY

Mons. Fellay sobre Francisco, demoledor de la Iglesia: "Tenemos una muy buena relación."


HOY 28 DE JUNIO, Die Tagespot, MEDIO ALEMÁN, HA PUBLICADO LA SIGUIENTE ENTREVISTA A MONSEÑOR FELLAY, SUPERIOR GENERAL DE LA FSSPX.
NOTA: La traducción del alemán fue hecha por Non Possumus. Hemos destacado ciertos pasajes con negrita y agregado comentarios en color rojo.

"Somos un factor de inquietud en la Iglesia"


En 1988, Bernard Fellay FSSPX fue consagrado obispo ilegalmente. Hoy espera la reconciliación. Un encuentro en Stuttgart. Por Regina Einig


Su Excelencia, ¿cómo percibió su ordenación episcopal hace 30 años? ¿Fue para usted una separación definitiva de la Fraternidad Sacerdotal con respecto a Roma o una etapa intermedia en el conflicto en la que tenía en mente la reconciliación?
Si hubiera sido una separación de Roma en ese entonces, no estaría aquí hoy. El Arzobispo no me habría consagrado para eso, y yo me habría negado. No se trata, pues, de una separación de la Iglesia, sino de una separación del espíritu moderno, de los frutos del Concilio. Ahora otros también admiten que algo salió mal. [¿Insinúa Mons. Fellay que el concilio tenía una intención buena que quedó frustrada, en alguna medida, porque "algo salió mal"?] Muchas de las ideas y aspectos contra los que luchamos y contra los que estamos luchando ahora también son corroborados por otros. Nunca hemos dicho que el Concilio haya formulado declaraciones heréticas directas. Pero el muro de protección contra el error ha sido retirado y de esta manera se ha producido el error. [¿Así que el mal del concilio consiste sólo en retirar una barrera? ¿No hay en él errores doctrinales positivos?] Los fieles necesitan protección. Esta es la lucha constante de la Iglesia militante para defender la fe.
Pero no todos los que critican al "Concilio de los Medios", [Noten que la pregunta afirma de modo implícito que el concilio no es malo, sino que el mal fue producto de las informaciones de los medios de prensa acerca del concilio. Y noten, también, Mons. Fellay no desmiente esta falsedad] incluido el Papa emérito Benedicto XVI, están dispuestos a aceptar un conflicto que lleve hasta la excomunión. ¿Por qué no ha fortalecido las filas de los fieles dentro de la Iglesia y luchado por la verdad en unidad con Roma?
Esto se debe en parte a la historia de los franceses. Desde la Revolución Francesa, una buena parte de los católicos franceses han estado luchando contra el error del liberalismo. Por lo tanto, los acontecimientos durante y después del Concilio se percibieron allí con mucha más sensibilidad y atención que en Alemania. [El Superior General relativiza el mal del concilio: sucede que los franceses son demasiado sensibles ante la cuestión liberal...] No se trataba de errores flagrantes, sino de tendencias, de abrir puertas y ventanas. [El Superior general nuevamente minimiza el mal del concilio. La definición de la libertad religiosa del decreto "Dignitatis humanae", por ejemplo, es flagrantemente errónea y de evidentes consecuencias catastróficas para la Iglesia]  Las reformas que siguieron lo han demostrado con más claridad que el mismo Concilio. El problema se cristalizó en la nueva misa. En Roma se le dijo a Mons. Lefebvre: "O lo uno o lo otro". "Celebre la nueva misa un día y todo estará bien”.  Nuestros argumentos en contra de la nueva misa no contaban. El Misal de Pablo VI fue escrito con la colaboración de teólogos protestantes. Si se le obliga a celebrar esta misa, entonces realmente hay un problema. Y nos presionaron.
¿Su rechazo a la nueva Misa lo animó a usted y al Arzobispo Lefebvre a creer que la separación de Roma es la voluntad de Dios?
Insisto: Nunca nos hemos separado de la Iglesia.
Pero el hecho de la excomunión habla por sí mismo. ¿Por qué, si no, las retiró el Papa Benedicto XVI?
En la ley católica de 1917, la ordenación episcopal sin mandato del Papa no se considera cisma, sino sólo un abuso de autoridad, e incluso sin excomunión. Toda la historia de la Iglesia arroja una visión diferente del problema de las ordenaciones episcopales que tienen lugar sin un mandato del Papa. Esto es muy importante.
¿Por qué es tan importante? En 1988 ya estaba en vigor el nuevo código de la Iglesia, y el CIC de 1917 obligaba también al obispo a ser fiel a la Santa Sede.
Estábamos en una situación desesperada [Con este punto de vista centrado en lo emocional o pasional, Mons. Fellay relativiza ahora los fundamentos de las consagraciones] porque Roma había designado un obispo para nosotros. El encuentro entre el Cardenal Ratzinger y Mons. Lefebvre el 5 de mayo de 1988 fue sobre la fecha de la consagración. El Arzobispo Lefebvre y el Cardenal Ratzinger no pudieron ponerse de acuerdo. Mons. Lefebvre había hecho una sugerencia. Estoy seguro de que si el Cardenal Ratzinger hubiera confirmado el 15 de agosto como la fecha de la ordenación sin cambiar el candidato, el Arzobispo habría aceptado. [¡Increíble: todo se reduce a una fuerte molestia causada por un desacuerdo de fechas! Para saber la verdad, leer la entrada inmediatamente precedente]
Pero la fecha permaneció abierta. Cuando Mons. Lefebvre le preguntó al Cardenal: "¿Por qué no a fin de año?", recibió la respuesta: "No lo sé, no puedo decirlo". Así que el Arzobispo pensó que estaban jugando con él. Eso fue motivo de recelo. [Así que todo se explica por descoordinaciones y fuertes emociones...] Y la desconfianza sigue siendo una palabra clave en nuestra historia. Trabajamos para superarlo y luego algo surge de nuevo. Es realmente tedioso.
(Nota del editor: El Papa emérito dijo a los editores que no recordaba los detalles, pero que estaba bastante seguro de que esta cuestión sólo desempeñaba un papel subordinado. Juan Pablo II había prometido firmemente la ordenación episcopal. Fijar una fecha no era tarea suya (del cardenal Ratzinger). El Arzobispo Lefebvre había firmado el acta al final de la reunión, lo que -si se hubiera mantenido en su sí- habría significado un acuerdo. Un oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe visitó a Lefebvre en Albano al día siguiente para recoger el papel. Para consternación de todos, Lefebvre explicó que no había podido dormir en toda la noche y que se había dado cuenta de que en realidad se quería utilizar la unidad para destruir su obra [Y esta es la verdad que Mons. Fellay calla]).
¿Por qué el Cardenal Ratzinger, reconocido conocedor y promotor de la tradición católica y amigo de la misa tradicional [nueva afirmación falsa del entrevistador], no calmó la desconfianza del arzobispo?
No comprendía cuán profundos eran los motivos del arzobispo y la incertidumbre de los fieles y de los sacerdotes. Muchos simplemente ya habían tenido suficiente con los escándalos y disgustos postconciliares y con la forma en que se celebraba la nueva misa. [Mons. Fellay parece exculpar al concilio] Si el Cardenal Ratzinger nos hubiera entendido, no hubiera actuado así. Y creo que se arrepintió. Por lo tanto, como Papa, intentó compensar el daño con el Motu proprio y levantó la excomunión. Estamos verdaderamente agradecidos por sus intentos de reconciliación.
Pero el Cardenal Ratzinger, como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, también tuvo que considerar las dificultades e irritaciones de los otros fieles: Es irritante, por ejemplo, que los miembros de la Fraternidad se contradigan en puntos tan esenciales como la cuestión de la validez de la Misa. Algunos de sus seguidores opinan que su deber dominical no se cumple [punto eludido por la respuesta de Mons. Fellay] asistiendo a lo que ellos consideran la “herética” nueva Misa.
No estoy de acuerdo. Ya hablamos de la invalidez de muchas misas [nuevas]. Pero afirmar que todas las misas son inválidas no es la línea de la Fraternidad Sacerdotal. Nunca dijimos eso. En nuestras discusiones con Roma, siempre hemos enfatizado que reconocemos la validez de la nueva Misa cuando se celebra según los libros y con la intención de hacer lo que la Iglesia manda hacer. Hay que hacer una distinción entre válido y bueno.
¿Cuál es la diferencia para usted?
La nueva misa es defectuosa y peligrosa. Por supuesto, no todas las nuevas misas son directamente escandalosas, pero la celebración repetida de la nueva misa conduce a debilitar la fe e incluso a la pérdida de la fe. Todos los días se puede ver cómo cada vez menos sacerdotes siguen creyendo en la presencia real. En la antigua Misa, la liturgia alimenta la fe; uno va a la roca, uno se fortalece en esta fe; ciertas acciones nos llevan más lejos en la fe, por ejemplo la fe en la presencia real, en el sacrificio, simplemente por arrodillarse, por ejemplo, por el silencio, por la actitud del sacerdote. En la nueva Misa es necesario tener la fe, casi no se recibe nada directamente del rito. El rito es plano. [Mons. Fellay minimiza la maldad de lo que Mons. Lefebvre llamó "el rito bastardo" de la nueva Misa]
Pero incluso antes de la reforma litúrgica había sacerdotes de fe débil, modernistas y herejes. Los Padres liberales del Concilio que usted critica, todos crecieron con la antigua Misa y fueron consagrados en el antiguo rito. ¿Considera que las conversiones, que también son promovidas hoy en la nueva misa -piense en Nightfever- son un autoengaño?
No, no estoy diciendo eso. Todo lo que digo es que si recibes un presidente y tienes la opción entre una trompeta de plata y una trompeta de hojalata, ¿usas la trompeta de hojalata? Eso sería un insulto, eso no se hace. E incluso las mejores misas nuevas son como trompetas de hojalata comparadas con la antigua liturgia. Para el Señor, se debe tomar lo mejor. [Es decir que, para el Superior General de la FSSPX, la Misa del Novus Ordo es solamente de menor calidad que la Misa del Vetus Ordo...] 
En un sermón reciente usted dijo: "¿Cómo se atreven a celebrar una misa tan pobre, vacía y plana? No se puede honrar a Dios así." La nueva Misa sigue siendo la cosa más preciosa en la vida de los creyentes católicos, y aún hoy la Iglesia produce mártires y santos. ¿Por qué no menciona esas distinciones en la predicación?
Estoy de acuerdo en que hay que hacer una distinción en una discusión teológica. Pero en un sermón no se puede presentar todo tan teológicamente. Se necesita un poco de retórica para sacudir un poco las almas, despertar a la gente y que abran los ojos.
El Papa Francisco quiere dar a la Fraternidad Sacerdotal una mano de reconciliación. ¿Todavía cuenta usted con el acuerdo o se ha perdido el Kairós? [«momento adecuado u oportuno»] 
Soy optimista. Pero no puedo adelantar la hora de Dios. Si el Espíritu Santo puede influir en el Papa actual, entonces lo hará también con el siguiente. Esto es lo que ocurrió en realidad. Y también con el Papa Francisco. Cuando el Papa Francisco fue elegido, pensé: ahora viene la excomunión. Lo opuesto fue lo que sucedió: el Cardenal Müller quería lograr nuestra excomunión y el Papa Francisco la rechazó. Me dijo personalmente: "¡No los voy a excomulgar!" La reconciliación llegará. Nuestra Madre Iglesia está increíblemente desgarrada en este momento. Los conservadores nos quieren, ["conservador": liberal moderado] y así lo han dicho en la Congregación para la Doctrina de la Fe. Los obispos alemanes [liberales extremos] no nos quieren en absoluto. Roma debe considerar todos estos factores, nosotros lo entendemos. Si fuéramos aceptados, habría guerra en la Iglesia. Existe el temor de que podamos triunfar. El Papa Francisco dijo a los periodistas: "Me encargaré de que esto no sea un triunfo para ustedes".
Pero también hay tensiones y temores dentro de la FSSPX. En Francia, varios sacerdotes y laicos se han separado de la Fraternidad Sacerdotal porque las negociaciones con el Vaticano ya han despertado sospechas. ¿Cómo acogerían en la FSSPX la reconciliación con Roma?
Eso dependerá de lo que Roma nos exija. Si nos dejan seguir así y nos dan suficientes garantías, entonces nadie se va. La desconfianza se basa en el miedo a tener que aceptar lo nuevo. [Nuevamente la perspectiva emocional de Mons. Fellay. La desconfianza de Mons. Lefebvre estaba fundada en algo más que en emociones] Si nos piden que aceptemos las novedades, nadie vendrá.
¿Qué le hace estar tan seguro de que todos irán [a Roma]? El anuncio de las conversaciones por sí solo ya ha causado disturbios y dimisiones masivas. ¿Qué conclusión podría tranquilizar a sus seguidores? Esa desconfianza no desaparecería si se llegara a un acuerdo.
Eso es verdad. Pero la bondad está ahí, la buena voluntad. Durante años hemos estado trabajando con Roma para reconstruir la confianza. Y hemos hecho grandes progresos, a pesar de todas las reacciones. Si llegamos a un acuerdo razonable con condiciones normales, muy pocos se irán. No temo una nueva división en la tradición si se encuentra lo correcto en Roma. Podremos cuestionar algunos puntos del Concilio. [Nueva minimización del nefasto concilio] Nuestros interlocutores en Roma nos dijeron: los puntos principales -libertad religiosa, ecumenismo, nueva misa- son cuestiones abiertas. Esto es un progreso increíble. Hasta ahora se decía que debíamos obedecer. Mientras tanto, los miembros de la Curia nos dicen: deberían abrir un seminario en Roma, una universidad en defensa de la tradición. Ya no es todo blanco y negro. [Y el Superior General cree en la palabra de los modernistas]
¿Cuál sería una solución acertada?
Una prelatura personal.
Si ya se ha encontrado la forma jurídica y las conversaciones en Roma han ido bien, ¿cuál ha sido la razón del fracaso del paso decisivo hasta ahora?
El año pasado, Mons. Pozzo nos dijo que la Congregación para la Doctrina de la Fe había aceptado el texto que íbamos a firmar. Acordamos una prelatura personal. Un mes y medio después, el Cardenal Müller decidió revisar el texto y exigir una aceptación más clara del Concilio y la legitimidad de la santa Misa. [Posible lapsus. La frase que sería normal en el contexto es "nueva Misa"] Al principio ellos abrieron caminos de discusión y luego los bloquearon. ¿Qué es lo que realmente se nos pide que hagamos? El diablo trabaja aquí. [Bien dicho, Monseñor] Es una batalla espiritual. 
¿Confía usted personalmente en el Santo Padre, el Papa Francisco?
Tenemos una muy buena relación. Si le hacemos saber que estamos en Roma, nos abre la puerta. Siempre nos está ayudando en un nivel más pequeño. Por ejemplo, nos dijo: "Tengo problemas si les hago algún bien. Ayudo a protestantes y anglicanos, ¿por qué no puedo ayudar a los católicos?" Algunos quieren impedir el acuerdo. Somos un factor de inquietud en la Iglesia. El Papa está en medio. 
(Sonríe y muestra una carta manuscrita escrita en francés por el Santo Padre para él, que comienza diciendo: Cher frere, cher fils : querido hermano, querido hijo) [Y así de sentimental termina esta entrevista a un Mons. Fellay que, como de costumbre, se muestra ambiguo, diplomático y sentimental]

CONSEJOS DE MONS. LEFEBVRE A LOS FUTUROS OBISPOS ANTES DE LAS CONSAGRACIONES EPISCOPALES



Con motivo del 30 aniversario de la "Operación Supervivencia" de la Tradición mediatnte las consagraciones episcopales realizadas por Mons. Lefebvre y Mons. de Castro Mayer el 30 de junio de 1988; volvemos a publicar este extracto del artículo publicado en Le Sel de la Terre N° 28. Textos resaltados del artículo original. Esta vez hemos hecho leves correcciones a la traducción.
Dos semanas antes de las consagraciones del 30 de junio de 1988, Monseñor Lefebvre invitó a los cuatro sacerdotes que serían consagrados para los preparativos de la ceremonia. En el curso de dos o tres días que ellos pasaron en el seminario, Monseñor Lefebvre les dio dos discursos privados en la pequeña habitación del seminario junto a la suya, que es ahora el oratorio San Marcelo. A partir de las notas tomadas mientras hablaba con su habitual calma y dulzura, podemos reconstruir el texto aproximativo de lo que les dijo. Esto es de un gran interés; estas palabras revelan el estado de espíritu en el cual este gigante de la historia de la Iglesia realizó este acto que fue, para la Tradición católica, su paso decisivo y para el mismo Monseñor Lefebvre fue como la coronación de su gloriosa carrera al servicio de Nuestro Señor Jesucristo.
† Monseñor Richard Williamson.

12 de junio, Monseñor Lefebvre: Se acabó, ya no más conversaciones. Entre más reflexionamos, más nos damos cuenta que las intenciones de Roma no son buenas. La prueba: es lo que pasó con Dom Augustin y el padre de Blignieres (El monasterio benedictino de Dom Augustin se adhirió, poco a poco, a la nueva misa a finales de los años 1980; la fundación de los terciarios dominicos del padre Blignieres se pasó del sedevacantismo a la unión con Roma y a la libertad religiosa. Ndlr). Ellos quieren unir todo al concilio, dejándonos solo un poco de Tradición.
M. de Saventhem (en esa época presidente de Una Voce internacional) cree que todavía hay manera de entenderse con Roma.
Pero aquí no se trata de minucias. En Roma siguen siendo lo que son; no podemos ponernos en las manos de esa gente. No queremos dejarnos devorar. Es una ilusión de Dom Gérard (en esa época, prior del monasterio Santa Magdalena de Barroux y que eligió el ralliement con Roma) el pensar que un acuerdo nos daría un inmenso apostolado. Sí, pero en un contexto equívoco, ambiguo, que nos corromperá.
Nos dicen: "Ustedes tendrán más vocaciones si están con Roma…” Pero estas vocaciones, si dijéramos cualquier cosa contra Roma, se opondrían y corromperían nuestros seminarios. Y los obispos les dirían: "¡Vengan entonces con nosotros!" Poco a poco se producirá la mezcla.
Las hermanas de Saint-Michel-en-Brenne, las dominicas de Fanjeaux y de Brignoles; todas están contra el acuerdo: “No hay que depender de Ratzinger, dicen ellas. ¡Imagínese que él viniera a darnos conferencias!... ¡y a dividirnos!”
¿Y si algunos nos abandonan? No sería más grave que en 1977. Los Padres Blin, Gottlieb y Cie, están ahora unidos a Roma y se han dispersado. (Monseñor Lefebvre se refiere a los sacerdotes que lo dejaron en 1977. Fueron captados por las diócesis y ahora dicen la nueva misa). Se necesita una segunda decisión contra la Roma neomodernista (después de la primera, en 1976) ¿Qué quieren hacer?... ¿Es más grave esta vez? El problema de fondo sigue siendo el mismo: Roma quiere destruir la Tradición (…).
El papel de los obispos consagrados: Las ordenaciones, las confirmaciones y mantener la fe (subrayado en las notas originales). Ustedes deberán proteger al rebaño.
Roma quiere hacernos cambiar.
Después del 30 de junio, me quedaré aquí, habré terminado dándole a la Fraternidad el marco que necesita. Al papa le digo: cuando la Tradición regrese a Roma ya no habrá problema.
¿La excomunión? No valdrá nada, pues ellos no buscan el bien de la Iglesia. Pero la excomunión les vendrá de perlas. Tienen pánico. Tratan de llegar a mí por todos los medios (…) Ellos quieren impedirme actuar. Quisieran enviarme hasta la Madre Teresa de Calcuta. Pero no vale la pena recibirlos. No hay que regresar indefinidamente a lo mismo. No hay más que leer la carta del Padre C. que ha corrompido a nuestros seminaristas alejándolos de nosotros: él nos confiesa que los tratan como parias, que los obligan a dejar la sotana o que ya no los reciben. Descubrió lo que es Roma “Mater Ecclesiæ”. Esto es lo que quieren hacer de nosotros (1).  Y Ratzinger, cuando sucedió esto, se alegró de la salida de estos seminaristas.
¿Entonces por qué mantendrían su palabra con nosotros hoy? Dios nos protegió haciendo que el acuerdo fracasara.
13 de junio - Monseñor Lefebvre: Les agradecemos de parte de la Fraternidad. 
En el fondo, Roma jamás responde a la cuestión esencial. Nos piden una declaración, nos obligan a adherirnos a un mínimo de lo que piensan, pero nunca cuestionan su fondo liberal y modernista. Mientras yo constantemente saco a relucir su modernismo.
Respecto a la carta del 2 de junio (2)
Los coloquios, aunque corteses, nos han convencidos que el momento de un acuerdo aún no llega. Necesitamos una protección contra el espíritu de Asís. Nosotros jamás hemos obtenido respuesta a nuestras objeciones ¡Jamás! Todas las batallas no han servido de nada. Nosotros perseguimos fines diferentes en estos coloquios.  Nosotros esperamos que la Tradición regrese a Roma; pero ellos no cambian.
Uno de nuestros sacerdotes de la Fraternidad me propuso hacer una carta de perdón. Pero respondí que, delante de Dios, somos nosotros los que deberíamos pedirles que pronuncien el juramento antimodernista y aceptar LamentabiliQuanta Cura. Nosotros somos quienes debemos cuestionarlos sobre la fe. Pero ellos no responden, Ellos solo confirman sus errores.
El 12 de junio, el Sr. de Saventhem me dijo: "Usted será el responsable". Yo respondí: "Vea la carta del Padre C. sobre Mater Ecclesiae. El Padre escribió: "Me arrepiento de todo". También está su carta de súplica al Cardenal Ratzinger. Escribió varias cartas al cardenal: ¡no hay respuesta! Durante dos años, se burlaron de estos jóvenes que se ven obligados a alinearse". (…)
¡Saventhem dice que son pequeños detalles! Pero hay muchas consecuencias detrás: ellos quieren llevar nuestra obra al espíritu conciliar. Si hubiéramos aceptado [el acuerdo], estaríamos muertos. No hubiéramos durado un año. 
Hubiéramos tenido que vivir en contacto con los conciliares, mientras que ahora estamos unidos, pero si hubiéramos dicho que sí, hubiera sido la división en el interior de la Fraternidad, todo nos hubiera dividido.
Nuevas vocaciones vendrían porque estaríamos con Roma, nos dicen. Pero estas vocaciones no soportarían ninguna distancia con Roma, ninguna crítica: ¡Eso sería la división! Actualmente, las vocaciones llegan solas.
Miren: Monseñor Decourtray le ofrece al padre Laffargue una parroquia tradicional, a condición de dejar la Fraternidad… Ellos toman a nuestros fieles, ellos nos conducen al concilio…
Es por eso que nosotros salvamos a la Fraternidad y a la Tradición al alejarnos prudentemente.
Lo hemos intentado razonablemente, nos preguntamos si podíamos seguir intentándolo pero estando protegidos: se comprobó que es imposible. Ellos no han cambiado sino para peor…
Ellos tienen el Sida espiritual. Ellos ya no tienen la gracia, ellos ya no tienen sistema de defensa. No creo que podamos decir que Roma no ha perdido la fe.
Los testigos de la fe, los mártires, siempre han tenido que elegir entre la fe y la autoridad. Vivimos el proceso de Juana de Arco, pero en nuestro caso, no sucede de un solo golpe, sino en 20 años.
_________________
1. Mons. Lefebvre se refiere a una iniciativa de recuperación orquestada por Roma (y el Cardenal Ratzinger) en 1986-1987: un seminario de "sensibilidad tradicional", llamado Mater Ecclesiae, se abrió en Roma para recuperar a los desertores de Ecône. El seminarista que había servido de instrumento para esta iniciativa escribió a Ecône poco antes de las consagraciones de 1988 para confesar que había sido engañado por las autoridades romanas.
2. Esta es la carta por la que Mons. Lefebvre señalaba al Papa que, en conciencia, no podía prolongar los coloquios, dada la deslealtad de Roma y porque el objetivo de la reconciliación propuesta "no es en absoluto lo mismo para la Santa Sede que para nosotros".

miércoles, 27 de junio de 2018

SERMÓN EN LA FIESTA DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA - R.P. TRINCADO




CORAZÓN DE FUEGO

Se dice en el comienzo del cuarto Evangelio: Hubo un hombre enviado de Dios, que tenía por nombre Juan. Este vino en testimonio, para dar testimonio de la Luz, para que todos creyesen por él. No era él la Luz, sino que vino a dar testimonio de la Luz.

Toda la doctrina y obras de San Juan no tuvieron otro fin que preparar en las almas los caminos de Cristo, dice Santo Tomás (Sum. Teol. III, c. 38 a. 3). San Juan Bautista debía dar testimonio de la Luz, no dando de sí la luz, sino siendo un reflejo anticipado de la Luz que es Cristo. Lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre, iluminaba irradiando una gran luz porque Dios había puesto en él un corazón de fuego, igual que el del profeta Elías, de quien San Juan Bautista era heredero y fiel continuador. Su alma estaba llena de ese celo ardiente del que dice Cristo: ¡Fuego vine a lanzar sobre la tierra y cómo quiero que arda!

Todo fuego quema e ilumina. Fuego santo y escogido que preparaba en el tiempo la llegada del Fuego Eterno, el Bautista era una antorcha que ardía y alumbraba,dice N. Señor. Para eso vino, para eso existía, para arder e iluminar, para quemarse y para quemar.

FUERTE COMO EL FUEGO

Preguntaba Cristo sobre San Juan Bautista a los judíos: ¿Qué salisteis a ver? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Un hombre débil, inseguro, irresoluto, cambiante? No: un hombre fuerte. Porque es fuerte el fuego y terrible, inflexible, devorador, insaciable y conquistador: todo lo que toca lo convierte en sí mismo. Por eso en este hombre de fuego brilla la más perfecta fortaleza.

La virtud de la fortaleza tiene dos actos: atacar y resistir, siendo la resistencia el principal y más difícil. San Juan resiste la austeridad de la vida en el desierto, soporta inconmovible los ataques de los escribas y fariseos, no se deja arrastrar por los halagos de algunos que lo tenían por Mesías, no cede ante las amenazas de los poderosos. El Bautista no es ninguna caña agitada por el viento. Todo lo contrario: él es el viento que agita y destroza las cañas, los robles, las rocas y las montañas; es un viento abrasador, una llamarada, un incendio.

FUERA DIPLOMACIAS, AMBIGÜEDADES, HIPOCRESÍAS, SIMULACIONES

A los que venían a pedir su bautismo los recibía con estas palabras: Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira que os amenaza? Palabras de fuego. Dice S. Juan Crisóstomo que al pueblo hablaba varonil y fervorosamente, de un modo atrevido al rey, y con franqueza a sus discípulos. San Juan Bautista, directo como el fuego, detestaba la mundana diplomacia, el lenguaje ambiguo, odiaba la  hipocresía, la simulación, el secretismoVuestras palabras sean sí sí, no no, porque lo que de eso pasa viene del maligno, dice Cristo. No conocía los respetos humanos y no se callaba delante de ningún hombre si había obligación de decir una verdad.

lunes, 25 de junio de 2018

¡ UN NUEVO SACERDOTE PARA LA RESISTENCIA !

EL DOMINGO 24 DE JUNIO, FIESTA DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA, EN EL MONASTERIO DE LA SANTA CRUZ; SU EXCELENCIA DOM TOMÁS DE AQUINO OSB HA CONFERIDO EL ORDEN SACERDOTAL AL P. JUAN BAUTISTA OSB.

DEO GRATIAS !




















COMENTARIO ELEISON N° DLXXI (571) - 23 de junio de 2018

Comentarios Eleison por su Excelencia Richard Williamson

La Cincuentista FSSPX

”Haced tanto lo uno” dice Jesús, “como lo otro”.
No olvida a Dios al tratar de ayudar a tu hermano.
Los paralelismos entre el estado de la Iglesia Universal en los años 50 y el estado de la Fraternidad San Pío X en los años 2010 siguen surgiendo, porque es la misma enfermedad que ha afligido tanto a la Iglesia como a la FSSPX. ¿En qué consiste esa enfermedad? En un deseo de alcanzar al hombre moderno alejándose cada vez más de Dios, tanto que el verdadero Dios es distorsionado más allá de todo reconocimiento al ser llevado al nivel del hombre moderno sin Dios. Con la Iglesia, la Fe de todos los tiempos debía adaptarse a nuestro mundo moderno, dando lugar al Concilio Vaticano II. Con la FSSPX, la Tradición Católica de todos los tiempos se hizo para encajar en ese Concilio, dando lugar al deslizamiento de la FSSPX. “Las mismas causas producen los mismos efectos”.
El año pasado fue el centenario de las grandes apariciones de Nuestra Señora en Fátima, Portugal. Ella advirtió de los terribles desastres que le ocurrirían a la humanidad si no se prestaba atención a sus advertencias. Los eclesiásticos reaccionaron inadecuadamente, porque después de varios años Ella tuvo que decirle a la Hermana Lucía que incluso las almas buenas no estaban prestando suficiente atención a Sus peticiones, mientras que las personas malas por supuesto seguían su camino pecaminoso. Así, la primera parte del reinado del Papa Pío XII (1939–1958) estuvo marcada por su devoción a Fátima, pero en los años 1950 fue persuadido de separar el aspecto devocional de las Apariciones de su aspecto político, notablemente la Consagración de Rusia, y de hacer caso omiso del aspecto político conservando al mismo tiempo el devocional, un gran error. Ahora vemos exactamente el mismo error cometido por ciertos Superiores de la Sociedad en los años 2010.
Un cofrade de la Fraternidad San Pío X escuchó el año pasado (2017) sermones sobre el tema de Fátima (1917) por parte de dos de sus miembros más antiguos. Donde él esperaba un tratamiento exhaustivo de las Apariciones de Fátima, todo lo que escuchó fueron palabras piadosas, de ninguna manera falsas, ¡pero ambos predicadores retrataron un mundo en buena salud! Se habló de la grandeza, bondad y misericordia de Nuestra Señora, y por supuesto de Su Inmaculado Corazón como un poderoso lugar de refugio para nosotros los católicos. No hay nada malo hasta ahora. Pero, nuestro colega continúa –
No hubo una sola palabra sobre la catastrófica situación en la que se encuentran hoy los individuos, las naciones y la Iglesia. Se mencionó la Primera Parte del Secreto de Fátima, pero ni la Segunda ni la Tercera Parte. ¿No están las naciones en todo tipo de problemas? ¿No está la Madre Iglesia con el Papa Francisco a la cabeza en un conflicto inimaginable? Dada esta situación, ¿cómo puede alguien atreverse a pasar por alto en silencio la Segunda y Tercera Parte, sin siquiera una mención?
Nuestros Superiores están adquiriendo una gran responsabilidad. Están arrullando a nuestros católicos para que se duerman, un sueño religioso – “Tenemos la verdadera misa, tenemos la fe, tenemos prioratos, somos miembros de la Iglesia Católica . . . ¿qué más necesitamos?” Sermones como este previenen cualquier reacción, no hay ningún involucramiento en las batallas de la Madre de Dios, ninguna palabra de advertencia contra los aparatos electrónicos de hoy. Así es como los católicos se vuelven tibios.
“Cuando los niños de Fátima se vieron obligados a mirar el fuego del infierno, sus oraciones, esfuerzos y sacrificios aumentaron notablemente. ¿Nosotros los católicos del siglo XXI ya no necesitamos tal visión del Infierno, tal visión de la condición catastrófica de la política actual y de la Iglesia Católica? Muchos de nuestros fieles ni siquiera se dan cuenta de que algo importante les está siendo ocultado. Cuando escuchan sermones de este tipo, son entusiastas, alaban a los predicadores, son tan felices como pueden serlo. Es tristemente comprensible que los hombres prefieran lo ligero y agradable a lo duro y verdadero”.
Kyrie eleison.