PÁGINAS

sábado, 13 de febrero de 2021

SERMÓN PARA EL DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA - P. TRINCADO

Zurbarán: El Cristo de la Cruz (detalle).

Nos hallamos en los umbrales de la Cuaresma y la iglesia quiere que practiquemos, durante el tiempo cuaresmal, el ayuno y la limosna, es decir, la mortificación y la caridad. Por eso el Evangelio de hoy nos presenta dos escenas relativas a esas dos virtudes: en la primera Cristo anuncia su pasión y muerte y en la segunda se compadece y cura a un ciego. 

Tomando aparte a los doce, Jesús les dijo: mirad que subimos a Jerusalén y que se cumplirán todas las cosas que están escritas por medio de los profetas acerca del Hijo del Hombre, pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burla, afrentado y escupido; y después de azotarlo, lo matarán, y al tercer día resucitará. Pero ellos -dice el Evangelio- no comprendieron nada de esto.  

Muchas veces Nuestro Señor Jesucristo dijo a los Apóstoles que debía ir a Jerusalén para tres cosas: padecer, morir y resucitar. Las dos primeras cosas (padecer y morir) son la cruz, es decir, el misterio de los sufrimientos de Cristo, y nada hay menos comprendido que la cruz. Si los Apóstoles que vivían con Cristo no entendían el misterio de la cruz, ¿qué queda para nosotros? ¿Y por qué no entendemos las verdades divinas? ¿Por qué no entendemos lo que más nos conviene, lo que es realmente bueno para nuestras almas, para nuestra salvación; aquello que nos conduce a nuestra verdadera felicidad? 

La cruz está en las paredes de nuestras casas, adorna nuestros misales, la llevamos al cuello, hacemos el signo de la cruz; la cruz está constantemente con nosotros, y, sin embargo, no comprendemos la cruz porque no la tenemos en nuestros corazones. "Pero ellos no comprendieron nada de esto."  

Los Apóstoles no podían admitir la pasión y muerte de Jesús porque su mente estaba llena de ilusiones sobre un Mesías triunfal, conquistador y guerrero. Juzgaban las cosas de Dios con criterios demasiado humanos, y exactamente lo mismo nos sucede a nosotros. Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos y mis caminos no son vuestros caminos, dice el Señor. Cuanto están los cielos de la tierra, tanto distan mis caminos que vuestros caminos (Is. 55 8-9). Por eso muchas veces nos toca oír  quejas como esta: “¿por qué Dios me ha hecho esto? ¿Por qué Dios ha permitido que me suceda este mal tan grande? No he hecho nada tan terrible como para merecer esto. Dios me ha abandonado. Dios no oye mis oraciones. Dios no me ama”. "Pero ellos no comprendieron nada de esto."  

Vemos las cosas con ojos demasiado humanos, es decir, estamos bastante ciegos. Como los Apóstoles, estamos llenos de ilusiones acerca de lo que debe ser nuestra vida. Y la primera de esas ilusiones -extendidísima entre los hombres de nuestro tiempo, también entre los católicos, también entre los tradicionalistas-  es pensar que Dios quiere que seamos felices en esta tierra. ¡No!: luego de una limitada e inestable felicidad en esta breve y accidentada vida, Dios nos quiere dar la verdadera felicidad en la otra vida, y Él sabe mediante qué cruces y mediante qué alegrías nos hará llegar a esa felicidad. Nosotros no sabemos. 

Notemos que hay dos cegueras en el Evangelio de este domingo: la ceguera física del ciego que fue sanado y la ceguera espiritual de los Apóstoles, que también es la nuestra. La ceguera del alma es mucho más triste y peligrosa que la ceguera física. Pese a que generalmente pasa inadvertida, es más peligrosa porque priva de ver las más grandes bellezas, las de las realidades más profundas: las verdades divinas que enseña la Iglesia; y los que no ven esas grandes bellezas, se van tras de las pequeñas bellezas de las cosas terrenas, centran si vida en ellas, y cuando mueren va al lugar de oscuridad eterna, porque la Luz resplandece en las tinieblas (de nuestras almas), pero las tinieblas… no la recibieron… más a todos los que la recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios, dice el Cap. 1 del Ev. de San Juan. 

Para ser curados de su ceguera, los Apóstoles tuvieron que ver la resurrección del señor. Sólo entonces entendieron todo. En ese momento por fin abrieron los ojos, comprendiendo que Cristo, para llegar a la victoria de su resurrección, antes tuvo que pasar por las amarguras de la cruz. 

Para que nosotros seamos curados de nuestra ceguera, debemos comprender y amar, entonces, esta verdad: “que para entrar en el Reino de Dios, es necesario pasar por muchos sufrimientos” (Hc 14, 22). Si entendemos y amamos esta verdad fundamental de nuestra fe, tendremos la paz de Cristo en esta vida y alcanzaremos la felicidad eterna. 

Así que, queridos fieles: cuando alguno se dé cuenta de que está tan ciego como los Apóstoles, tenga ánimo, pues ellos pasaron por tres etapas: 1ª durante los años en que acompañaron a Cristo, anduvieron ignorantes de las más elevadas verdades divinas; 2ª durante la pasión, estuvieron a punto de perder la fe débil que tenían; 3ª pero en Pentecostés se llenaron de luz, de la verdadera sabiduría que sólo Dios puede dar. Tres etapas, entonces: una mala, otra peor y la última excelente. ¡Ánimo, entonces!, porque el ciego que, como el del Evangelio de hoy, pida de corazón a Dios ser curado, tarde o temprano verá todo lo que Dios quiere que vea.  

Que por la intercesión de la Madre de Cristo nuestra Luz, Dios nos conceda su Luz.