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jueves, 9 de agosto de 2018

MONS. LEFEBVRE: CONFERENCIA DE 27 DE DICIEMBRE DE 1988


Conferencia pronunciada por Mons. Lefebvre el 27 de noviembre de 1988 en Sierre, Suiza, pocos meses después de las consagraciones.
Traducción realizada por Non Possumus de la transcripción de Fideliter, número especial sobre las Consagraciones Episcopales. El énfasis mediante negrita y subrayado ha sido añadido por nosotros.

Dos corrientes han estado en combate dentro de la Iglesia durante dos siglos: después de la Revolución Francesa, algunos quisieron acomodarse a los principios de la Revolución y negociar con los enemigos de la Iglesia; otros rechazaron este arreglo porque Nuestro Señor Jesucristo nos advirtió: "Quien no está conmigo está contra mí". Por lo tanto, si se está a favor del reino de Jesucristo, se está en contra de sus enemigos; no es posible de otra manera. Para hacer un pacto, los primeros afirmaban que no podíamos hablar de Nuestro Señor mientras continuábamos amándolo. Pero los papas, hasta el Concilio Vaticano II, los reprobaron.
Nuestro Señor es nuestro Rey, nuestro Dios. Por lo tanto, no sólo debe reinar en privado sobre nuestras personas, sino también sobre nuestras familias, nuestros pueblos y toda la tierra. De todas maneras, nos guste o no, un día será nuestro Juez: cuando venga en las nubes a juzgar al mundo entero, todos los hombres estarán de rodillas, budistas, musulmanes, todos. En efecto, no hay muchos dioses, sino uno solo, como cantamos en el Gloria: Tu solus sanctus, Tu solus Altissimus Jesu Christe. Él descendió del cielo para salvarnos, es Él quien reina en el cielo. Lo veremos cuando muramos.
Con la Revolución Francesa se declaró una verdadera división, que ya se había iniciado con los protestantes. Así, toda una clase de intelectuales se levantaron contra Nuestro Señor, en un verdadero complot diabólico contra su reinado del que ya no se quería escuchar hablar.
Ellos toleraban que lo honráramos en nuestras capillas y sacristías, pero, ante todo, no afuera. Ya no era necesario hablar de Nuestro Señor en los tribunales, en las escuelas o en los hospitales; en una palabra, en ninguna parte. Por ejemplo, decían: “Ustedes ofenden a los budistas con su Señor Jesucristo. Ya que ellos no creen en él, déjenlos en paz. ¿Por qué poner a Jesucristo en todas partes?” Pero Nuestro Señor tiene el derecho de reinar en todas partes, y en los países católicos él es el amo. Y debemos tratar de hacerlo reinar tanto como sea posible, para convertir a los que no lo conocen y todavía no lo aman, para que ellos también se conviertan en sus súbditos, y para que en el cielo reconozcan a su Maestro.
Los primeros, para justificar que no se hablara más de Nuestro Señor en la sociedad, se basaban en la libertad de creer o no creer en Nuestro Señor. Pero eso no es verdad, no somos libres para creer lo que queramos. Nuestro Señor lo dijo: "El que cree, se salvará; el que no cree, se condenará”. Por supuesto que podemos abusar de esta libertad si luego desobedecemos y nos alejamos de Dios. Así que moralmente no somos libres, nosotros debemos honrar a Nuestro Señor y seguir Sus enseñanzas.
Estos son los que llamamos los liberales porque están a favor de la libertad, dejando a cada uno el derecho de pensar lo que quiera según su conciencia. Pero los papas siempre han condenado este liberalismo afirmando con firmeza que uno no tiene más libertad de conciencia que la libertad de hacer el bien o el mal. Por supuesto que podemos desobedecer. Un niño puede desobedecer a sus padres, pero ¿tiene derecho? Por supuesto que no. Es lo mismo con la religión. Todos debemos obedecer a Nuestro Señor, y por lo tanto a la única religión verdadera. Ciertamente hay gente que desobedece, pero debemos tratar de convertirlos y conducirlos a obedecer a Nuestro Señor, el único Dios verdadero, que nos juzgará a todos.
Ahora bien, esta corriente liberal fue desarrollándose por católicos como Lamennais que era sacerdote, extendiéndose la división dentro de la misma Iglesia. Pero Papas como Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XI y Pío XII siempre condenaron a estos liberales como los peores enemigos de la Iglesia porque separan a las personas, familias y Estados de Nuestro Señor Jesucristo.
Si Nuestro Señor ya no está presente en las escuelas, en los hospitales, en la justicia o en los gobiernos, si está ausente de la atmósfera pública, entonces eso es apostasía y ateísmo. En efecto, nos habituamos a no pensar más en Nuestro Señor, porque no lo vemos en ninguna parte, y poco a poco este olvido se extiende y penetra hasta en las familias.
Por ejemplo, ¿cuáles son los restaurantes u hoteles donde se puede encontrar la Cruz de Nuestro Señor? Por mi parte viajo mucho, y sólo en Austria encontré un hermoso crucifijo en algunos restaurantes, o una hermosa imagen de la Santísima Virgen en la habitación del hotel. En otras partes se acabó, pero antes no había casa sin crucifijo. Actualmente incluso los buenos católicos tienen miedo de poner el crucifijo en casa por temor de la reacción de aquellos que no aman la religión católica. A eso llegamos cuando eliminamos poco a poco a Nuestro Señor.
San Pío X, a principios de siglo, decía que ahora los enemigos de la Iglesia no sólo están en el exterior, sino también en el interior. Con esto quiso señalar a los católicos que ya no quieren el reinado público de Nuestro Señor.
Pero eso no es todo. Como había incluso maestros modernistas en los seminarios, que querían adaptarse al mundo moderno con su rechazo a Nuestro Señor y su apostasía, San Pío X hizo que fueran retirados de los seminarios para que no influyeran en los seminaristas que, convertidos en sacerdotes, difundirían a su vez las malas doctrinas.
Y San Pío X tenía razón, porque eso fue lo que pasó. Los obispos no quisieron prestar atención y muy lentamente estas ideas modernas fueron introducidas en el interior de los seminarios, luego en el clero y finalmente en todas partes. En nombre de la libertad se dejó de hablar de Nuestro Señor, ¡y fue la apostasía!
En 1926, estuve en el seminario de Roma, hace más de sesenta años, bajo Pío XI, que también combatió y condenó a los sacerdotes partidarios del secularismo. En este año tuvo lugar en Roma una semana contra el liberalismo con motivo de la cual aparecieron dos pequeños libros: Liberalismoy Catolicismo del Padre Roussel y Cristo Rey de las Naciones del Padre Philippe.
He aquí la introducción del primero: “Queremos que Jesucristo, Hijo de Dios y Redentor de los hombres, reine no sólo sobre el individuo, sino sobre las familias, grandes y pequeñas, sobre las naciones y sobre todo el orden social; este es el gran principio que nos une especialmente esta semana”. Esto fue en 1926. "De este reinado social de Jesucristo Rey, reinado legítimo en sí mismo, necesario para nosotros, no hay adversario más formidable por su astucia, su tenacidad, su influencia, que el liberalismo moderno”.
El enemigo está señalado: son estos liberales los que quieren la libertad de pensamiento. Si cada uno tiene derecho a su pensamiento, nadie debe ofender a su prójimo mostrando el suyo propio, así que no debemos decir nada más, y ya no tenemos derecho a hablar de Nuestro Señor. Entonces, ¿cómo podemos ser misioneros si ya no podemos hablar de Nuestro Señor? Esto es imposible; y en una nación católica el 95% de la gente ya no podrá hablar de Nuestro Señor porque el 5% son protestantes, judíos, budistas o musulmanes. Es increíble y sin embargo es así. En las escuelas católicas, porque hay un judío, dos o tres musulmanes o protestantes, se quitan los crucifijos, ya no se habla de Nuestro Señor, ya no se reza antes de las clases, porque esto podría incomodar a los no católicos. Por lo tanto, Nuestro Señor ya no tiene derecho a existir porque dos o tres no están de acuerdo con Él.
Entonces, ¿cuáles son los orígenes de este liberalismo, sus principales manifestaciones, su desarrollo lógico? ¿Cómo calificarlo y refutarlo? Estas son las preguntas que el libro del P. Roussel aborda dando también la respuesta, en su muy interesante libro que damos a todos nuestros seminaristas para que estén conscientes de estos errores modernos. Este liberalismo, el laicismo, la secularización y la falta de sumisión pública a Nuestro Señor se han extendido a pesar de los papas, porque los obispos y sacerdotes no los han escuchado suficientemente.
El segundo librito publicado con ocasión de esta semana contra el liberalismo en Roma es el "Catecismo de los derechos divinos en el orden social"bajo el título "Cristo Rey de las Naciones" del Padre Philippe, Redentorista, cuyo prefacio es el siguiente: “La semana católica a principios de 1926, organizada por la Liga Apostólica, nos confió un deseo, el de poseer un catecismo que exponga el hecho y la naturaleza de la realeza de Jesucristo; es para responder a este deseo que aparecen estas páginas que entregamos al público. Bajo el pretexto de seguir sólo las luces de la conciencia, se ha convertido en costumbre abandonar a la libre disposición de la conciencia el cumplimiento de todos los deberes: se pisotean los derechos de la verdad y especialmente los de la Verdad Suprema. Nuestro catecismo exige un gran acto de fe, el acto de fe en Dios y en Jesucristo que intervienen a través de la autoridad. La gente debe saber que en todas las relaciones de persona a persona, de sociedad a sociedad, de país a país, en todo lo que constituye la intimidad de una nación, ellos dependen de Dios y de Jesucristo. En este punto, como el de la existencia misma de Dios, todos deben inclinarse y decir "Credo" con toda su alma. Dios bendijo nuestro trabajo, en menos de seis meses pudimos agotar nuestra primera edición, gracias a la propaganda que nuestros lectores se impusieron”.
¡Todo esto sucedía en 1926!
Ya desde entonces, los sacerdotes resistían, luchando contra la apostasía invasora y defendiendo a Nuestro Señor contra la laicización y la secularización de todas las instituciones. León XIII en su encíclica Humanum genus escribió que el propósito de los francmasones es descristianizar todo, especialmente las instituciones, y que quieren quitar y expulsar a Nuestro Señor de todas partes.
Así que todo esto se desarrolló a pesar de los papas, y llegamos al Concilio Vaticano II.
También allí hubo división, en el seno de la misma Iglesia. Estos liberales que ya no quieren que hablemos de Nuestro Señor en la sociedad, que por el contrario quieren la libertad de todas las religiones y de todos los sistemas de pensamiento, crearon una oposición entre los cardenales y esto desde la preparación del Concilio.
La Santa Sede había establecido comisiones a la cabeza de las cuales estaba la "Comisión Central Preparatoria del Concilio", de la cual yo era miembro. Se reunió de 1960 a 1962, tuvo setenta cardenales, una veintena de arzobispos y obispos, y si me senté allí fue como presidente de la Asamblea de Arzobispos y Obispos de África Occidental francesa. El Papa Juan XXIII presidió con frecuencia nuestras reuniones.
Pero era como un campo de batalla, hay que decirlo. ¿Quién iba a ganar? ¿Los liberales o los verdaderos católicos que estaban con todos los papas en su condenación del liberalismo? Por un lado, unos querían que la Iglesia declarara públicamente su tesis sobre la libertad, la neutralidad de las sociedades y la ausencia de Nuestro Señor Jesucristo en la vida pública. Por otro lado, hubo fuertes reacciones contrarias. ¿Nosotros, los católicos, no tenemos derecho a nuestros Estados católicos por no escandalizar a las religiones musulmanas, budistas o protestantes que se extienden, y esto bajo el pretexto de hacerles daño, cuando ellos lo hacen bastante y en forma verdaderamente pública?
En los estados protestantes, por ejemplo, uno es un protestante públicamente. El cantón de Vaud ha consagrado en su Constitución que el protestantismo es la religión del Estado. Lo mismo sucede en Suecia, Noruega, Inglaterra, Holanda o Dinamarca, y es público que la religión protestante es la única reconocida por el Estado.
¿Entonces no tenemos derecho a tener nuestros propios estados católicos? El estado de Valais era 90% católico. Cuando los liberales ganaron en el Concilio, que ahora dominan en Roma, pidieron a Mons. Adam (a quien yo conocía bien y que era un buen amigo) a través del nuncio de Berna, que pusiera fin al estado católico de Valais.
La Constitución de Valais declaraba que la religión católica era la única religión reconocida públicamente por el Estado; en definitiva, se afirmaba que Nuestro Señor Jesucristo era el Rey del Valais. Y el Obispo Adam, tan favorable a la Tradición que era, que había luchado durante el Concilio a favor del reinado social de Nuestro Señor; escribió una carta a todos sus fieles, para que el Estado de Valais cambiara su constitución y se volviera oficialmente neutral.
Me informé y me respondieron que esto provenía del nuncio. Así que fui a Berna a buscarlo y me confirmó que Mons. Adam había escrito a pedido suyo. ¿Y no le da vergüenza pedir que nuestro Señor Jesucristo ya no reine en Valais?
"Pero ahora ya no es posible, ya no es posible". Y a los protestantes, ¿les pedirán que dejen de reconocer su protestantismo como religión oficial en el cantón de Vaud o en Dinamarca? Y nosotros los católicos, ¿no tenemos derecho a tener Estados en los que la religión católica sea la única reconocida públicamente? "¡Ah, eso no es posible ahora!" ¿Y qué hacer con la magnífica encíclica Quas primas, donde Pío XI nos recuerda que nuestro Señor Jesucristo debe reinar en todos los Estados y sobre todas las Naciones? "¡Oh, el Papa no la escribiría ahora!"
¡Ah, eso, por ejemplo! Esta Encíclica fue escrita en 1925 por Pío XI para recordar a todos los obispos la doctrina sobre el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo, y ahora los obispos están haciendo exactamente lo contrario.
Y desafortunadamente esto es lo que sucedió: oficialmente el Estado de Valais ya no es un Estado católico. La Iglesia sólo es reconocida allí del mismo modo que cualquier asociación privada como las otras religiones, que tienen derecho a organizarse en Valais.
¿Cómo ha sucedido esto? Un día, el Cardenal Ottaviani y el Cardenal Bea nos entregaron dos fascículos que valen su peso en oro. Estos dos fascículos señalan ambos campos de la Iglesia, uno es la Revolución Francesa y el otro es la Tradición Católica. Uno es el del cardenal Bea, liberal, y el otro el del cardenal Ottaviani, prefecto de la Comisión.
En su documento, el Cardenal Ottaviani habla de "tolerancia religiosa". Es decir, si hay otras religiones en los estados católicos, se las tolera, pero no se les dan las mismas libertades que a la Iglesia, así como se toleran los pecados o los errores, porque no todo puede ser depurado. En una sociedad debe haber cierta tolerancia, pero eso no significa que se apruebe el mal.
Cuando llegó el momento de que el Cardenal Ottaviani presentara su documento a la Comisión Central Preparatoria del Concilio, documento que se limitaba a reiterar la doctrina enseñada siempre por la Iglesia católica, el Cardenal Bea se levantó diciendo que estaba en contra. El cardenal Ruffini de Sicilia intervino para detener este pequeño escándalo de dos cardenales que se oponían así violentamente delante de todos los demás. Pidió que se remitiera el asunto a la autoridad superior, es decir, al Papa que, ese día, no presidió la sesión. Pero el Cardenal Bea dijo que no, quiso que se votara para saber quién estaba con él y quién con el Cardenal Ottaviani.
Por consiguiente, se procedió a la votación. Los setenta cardenales, los obispos y los cuatro superiores de las órdenes religiosas que estaban allí, estaban divididos aproximadamente por la mitad. Prácticamente todos los cardenales de origen latino, italianos, españoles y sudamericanos estaban a favor del cardenal Ottaviani. Por el contrario, los cardenales americanos, ingleses, alemanes y franceses estuvieron a favor del cardenal Bea. Así nos encontramos ante una Iglesia dividida en un tema fundamental de su doctrina: el Reinado de Nuestro Señor Jesucristo.
Como ésta era la última sesión, uno podría preguntarse qué sería de este Concilio si la mitad de los setenta cardenales estaban a favor de la tolerancia religiosa del Cardenal Ottaviani, y la otra mitad a favor de la libertad religiosa del Cardenal Bea, que se remitía a la Revolución Francesa y a la declaración de los derechos del hombre. Pues bien, en el Concilio también se presentó esta lucha y debemos admitir que fueron los liberales los que ganaron. ¡Qué escándalo! Así surgió esta nueva religión, que desciende más de la Revolución Francesa que de la Tradición Católica, ese famoso ecumenismo en el que todas las religiones están en pie de igualdad. Ahora pueden entender la situación actual, que se deriva de la victoria de los liberales en el Concilio.
Sin embargo, hubo una oposición vehemente, pero como el Papa prácticamente tomó partido por la libertad, fueron entonces los liberales los que ocuparon los puestos en Roma y los que todavía los ocupan.
Yo siempre me opuse a esto con Mons. Sigaud, Mons. de Castro Mayer y muchos otros miembros del Concilio. Porque no podemos permitir que nuestro Señor sea destronado.
La Iglesia se basa en el principio de que Nuestro Señor debe reinar en la tierra como Él reina en el Cielo. Que Su voluntad se haga tanto en la tierra como en el cielo, sí, que la voluntad de Nuestro Señor se haga en todas partes y no sólo en las familias. Pero ahora que el liberalismo reina en Roma, liberalismo que nuestros autores de 1926 llamaron el peor enemigo de la Iglesia, estamos siendo testigos de la demolición de la Iglesia.
Realmente hay una ruptura. Pero nosotros estamos en comunión con todos los Papas hasta el Concilio, mientras que el Cardenal Bea no da ninguna referencia en su documento. Él no podía referirse a ningún Papa, ya que su doctrina es nueva y siempre ha sido condenada por ellos. En el folleto del cardenal Ottaviani hay más páginas de referencias que de textos, referencias a los papas, a los concilios, a toda la doctrina de la Iglesia. La tolerancia religiosa está absolutamente en continuidad con la Tradición.
La fe de la Iglesia siempre ha sido predicar la verdad y tolerar el error porque no puede hacer otra cosa, sino esforzarse en ser misionera, reducir el error y restablecer la verdad. Pero ella nunca dijo que se tiene tanto derecho a estar en el error como a estar en la verdad, que se tiene tanto derecho a ser budista como a ser católico. Esto no es posible, o la religión católica ya no es la única religión verdadera. Es una catástrofe fundamental para la Iglesia, hemos vivido este combate en el Concilio y lo seguimos viviendo ahora.
Porque cuando la Iglesia Católica ya no es la única reconocida, se tienen, inevitablemente, graves consecuencias, como vemos por ejemplo en Valais. Las religiones se sometieron al Estado, mientras que antes eran los Estados los que estaban sometidos a la religión, y los gobiernos se convirtieron en dueños de las religiones. Al afirmar que la religión católica era la única reconocida públicamente, Nuestro Señor reinaba, y el Estado no podía hacer lo que quisiera. Pero ahora con la neutralidad, las religiones son como simples asociaciones privadas, dentro del Estado, quien puede suprimirlas o intervenir como amo, como impide, por ejemplo, que ciertas sectas se instalen, por el momento todavía, en Valais. Pero probablemente pronto se concederá permiso para construir templos budistas o mezquitas.
Cuando el estado era católico, rechazaba estos templos públicos de otras religiones. Toleraba la práctica privada, pero evitaba el escándalo de estos templos que atraen a los cristianos a estas falsas religiones. Protegía la fe de los ciudadanos.
Luego viene necesariamente la inmoralidad, porque todas estas religiones tienen una moral contraria a la de la Iglesia: la poligamia, el divorcio y otras prácticas contrarias al matrimonio cristiano. El protestantismo, el budismo,... son religiones inmorales, y su inmoralidad acaba penetrando también entre los católicos. Por eso los estados católicos hicieron una ley para detenerlos.
Sin embargo, en todos los estados que sólo reconocían a la Iglesia Católica: Colombia, Brasil, Chile, etc., Roma intervino para que se dejara libertad a todas las religiones.
El resultado fue la invasión de sectas procedentes de Norteamérica con muchos dólares y dinero. Anteriormente, los estados para proteger la fe de sus conciudadanos, impedían la entrada de todas estas sectas. Pero una vez que el estado ya no tiene religión, y que la Iglesia exige que todas las religiones sean admitidas, las puertas se abren. Y estamos asistiendo a una increíble invasión: Moon, adventistas, testigos de Jehová, a tal punto que los mismos obispos se reunieron en Sudamérica para constatar la gravedad de la situación. Algunos hablan de cuarenta millones, y otros de sesenta millones de católicos sudamericanos que se han ido a las sectas desde 1968, es decir, ¡desde el Concilio! Esta es la terrible consecuencia de la posición del Cardenal Bea [que era de origen judío. Nota de NP]: la apostasía de millones y millones de católicos. Y vemos lo mismo en todas partes, como en Francia, donde vemos cada vez más católicos que se pasan al Islam, a las sectas o a las logias masónicas.
Esta es la apostasía general, es por eso que nosotros resistimos, pero las autoridades romanas quieren que aceptemos esto. Cuando hablé con ellos en Roma, querían que reconociera la libertad religiosa del Cardenal Bea. Pero dije que no, que no puedo. Mi fe es la del cardenal Ottaviani, fiel a todos los papas, y no esta doctrina nueva y siempre condenada.
A esto nos oponemos y es por eso no podemos entendernos. No es tanto la cuestión de la Misa, porque la Misa es precisamente una de las consecuencias del hecho de que quisieron acercarse al protestantismo y así transformar el culto, los sacramentos, el catecismo, etc...
La verdadera oposición fundamental es el Reinado de Nuestro Señor Jesucristo. Opportet Illum regnare, dice San Pablo, Nuestro Señor ha venido para reinar. Ellos dicen que no, y nosotros decimos que sí, con todos los papas. Nuestro Señor no vino a ser escondido dentro de las casas sin salir. ¿Para qué entonces los misioneros, muchos de los cuales fueron masacrados? Para predicar que nuestro Señor Jesucristo es el único Dios verdadero, para decir a los paganos que se conviertan. Entonces los paganos querían hacerlos desaparecer, pero ellos no dudaron en dar sus vidas para continuar predicando a Nuestro Señor Jesucristo. Y ahora debemos hacer lo contrario, decirles a los paganos "su religión es buena, consérvenla mientras sean buenos budistas, buenos musulmanes o buenos paganos". Por eso no podemos entendernos con ellos, porque nosotros obedecemos a Nuestro Señor que dijo a los apóstoles: "Id y enseñad el Evangelio hasta los confines de la tierra".
Por eso no debe sorprendernos que no podamos llegar a entendernos con Roma. Esto no será posible hasta que Roma vuelva a la fe en el reinado de Nuestro Señor Jesucristo, no será posible mientras Roma siga dando la impresión de que todas las religiones son buenas.
Nosotros chocamos en un punto de la fe católica, como chocaron el Cardenal Bea y el Cardenal Ottaviani, y como chocan todos los papas con el liberalismo. Es la misma cosa, la misma corriente, las mismas ideas y las mismas divisiones en el interior de la Iglesia.
Pero antes del Concilio, los Papas y Roma sostenían la Tradición contra el liberalismo. Mientras que ahora los liberales han tomado el poder. Obviamente están en contra de los tradicionalistas por lo que somos perseguidos.
Pero nosotros estamos tranquilos porque estamos en comunión con todos los papas desde Nuestro Señor y los apóstoles. Mantenemos su fe, y no vamos a pasar ahora a la fe revolucionaria en la declaración de los derechos del hombre. No queremos ser hijos de 1789, sino hijos de Nuestro Señor, hijos del Evangelio.
Los representantes de la Iglesia Católica dicen que todos son libres y que podemos reunir a todas las religiones para orar como en Asís. Esto es una abominación, y el día que el Señor se enoje no será para reír. Porque si nuestro Señor castigó a los judíos como lo hizo, fue porque se negaron a creer en Él. Había anunciado que Jerusalén sería arrasada, y Jerusalén fue arrasada hasta los cimientos, y el templo no ha sido reconstruido desde entonces. Bien podría decir lo mismo ahora que todos sus pastores están en contra de Él, que ya no quieren creer en Su reinado universal.
Debemos permanecer apegados a la doctrina de la Iglesia. Permanezcan apegados a Nuestro Señor que es todo para nosotros. Él es el Maestro, es Él quien nos juzgará como juzgará a todos. Entonces debemos orar para que venga su reino, incluso si debemos ser perseguidos.
Por extraordinaria que parezca, esta es la situación actual. Yo no la inventé. ¿Por qué me encuentro casi solo contra este liberalismo siendo que la gran mayoría de los obispos, incluso en Roma, están a favor de él? Es un gran misterio. Al ser, como antes, fieles a todo lo que han dicho los papas, nos encontramos casi solos.
Si estamos con Nuestro Señor, eso es lo principal aunque tengamos que estar solos. Si estamos con toda la enseñanza de la Iglesia durante más de veinte siglos, no tenemos miedo. No tenemos que preocuparnos, ¿verdad? ¡Por la gracia de Dios! El Buen Dios, que conoce el futuro, restaurará un día las cosas, porque la Iglesia no puede permanecer en esta situación indefinidamente.
Confiemos, pues, en la Santísima Virgen y en Nuestro Señor y no nos desanimemos ni nos preocupemos porque continuamos la Iglesia. Quedémonos en paz. Que Dios los bendiga!
+ Marcel Lefebvre