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domingo, 21 de diciembre de 2014

¿QUÉ PENSAR DEL MILENARISMO? Parte VI





"La teoría del milenarismo tuvo sus raíces en la literatura judía, obsesionada siempre con la idea de un Mesías reinando gloriosamente sobre la tierra" 


Cita del libro Le Sens Mystique de l’Apocalypse, por Dom Jean de Monléon OSB (*), Edit. Nouvelles, Paris, 1948, pags. 325-329 (hemos destacado ciertos pasajes en negrita):

El reino de los mil años

(...) el Anticristo tendrá la pretensión de imponer a sus súbditos un rito análogo al del bautismo, donde los nuevos cristianos son marcados en la frente con el sello de Jesucristo. Todos estos servidores permanecen fieles a Dios a pesar de la persecución, son muertos, es verdad, a los ojos de los hombres: pero, en realidad, habiendo franqueado las puertas del otro mundo, ellos encontraron, en la unión de su alma con su Creador, una vida nueva mucho más perfecta que la de aquí abajo. Y ellos reinaron mil años con Cristo.

Estas últimas palabras requieren algunas explicaciones, pues es por ellas que se introdujo la doctrina llamada del milenarismo; doctrina rechazada por la Iglesia desde hace siglos y que sin embargo ve, de vez en cuando, levantarse nuevos campeones a su favor, bajo el falaz pretexto que cuenta con la opinión favorable de varios Padres auténticamente ortodoxos. Sus partidarios, los milenaristas, llamados también quiliastas, sostienen que antes del día de la resurrección general, los justos retomarán sus cuerpos y  resucitados, reinarán mil años en esta tierra, en Jerusalén restaurada, con Cristo. Luego vendrá la segunda revuelta de Satanás, el combate supremo contra la Iglesia llevado a cabo por Gog y Magog, la aniquilación de los rebeldes por Dios, y finalmente la resurrección universal seguida del Juicio final. Habría así dos resurrecciones sucesivas, separadas por un intervalo de mil años: la de los mártires primero, luego el resto de la humanidad.

La teoría del milenarismo tuvo sus raíces en la literatura judía, obsesionada siempre con la idea de un Mesías reinando gloriosamente sobre la tierra. Retomada, en tiempos de San Juan, por el heresiarca Cerinto, es exacto que en los siglos II y III de la era cristiana, algunos Padres, y no los menores, lo adoptaron bajo formas diversas y más o menos atenuadas. Podemos citar entre ellos a San Justino, san Ireneo, Tertuliano, etc. …

Pero el parecer de estos escritores no puede de ninguna manera ser mirado como representativo de la creencia de la Iglesia: para que el testimonio de varios Padres pueda ser considerado como la expresión de la Tradición católica, es necesario, dicen los teólogos, “que no sea impugnado por otros”. Esta condición no existe en este caso: el mismo San Justino reconoció que la teoría milenarista estaba lejos de ser admitida por todos; Orígenes la reprobó y la trató de necedad judaica. San Jerónimo rompió deliberadamente con ella:

Nosotros no esperamos, escribió, con las fábulas que los judíos decoran con el nombre de tradiciones, que una Jerusalén de perlas y de oro desciendan del cielo; nosotros no nos someteremos de nuevo a la injuria de la circuncisión, a ofrecer carneros y toros como víctimas, y a dormir en la ociosidad del Sabbat. Hay demasiados de nosotros que han tomado en serio estas promesas, notablemente Tertuliano en su libro titulado De la esperanza de los fieles; Lactancio, en su séptimo libro de las Instituciones; el obispo Victoriano, de Pettau, en numerosas disertaciones y, últimamente, nuestro Sulpicio Severo en el diálogo al cual dio el nombre de Gallus. En cuanto a los Griegos, cito el primero y el último, Irineo y Apolinar.

San Agustín se pronunció en el mismo sentido: si al principio tiene ciertas dudas, enseguida lo vemos, en La Ciudad de Dios, condenar claramente el quiliasmo, y esta opinión es la que prevaleció a partir de entonces, tanto en Oriente como en Occidente, en la Iglesia. A partir del siglo IV, no encontramos ningún escritor católico digno de consideración, que defienda el milenarismo, y el parecer unánime de los teólogos, entre los más importantes hay que citar a Santo Tomás y San Buenaventura, lo desecha resueltamente.

Sin duda, en la Edad Media, escribe el Padre Allo, Joaquin de Fiore y su escuela enseñaron una doctrina que era una especie de milenarismo espiritual, pero que no hay que confundir con quiliasmo antiguo. Éste no perseveró más que en ciertos luteranos o en las oscuras sectas protestantes; muy raros son los exegetas católicos que se esfuerzan en renovarlo bajo una forma atenuada y conciliable con la ortodoxia. Aunque el quiliasmo no haya sido calificado como herejía, el parecer común de los teólogos de todas las escuelas ve allí una doctrina errónea a la que ciertas condiciones de los tiempos primitivos pudieron arrastrar a algunos antiguos Padres.

La expresión: Y ellos reinaron mil años con Cristo, debe entonces, como ya lo indicamos, entenderse en un sentido místico. Los mil años designan todo el período que comprende entre el día en que Cristo, por su Resurrección, abrió el reino de los cielos, franqueando las puertas con su Santísima Humanidad, hasta el día que, gracias a la resurrección general, los cuerpos de los elegidos entrarán a él. Pero las almas de los bienaventurados ya están allí, estrechamente unidas a Aquél que es su verdadera vida; ellas participan en la gloria de Cristo, ellas constituyen su corte, ellas reinan con Él.
(...) 
¿En qué consiste esta primera resurrección? En salir, por la penitencia, del estado de pecado, en apartarse de la muerte espiritual, a recobrar la vida de la gracia. Todos aquellos que sabrán tomar parte en ella y perseverar, serán un día bienaventurados y santos: bienaventurados porque ellos obtendrán la beatitud saliendo de este mundo; santos, porque ellos serán establecidos y confirmados en la gloria, de tal manera que la segunda muerte, es decir, la condenación eterna, no tendrá ningún poder sobre ellos. Ellos serán los sacerdotes de Dios y de Cristo, ellos ofrecerán sin cesar el sacrificio de alabanza a Dios autor de todo bien, y al mismo tiempo que a Cristo, obrero de nuestra Redención; y sus almas reinarán en el cielo con Él durante mil años, es decir: hasta el día en que sus cuerpos les serán devueltos.
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(*) Otras obras del P. Monleón:

Le Cantique des Cantiques
La Fête du Christ-Roi
Les Patriarches (Histoire Sainte 1)
Moïse (Histoire Sainte 2)
Josué et les Juges (Histoire Sainte 3)
Le prophète Daniel (Histoire Sainte 4) 
Le roi David (Histoire Sainte 5)
Les instruments de la perfection (commentaire ascétique sur le chapitre IVe de la Règle de S. Benoît)
Commentaire sur le Prophète Jonas
Les noces de Cana
L’Oraison
Les XII degrés de l’humilité (commentaire ascétique sur le chapitre VIIe de la Règle de S. Benoît)