PÁGINAS

domingo, 21 de septiembre de 2014

R.P. TRINCADO - SERMÓN DOMINGO 15 DE PENTECOSTÉS




El joven muerto del pasaje evangélico de este domingo representa a los que están espiritualmente muertos por el pecado (Cathena Áurea). La muerte física se define como la separación del cuerpo y el alma, y es inevitable. La muerte espiritual se define como la separación de Dios y el alma, y es evitable. Nadie puede decir que muere espiritualmente porque le resulte imposible evitar el pecado grave. La verdad es que no quiere evitarlo. Conozco muchos fieles que nunca cometen pecados graves, incluso hombres adolescentes. El secreto suele estar en rezar todos los días el Rosario, suplicando de corazón no cometer nunca un pecado mortal.


La madre representa a la Iglesia, que es viuda porque el divino Esposo se ha ido al Cielo. El llanto es la oración por la que la Iglesia pide el perdón de sus hijos espiritualmente muertos. Es lo que hacemos, sobre todo, en la Misa, que es la más excelente y poderosa oración de la Iglesia.

Y cuando el Señor la vio -dice el Evangelio- se compadeció de ella y le dijo: no llores más. Lloraba la buena madre por su hijo físicamente muerto, pero mayor razón hay en llorar por el que ha muerto espiritualmente, si se tiene en cuenta lo que enseña el catecismo acerca de los espantosos efectos del pecado grave o mortal:
1.- Se pierde la gracia santificante, los dones del Espíritu Santo, la caridad junto con todas las virtudes morales infusas, todos los méritos, y la presencia de la Sma. Trinidad en el alma, que pasa a ser templo y morada del diablo.
2.- Se produce una mancha en el alma que la hace horrible ante Dios.
3.- El alma se hace esclava de Satanás, aumentan en ella las malas inclinaciones, surgen fuertes remordimientos e inquietudes de conciencia.
4.- Se merece, en fin, la condenación eterna.

Se cuenta en la vida de San Luis, Rey de Francia, que su madre, doña Blanca de Castilla, le decía muchas veces: “hijo, prefiero verte muerto que en pecado mortal”. Esa era una buena y santa madre, pero ¿cuántas madres tienen hoy la caridad ardiente que se necesita para decir a sus hijos algo así? Por no “llorar” antes de que sus hijos caigan en el pecado mortal -como la Reina Blanca y las madres santas, con el llanto poderoso de la oración- deben llorar -como la viuda de Naím- después de que el desastre ha sobrevenido. 

La falta de caridad que caracteriza a nuestros tiempos es lo que hace que los padres suelan tener una actitud permisiva con sus hijos. Es que vivimos en un mundo sumergido en la diabólica oscuridad del liberalismo, que ha triunfado por un tiempo también en la Iglesia por obra del fatídico Vaticano II. Para el liberal, para el hombre de nuestro tiempo, lo primero es la libertad. Por eso los padres son permisivos, porque temen limitar la libertad de sus hijos. Para el verdadero católico, en cambio, lo primero es el Bien y la Verdad. Por eso Cristo dice “La Verdad os hará libres”. El demonio liberal dice lo contrario: “la libertad os hará verdaderos (hombres)”. 

Es propio del diablo invertir el orden de las cosas, hacer subversión, revolución. En nuestra época, la promoción del pecado atroz de la sodomía es un ejemplo clarísimo de eso. La revolución es un proceso de destrucción esencialmente satánico, esencialmente anticristiano. La revolución no comenzó en 1517, ni en 1789, ni en 1810, ni en 1917; sino mucho antes, con la rebelión de una parte de los ángeles; se inauguró en la tierra con la tentación de Eva por parte de la Serpiente infernal, tuvo grandes derrotas en los tiempos cristianos, y hoy vemos como obtiene grandes victorias, siendo el Vaticano II la más grande de todas en los 20 siglos de historia de la Iglesia.

Pero sigamos con el Evangelio: la ciudad de Naím es la Iglesia, pues “naím” significa “la hermosa”. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, sucedió que sacaban fuera a un difunto. Lo sacaban, entonces, de la Iglesia, porque el que peca tiende a quedar fuera de la Iglesia, como la rama seca termina por desprenderse del árbol vivo.
Y acercándose (N. Señor) tocó el féretro. El féretro de madera representa la Cruz. Esto es imagen de Cristo, que al unirse a la Cruz para morir en ella, nos salva.

La turba de gente son los malos deseos, por eso dice el Evangelio que cuando tocó el féretro los que lo llevaban se detuvieron. La conciencia, tocada por el temor del juicio divino, vuelve en sí refrenando las pasiones, rechazando las tentaciones y respondiendo al Salvador que la llama de regreso a la vida que había perdido.

Y dijo Cristo: joven, a ti te digo, levántate. Entonces resucitó el muerto, y lo dio a su madre. N. Señor sigue diciendo levántate, por medio de sus Sacerdotes, en la absolución de los pecados. No pequemos. No muramos. No cometamos nunca un pecado mortal. No abusemos de la misericordia de Dios. En la Epístola de hoy se nos dice: no os engañéis: nadie se burla de Dios. No juguemos con Dios, no estemos pasando constantemente del pecado mortal a la gracia y de la gracia al pecado mortal; de la vida a la muerte y de la muerte a la vida: ¡rompamos de una vez y para siempre con el pecado! Lo que el hombre siembre, eso cosechará, dice la Epístola. Porque el que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción, o putrefacción, es decir, la muerte. Mas el que siembra en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna. El que siembra en el espíritu es el que quiere verdaderamente cumplir la voluntad de Dios en todas las cosas, y sólo ese cosechará la verdadera vida, la vida eterna.


Unámonos al llanto de la Sma. Virgen por sus hijos, rezando el Rosario. Cada cuenta del santo Rosario es como una semilla (de hecho es una semilla, en muchos casos). Que con el Rosario de cada día sembremos las semillas de Cristo en la tierra de Cristo, en el alma que es de Dios, para que Cristo nos conserve en su Vida para siempre.