PÁGINAS

viernes, 31 de mayo de 2013

SERMÓN DE LA FIESTA DE CORPUS CHRISTI, POR EL R.P. RENÉ TRINCADO.-



En esta gran fiesta de Corpus Christi es conveniente recordar, aunque sea de modo muy sintético, una de las principales verdades relativas a la Eucaristía: la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Enseña la Iglesia que la Eucaristía es un sacramento en el cual, por la conversión del pan en el Cuerpo de Jesucristo y del vino en su Sangre, se contiene verdadera, real y sustancialmente, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del mismo Jesucristo, bajo las especies (apariencias) de pan y de vino.

Se contiene -dice el catecismo- el Cuerpo de Cristo, pero no sólo su Cuerpo, sino también su Sangre. Y no solamente lo físico o material de Cristo hombre (Cuerpo y Sangre), sino que también se contiene lo inmaterial del hombre: el Alma. Cuerpo, sangre y alma son las tres cosas que  componen a todo hombre, son la humanidad, en este caso, la Humanidad de Cristo; pero además de su Humanidad, en este sacramento se contiene la Divinidad: no sólo está presente como hombre, sino también como Dios.

En la Eucaristía está verdaderamente presente el mismo Jesucristo que está en el cielo y que en la tierra nació de la Santísima Virgen.

La hostia, antes de la consagración, es pan de trigo. Pero después de la consagración, ella es el verdadero Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo bajo las apariencias de pan.  En el cáliz, antes de la consagración, hay vino de uvas con unas gotas de agua.  Pero después de la consagración está en el cáliz la verdadera Sangre de nuestro Señor Jesucristo bajo las apariencias de vino.

La conversión del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Jesucristo se produce cuando en la santa Misa el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración. Esta milagrosa conversión, se llama transustanciación.

Hasta acá esta breve síntesis de la doctrina católica sobre la presencia real.

Contra la verdad salvadora, el demonio, que siempre pretende destruir la obra redentora de Cristo, ha puesto dentro de la misma santa Iglesia esos hombres infernales, esos ministros del diablo que son los herejes modernistas.

La bestia modernista nace a fines del siglo XIX, es derrotada por San Pío X, se repliega, mal herida pero no muerta, a sus guaridas subterráneas hasta el Vaticano II, y es en este conciliábulo donde nuevamente levanta su venenosa cabeza, apoderándose de Roma y de toda la Jerarquía católica hasta el presente. Por eso el Vaticano II es la derrota más grande la Iglesia en toda su historia, porque por medio de él -cosa nunca vista ni imaginada- una herejía ha logrado inficionar todo el Cuerpo Místico de Cristo, desde el Papa hasta el último de los laicos.

Suscitados por el enemigo del género humano, jamás han faltado -dice San Pío X en la encíclica Pascendi- hombres de lenguaje perverso, decidores de novedades y seductores, sujetos al error y que arrastran al error. Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Son los peores enemigos de la Iglesia -sigo citando al Papa santo-  porque ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro.

Y así, para los herejes modernistas, la Eucaristía es sólo un signo de una cierta presencia espiritual de Cristo: Cristo está presente de manera meramente espiritual o simbólica en la hostia consagrada. La hostia consagrada no es Cristo, sino que simboliza a Cristo, como la bandera no es la patria sino que simboliza a la patria.

Si los herejes modernistas moderados (llamados “conservadores”) siguen hablando de transustanciación, de acuerdo al astuto proceder de su instigador, el diablo, cambian más o menos sutilmente el sentido de este término. Los herejes modernistas más extremos (conocidos como “progresistas”) ya no hablan de transustanciación sino de transfinalización, pretendiendo que después de las palabras de la consagración, sólo hay un pan con un fin distinto; o hablan de transignificación, para expresar que después de la consagración hay un pan con un significado distinto.

Me he limitado a dar sólo un par de ejemplos de los errores con los que los modernistas intentan destruir la fe sobre este Sacramento, sólo dos entre los muchísimos resbaladizos tentáculos y las mil caras (algunas, a veces, bastante simpáticas) de la maldita bestia modernista.

Estimados fieles: siempre a prudente distancia de esta peste y de los que la esparcen, nosotros defendamos la verdad sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, mantengamos la fe de la Iglesia sobre este Sacramento hasta el fin, teniendo en cuenta aquellas graves palabras del Credo de san Atanasio: “todo aquél que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre”.

Que la Virgen Santísima, la destructora de todas las herejías, conserve íntegra e inviolada la fe en las almas de estos niños que en unos minutos recibirán a Cristo Sacramentado. Que dé sabiduría a sus padres para saber educarlos cristianamente y conducirlos al Cielo en un mundo cada vez más anticristiano. Que a todos nos preserve de caer en las redes del error y la herejía. Y que aplaste pronto a la serpiente modernista que desde el fatídico Vaticano II está envenenando y asesinando a las almas católicas.