ESPAÑOL - FRANCÉS
Avrillé,
France, 24 de febrero de 2018.
En el nombre del Padre y del Hijo y el Espíritu Santo, Amén.
Muy estimado Monseñor,
Muy estimado Padre Prior,
Mis estimados cofrades en el sacerdocio, y Frailes dominicos,
Mis queridos amigos,
Estamos en la Cuaresma para hacer penitencia, ¡y éste sermón será
seguramente para Ustedes una buena ocasión para hacer un poco penitencia!
¿Por qué nos encontramos reunidos el día de hoy en la capilla de los
queridos Frailes Dominicos?
Porque queremos profesar nuestra Fé Católica en el reino de Nuestro
Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Igualmente, porque
nosotros amamos la Santa Misa de San Pío V – el gran Papa Dominico que la ha
codificado – puesto que el sacrificio de la Santa Misa es la proclamación de la
Realeza de Nuestro Señor por su Cruz. Verdaderamente, Jesucristo ha reinado por
el madero de la Cruz puesto que El ha vencido el pecado, El ha vencido al
demonio, El ha vencido la muerte por su Cruz.
Queremos no solamente profesar el triunfo de la Cruz de Nuestro Señor
Jesucristo con el Rito Romano tradicional que es la expresión de la Fe de
siempre, sino también queremos adorar la Sagrada Eucaristía por el misterio de
la Transubstanciación, de la presencia real, y por la gracia sacramental que
nos viene a través del verdadero sacerdocio católico.
La Divina Providencia ha querido que nosotros celebremos esta ceremonia
en el sábado de las Cuatro Témporas. En el Evangelio, nosotros tenemos el
relato de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. La Tradición nos dice
que en otro tiempo, en la estación de San Pedro en Roma, los Cristianos se
reunían alrededor del Papa, pasando la noche en oración para preparar las
ordenaciones que habrían de tener lugar a la mañana del segundo domingo de la
Cuaresma.
En efecto, en esas circunstancias, el Evangelio del misterio de la
Transfiguración conllevaba un gran ánimo, puesto que el reafirma nuestra Fe en
a la vida eterna y nos alienta a tener esperanza en este valle de lágrimas. Es
ciertamente en previsión de la noche que ha precedido al escándalo de la Cruz, en
el curso de la cual los Apóstoles se dispersaron, que Nuestro Señor ha querido
reafirmar la Fe de Pedro por la contemplación del misterio de la Transfiguración…
debemos conservar el rezar y hacer penitencia por Pedro, es decir, rezar más
que nunca por la Fe del Papa, porque en nuestros días los enemigos de
Jesucristo – con astucia infernal – han ocupado la Cátedra de Pedro. La Iglesia
tiene la necesidad de seguir el ejemplo que Jesucristo nos ha dado para bien
imitarlo, y ésta es más notoria en el trancurso de la Cuaresma.
Nosotros conmemoramos igualmente, el día de hoy, la festividad del
Apóstol San Matías, quien puede eficazmente obtenernos la gracia de la
fidelidad hacia la Iglesia Católica, de suerte que nos aleje de los traidores,
así como los Apóstoles lo han elegido por inspiración del Espíritu Santo para reemplazar
a Judas Iscariorate, quien ya había traicionado a Nuestro Señor Jesucristo y
quien se dio a sí mismo la muerte. Imploremos a San Matías para que nos libre
de la traición y de los traidores a la Fe a lo largo de la crisis de la Fe
dentro de la Iglesia.
Ahora, ¿qué es lo que va a suceder en el transcurso de ésta Misa
Pontifical?
Vamos a realizar éstas ceremonias siguiendo el Pontifical Romano, que
contiene los ritos que deben ser llevados a cabo por los Obispos, de suerte que
las palabras utilizadas expresen la integridad de la Fe de la Iglesia Católica.
Para Ustedes los que van a recibir la Tonsura, habrá un verdadero cambio en su vida; la sotana ha cambiado
su exterior pero la Tonsura también les dará un cambio interior. Ustedes tendrán
que vivir de acuerdo a la dignidad del hábito que llevarán por toda su vida
clerical. Ustedes serán separados del mundo y de sus concupiscencias.
Particularmente, ustedes deberán separarse del mundo electrónico que rehúsa
aceptar la dependencia del buen Dios.
El Hombre moderno lucha contra su Creador destruyendo la vida interior
del alma y haciendo completamente profana la conducta exterior del cuerpo. En
la actualidad los Cristianos no reciben más la verdad eterna, ellos están
desamparados y abandonados por sus pastores, quienes no se interesan más por
conocer la Divinidad de Nuestro Señor. Esto se manifiesta en la Nueva Misa que
está al servicio del Hombre hasta el punto de olvidarse del Creador.
Así que delante de éste mundo racionalista y perverso, ustedes van a
recordar que es un deber inclinarse delante de Dios; que se debe adorar a
Nuestro Señor en la Sagrada Eucaristía. En fin, con su sotana y con su
sobrepelliz, ustedes vendrán a ser clérigos. Especialmente, ustedes deben ser
testigos de la victoria de la Cruz del Calvario, a pesar de la incredulidad del
mundo.
Encuanto a las Ordenes
Menores, he aquí lo que podemos decir:
El Ostiario debe cuidar la iglesia de día y de noche; tener cuidado de la propiedad
y del decoro del lugar de culto; tocar las campanas para indicar los distintos
llamados a la oración; hacer conservar el silencio y la modestia de la casa de
Dios; abrir y cerrar la puerta; impedir la entrada de los infieles dentro de la
iglesia.
El Lector está encargado de leer en alta voz los extractos de la Sagrada
Escritura durante el Oficio Divino. Sin embargo, este oficio está atribuido a
los seminaristas que se están preparando a la recepción del sacerdocio a fin de
que puedan enseñar el Catecismo.
El Exorcista tiene como encargo específico el expulsar a los demonios, y él recibe
por ello el tercer grado en las Ordenes Menores. El exorcista es un clérigo,
pero todo sacerdote es también exorcista.
El Acólito tiene como función el servicio del altar y el ayudar al sacerdote. Acompaña
el canto del Evangelio llevando una vela encendida, y también presenta el agua
y el vino para el sacrificio de la Misa.
Por lo tanto, para ustedes, mis queridos Levitas de la Sociedad de los
Apóstoles de Jesús y de María:
Ustedes Ostiarios, que van a cuidar el Templo del Señor: manifiesten la
santidad de Aquél que la habita, por la pureza de intención en su corazón.
Ustedes Lectores, que desde un lugar elevado irán a enseñar, lleven la
palabra del Evangelio y del Catecismo a aquellos que no la conocen, y hagan eso
con la integridad de la doctrina católica, en particular por la enseñanza de la
doctrina de Santo Tomás de Aquino.
Ustedes Exorcitas, que van a luchar con el demonio y contra sus
tinieblas las cuales siempre son tan ponderosas: conserven la castidad de su
espíritu y de su cuerpo, con un alma rodeada de humildad y de pureza.
Ustedes Acólitos, que van a llevar la luz y que deben ser luz: hagan
resplandecer y qué su luz brille en las tinieblas por la brillantez de su Fe y
de su caridad.
*
Eh aquí la significación de ésta ceremonia de la Tradición Católica,
según la doctrina del concilio de Trento al cual nosotros queremos ser fieles,
porque ésta doctrina ha sido definida por la Iglesia de siempre.
Desgraciadamente, el concilio Vaticano II ha cambiado esta Tradición por
un espíritu de novedad favorable al mundo anticristiano, abierto al espíritu de
libertad con su demagogia mundana. Ésta se transfiere por el espíritu de colegialidad,
el cual destruye la noción de autoridad. La autoridad no puede ejercerse más
sin que se pregunte obligatoriamente a todos los súbditos lo que piensan. Tal
es la situación actual: ciertos laicos usurpan como un derecho la participación
en el ejercicio de la autoridad, ¡y hasta pasa lo mismo con algunos religiosos!
¡Esta es la destrucción de la autoridad! ¿Cómo la autoridad puede ejercerse si
se tiene que pedir el permiso de ejercerse?
Esta es la consecuencia de la actitud que el Concilio Vaticano II ha adoptado
contra la autoridad del Papa; contra la autoridad de los Obispos; contra toda
autoridad, incluso contra la autoridad del padre de familia. Es un espíritu
revolucionario el que sopla desde el Concilio Vaticano II. Pero, recordemos que
“toda autoridad viene de Dios,” como dice San Pablo.
Ustedes saben bien que el error y la verdad no son compatibles. Es por
eso que estamos firmemente resueltos a no aceptar esta unión adúltera de la
Iglesia con la revolución anticristiana. “Nosotros no podemos dejar de hablar
de Nuestro Señor Jesucristo.” (Hechos 4,17) ¡Debemos hablar de Dios; debemos hablar
de Nuestro Rey! Así es del mismo modo que nosotros reconozcamos que Nuestro
Señor es el solo Sacerdote, el solo (único) Sumo Sacerdote.
No estamos en ruptura con la Tradición: al contrario, nosotros somos los
continuadores de la Iglesia que Nuestro Señor Jesucristo nos ha dado por la
Revelación Divina. Son aquellos que han hecho las innovaciones los que rompen
con la integridad de la Tradición; son aquellos que desean tener un
reconocimiento oficial estampado con un sellazo, los que se alejan de la
Tradición de la Iglesia Católica.
A pesar de las dificultades que nos vienen, nosotros debemos tener
confianza; no debemos desesperarnos, aun ante la situación actual. En efecto,
hay muchas personas que conocen el movimiento de la Resistencia mejor que
cualquiera de uno de nosotros; esas personas saben mucho mejor lo que nosotros
hacemos y aún mejor que aquellos que nos critican. Sin embargo, nosotros debemos
seguir adelante en el camino recto así como Monseñor Lefebvre siempre seguió
por la Iglesia Católica. La Tradición es un elemento esencial de la Iglesia, no
es un accidente o un simple capricho.
Así, nosotros reconocemos que Nuestro Señor Jesucristo es nuestro Rey:
Rey de nuestras almas; Rey de nuestras familias; Rey de todas las sociedades y
naciones. En verdad, El nos lo ha pedido en su oración, en el Padre Nuestro: “Que
venga a nos tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo.” He
aquí el ideal que debemos seguir. No se puede amar lo que no se conoce, por
consecuencia, nosotros debemos reconocer a Cristo Rey.
Es por eso que ésta ceremonia de Ordenaciones Menores y de Tonsura es
muy útil, para la preservación del sacerdocio católico del cual ustedes
participarán, mis queridos seminaristas, y del que ustedes ya han comenzado de
alguna manera a participar por los diversos grados por los cuales deben pasar,
previstos para el acceso al sacerdocio que la Iglesia Católica, tal como lo ha
definido de modo solemne y definitivo. Por lo mismo, hay una jerarquía dentro
del sacerdocio de rito romano y tradicional; jerarquía en la cual Nuestro Señor
Jesucristo es el Sumo Sacerdote y su Vicario es el Soberano Pontífice.
Así pues, pidamos todos juntos a la Santísima Virgen María, a Nuestra
Señora de Fátima, darnos la humildad del alma y la pureza del corazón a fin de
librarnos de ésta desorientación diabólica, la cual no solamente conduce a la
arrogancia del mundo contra Dios e incita la impureza de la carne en la
sociedad, sino, peor, ella crea necesariamente un clima de apostasía general, y
más que nunca a través del pontificado del Papa Francisco.
¡Adelante! Mis queridos amigos; Santa Juana de Arco nos exhorta a seguir
adelante valerosamente: “Nosotros combatimos, nosotros rezamos, y Dios nos dará
la victoria.”
Así como en otra época, cuando la Vendée resplandeció, nosotros debemos
llevar también con convicción aquella insignia del Sagrado Corazón que
enarbolaba su escapulario. O así como lo que los Cristeros han hecho en México
durante la persecución religiosa del año 1926.
Concluyo agradeciendo a todos Ustedes que continúen
haciendo de ésta Misa una ceremonia profundamente Católica. Es menester contar
con la gracia de Nuestro Señor y con el auxilio de la Santísima Virgen María: ¡Ella
está con nosotros! He aquí entonces la razón de ser de nuestra Fe: Oportet illum regnare! Es necesario que
Él reine! (1Cor15, 25)
“¡Qué viva mi Dios,
Qué viva mi Rey,
Qué viva Jesús,
Qué viva su Cruz!”
Mis bien queridos amigos, ¡VIVA
CRISTO REY!
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.