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domingo, 6 de junio de 2021

SERMÓN PARA EL II DOMINGO DE PENTECOSTÉS - P. Trincado

 

No os  extrañéis si  el mundo os  aborrece”. Con estas palabras comienza la epístola de hoy (1 Juan 3, 13)

Y dice N. Señor en el Evangelio de San Juan: Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo que suyo: mas porque no sois del mundo, antes yo os escogí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de mi palabra, que yo os lo he dicho: El siervo no es mayor que su Señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros (Jn 15, 18 - 20).

San Juan Crisóstomo comenta este pasaje evangélico diciendo que ser aborrecido del mundo es una prueba de santidad; y que es de lamentar ser amado por el mundo, porque eso prueba nuestra perversidad. Y San Gregorio dice que la censura de los malos es la aprobación de nuestra vida.

Dice también N. Señor: Os odiarán todos los hombres a causa de mi nombre, mas el que persevere y esté firme hasta el fin, ése será salvo. (Mt 10, 22; Mc 13,13)

Y agrega: Bienaventurados seréis cuando os maldigan y os persigan y digan todo mal contra vosotros, mintiendo, por mi causa. Gozaos y alegraos, porque vuestro premio muy grande es en los cielos, pues así también persiguieron a los profetas que hubo antes que vosotros. (Mt 5, 11-12)

Y en el Evangelio de San Lucas: Bienaventurados seréis cuando os aborrezcan los hombres, y os expulsen, y os ultrajen, y proscriban vuestro nombre como malo por el Hijo del hombre. Gozaos en aquel día, y regocijaos; porque vuestro premio será grande en el cielo. (Lc 6, 22-23)

En 1988, Mons. Lefebvre, a fin de mantener vivo el combate por la fe, la guerra contra el modernismo imperante hasta hoy; se vio en la obligación de consagrar cuatro Obispos. Los modernistas de Roma lo excomulgaron, junto a Mons. de Castro Mayer y a los cuatro Obispos consagrados. Se trató -por cierto- de una sanción nula en razón de su total injusticia. Pero a los ojos del mundo quedaron excomulgados.

Se cumplían brillantemente las palabras de Cristo en estos hombres: junto con el decreto de excomunión fulminado por los herejes modernistas, se hacían acreedores del odio de todos los enemigos de Dios. Esa era una prueba palpable, la certificación de una predilección de Dios, como también de un correlativo odio particular del demonio. Esa excomunión era, por tanto, un inmenso honor y un título de singular gloria a los ojos de Dios.

Murieron Mons. Lefebvre y Mons. de Castro Mayer, pasaron los años, y, como sabemos, las ideas al respecto fueron cambiando. Ya no se miró esa excomunión de manera sobrenatural, como algo honroso en extremo, sino que se la empezó a considerar de modo puramente humano: la excomunión era un estigma, una ignominia, un impedimento para que las almas se acercaran a la Tradición, un obstáculo para las tratativas con Roma, una lepra afrentosa y espantosa que nos condenaba a vivir excluidos y confinados.

Fue así como, en el año 2009, a petición de la Fraternidad, Roma liberal dispuso el “levantamiento” de dicha sanción. Los modernistas tuvieron la intención, con ello, de realizar un acto de “perdón a los culpables”, una “remisión misericordiosa”.

Se cantó el Te Deum y muchos en la Fraternidad celebraron jubilosos este acontecimiento. Era la hora del crepúsculo. La congregación exploraba caminos nuevos. Se comenzaba a diluir la antigua santa intransigencia de Mons. Lefebvre, al tiempo que se consolidaba un modo nuevo de relacionarse con los modernistas destructores de la Iglesia, un proceder extraño cuyas notas distintivas son la ambigüedad en las palabras, la astucia diplomática, el cálculo político, el secretismo y la pusilanimidad. Caminaba y sigue caminando la congregación al precipicio, conducida por los que buscan alianzas adúlteras y acuerdos traidores. Mas ésta es vuestra hora, y el poder de las tinieblas (Lc 22, 53).

Estimados fieles: el que persevere y esté firme hasta el fin, ése será salvo. Estemos firmes. Que nada ni nadie nos haga abandonar los principios de Mons. Lefebvre. Que nada ni nadie nos separe de la Verdad. Que Dios nos haga siempre fieles a ella. Que nos conceda seguir el ejemplo de los mártires que dieron la vida por negarse a ofrendar un solo grano de incienso a los ídolos.

¡Ánimo, estimados fieles, ánimo! ¡Ánimo en la batalla! Hay que conservar el puesto de combate hasta el final en la lucha contra todas las obras del demonio, en particular, contra el fatídico Vaticano II, la mayor calamidad de toda la historia de la Iglesia, del que no quedará ni una sola coma cuando Dios obre la purificación y restauración de su Iglesia. ¡Ánimo porque es inevitable nuestra victoria, la victoria de Cristo!