PÁGINAS

jueves, 9 de marzo de 2017

BOLETÍN DEL P. DE LA ROCQUE SOBRE EL ACUERDO

El P. Patrick de la Rocque es uno de los teólogos más renombrados de la Fraternidad. Es el actual superior de la iglesia de San Nicolás de Chardonnet en París, la más importante de la FSSPX en Francia. Fue miembro de la Comisión de la FSSPX para las discusiones doctrinales con Roma y fue también uno de los autores del libro “Del Ecumenismo a la Apostasía Silenciosa” entregado por la FSSPX a los cardenales en 2004. También escribió el libro “Juan Pablo II: Dudas sobre una Beatificación”. En octubre de 2015, Ménzingen le censuró un sermón crítico del Vaticano II.

También es preciso advertir que este Sacerdote fue miembro del GREC; que ha cumplido la orden de acabar con la celebración, en San Nicolás, de las Misas por Franco y Primo de Rivera; que ha recibido en el coro de ese templo a miembros de una comunidad "Ecclesia Dei"; que ha protagonizado cierto incidente con los Dominicos de Avrillé; y que ha expresado ciertas ideas inaceptables sobre la celebración de la Misa Tridentina.
En su último boletín, el P. de la Rocque expresa una postura más bien contraria a la regularización de la FSSPX, diciendo que antes de plantearse tal posibilidad habría que interpelar a Francisco, a fin de asegurarse de que el Papa profesa la verdadera fe católica; cosa que nos parece de una gran ingenuidad, pues, siendo a todos patente lo que el mismo P. de la Rocque llama el "ultra progresismo cuasi dictatorial" de Francisco, es cosa obvia que ningún tradicionalista cuerdo puede fiarse de él. De cualquier modo, y más allá de la mayor o menor fiabilidad de un Papa, jamás será lícito poner a los antiliberales bajo el poder de una autoridad liberal.

¡Eh Francisco!
Este 4 de febrero, el Vaticano se levantó tapizado de posters interpelando al papa: “Eh Francisco, has intervenido Congregaciones, retirado sacerdotes, decapitado a la Orden de Malta y a los franciscanos de la Inmaculada, ignorado cardenales...¿pero dónde está tu misericordia?"
Un viento de rebelión se levanta contra el Papa Francisco. Es que su ultra progresismo cuasi dictatorial no va en su primera víctima. De la joven orden de los Franciscanos de la Inmaculada, florecientes a pesar de todo, ya no queda casi nada, por la voluntad personal del Papa. La causa: el cuestionamiento del concilio Vaticano II por los mencionados Franciscanos. Un obispo filipino acogió a algunos de ellos. Inmediatamente fue relevado de su cargo por el papa Francisco.
Otro ejemplo, el del cardenal Burke. Después de haber sido despedido de la Signatura apostólica y relegado como patrono de la Orden de Malta, he aquí que de nuevo ha sido relevado de facto de esta función. La causa: la oposición del cardenal a Amoris laetitia, que abre a los divorciados vueltos a casar el acceso a la comunión eucarística. En cuanto a la Orden de Malta, juzgado también como demasiado conservador, el Papa nombró al muy progresista Mons. Becciu para asegurar su “renovación espiritual”.
Mientras que en sus decisiones disciplinarias aniquiló toda oposición, el Papa Francisco continúa su revolución doctrinal. Después de la comunión a los divorciados vueltos a casar, ahora es la ordenación de las mujeres lo que la subversiva revista jesuita Civilita Cattolica hace avanzar, con los aplausos del Papa.
Este mismo papa, dicen, querría el bien de la Tradición. Entiéndase la FSSPX y las comunidades amigas. Su amor a las periferias lo dispondría a dar una prelatura personal. Algunos, ávidos de reconocimiento, se regocijan de la ganga, mientras que otros se inquietan, por la misma razón de la poca confianza que se puede dar a este Papa. ¿Y si la pregunta fue mal planteada?
Como lo recuerda Aristóteles, si los hombres se unen es para juntar sus esfuerzos a fin de obtener un fin común. Desde un punto de vista sobrenatural, la primera pregunta es saber si con la Roma de hoy perseguimos, sí o no,  el mismo fin, si tenemos la misma fe en Nuestro Señor Jesucristo, único redentor; si tenemos la misma fe en la Iglesia católica, fuera de la cual no hay salvación. Por desgracia, se puede temer que no.
También, lejos de toda pasquinada, sería indispensable interpelar al Papa Francisco sobre el contenido de su fe, incluso antes de interrogarse sobre la oportunidad prudencial de un reconocimiento canónico. Pues no puede uno separarse de la voluntad divina poniendo su salvación eterna en dependencia de alguien que no profesa la fe católica. Establecer una unidad legal sin la unidad real sería por otra parte, un contrasentido.
Sin duda esto era lo que Mons. Lefebvre tenía en mente cuando, después de las consagraciones, expresó en la revista Fideliter:
“Si vivo todavía un poco y suponiendo que de aquí a un cierto tiempo Roma haga un llamado (...) Yo plantearía la cuestión en el plano doctrinal: “¿Están de acuerdo con las grandes encíclicas de todos los papas que los han precedido? ¿Están de acuerdo con Quanta Cura de Pio IX, Immortale Dei, y Libertas de Leon XIII, Pascendi de Pio X, Quas Primas de Pio XI, Humani generis de Pio XII? ¿Están en plena comunión con estos papas y sus afirmaciones? (…) Las posiciones serían así más claras”.